Novedades editoriales

28 de noviembre de 2019

Encuentran tres sarcófagos de 3.500 años de antigüedad en una necrópolis de Egipto


Un grupo de arqueólogos franceses, encabezado por Frederic Colin, de la Universidad de Estrasburgo, halló tres sarcófagos de madera de unos 3.500 años de antigüedad en la necrópolis de Asasif, ubicada en orilla occidental del Nilo en Tebas, cerca de Deir el Bahari (Egipto), según lo anunció este miércoles el Ministerio de Antigüedades de ese país árabe.

El comunicado detalla que los hallazgos pertenecen a la dinastía XVIII, dominante entre 1.500 y 1.295 a.C. Asimismo, indica que se encuentran en buen estado de conservación y que en ellos hay inscripciones jeroglíficas y varios motivos cromáticos.

Uno de los sarcófagos, que mide 180 centímetros de largo, está pintado de blanco y marrón y carece de inscripciones. El segundo, con longitud de 190 centímetros, está pintado de amarillo y corresponde a una mujer que se llamaba Rao; mientras que el tercero, de 195 centímetros y adornado con jeroglíficos y decoraciones cromáticas, contiene los restos de una mujer cuyo nombre era T Abu.

El mes pasado, un grupo de arqueólogos encontró en Luxor –ciudad egipcia edificada sobre las ruinas de Tebas– un área de producción artesanal especializada del período del Imperio Nuevo de Egipto, con 30 talleres de los siglos XVI-XIII a.C.

26 de noviembre de 2019

Exposición: Tutankhamón. La tumba y sus tesoros


Tutankhamón. La tumba y sus tesoros ofrece una oportunidad única para adentrarse en el mundo de la arqueología del antiguo Egipto. Comienza un fantástico viaje en el tiempo y descubre las cámaras funerarias y los tesoros del Faraón tal y como fueron descubiertos por Howard Carter en 1922.

Howard Carter - Arqueólogo, artista y descubridor de un sensacional hallazgo

La biografía de Howard Carter es única entre los arqueólogos. A los 17 años era un artista de gran talento, gracias a lo cual fue inicialmente contratado por el Egypt Exploration Fund para copiar las pinturas de vivos colores que adornaban las paredes de las tumbas del Egipto Medio. No mucho tiempo después, comenzó sus propias excavaciones, bajo la dirección de su maestro, Flinders Petrie.



En 1900, el dotado joven arqueólogo ascendió al cargo de Inspector Jefe del Servicio de Antigüedades de Egipto. Sin embargo, pocos años después su brillante carrera en el Servicio llegaría a un abrupto final, por un altercado con unos turistas indisciplinados. En 1909, Howard Carter comenzó su colaboración con Lord Carnarvon. Con el paso del tiempo, Carter logró convencer a Carnarvon para dar comienzo a un proyecto muy especial:

La búsqueda de la tumba del olvidado faraón Tutankhamón, en el Valle de los Reyes

Lord Carnarvon financió el proyecto durante cinco años, a partir de 1917, pero el esfuerzo resultó infructuoso. En noviembre de 1922, durante la última temporada de excavaciones, Carter acabó teniendo suerte, y presentó su sensacional descubrimiento ante un mundo atónito. Esto desató un frenético interés en la prensa, como nunca hubo otro igual, y un verdadero furor por Tutankhamón, que dejó su huella en la era de los Locos Años Veinte.


Tutankhamón, un rey y su época

Tutankhamón ascendió al trono en 1332 AC, a los 9 años de edad, y fue uno de los últimos reyes de la XVIII Dinastía. Su padre fue el faraón Hereje, Akhenatón. El nombre de su madre sigue siendo desconocido hoy en día. Según los más recientes estudios, el joven faraón sufría de graves dolencias. El logro más significativo de su reino fue el abandono de las radicales reformas religiosas introducidas por su padre, que habían desestabilizado el país.

Su muerte sigue siendo un misterio a día de hoy.


Tutankhamón falleció tras haber ocupado el trono durante un periodo de nueve años, probablemente a causa de una infección derivada de una herida abierta en la rodilla.

Su tumba, imágenes para la eternidad

El fotógrafo Harry Burton documentó todos los aspectos del trabajo realizado en la tumba de Tutankhamón, desde la elaboración del inventario inicial al traslado de los últimos descubrimientos al museo. Únicamente en las fotografías de Burton alcanzó el Faraón la verdadera inmortalidad.

Los ojos y la memoria de Carter

El Museo Metropolitano envió a Burton como fotógrafo de las excavaciones – era “los ojos y la memoria de Carter”. Con su enorme cámara y sus descomunales placas de negativos, recorría incansablemente la distancia que separaba el yacimiento, de su laboratorio (que había montado en la tumba de Seti I) y del improvisado cuarto oscuro, en la tumba vecina (Nº 55).

Todas las etapas del trabajo de excavación quedaron documentadas en fotografías, hasta el más mínimo detalle.


El resultado de ese laborioso esfuerzo son 2.800 negativos de vidrio de gran formato, que documentan con la mayor precisión todos los descubrimientos, su ubicación en la tumba y cada uno de los pasos que dieron los excavadores en su trabajo. Carter le animó paciente e incondicionalmente a llevar a cabo su trabajo, mostrando una predilección que no hizo extensiva a ningún otro miembro de su equipo, y gracias a sus fotografías, Burton fue el primer y único fotógrafo arqueológico que llegó a ser famoso en todo el mundo.

Réplicas elaboradas por expertos artesanos

Las exposiciones sobre las fascinantes obras de arte de Egipto han disfrutado de una gran popularidad desde hace muchos años. Tutankhamón. La tumba y sus tesoros aspira a generar una nueva tendencia en este campo: que los visitantes puedan experimentar la historia de una emocionante excavación arqueológica. Sin embargo, esta ambición se enfrenta a una limitación: los delicados objetos originales que han de ser conservados no pueden, y no deben, ser presentados en el complejo escenario de una exposición.


Los tesoros

La exposición Tutankhamón. La tumba y sus tesoros, muestra más de 1.000 piezas. Aquí puedes ver una pequeña muestra de la exuberante riqueza artística del antiguo Egipto.

Información

Del 23 de noviembre de 2019 al 19 de abril de 2020. Espacio 5.1, IFEMA. Avd. Partenón, nº 5 (28042, Madrid).


Horario

Martes a domingo: de 10:00 a 21:00h.

El último pase a la exposición se realizará una hora y media antes del cierre. No se permitirá ningún acceso posterior a la exposición.

Estos horarios podrán verse modificados en función de festividades o períodos vacacionales. Consulta el calendario.

Entradas


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25 de noviembre de 2019

Egipto halla por primera vez una momia completa de un cachorro de león


El Ministerio de Antigüedades de Egipto ha presentado este sábado en la zona arqueológica de Saqqara, al sur de El Cairo y donde se encuentran las primeras pirámides del país, 75 estatuas y varias momias de animales, entre ellas cachorros de león, pájaros, cocodrilos y gatos.

“Hoy podemos anunciar que esta es la primera vez que encontramos una momia completa de un león pequeño”, ha explicado durante un acto en el parque arqueológico el jefe del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, Mustafa Waziri. Ha detallado que también se han hallado cinco felinos grandes, uno de los cuales ha sido identificado como un león, mientras que los demás están siendo analizados para determinar de qué clase son, si bien se cree que podrían ser leopardos.

Los felinos eran muy importantes en el Antiguo Egipto, sobre todo los gatos, que eran considerados dioses y la necrópolis de Saqqara era un cementerio para estos animales. Los egipcios creían que los gatos eran manifestaciones de la diosa Bastet, gata del Antiguo Egipto y la diosa de la felicidad y de la armonía, protectora de los humanos y del hogar.

Durante la presentación de los animales momificados, el ministro de Antigüedades egipcio, Jaled al Anani, ha destacado que “este es un descubrimiento de cientos de estatuas y momias de animales en la zona arqueológica de Saqqara”, todas ellas pertenecientes al último periodo (664-332 a.C.). El ministro también ha explicado que en este reciente descubrimiento se encontraron 75 estatuas de gatos en madera y bronce, de diferentes tamaños.

En la zona arqueológica de Saqqara se han realizado grandes descubrimientos en los últimos dos años, entre ellos la tumba bien preservada del sacerdote Wahtye de la quinta dinastía y el mayor escarabajo del mundo, según ha recordado Al Anani. Las momias de los animales y las estatuas encontradas últimamente han sido expuestas hoy en diversas vitrinas ante la mirada de decenas de personas que se han acercado a la presentación que el Ministerio de Antigüedades egipcio ha organizado en Saqqara.

Las vitrinas que han tenido mayor expectación eran la de los cachorros de león y la del escarabajo gigante. Para los antiguos egipcios los gatos y los escarabajos eran sagrados, estos últimos considerados un amuleto de vida y de poder que traía suerte. Los animales eran momificados como ofrendas religiosas.

Deir el-Medina, la agitada ciudad de los constructores de tumbas


El estudio del antiguo Egipto nos tiene acostumbrados a sugerentes biografías de faraones y reinas. Sus colosales monumentos hablan del esplendor de una civilización construida en los márgenes del Nilo para gloria de sus soberanos y sus dioses. Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado a la sombra de la historia a los hombres y mujeres que la hicieron posible. Pocas veces los historiadores han podido satisfacer su curiosidad sobre cómo era la vida de la gente común.

En este sentido, la aldea de Deir el-Medina es única: en ella vivían los constructores de las tumbas del Valle de los Reyes y del Valle de las Reinas. Su nombre, el “Lugar de la Verdad”, hacía honor a su responsabilidad de preparar con éxito el acceso de los soberanos al más allá. Así, consagrada por entero al descanso eterno del faraón y su familia, esta comunidad de obreros era a todas luces especial. Y no solo por la relevancia de su trabajo, sino también por las condiciones en que lo hicieron.

Su estrecha convivencia tras los muros de la aldea generó todo tipo de situaciones que transcendieron el ámbito profesional. Deir el-Medina reunía todo lo necesario para ser el escenario perfecto de intrigas y conflictos: cercanía al poder, prestigio, rivalidades y, por supuesto, una alta instrucción cultural. La arqueología da fe de esta vitalidad cotidiana. Desde que en 1922 un equipo francés comenzara la excavación metódica del yacimiento, ha sido asombrosa la variedad de los hallazgos.

Aquí la espectacularidad de los objetos cede el paso a su valor informativo. Entre ellos abundan los papiros que detallan historias de sus habitantes, rescatando para nosotros sus nombres, sus vivencias y sus miedos. Además, se han conservado miles de retales de sus vidas en forma de fragmentos de caliza y cerámica (los llamados ostraca). Dado que eran abundantes y baratos, sirvieron como soporte para escribir textos o dibujar bocetos de toda índole, algunos de ellos maravillosos ejemplos de la maestría de los artistas.

Muchos, usados como papel en sucio, se acumularon durante años en un profundo pozo que sirvió de basurero. Gracias a esta documentación, el día a día de estos artesanos, seguramente de los mejores de Egipto, se nos presenta extraordinario y fascinante. Una instantánea de la sociedad egipcia que, aunque separada de la nuestra en varios miles de años, sorprendentemente no nos es tan ajena.

El origen de Deir el-Medina se remonta a principios del Reino Nuevo (siglos XVI-XI a. C.), cuando los faraones escogieron la orilla occidental tebana como nuevo lugar para excavar sus necrópolis. Se formó entonces una comunidad que incluía desde simples canteros a dibujantes, pintores, escultores, arquitectos o albañiles, y fue instalada en un pequeño valle pocos kilómetros al sur de su lugar de trabajo.

En última instancia rendían cuentas al visir, delegado del faraón, aunque para su buen funcionamiento se creó una larga jerarquía administrativa que controlaba hasta el más mínimo detalle. Todos ellos componían una institución que recibió el nombre genérico de “la Tumba”. Porque si algo caracterizó a Deir el-Medina fue el encierro y la rígida disciplina a que estaban sometidos sus habitantes.

Custodiados por el desierto y una alta muralla de adobe, sus vidas y, sobre todo, sus secretos encargos fueron siempre objeto de una estricta vigilancia. La presencia policial era constante, especialmente en las puertas que daban acceso al recinto. Desde el puesto de control situado al norte del muro se organizaba la vida pública de la aldea. Nada pasaba desapercibido. De hecho, el “ escriba de la Tumba” debía registrar todo lo que sucedía en ella a diario.

Anotaba meticulosamente desde temas laborales, como los turnos de los obreros o la entrega de raciones y material de trabajo, hasta asuntos privados de interés general, como las visitas, los litigios judiciales o las defunciones. Era uno de los personajes más importantes de la aldea, y gracias a sus archivos conocemos el devenir de la comunidad a lo largo de toda su existencia.

Este espacio cerrado, tras sucesivas ampliaciones, tuvo cerca de 135 metros de largo por 50 metros de ancho, y llegó a albergar en época de Ramsés IV hasta 120 hombres. La organización de los obreros en dos equipos de trabajo –llamados “el de la izquierda” y “el de la derecha”– determinó incluso el aspecto de la aldea. Una calle larga y estrecha la dividía en dos, y a cada obrero y su familia se les concedía una vivienda en el lado que les correspondiera.

Las casas se sucedían apiñadas unas con otras y abiertas a la vía central. Alargadas y rectangulares, tenían una superficie de unos 70 m², y estaban realizadas siguiendo un mismo plano: habitaciones alineadas que incluían una cocina y despensas subterráneas. Ante la estrechez de los espacios, las azoteas cobraron protagonismo. La vida en Deir el-Medina estuvo marcada por la rutina.

La jornada laboral de los artesanos se componía de ocho horas con una pausa para comer. Su semana constaba de diez días y descansaban los dos últimos, además de librar las festividades del calendario litúrgico. Por otra parte, podían disponer de su tiempo en los períodos en que no tuvieran trabajo en las tumbas o ninguna tarea fijada. En caso de ausencia, los motivos debían estar debidamente justificados. Se registraron razones tan diversas como “picadura de escorpión”, “duelo por un hijo”, “madre enferma” o “la esposa tiene la regla”…

Cada mañana, los dos equipos, dirigidos por su respectivo jefe, abandonaban el recinto escoltados y avanzaban superando los puestos de guardia que jalonaban el camino hacia las necrópolis. Allí trabajaban en el lado de la tumba que tenían asignado, el derecho o el izquierdo, ocupándose primero de dibujar, después de esculpir y por último de pintar.

La recompensa a su trabajo les llegaba a finales de mes en forma de sacos. Cada trabajador percibía una paga que se realizaba en especies: cereales, verduras, pescado, telas, aceites... No es de extrañar que los obreros elevaran sus quejas cuando empezaron a producirse retrasos en los pagos. Corría el año 29 del reinado de Ramsés III cuando se documentan las primeras huelgas conocidas en la Antigüedad.

Un papiro redactado por el “escriba de la Tumba” Amennakht dejó constancia de cómo se desarrollaron los acontecimientos. Empujados por “el hambre y la sed” salieron de su aldea y, como en una manifestación moderna, protagonizaron una sentada ante los templos de Tebas-oeste, guardianes de los almacenes de grano, cuyo volumen empezaba a escasear. Ante las fuerzas del orden exigían: “¡Escribid al Faraón, nuestro buen señor, a este propósito, y escribid al visir, nuestro superior, para que nos den las provisiones!”.

Hartos de las infructuosas negociaciones, las movilizaciones se repitieron durante los siguientes meses hasta cuatro veces. Aunque se intentó calmar los ánimos avanzando parte del salario, los retrasos continuaron, ante la indiferencia de las autoridades tebanas, demasiado ocupadas en la organización de ese macroevento que era el jubileo del Faraón. Al grito de: “¡No regresaremos!, ¡díselo a tus jefes!”, denunciaron las irregularidades en la gestión.

Solo se dieron por satisfechos cuando el gobernador de Tebas tomó cartas en el asunto y les dispensó 50 sacos. Las fuentes vuelven a mencionar el tema en el año 31 y en el 32, el último de Ramsés III, informando de nuevas huelgas. No serían las últimas.

Los artesanos se instalaron en Deir el-Medina junto con sus familias, y a partir de ese momento las vidas de todos ellos quedaron ligadas inexorablemente al servicio de la comunidad. Hasta tal punto que el futuro de la misma estaba asegurado por el relevo generacional. Lejos de la rigidez impuesta por la administración, trataron con gran naturalidad sus temas privados. Papiros y ostraca aportan una información inestimable sobre las relaciones personales y familiares.

Las muestras de cariño se repiten, como cuando un padre asegura a su hija que en caso de ser repudiada por su marido podrá regresar a su casa. Un tierno testimonio nos ha llegado en forma de carta escrita por un esposo, uno de los últimos escribas y jefe de Deir el-Medina, a su mujer difunta para declararle el vacío tan grande dejado por su marcha. Pero abordaron sus disputas del mismo modo.

Los casos de adulterio son numerosos y no faltan al respecto todo tipo de reproches: “¿Por qué eres tan sordo a un buen consejo? No eres realmente un hombre, porque eres incapaz de dejar embarazada a tu esposa, pero eres demasiado avaro para adoptar a un huérfano”.

En esta comunidad, eminentemente masculina, destacó el influyente papel de la mujer. Aunque encargadas de tareas domésticas como la elaboración del pan o vestidos, muchas sabían leer y escribir.

Los artistas se deleitaron en plasmar sobre ostraca situaciones tan íntimas como la de una joven amamantando a su recién nacido, momentos de su aseo personal o escenas eróticas. En Deir el-Medina se han encontrado los mejores ejemplos de poesía amorosa, y los problemas de pareja son uno de los temas recurrentes en los papiros jurídicos.

La abundante documentación demuestra el alto nivel cultural, por otra parte atípico en el resto de Egipto, del que hizo gala un gran número de miembros de la aldea.

En un mundo tan pequeño y cerrado como Deir el-Medina, pocas cosas escapaban al conocimiento general, especialmente en lo que a delitos se refiere. Existía un tribunal, compuesto por los propios artesanos, encargado de solucionar conflictos y que era intransigente con los casos de robo. Muchos documentos recogen procesos en los que cada una de las partes exponía sus argumentos bajo juramento, y tras investigar las sospechas se dictaba el veredicto.

En ocasiones, los afectados hacían valer sus relaciones e influencias, con lo que se adivinan las grandes diferencias sociales que separaban a unos y a otros. Fue el caso del escultor Qaha, que denunció a una mujer por un hurto aun sabiendo que era la hija del poderoso escriba Amennakht (célebre por su papiro sobre las huelgas de Ramsés III).

Y es que a veces la corrupción era contemplada con tanta naturalidad que no resulta extraño que un padre detallara en un ostracon los objetos que regaló a los dos jefes de equipo y al “escriba de la Tumba” para asegurar la promoción de su hijo. O que determinados funcionarios emplearan a los obreros en beneficio propio.

Sin embargo, existieron claros abusos de poder, y algunos de ellos fueron denunciados. Por ejemplo, el de Paneb, jefe del equipo de “la izquierda” en tiempos de Seti II. Había arrebatado el cargo al hermano de su antecesor, y este le acusó en un papiro de haber actuado impunemente durante años, lucrándose a sus anchas. Entre sus delitos estaba incluso el de haber robado una tumba del Valle de los Reyes.

Las autoridades eran efectivamente conscientes de la tentación que suponía rondar cerca de las riquezas que se acumulaban en las tumbas. Por eso los artesanos debían prestar juramento de denunciar cualquier rumor que escucharan sobre complots. Pero a finales del Reino Nuevo, cuando se agudizó la crisis económica, los pillajes en las necrópolis reales y nobiliares comenzaron a ser muy frecuentes. Se descubrió a varias bandas de ladrones, y sus autores fueron condenados a muerte en los casos en que fue probada en un juicio su culpabilidad.

Especialmente escandalosos fueron los procesos abiertos por Paser, alcalde de Tebas, cuyas investigaciones destaparon una red de corrupción que salpicó a la administración. Numerosos miembros de la comunidad de Deir el-Medina se vieron sentados en el banquillo de los acusados. Entre ellos estaba Amenua, descendiente de una saga de célebres pintores, que fue absuelto de la acusación de haber desvalijado la tumba de Ramsés III. La aldea quedó sumida en un declive imparable, reflejado incluso en la calidad de la decoración de las tumbas.

La documentación de los últimos años está marcada por la agonía de la comunidad. A finales del Reino Nuevo toda la orilla occidental de Tebas sufrió constantes ataques de grupos de bandidos. Eran una muestra más del cercano fin de una época en la historia de Egipto. Inseguros en el seno de su aldea, los servidores del “Lugar de la Verdad” se vieron obligados a abandonarla lentamente e instalarse en el vecino templo de Medinet Habu, cuyo aspecto se asemejaba ya a una fortaleza.

Aunque se intentó resucitar la vida de la aldea, los problemas de abastecimiento no cesaron y el trabajo escaseaba. La extinción de la dinastía ramésida marcó su destino final. Ahora su labor más importante sería la de restaurar las momias reales saqueadas y trasladarlas a un escondrijo seguro. Finalmente, los nuevos faraones fijaron su residencia en Tanis , al norte del país, y con ella sus tumbas.

El Valle de los Reyes fue abandonado y la institución de “la Tumba” dejó de tener sentido. La disolución del equipo de artesanos no se hizo esperar. El espacio donde se levantó Deir el-Medina no volvió a ser ocupado, de modo que es uno de los pocos de Egipto que más completos han llegado hasta hoy.

Su conocimiento supone todo un reto para arqueólogos, historiadores y papirólogos, desbordados ante el estudio interminable del material excavado. Un puzle que ofrece la cara más humana y apasionante del antiguo Egipto.

Artículo: Crisina Gil Paneque.

14 de noviembre de 2019

El descubrimiento de 38 españoles que reescribe la historia del verdadero padre de Tutankamón


La historia nos dice que Ajenatón fue el padre de Tutankamón, sin embargo, los hallazgos sobre el terreno de 38 españoles pone en tela de juicio esta teoría y da una nueva interpretación: Visir-Amen Hotep, gobernador del Alto y Bajo Egipto en la dinastía del XVIII (Imperio Nuevo), podría realmente ser su padre. Los 38 arqueológicos e historiadores llevan desde el 1 de octubre trabajando y excavando el Asasif, una superficie aproximada de unos 900 metros cuadrados, situada en una de las principales áreas de la necrópolis de la antigua ciudad de Tebas, localizada en la orilla occidental del río Nilo, en Luxor. Es la décima campaña realizada por este grupo de españoles que durará hasta el mes de diciembre.

Los numerosos descubrimientos en campañas anteriores han obligado a que los historiadores reescriban la historia del Antigüo Egipto, y que medios tanto nacionales como internacionales se hagan eco de estos hallazgos. Ahora, de nuevo, estos arqueólogos españoles podrían cambiar la Historia de esta civilización y del faraón más conocido.

La tumba pertenece al Imperio Nuevo, uno de los periodos más importantes de la historia de Egipto. Su propietario, Amen-Hotep, fue cortesano del Rey Amen-Hotep III y ejerció el cargo de Visir del Bajo Egipto, asumiendo también después el Visirato del Sur, en Tebas.

De esta teoría nace el ‘Proyecto Visir Amen-Hotep’ una iniciativa del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto (Madrid), que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, la Universidad de Málaga y varios voluntarios de Luxor que a través de este Instituto prestan su apoyo a este proyecto. Un trabajo cuyo objetivo “es colaborar con las autoridades egipcias responsables de las antigüedades, para excavar, investigar, proteger y restaurar la Tumba nº28 de Asasif”, según ha contado a The Objective la codirectora de la entidad, Teresa Bedman.

La operación se encuentra en plena campaña. Según Teresa Bedman, “la vida y muerte del Visir se enclavan en uno de los periodos más interesantes de toda la historia del Antiguo Egipto, durante la transición entre Amen-Hotep III y Amen-Hotep IV, también llamado Ajenatón”.

La entidad que lleva trabajando desde 2009 ha logrado una serie de hallazgos durante toda su trayectoria, como por ejemplo, cuando descubrieron inscripciones jeroglíficas pertenecientes a las columnas derruidas del propio templo, y que según el director del Proyecto, Francisco Martín Valentín, “supusieron una prueba irrefutable de que hubo una corregencia ¿entre ambos?, zanjando así una vieja y enconada polémica entre los egiptólogos acerca del asunto y obligando a recortar la cronología de la Dinastía XVIII en once años”. A lo que ha destacado que “esto supone, muy seguramente, que Amen-Hotep III, y no Ajenatón, fuera el padre de Tutankamón. Dando así un vuelco de 180 grados y cambiando todo lo que se sabía hasta ahora sobre este tema”.

Los egipcios ya saqueaban las tumbas de los ricos


Si por algo llama la atención la civilización faraónica es por su cercanía con la muerte. Su larga tradición funeraria refleja el esfuerzo invertido para hacer más llevadera la eternidad. Tumbas, tesoros y momias parecen querer retener al difunto en su hogar terrenal. Y es que la felicidad de todo egipcio pasaba por construirse un “bello enterramiento” en el valle del Nilo.

En uno de los textos más apasionantes de la literatura egipcia, el desafortunado Sinuhé expresaba su ferviente deseo de regresar a Egipto para ser enterrado según la tradición. Exiliado en Siria-Palestina entre los beduinos, en caso de no volver, estaría condenado a tener como última morada un simple túmulo y, en lugar de un ataúd, la piel de un carnero.

En otro relato, que cuenta la historia de Unamón, el protagonista evocaba desde la lejana Biblos su triste destino: “¿No ves las aves migratorias que, ya por segunda vez, descienden hacia Egipto? Míralas, van hacia las marismas. Y yo, ¿hasta cuándo habré de permanecer aquí abandonado?”. La tumba era, pues, una obra en vida.

Dado que el difunto se hacía acompañar de todo lo que necesitaría en su viaje al Más Allá, los más ricos se rodearon de un valioso ajuar. Además de objetos realizados en metales y piedras preciosas, incluían vestidos de lino o muebles. Con tanto tesoro escondido, no es extraño que Egipto sufriera la lacra del pillaje. Las sepulturas, especialmente las pertenecientes a faraones y reinas, fueron objeto de un saqueo sistemático. Poco podía hacer el dios Anubis, señor de la orilla occidental y protector de las necrópolis, para salvaguardar su feudo sagrado.

La arqueología demuestra que desde las primeras épocas, cuando las tumbas consistían apenas en hoyos excavados en el desierto, los robos eran ya una práctica habitual. Con el tiempo nació una elite que invertía gran parte de su capital en el ajuar funerario, y las riquezas de ultratumba no dejaron de tentar a los más espabilados. Pero fue sobre todo en épocas de crisis cuando aumentaron los saqueos, pues la administración era incapaz de organizar la vigilancia de las necrópolis.

La sensación de inseguridad marcó muy pronto la mentalidad de los egipcios. Numerosos textos, como Las lamentaciones de Ipuwer, denuncian el estado de abandono de muchas sepulturas. Se relata con estupor cómo “las pirámides han sido vaciadas”, pues “el ladrón está en cualquier lugar”. Conscientes de la vulnerabilidad de sus moradas de eternidad, se sirvieron de la magia para protegerlas.

Escribieron en su interior mensajes amenazadores para todo aquel que intentara hacer daño a la momia. El difunto apela a la justicia divina, pero, por si acaso, advierte de castigos. Por ejemplo, “retorceré su cuello como a una oca”, o “que un cocodrilo le ataque en el agua, que una serpiente le ataque en la tierra, a aquel que haga algo contra esto [la tumba]”. En cada uno de los cuatro puntos cardinales de la cámara que contenía el ataúd, se solía colocar un “ladrillo mágico” de barro con fórmulas de protección para crear un espacio invulnerable.

Pero, aun así, el balance es desolador. Sabemos que en ocasiones el robo ocurría muy poco después del cierre de las tumbas, y en otras cuando caían en el olvido. En ciertos casos existen pruebas de que los ladrones tuvieron que abandonar rápidamente su empeño, como en el caso de la tumba de Tutankhamón, pero en otros el desvalijamiento fue completo. El tipo de sepultura nunca fue un obstáculo.

Hoy por hoy se puede afirmar que todas las pirámides han sido saqueadas. El hecho de que a principios del Reino Nuevo (ss. XVI-XI a. C.) las tumbas pasasen a excavarse en los desfiladeros de las montañas tampoco disuadió a los delincuentes. El cambio respondió a una nueva tradición funeraria asociada al mundo subterráneo de Osiris, pero ciertamente se volvieron menos accesibles. Es el caso de las necrópolis de Tebas, con el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas a la cabeza.

En ocasiones estaban situadas en lugares infranqueables y, una vez cerrada, la entrada quedaba discretamente oculta con piedras. Cuando, a finales del Reino Nuevo, las tumbas se construyeron en el valle, con una entrada bien visible, muchas de ellas quedaban camufladas por las aguas torrenciales.

Pero la historia de los robos de tumbas en Egipto es en su mayor parte silenciosa. La falta de documentación de los primeros períodos está generosamente compensada por el gran número de papiros que se han conservado a partir del Reino Nuevo. Su estudio ha revelado que fue a finales de la época ramésida (última parte del período) cuando el pillaje puso en jaque al Estado.

Los robos fueron tan generalizados que, más allá del delito, mostraban que eran producto, como ha calificado el egiptólogo Pascal Vernus, de una profunda crisis de valores. La sociedad del momento buscaba un enriquecimiento fácil en medio de una profunda crisis económica. El precio exagerado de los productos básicos y la corrupción extendida eran un buen caldo de cultivo. El robo era tácitamente aceptado en esta economía de trueque, pues los objetos circulaban libremente sin reparar en su procedencia.

Así, por ejemplo, la esposa de un ladrón confesaba al tomársele declaración: “Tomé la parte [del botín] de mi marido y la guardé en la despensa; luego tomé un deben [medida egipcia] de plata de allí y lo usé para comprar grano”. El Estado egipcio contraatacó endureciendo la legislación del Derecho criminal. Por cada denuncia de robo se crearon comisiones de investigación. Para esclarecer los hechos, se verificaba in situ el estado de las tumbas.

Se practicaban interrogatorios a los sospechosos, durante los cuales se les llegaba a golpear con un palo o a retorcer pies y manos. Todo ello quedaba expuesto en largos procesos judiciales. La sentencia para los más afortunados consistía en diversos castigos corporales, como cortar orejas o nariz, aunque la pena por robo era normalmente la muerte, dictada por el faraón. En este clima, la vigilancia de las necrópolis se volvió fundamental, y a esta labor se consagró un cuerpo de policía.

Si por algo llama la atención la civilización faraónica es por su cercanía con la muerte. Su larga tradición funeraria refleja el esfuerzo invertido para hacer más llevadera la eternidad. Tumbas, tesoros y momias parecen querer retener al difunto en su hogar terrenal. Y es que la felicidad de todo egipcio pasaba por construirse un “bello enterramiento” en el valle del Nilo.

En uno de los textos más apasionantes de la literatura egipcia, el desafortunado Sinuhé expresaba su ferviente deseo de regresar a Egipto para ser enterrado según la tradición. Exiliado en Siria-Palestina entre los beduinos, en caso de no volver, estaría condenado a tener como última morada un simple túmulo y, en lugar de un ataúd, la piel de un carnero.

En otro relato, que cuenta la historia de Unamón, el protagonista evocaba desde la lejana Biblos su triste destino: “¿No ves las aves migratorias que, ya por segunda vez, descienden hacia Egipto? Míralas, van hacia las marismas. Y yo, ¿hasta cuándo habré de permanecer aquí abandonado?”. La tumba era, pues, una obra en vida.

Dado que el difunto se hacía acompañar de todo lo que necesitaría en su viaje al Más Allá, los más ricos se rodearon de un valioso ajuar. Además de objetos realizados en metales y piedras preciosas, incluían vestidos de lino o muebles. Con tanto tesoro escondido, no es extraño que Egipto sufriera la lacra del pillaje. Las sepulturas, especialmente las pertenecientes a faraones y reinas, fueron objeto de un saqueo sistemático. Poco podía hacer el dios Anubis, señor de la orilla occidental y protector de las necrópolis, para salvaguardar su feudo sagrado.

La arqueología demuestra que desde las primeras épocas, cuando las tumbas consistían apenas en hoyos excavados en el desierto, los robos eran ya una práctica habitual. Con el tiempo nació una elite que invertía gran parte de su capital en el ajuar funerario, y las riquezas de ultratumba no dejaron de tentar a los más espabilados. Pero fue sobre todo en épocas de crisis cuando aumentaron los saqueos, pues la administración era incapaz de organizar la vigilancia de las necrópolis.

La sensación de inseguridad marcó muy pronto la mentalidad de los egipcios. Numerosos textos, como Las lamentaciones de Ipuwer, denuncian el estado de abandono de muchas sepulturas. Se relata con estupor cómo “las pirámides han sido vaciadas”, pues “el ladrón está en cualquier lugar”. Conscientes de la vulnerabilidad de sus moradas de eternidad, se sirvieron de la magia para protegerlas.

Escribieron en su interior mensajes amenazadores para todo aquel que intentara hacer daño a la momia. El difunto apela a la justicia divina, pero, por si acaso, advierte de castigos. Por ejemplo, “retorceré su cuello como a una oca”, o “que un cocodrilo le ataque en el agua, que una serpiente le ataque en la tierra, a aquel que haga algo contra esto [la tumba]”. En cada uno de los cuatro puntos cardinales de la cámara que contenía el ataúd, se solía colocar un “ladrillo mágico” de barro con fórmulas de protección para crear un espacio invulnerable.Howard Carter analizando el tercer y último ataúd antropomorfo de oro macizo, en cuyo interior se encontraba la momia de Tutankamón. (Dominio público)

Pero, aun así, el balance es desolador. Sabemos que en ocasiones el robo ocurría muy poco después del cierre de las tumbas, y en otras cuando caían en el olvido. En ciertos casos existen pruebas de que los ladrones tuvieron que abandonar rápidamente su empeño, como en el caso de la tumba de Tutankhamón, pero en otros el desvalijamiento fue completo. El tipo de sepultura nunca fue un obstáculo.

Hoy por hoy se puede afirmar que todas las pirámides han sido saqueadas. El hecho de que a principios del Reino Nuevo (ss. XVI-XI a. C.) las tumbas pasasen a excavarse en los desfiladeros de las montañas tampoco disuadió a los delincuentes. El cambio respondió a una nueva tradición funeraria asociada al mundo subterráneo de Osiris, pero ciertamente se volvieron menos accesibles. Es el caso de las necrópolis de Tebas, con el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas a la cabeza.

En ocasiones estaban situadas en lugares infranqueables y, una vez cerrada, la entrada quedaba discretamente oculta con piedras. Cuando, a finales del Reino Nuevo, las tumbas se construyeron en el valle, con una entrada bien visible, muchas de ellas quedaban camufladas por las aguas torrenciales.

Pero la historia de los robos de tumbas en Egipto es en su mayor parte silenciosa. La falta de documentación de los primeros períodos está generosamente compensada por el gran número de papiros que se han conservado a partir del Reino Nuevo. Su estudio ha revelado que fue a finales de la época ramésida (última parte del período) cuando el pillaje puso en jaque al Estado.

Los robos fueron tan generalizados que, más allá del delito, mostraban que eran producto, como ha calificado el egiptólogo Pascal Vernus, de una profunda crisis de valores. La sociedad del momento buscaba un enriquecimiento fácil en medio de una profunda crisis económica. El precio exagerado de los productos básicos y la corrupción extendida eran un buen caldo de cultivo. El robo era tácitamente aceptado en esta economía de trueque, pues los objetos circulaban libremente sin reparar en su procedencia.

Así, por ejemplo, la esposa de un ladrón confesaba al tomársele declaración: “Tomé la parte [del botín] de mi marido y la guardé en la despensa; luego tomé un deben [medida egipcia] de plata de allí y lo usé para comprar grano”. El Estado egipcio contraatacó endureciendo la legislación del Derecho criminal. Por cada denuncia de robo se crearon comisiones de investigación. Para esclarecer los hechos, se verificaba in situ el estado de las tumbas.

Se practicaban interrogatorios a los sospechosos, durante los cuales se les llegaba a golpear con un palo o a retorcer pies y manos. Todo ello quedaba expuesto en largos procesos judiciales. La sentencia para los más afortunados consistía en diversos castigos corporales, como cortar orejas o nariz, aunque la pena por robo era normalmente la muerte, dictada por el faraón. En este clima, la vigilancia de las necrópolis se volvió fundamental, y a esta labor se consagró un cuerpo de policía.

Dado que la vigilancia era cada vez mayor, los ladrones tuvieron necesariamente que contar con cómplices en la administración. Escribas, jefes locales, guardianes de la necrópolis e incluso miembros de los templos aparecen entre los acusados que, como poco, se dedicaron a aceptar sobornos.

Los papiros ramésidas nos brindan una información privilegiada. Detallan las confesiones de los acusados poniendo nombre e historias a estos ladrones. Dramas personales como el de una viuda que ve cómo los cómplices de su marido difunto le reclaman su parte del botín. Muchos de ellos vivían en la región, sobre todo en la localidad de Maiunehes, a pocos kilómetros de Tebas.

La red de traficantes implicaba a veces a varios miembros de una misma familia. Y, en ocasiones, a gentes tan insospechadas como un grupo de hombres de la región de El Fayum, lugar donde casualmente se encontraba uno de los harenes reales y, según algunos autores, posible destino de piezas robadas. El negocio era lucrativo para todos.

Un dato es significativo: analizando el célebre affaire del robo de la tumba de Sobekemsaf II, un faraón poco relevante en la historia, se ha calculado que el botín de cada uno de los ladrones ascendió a 20 deben de oro (1,82 kg). Es decir, 1.440 veces el poder adquisitivo del salario anual en cereales de un jefe de obras. El cabecilla de esta banda confesaba sin pudor ante los jueces: “Entonces yo, junto con los otros ladrones que estaban conmigo, continué hasta hoy practicando el robo de las tumbas de los nobles... Gran número de gentes del país las roban también...”.

Pero si en algún lugar la palabra robo se consideraba un agravio era entre los miembros de la aldea de artistas de Deir el Medina. Ellos fueron los encargados de construir las tumbas del Valle de los Reyes y, por tanto, conocían los secretos de su localización y contenido. Una sospecha suponía el desprestigio para toda la comunidad. Por eso, cada uno de ellos estaba obligado por juramento a denunciar cualquier intriga, so pena de ser considerado cómplice.

En el Valle de los Reyes, los llamados medjay vigilaban desde distintos puestos la zona de los hurtos y de las incesantes incursiones de bandidos libios. En otro cementerio de gran relevancia como fue el de Amarna, fundado por el faraón Akhenatón, aún existe el entramado de caminos por los que patrullaban los vigilantes. Este escenario turbulento nos es conocido gracias a un gran número de actas que detallan meticulosamente los numerosos juicios acaecidos bajo los reinados de Ramsés IX, Ramsés X y Ramsés XI.

Su estudio muestra que son bandas muy bien organizadas que cubrían la completa logística del robo. Desde agentes de comercio que sacaban las piezas al mercado y barqueros para cruzar el río hasta canteros para abrir los túneles a través de la piedra y fundidores para obtener oro, plata y, sobre todo, cobre. Lo más sorprendente es que las acusaciones salpicaron también a las esferas públicas.

Motivos para el delito no les faltaban, pues, al grito de “tenemos hambre”, mostraron su desesperación ante el impago de los sueldos y los almacenes vacíos de grano. Los culpables eran juzgados por el propio tribunal de la ciudad, que no siempre acertó en su veredicto. El pintor Amenua fue absuelto de haber participado en el robo de la tumba de Ramsés III, cuyo botín, en realidad, había escondido en el sótano de su casa, como han descubierto los arqueólogos.

Pero el caso más llamativo ocurrido en Deir el Medina fue la actuación contra uno de los suyos, el capataz Paneb, relatada en el Papiro Salt 124 (hoy en el British Museum). Paneb vivió durante el reinado de Seti II y fue uno de los miembros más influyentes, en calidad de jefe de uno de los dos equipos de trabajo. Su conducta ambiciosa y violenta le acarreó no pocos enemigos. Fue precisamente uno de ellos, Amennakht, hermano de su antecesor en el cargo, quien presentó las denuncias. Entre los delitos estaba el de pillaje de varias tumbas.

Se le acusó de haber sustraído piedras y parte del mobiliario de la sepultura del propio Seti II, cuya construcción estaba a su cargo. El tribunal creyó erróneamente en la inocencia de Paneb, porque dichas piedras se han encontrado reutilizadas en el interior de la tumba del capataz. Sin embargo, parece que éste no se libró de la acusación de robo en la tumba de Henutmira, una de las esposas de Ramsés II, en el Valle de las Reinas. El hallazgo en su casa de un objeto procedente del ajuar de la Reina le delató. Paneb desaparece de las crónicas de la aldea, probablemente por ser condenado a muerte. Corría el año 6 de Ramsés III, a principios del s. XII a. C.

Desde el reinado de Ramsés IX, a finales de ese mismo siglo, la situación en la orilla occidental de Tebas se volvió incontrolable. Se cayó en un círculo vicioso en el que nada parecía librarse del saqueo. La tumba de la reina Isis, esposa de Ramsés III, que se inspeccionó en el año 16 de Ramsés IX y se halló intacta, fue desvalijada solo catorce meses después. Incluso los grandes templos funerarios, como el Rameseo o el templo de Medinet Habu, fueron objeto de continuos robos.

A Piankhy, el sumo sacerdote de Tebas, se le ocurrió financiar su guerra con Nubia con los tesoros extraídos de las tumbas que él mismo ordenó abrir. La situación política no era menos complicada. Egipto pasaba por uno de sus momentos más difíciles, con una separación de poderes entre el norte y el sur como solución a la crisis.

En el año 19 del reinado de Ramsés XI, quien seguía gobernando desde la ciudad de Pi-Ramsés, Tebas nombró como soberano a Herihor, el sumo sacerdote de Amón. Comenzaba así una nueva era también en la historia de los robos de las necrópolis tebanas. Los papiros reflejan que se intensificaron la vigilancia y los arrestos. Y es muy curioso que uno de los instigadores, el alcalde Pauraa, fuese el mismo que años atrás había sido acusado de pillaje.

En tiempos caóticos, soluciones drásticas. Esto es lo que debió de pensar Herihor cuando decidió trasladar la momia de Ramsés II, llamado el Grande, a la tumba de su antecesor, Seti I, convertida en una especie de tumba colectiva. Hasta entonces, las autoridades se habían limitado a realizar inspecciones periódicas y a restaurar alguna de las sepulturas. Pero los sacerdotes tebanos de las dinastías XXI y XXII fueron más allá, recopilando las momias de sus venerables faraones ante la inseguridad que reinaba en el Valle de los Reyes.

Las sacaron de sus tumbas originales y las escondieron en lugares seguros. Fueron desprovistas de sus joyas y amuletos y nuevamente vendadas, y en la tela se inscribió el registro de su nueva aventura. Durante el gobierno del sumo sacer- dote Pinedjem se escogió la tumba de Amenhotep II (KV 35) en el Valle de los Reyes, donde se han encontrado los cuerpos de Tutmosis IV, Amenhotep III, Mereptah, Seti II, Siptah, Ramsés IV, Ramsés V o Ramsés VI.

Años más tarde, otras momias fueron trasladadas a una inaccesible sepultura situada en Deir el Bahari (la TT 320), propiedad de la reina Inhapi, de principios del Reino Nuevo. En ella se almacenaron cerca de cincuenta cuerpos, incluyendo reyes de la dinastía XVII a la XXI. Entre ellos figuraban Seqenenra, Amosis I, Amenhotep I, Tutmosis I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés IX. Otros tres escondrijos se han descubierto con numerosas momias de sacerdotes tebanos.

¿Dónde fue a parar entonces el ajuar de estos grandes faraones? Este acto supuestamente piadoso no deja indiferentes a los historiadores, que dudan del altruismo de la cruzada. El asunto reportó al Estado una cantidad de oro y plata que compensaba la falta de ingresos de la nueva dinastía. Parte de los tesoros se han encontrado reutilizados en las tumbas de los monarcas de las dinastías XXI y XXII localizadas en la nueva necrópolis real de Tanis, y otra parte seguramente debió de desaparecer al fundirse.

Artículo: Cristina Gil Paneque.

Zahi Hawass: "Británicos y alemanes son unos ladrones. ¡Nos tienen que devolver la piedra Rosetta y a Nefertiti!"


Nadie sabe tanto de tumbas y momias como el egiptólogo Zahi Hawass. A los 72 años, el que fuera máximo responsable de las antigüedades de su país aún espera sorprender al mundo con un hallazgo tan espectacular como el de la tumba del faraón Tutankamón. Viajamos a Egipto para hablar con él en exclusiva sobre el apasionante mundo de los faraones.

El hotel de Luxor donde nos ha citado tiene dos habitaciones dedicadas a sus huéspedes más ilustres. Una, la suite Omar Shariff. La otra, la suite Zahi Hawass. Ambos fueron muy amigos hasta la muerte del primero, en 2015. Shariff solía decir que Hawass era mejor actor que él y que, en cuanto al éxito con las mujeres, no le andaba a la zaga. Que un arqueólogo se convierta en un personaje ‘de leyenda’ no es habitual. Pero a los cinco minutos de conocer a Hawass se entiende la fama.

Nacido en Damieta –un pueblo en la costa mediterránea de Egipto– en 1947, dejó Derecho para pasarse a la Arqueología, y descubrió su pasión. Pasión que se complementaría años después en Estados Unidos con otro descubrimiento: el poder de la comunicación. Llegó con una beca para completar su formación y allí aprendió a expresarse en público y desarrolló un estilo propio, entusiasta y enfático que, pese a lo impostado, no pierde autenticidad. Y hasta adoptó un atuendo ‘inspirado’ en Indiana Jones. Su sombrero se ha convertido en un icono de la egiptología y se vende por miles a los turistas. Del resto de su reconocimiento internacional se ocuparon National Geographic, que en 2001 lo nombró explorador residente –un honor que comparte con Jane Goodall o James Cameron–, y History Channel, donde protagonizó una serie documental en la que Hawass era más protagonista que cualquier faraón. Dicho lo cual, los 50 libros que lleva publicados se sustentan en un trabajo incuestionable. Su nombre aparece, como director, promotor o asesor, en casi todos los hallazgos arqueológicos de los últimos 30 años.

Hawass fue también secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades desde 2002 a 2011, año en el que el entonces presidente, Hosni Mubarak, creó un ministerio específico para él: el Ministerio de Antigüedades, recién iniciada la Primavera Árabe. Con la caída de Mubarak y la victoria de los Hermanos Musulmanes en las elecciones de 2012, Hawass salió del escenario político, pero los islamistas duraron poco en el poder. Fueron expulsados en julio de 2013 por Abdulfatah al Sisi, el jefe de las Fuerzas Armadas y actual presidente. Y como recuperar el turismo era una prioridad para el país, volvieron a llamar a Hawass, ya no como ministro, pero sí como ‘señuelo’. Nadie como él para difundir sus tesoros arqueológicos, como la tumba de Tutankamón, recreada ahora en una macroexposición que el 23 de noviembre llega a Ifema Espacio 5.1 en Madrid.

4 de noviembre de 2019

La exposición 'Tutankhamón: la tumba y sus tesoros' llega a Madrid


“¡Veo cosas maravillosas!”, exclamó el arqueólogo Howard Carter al tiempo que introducía una vela a través de un orificio en la antecámara de la tumba del faraón Tutankhamón, fallecido hacía más de 3.000 años.

Era el 26 de noviembre de 1922, y el inglés acababa de hallar una de las pocas tumbas egipcias no profanadas, lo que constituyó todo un acontecimiento no solo entre los colegas de su disciplina, sino para millones de personas en el mundo entero.

Para celebrarlo, el 23 de noviembre, 97 años después de aquel extraordinario evento, llega a Madrid la exposición Tutankhamón: la tumba y sus tesoros, una espectacular reconstrucción del lugar en el que fue hallado el mandatario, tal y como fue descubierto por Carter. Según sus responsables, la reproducción de los restos funerarios en su contexto arqueológico original proporciona una visión única del descubrimiento.

“A lo largo de más de 2.000 metros cuadrados de exposición, los visitantes conocerán todos los detalles sobre la historia de Tutankamón y los trabajos de excavación en el Valle de los Reyes. Además, descubrirán las tres cámaras funerarias del faraón tal como fueron encontradas en 1922 y se asombrarán ante las más de 1.000 piezas que componen el tesoro de la cámara donde se encontró su cuerpo, incluyendo la Máscara de Oro, una de las joyas más preciadas desde la Antigüedad hasta nuestros días”, explican desde Sold Out, compañía organizadora de la muestra.

Esta exposición, que ya estuvo en la Casa de Campo en 2010 convocando a 450.000 espectadores, ha viajado en estos años a través del mundo, con parada en ciudades como Dublín, Zúrich, Múnich, París o Seúl.

La “experiencia didáctica, fiel a la realidad y que cuenta con un enorme rigor científico”, tal y como la catalogan sus responsables, ha sido visitada, en total, por más de seis millones y medio de personas.

La cantidad seguro crecerá desde el 23 de noviembre y hasta el 19 de abril de 2020, cuando se mostrará en el Espacio 5.1., el nuevo recinto para grandes exposiciones de IFEMA.

Estará abierta de martes a domingo de 10:00 a 21:30, con un último pase una hora y media antes del cierre. Los lunes permanecerá cerrada, excepto festivos, puentes y períodos vacacionales.

Un centenar de tesoros inéditos de la tumba de Tutankamón llegan a Londres


La Saatchi Gallery de Londres inaugura este sábado una exposición con más de 150 objetos originales procedentes de la tumba de Tutankamón, para conmemorar el centenario del descubrimiento de la sepultura en 1922 por el explorador británico Howard Carter.

La muestra ofrece la última oportunidad para presenciar las reliquias halladas antes de que regresen a Egipto para siempre, donde serán acogidas por el Gran Museo Egipcio, que se encuentra actualmente en construcción.

Localizado en El Cairo, el centro dispondrá de más de 7.000 metros cuadrados dedicados exclusivamente a mostrar las posesiones de Tutankamón que, según quedó estipulado por ley, nunca más volverán a salir del país.

Hasta la esperada apertura del museo egipcio, el patrimonio del faraón estará disponible para que lo disfrute el público en la capital británica.

Desde este sábado hasta el 3 de mayo de 2020, “Tutankhamun: Treasures of the Golden Pharaoh” (Tutankamón: Tesoros del faraón dorado), ofrecerá un recorrido por la vida de la leyenda egipcia a través de una diversidad de piezas auténticas encontradas en su tumba, muchas de ellas trasladadas por primera vez de su país de origen.

Como principal reclamo destaca el célebre ataúd del faraón, aunque la exposición también goza de otros atractivos, como la figura del Guardián de la cámara funeraria y el arco y las flechas que Tutankamón utilizaba para cazar. Además, los visitantes podrán aprender acerca de la reveladora información que proporcionaron los múltiples estudios científicos realizados sobre la momia.

Según Philippa Adams, directora de la Saatchi Gallery, “Tutankhamun: Treasures of the Golden Pharaoh” ha logrado alcanzar el mayor número de ventas de la historia de la galería. Aunque recién llegada a Londres, la exposición ya ha ido acumulando éxitos en varias ciudades del mundo. En Los Ángeles fue una de las más exitosas en la historia del California Science Centre, mientras que en París se convirtió en la muestra más concurrida de Francia de todos los tiempos, con más de 1,4 millones de visitantes en total.

Después de 3.000 años, el mítico faraón egipcio sigue generando gran expectación por todo el mundo.

Escriba, una profesión de éxito


El arte de la palabra y el dominio de la escritura fueron dos piezas clave en el desarrollo de la civilización faraónica. La herencia escrita es ingente y abarca numerosos géneros. Ya fuese destinada a una vida efímera sobre el papiro o al carácter intemporal otorgado por la piedra, la escritura invadió todos los espacios de la sociedad.

Nació con una finalidad económica, pero pronto adquirió un interés trascendental: “Sé hábil de palabras [...]. Las palabras valen más que todos los combates”, se exhorta al rey Merikará, de la dinastía X, en las enseñanzas redactadas por su padre. Cuando el egipcio se encontraba en apuros debía recurrir a ellas: “Contesta sin balbucear, la boca de un hombre puede salvarlo, su discurso puede proporcionarle la indulgencia”, se aconseja a un marinero en el Cuento del náufrago para justificar ante el faraón el fracaso de su expedición.

Así pues, en una sociedad eminentemente iletrada como la egipcia, el escriba fue capital para la construcción del armazón económico-cultural. Primero, como creador de la escritura aplicada a la actividad diaria. La razón no era otra que la necesidad de registrar, de forma exhaustiva y metódica, toda acción que se desarrollase en el valle del Nilo. Y, segundo, como perfeccionador del lenguaje con que plasmar nociones abstractas y creencias religiosas.

Presto a escuchar y a escribir, este funcionario encarnó la obediencia y la fidelidad al Estado que lo había encumbrado. De hecho, los propios egipcios tenían en alta estima a este personaje. Numerosos textos redundan en la idea de que esta profesión era la mejor. El más famoso es uno conocido con el título moderno de Sátira de los oficios, compuesto durante la dinastía XII. Con exageración e ironía, se enumeran las ventajas de esta función frente al resto.

Poco tenían que ver las bondades del cálamo y del papiro con las calamidades y desgracias sufridas por el herrero, el barbero, el pescador o el fabricante de esteras. Como afirma el texto: “El alfarero ya está bajo tierra, aunque aún entre los vivos, excava en el lodo más que los cerdos para cocer sus cacharros... El carpintero que esgrime la azuela está más fatigado que un campesino... Los dedos del fogonero están sucios, su olor es el de los cadáveres, sus ojos están inflamados por el humo”.

La superioridad del escriba era evidente. Según la Kemyt, el compendio de modelos de cartas más famoso del antiguo Egipto, “cualquiera que sea su posición en la administración, nunca será infeliz”.

Por desgracia, desconocemos gran parte de la realidad del sistema educativo en el antiguo Egipto. No obstante, parece claro que el acceso debió de estar reservado solo a unos privilegiados. El objetivo no era la educación de la población en general. Únicamente se instruía a los futuros funcionarios que trabajarían en la administración o engrosarían las filas del sacerdocio y del ejército. Por lo general, la carrera profesional de los hijos iba paralela a la de los padres.

Conscientes de su entidad de grupo, la formación de los escribas era fundamental. Para llegar a ser lo que ellos calificaron como un “escriba hábil de dedos”, se les ofrecían numerosas escuelas. En la mayoría se impartía una instrucción elemental (leer, escribir y calcular) a la que se podía acceder a partir de los 10 años. Los estudios superiores (como astronomía, medicina, geometría o arquitectura) se impartían en los templos, verdaderas entidades económico-culturales.

En 2002, un equipo francés descubrió por primera vez los restos arqueológicos de una escuela. Fue hallada en el Ramesseum, templo edificado por Ramsés II en Tebas oeste, y estaba dispuesta al aire libre, como parece que estuvieron la mayoría. Mención aparte merece el Kap, la prestigiosa escuela reservada a los príncipes e hijos de la élite, que se ubicaba dentro del palacio real.

La relación entre estudiante y maestro se construyó sobre la base del respeto y la obediencia. Los relieves muestran a los chicos sentados en el suelo, espaldas curvadas, atentos a las lecciones. Algunos llevaban tras la oreja los pinceles que iban a utilizar para escribir. En el Papiro Anastasis V, un padre aconseja a su hijo: “Adáptate a los modos de tu maestro, escucha sus enseñanzas. ‘¡Presente!’, dirás cada vez que te llaman. Guárdate de decir ‘uf’”.

Y aunque la mayor virtud de un buen alumno era la de escuchar, también lo era la paciencia. Ante sí se desplegaba la ardua tarea de aprender a dibujar los cientos de signos de la escritura y sus valores fonéticos. Primero aprendía la cursiva, una versión rápida y simplificada, que servía para escribir con pincel y tinta sobre el papiro. La escritura jeroglífica correspondía a un nivel superior, debido a su carácter sagrado y monumental.

Cincelado en la piedra, el texto formaba parte intrínseca de la decoración. Llegados a este punto, la tarea del escriba se confunde con la del artista. La metodología consistía en memorizar, evitando, aconseja un texto, estudiar en voz alta. Para facilitar el aprendizaje disponían de manuales con modelos de cartas, fórmulas y textos básicos. También se memorizaban largas listas de palabras catalogadas por clases con un fin enciclopédico.

Además de la lectura, el trabajo de los aprendices consistía en la copia sistemática de textos relevantes por su contenido moral. Con ello, al tiempo que les enseñaban el buen hacer del escriba, les inculcaban los valores del hombre egipcio. En especial tuvo mucho éxito un tipo de literatura sapiencial conocida como “enseñanzas” o “instrucciones”, formuladas por un padre a su hijo.

La más copiada fue la ya mencionada Sátira de los oficios, en la que Khety habla a su hijo Pepy de camino a la escuela, le recomienda ser aplicado e intenta convencerle de las ventajas de ser escriba.

Los estudiantes de entonces se diferenciaban poco de los de ahora. Dado que el papiro era un material caro, emplearon otros más baratos a modo de papel en sucio. Se conservan miles de fragmentos de madera, trozos de cerámica y caliza (los llamados ostraca) en los que escribían textos, anotaban fórmulas o practicaban la caligrafía. Solían escribirse por las dos caras y, en ocasiones, las tablas de madera se recubrían con un estuco impermeable que permitía reutilizarlas.

Los alumnos usaban el color negro para los textos, mientras que el rojo se reservaba para los títulos, los inicios de capítulo o las correcciones del maestro. Como hoy, también era habitual indicar la fecha del dictado, que se destacaba en rojo.

La repetición constante de las copias, parciales o completas, implicó su deformación, con lo que llegaron a existir distintas versiones de un mismo texto. A veces la reconstrucción de un documento se hace gracias al hallazgo fortuito de trozos copiados en fechas distintas y descubiertos en diferentes lugares de Egipto. Pero, paradojas de la historia, muchos de estos borradores son las únicas copias que se conservan de grandes joyas de la literatura egipcia, como la célebre Historia de Sinuhé, convertida en un clásico de los programas escolares de la época.

La diferencia de calidad de estos ejercicios de escriba deja en evidencia quiénes fueron los alumnos aventajados, provistos de buena letra y exentos de faltas ortográficas. Se les animaba al esfuerzo: “No perdurará el nombre de quien deja la escuela con alegría”. Los que no se aplicaban se arriesgaban a sufrir los castigos del profesor, pues se presumía que “el oído del escolar está en la espalda, él escucha cuando se le pega”.

De hecho, la palabra “enseñar” llegó a significar también “castigar”, e incluía el jeroglífico de un hombre que sostenía un bastón en actitud de golpear para mostrar que era un verbo de acción. Como ha indicado el egiptólogo Pascal Vernus, la enseñanza en el antiguo Egipto fue una actividad que requería fuerza física, y su objetivo era el de inculcar un adoctrinamiento pasivo y mecánico, no el de despertar la creatividad personal.

La rigidez de estos métodos apenas se puso en entredicho. Pocas veces escuchamos la voz del aprendiz, destinatario de esas “enseñanzas”, replicando al padre, y menos para discutir sobre la validez de lo impartido.

La existencia de tantos textos que glorifican la función de escriba no es casual. En realidad, son fruto de una propaganda muy estudiada por parte del Estado para mostrar su eficacia. Desde que hacia 3000 a. C. Egipto se organizó como un país unificado bajo una monarquía, el escriba participó activamente en el desarrollo de la nueva administración. En especial a partir del Reino Medio, período en el que justamente se compuso nuestra Sátira.

En este proceso, la escritura, y por tanto la lengua, se convirtió en instrumento esencial para imponer la centralización frente a los dialectos locales. El alto grado de burocratización alcanzado llevó a colocar al escriba en todos los sectores y estratos de la sociedad. Se le convirtió en una figura casi omnipresente. Aparece en la administración civil y militar, en el palacio y en el templo. A cambio, se le exige una gran especialización, por lo que se multiplica el número de títulos: escriba de los graneros, escriba del archivo, escriba del pasto de los rebaños de vacas...

Registraba la recaudación de impuestos, calculaba las cosechas, acompañaba a los soldados en las expediciones... También ofrecía sus servicios a particulares, redactando cartas y testamentos y leyendo la correspondencia. Todo aquel señor que poseyera propiedades necesitaba un escriba para gestionarlas. Esta burocracia corrió pareja a la acumulación de “papeleo”. Toda la documentación se guardaba en los archivos para su consulta.

Como aliado del faraón, fue recompensado con una carrera ascendente. Las célebres estatuas de escribas sentados, con el rollo de papiro sobre sus rodillas, son el mejor reflejo de su estatus social y su orgullo de clase. Se organizaban en torno a una jerarquía de directores, en lo alto de la cual se encontraba el visir, mano derecha del faraón. La promoción parece que resultaba fácil.

Por supuesto, las mujeres estaban excluidas de esta carrera desde el momento en que no eran admitidas en las escuelas. Pero aunque no hay constancia de mujeres escribas, es muy probable que ciertas hijas de letrados aprendieran a leer y escribir. Esta posibilidad confirmaría la teoría de que fueran autoras de algunas cartas encontradas.

El éxito de los escribas tuvo igualmente un reconocimiento social. Sabemos los nombres de muchos escribas porque firmaron sus obras. Es el caso de Pentaur, autor del célebre poema de la batalla de Qadesh para vanagloria de Ramsés II.

Registraba la recaudación de impuestos, calculaba las cosechas, acompañaba a los soldados en las expediciones... También ofrecía sus servicios a particulares, redactando cartas y testamentos y leyendo la correspondencia. Todo aquel señor que poseyera propiedades necesitaba un escriba para gestionarlas. Esta burocracia corrió pareja a la acumulación de “papeleo”. Toda la documentación se guardaba en los archivos para su consulta.

Como aliado del faraón, fue recompensado con una carrera ascendente. Las célebres estatuas de escribas sentados, con el rollo de papiro sobre sus rodillas, son el mejor reflejo de su estatus social y su orgullo de clase. Se organizaban en torno a una jerarquía de directores, en lo alto de la cual se encontraba el visir, mano derecha del faraón. La promoción parece que resultaba fácil.

Por supuesto, las mujeres estaban excluidas de esta carrera desde el momento en que no eran admitidas en las escuelas. Pero aunque no hay constancia de mujeres escribas, es muy probable que ciertas hijas de letrados aprendieran a leer y escribir. Esta posibilidad confirmaría la teoría de que fueran autoras de algunas cartas encontradas.

El éxito de los escribas tuvo igualmente un reconocimiento social. Sabemos los nombres de muchos escribas porque firmaron sus obras. Es el caso de Pentaur, autor del célebre poema de la batalla de Qadesh para vanagloria de Ramsés II.

Así, por ejemplo, en el interior de las tumbas se mutilaban los jeroglíficos que podían causar daño al difunto; los cuerpos de leones o serpientes son atravesados por cuchillos para anularlos mágicamente.

Dominada la escritura, el escriba asumió la tarea de componer. En las prestigiosas escuelas de los templos, llamadas Casas de la Vida, se formaba a los copistas encargados de reproducir los textos sagrados. Además, eran verdaderos centros de investigación religiosa y científica, a los que acudían los expertos para la consulta de las obras.

El país que inventó el papiro no podía dejar de rendirse al culto al libro. Un libro, según un conocido documento, era más útil que construir una casa o una tumba, y valía más que fundar una residencia. La diosa Se shat, esposa de Thot, era precisamente la protectora del “archivo de los rollos divinos”, donde se guardaban los libros religiosos.

Durante las ceremonias, su lectura corría a cargo del “portador del libro ritual”, o sacerdote lector. Puesto que era inmune a los peligros ligados a la escritura, la tradición lo asoció con la figura de un mago. En una sociedad con una tradición eminentemente oral, el escriba egipcio se alzó como baluarte de toda una cultura y su memoria, dejando sus escritos como legado.

El Estado sostuvo este conocimiento, y consiguió además transmitir interés hacia el mismo. Las bibliotecas privadas, que ya en los períodos tardío, helenístico y romano se convirtieron en algo habitual, son un buen ejemplo. En este patrimonio incalculable, el escriba fue un custodio de las palabras y un artista de la escritura.

Artículo: Cristina Gil Paneque.

Revista Egiptología 2.0


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