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25 de marzo de 2019

Tutankamón ocupa París con 150 piezas de su tumba


París acoge lo que algunos llaman el regreso de la momia: 150 objetos de la tumba de Tutankamón –50 de ellos salen por primera vez de Egipto- serán expuestos hasta septiembre en 2.000 metros cuadrados de la Grande Halle de La Villette. Un tesoro colosal, valorado en mil millones de dólares y que además se desplaza por última vez –en total, diez escalas que no incluyen España-, antes de instalarse en su domicilio definitivo, el nuevo Gran Museo de Egiptología de El Cairo, que abrirá entre los próximos años 2020 y 2022.

Como lo exige la financiación moderna de tales establecimientos, e incluso el propio valor económico de lo expuesto, el periplo es rentable: el nuevo museo cairota percibirá un porcentaje del total recaudado en cada ciudad.

En ese sentido, la escala francesa promete. Hace más de medio siglo, una muestra más pequeña –45 piezas, 25 de las cuales regresan ahora– inauguró la era de las exposiciones de record Guinness, con su millón doscientos mil visitantes y la parafernalia de guías audio, catálogo de lujo y productos derivados- que se volvería usual.

Joyas de oro, esculturas, vendas de oro de la momia, un ataúd en miniatura, los guantes de lino bordados que protegieron las manos del rey niño, una “figura de Horus, bajo los trazos de un halcón solar, descubierta en el ángulo sudeste de la cámara, detrás de un carro”, serán expuestos esta vez “desde un punto de vista egipcio, con la sensibilidad de un pueblo, de una nación, sobre su propia historia”, según el doctor Mostafa Waziry, secretario general del Consejo Supremo de las Antigüedades, en El Cairo.

Estrella del viaje, la pieza más difícil de transportar es el Guardián, estatua de 1,90 metros, hallada delante de la cámara funeraria. Es la primera vez que esta pieza imponente, realizada hace 33 siglos, de madera, bronce y resina negra, sale del museo egipcio en el que la dejó Carter.

Tanta complejidad obligó al ministerio egipcio de antigüedades a recurrir a IMG, el mayor organizador de acontecimientos culturales y deportivos del mundo, con el que había colaborado, ya, en el 2005, en otra exposición viajera. Juntos acordaron “luego de largas y difíciles negociaciones”, el valor conjunto de las obras. IMG pactó luego con un consorcio de 22 compañías, coordinadas por Lloyd’s of London, los seguros. Y en la escala parisina, Francia garantiza la seguridad de las obras.

La exposición es un anzuelo para futuros visitantes del nuevo museo, que además de la integridad del tesoro inventariado a partir de que el explorador británico Howard Carter hollara la tumba, el 4 de noviembre de 1922 -exactamente, 5.398 piezas- conserva más de cien mil antigüedades.

La muestra parisina, con escenografía y publicidad gran público, tiene otro socio, el Louvre. Vincent Rondot, director del departamento de antigüedades egipcias –en 35 salas expone 6.000 obras, menos del diez por ciento de las 79.563 que conserva-, el más rico del mundo fuera de Egipto, consintió “el préstamo excepcional de una obra maestra: la estatua del dios Amon protector de Tutankamón ”.

Hay lazos históricos: el descubrimiento de la tumba del faraón se produjo exactamente cien años después de que el francés Jean-François Champollion descifrara los jeroglíficos. El mismo Champolion inauguró, en 1827, un museo egipcio en el Louvre del que fue primer conservador, antecedente del departamento actual, uno de los más populares en el museo más visitado del mundo.

Por eso, explica Rondot, “la exposición de La Villete tendrá eco en el Louvre, con un recorrido Valle de los Reyes, en las salas de antigüedades, a través de sesenta tumbas de faraones, ­incluida la de Tutankamón. Una de las más pequeñas, y dis­cretas”.

En fin, si hoy Tutankamón es “el mejor embajador de Egipto”, según Waziry, además de financiar indirectamente, 3.400 años después de su muerte, el nuevo museo –realmente faraónico: 490.000 metros cuadradros y un presupuesto de mil millones de euros- que albergará los objetos de su tumba, lo cierto es que aquel faraón de la XVIII dinastía debió difuminarse en el olvido. En principio, porque su reinado fue como su vida: breve. Consagrado a sus siete años, murió con diecisiete años (veinte, según otras fuentes) .Y los faraones que se sucedieron después hicieron todo lo posible por borrar de la historia su dinastía. Tal vez los objetos rituales protegieron su tumba y, así, su posteridad.

Artículo: La Vanguardia.

Revista Egiptología 2.0


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