Novedades editoriales

6 de agosto de 2018

Continúa el misterio de la tumba de la esposa de Tutankamón


El Valle de los Reyes es un cementerio del antiguo Egipto donde se encuentran las tumbas de la mayoría de los faraones de las dinastías XVIII, XIX y XX (Imperio Nuevo). Antes de construir la cripta cavaban agujeros donde depositaban ofrendas. En la zona oeste del Valle, un equipo de arqueólogos ha descubierto recientemente una colección de estos «depósitos», sin rastro de la tumba.

En el año 2010, se encontraron cuatro de estos almacenes cerca de la tumba del rey Ay (el último marido de Anjesenamón, la viuda del rey Tutankamón). En su interior permanecían un jarrón pintado de azul, cuchillos con asas de madera y la cabeza de un bovino. Las excavaciones en la zona se renaudaron en enero de 2018 tras un escáner en el Valle de los Reyes en el que se observaba un extraño vacío que podría indicar la entrada a la tumba.

La cercanía de los depósitos a la tumba del rey Ay, ha planteado la posibilidad, según da cuenta «Live Science», de que se trate del mausoleo a la reina Anjesenamón, esposa del rey Tutankámon.

El equipo de arqueólogos, dirigidos por Zahi Hawass —ex ministro de antigüedades—, cavó en el lugar donde el radar indicaba que podría estar ubicada la entrada a la tumba, pero no encontraron nada. Hawass comentó durante una conferencia en el Royal Ontario Museum de Toronto en 2013 que estaba convencido de que aún quedan más sepulcros reales por descubrir: «La tumba de Tutmosis II y deRamsés VIII aún no se han encontrado».

A pesar de este pequeño fracaso, el equipo de Hawass continúa excavando. «Mi experiencia con el radar me ha enseñado que el aparato no ha hecho nunca un descubrimiento en Egipto», ha señalado el líder del proyecto. El uso del radar demostró en 2016 ser problemático en ese terreno. Un escaneo mostró una cámara oculta en la tumba de Tutankamón, que pruebas posteriores desmintieron.

La gran mayoría de descubrimientos en el Valle de los Reyes se realizaron mucho antes de que inventara este artefacto. Howard Carter fue el responsable de localizar la tumba de Tutankamón en 1922, tras largos años de intensas excavaciones. En 2014 un equipo suizo-egipcio encontró una cámara llena de restos momificados de príncipes y princesas —la tumba KV 40—, que fue localizada por primera vez en 1899. Y

El Templo de Debod, tercer verano consecutivo cerrado al público por problemas de temperatura


A los habituales carteles de «cerrado por vacaciones» que cuelgan durante el mes de agosto en comercios y locales de hostelería, este verano, por tercer año consecutivo, hay que sumar otro en una de las atracciones turísticas de la capital: el de «cerrado por problemas técnicos» del Templo de Debod, que no admite visitas. Ésa es la explicación que consta en la página web del Ayuntamiento de Madrid sobre el edificio. En realidad, el problema es la climatización del Templo, que no acaba de arreglarse.

Desde 2016, este templo que Egipto le regaló a España en 1968, ha encadenado multitud de cierres por problemas de temperatura. Ese año, el Gobierno municipal de Ahora Madrid ya comprometió una partida presupuestaria de 200.000 eurospara las cuentas de 2017, destinada a subsanar el problema, pero el conflicto que el Ayuntamiento, liderado por la alcaldesa, Manuela Carmena, mantuvo con el Ministerio de Hacienda por haber incumplido sistemáticamente la regla de gasto impidió que la pudiera ejecutar a tiempo. La partida, incluida en las Inversiones Financieramente Sostenibles (IFS), fue una de las que retuvo el departamento del ministro deHacienda por aquel entonces, Cristóbal Montoro, ante la «desobediencia» del equipo del Palacio de Cibeles.

Un retraso que en Ahora Madrid no esperaban. Pero el caso es que una vez zanjada la polémica económica con el Gobierno central, tampoco retomaron el asunto en los plazos establecidos. El Consistorio preveía empezar las obras de climatizacióndel Templo de Debod el pasado mes de marzo y que estuvieran listas para este verano, pero no fue hasta el 11 de junio, según confirman fuentes municipales, cuando se comenzó a subsanar la incidencia, por lo que el tiempo se ha echado encima y en estos meses de calor no se abrirá al público el emblemático edificio.

La propia alcaldesa indicó en la última comisión de Cultura, área de la que es responsable, que la nueva reapertura, ya con la avería arreglada, está prevista para febrero de 2019, aunque su equipo cree que quizás sea antes. «Con estas obras se renueva el sistema de climatización averiado en 2011 y que ha obligado a cierres temporales cuando las temperaturas eran extremas», indica el Ayuntamiento, que heredó el problema cuando llegó a Cibeles. Además, recuerdan que también «se está preparando una renovación de la museografía».

Cita con la momia de la mala suerte


“¿Propósito de la visita?”. Tengo una cita con una momia. La funcionaria del control de inmigración del aeropuerto de Gatwick ha alzado una ceja y me ha observado fijamente retándome a que le siguiera tomando el pelo. Pero, aunque me retracto en seguida para no buscarme líos (bastante apuro es llevar en el pasaporte aún un visado para Siria), es verdad: tengo una cita en Londres con una momia. Y no una cualquiera, sino la famosa momia de la mala suerte. A la que se le han atribuido muertes y calamidades sin cuento (?) y hasta el hundimiento del Titanic, una maldición en toda regla, vamos, que se adelantó a la de Tutankamón. Ir a encontrarse con ella, con la momia, puede considerarse periodismo de alto riesgo, me digo (¿deberían subirme las dietas?), y, aunque de natural escéptico, no las tengo todas conmigo.

En realidad, la momia de la mala suerte, aunque siempre se la ha denominado así, The Unlucky Mummy (recítese con la voz de Boris Karloff o Lon Chaney Jr., añadiendo al final un “uuuuuuh), no es una momia sino una cubierta antropomorfa de madera y yeso pintado que se colocaba dentro del ataúd sobre el cuerpo embalsamado para preservar su aspecto de cara a la eternidad y que tiene los rasgos de una mujer. El objeto se encuentra en el British Museum donde forma parte de la colección de antigüedades egipcias con el número de identificación 22542, que, recalquémoslo, suena al Lote número 249, el terrorífico relato canónico de momias malignas de sir Arthur Conan Doyle. Mide 1,62 metros, tiene vivos colores (lo único vivo, esperemos), está cubierto de inscripciones jeroglíficas, con conceptos solares y osiríacos, lo corriente en estos casos, y representa a una persona de alta alcurnia, seguramente una sacerdotisa, con peluca, un gran collar y las manos colocadas de una manera extraña, emergiendo horizontalmente de su pecho y con las palmas mirando hacia afuera.

A la momia de la mala suerte se le achaca, además de rondar por el museo, incluso a horas intempestivas, haber provocado la muerte o la miseria de sus sucesivos propietarios y también de los que trataron de trazar la historia de sus maldades, entre ellos algún notable periodista (así que valórese el riesgo de este reportaje). Personajes famosos que se han relacionado con la momia son Arthur Conan Doyle, Henry Rider Haggard, que escribió sobre el caso, W. B. Yeats, o Henry Stanley, amigo del primer propietario. También han tenido que ver con ella la Golden Dawn y el Ghost Club. En 1921, el mismísimo The Times publicó un artículo que recogía la especie de que quien interfería con la dichosa momia se ponía en peligro, “tal es la virulenta naturaleza de la princesa”.

Llegado a la estación Victoria, me dirijo al museo en un autobús típico de dos pisos como el que persiguen las momias en The Mummy returns, por ir creando ambiente. Mis instrucciones son acceder al centro, dirigirme al departamento de Antigüedades de Egipto y Sudán “y llamar al timbre” para encontrarme con la joven egiptóloga suiza y responsable de exposiciones (ha comisariado la que actualmente se exhibe en CaixaForum en Barcelona, Faraón, con fondos del British), Marie Vandenbeusch. El acceso al departamento es una puerta con código en medio de la escalera este. Me abren al pulsar un intercomunicador y decir mi nombre, como si fuera un garito ilegal. Vandenbeusch se muestra muy amable pero tiene poco tiempo (y menos para momias malditas) así que me lleva a paso de carga a la sala 62 (“Egyptian Death & Afterlife, Mummies”) de la sección egipcia del museo. Y de repente ya estamos frente a la vitrina tras la que está 22542, la momia perversa.

Pues no da mucho mal rollo, oye. “¿Qué esperabas, que te saltara encima?”, dice la egiptóloga con sorna. No sé, “una espeluznante chispa de vitalidad, algún débil signo de conciencia en los ojos que acechan en las profundidades de las órbitas vacías”, como describía a la momia que le perseguía Smith Abercrombie en el mencionado relato de Conan Doyle. “Es una pieza muy bonita. No hay nada misterioso ni siniestro en ella”. La dama pintada, que tiene los ojos enormes –esos ojos que dicen que se mueven para seguirte por la sala-, nos mira sin perder detalle de la conversación y con cara de no haber roto nunca un plato. La cartela a sus pies es muy somera, solo dice: “Tablero de momia pintado de una mujer sin identificar. Finales de la 21 dinastía-principios de la 22, alrededor de 950-900 antes de Cristo. Procedente de Tebas”. Y da un apunte de la decoración: discos solares alados, la diosa Nut flanqueada de pájaros-ba y muchas pequeñas imágenes de divinidades. Nada de la maldición y las muertes que perturbaron tanto a la sociedad victoriana y luego eduardiana y la hicieron tan escalofriantemente célebre. De hecho la mayoría de los visitantes (las egipcias son las salas más populares del British Museum) pasan por delante sin detenerse. ¡Si supieran quién es la que los mira! Habría que contar toda la historia, ¡el morbo que le daría a la exhibición! Marie me observa fijamente cuando se lo comento, y suspira. Mira su reloj, se resigna a que va a perder la hora del almuerzo conmigo y con la momia (a mí no me parece que seamos tan mala compañía).

“En el catálogo del museo”, explica, “se ofrece algo más de información”. El objeto fue comprado por unos viajeros ingleses (cuatro o cinco según las fuentes) entre 1860 y 1870. Se dice que dos recibieron heridas graves en sendos accidentes con armas y los otros vieron mermadas sus fortunas. Mrs. Waewick Hunt, hermana de uno de los viajeros, Arthur E. Wheeler, heredó la pieza de éste, pero al meterla en casa, por lo visto, sus ocupantes sufrieron una serie de catastróficas desdichas. La mismísima Madame Helena Blavatsky, la teósofa, detectó una “influencia maléfica” en el objeto y urgió a la propietaria a deshacerse de él: de esa forma llegó donada al museo en 1889, en un interesante lote que incluía varios cocodrilos momificados y una mano de momia que aún llevaba un anillo.

La historia más remarcable de la pieza es la de que viajaba a bordo del Titanic y que su presencia provocó la catástrofe. “Es innecesario decir que no hay nada de verdad en todo eso”, recalca Marie, en la línea oficial del museo. Ciertamente, acuerdo, si la momia hubiera viajado en el Titanic no estaría ahora aquí delante nuestro, o alguien se acordaría de haberla visto subiendo a uno de los (insuficientes) botes salvavidas. Pero nadie oyó gritar “¡las mujeres, los niños y las momias primero!”. Marie debe tener hambre porque parece impaciente. “La momia nunca ha salido del museo excepto para una exposición temporal en Taiwan en 2007”. Me pregunto qué secreto designio habría en enviarles la momia de la mala suerte a los pobres taiwaneses que sin duda habrían preferido la piedra de Rosetta. Quien sí viajaba en el Titanic era W. T. Stead, otro periodista (!), editor y espiritista, que fue uno de los que propagaron los rumores de la malignidad de la momia. Stead se ahogó en el naufragio: eso es predicar con el ejemplo.

“Se han dado muchas opiniones sobre la identidad de la difunta (la iconografía y el color indican que es una mujer), cuya momia de verdad no se ha encontrado nunca, pero lo cierto es que no sabemos quién es”, me explica Vandenbeusch. En el objeto no aparece el nombre, que seguramente estaba inscrito en el ataúd. Era, evidentemente, alguien de alto rango y en los antiguos catálogos del British Museum se la describe como sacerdotisa de Amón-Ra.

El reputado E. A. Wallis Budge, que fue conservador del museo de 1894 a 1924, sugirió que era de sangre real, una princesa. Pero Wallis Budge era un pinta que saqueó Egipto para llenar las salas del British y aunque oficialmente deploraba leyendas como la de la momia de la mala suerte no dejó de ver el potencial de esas supersticiones para dar popularidad a las salas egipcias del museo.

La historia no oficial de nuestra momia, en la que se mezclan informaciones verdaderas, rumores, sensacionalismos de la prensa y verdaderas memeces la cuenta Roger Luckhurst de manera documentadísima en un libro de referencia sobre las maldiciones faraónicas y su sentido cultural, The mummy’s curse, the true history of a dark fantasy (Oxford, 2012). En el centro de la maldición está Thomas Douglas Murray, un Lord Carnarvon avant la lettre, que sería el miembro del citado grupo de viajeros británicos que adquirió originalmente la momia a unos ladrones de tumbas árabes como recuerdo de su viaje a Egipto. Murray, que ya habría visto algo raro en la pieza, saqueada de un pozo de la necrópolis tebana y por lo visto cabreada, le endosó el regalito a su colega Wheeler, tras sufrir él y los demás compañeros de viaje diferentes desastres y morir un fotógrafo que intentó hacerle un retrato al objeto. En total, los más imaginativos atribuyen 11 muertes a la momia, además de muchas otras maldades e incontables tropezones de turistas en las escaleras del British Museum.

Según la leyenda, entrar en el museo no amansó a la momia, que siguió provocando calamidades; parece que incluso que la dibujaran le molestaba, qué tía. Especial interés (sobre todo para mí) tiene la historia de la muerte del periodista Bertram Fletcher Robinson, que fue reportero en la guerra contra los Bóers y el primero en divulgar los supuestos maleficios de la pieza, pese a las advertencias. Falleció repentinamente en 1907 a los 37 años a causa de unas fiebres que algunos atribuyeron a los” guardianes elementales” de nuestra momia. Era amigo de Conan Doyle y le había ayudado en el argumento y las localizaciones de El perro de los Baskerville, así que de maldiciones ya sabía un rato.

“Son todo soberanas tonterías, claro, cuentos ocultistas, medias verdades y teorías conspiratorias, aunque resultan interesantes para ver cómo se forja un mito de la cultura popular; de hecho, los antiguos egipcios no tenían el concepto de maldición de la momia, que es una idea moderna”, recalca Vandenbeusch, mientras yo miro a 22542 a ver si hay que aplacarla. “Desde que estoy aquí no ha pasado nada de nada, y me dicen los conservadores de más edad que hace mucho, en los últimos treinta años, que nadie comenta ningún incidente ni rumor. A lo mejor es que está a gusto instalada en esta sala, tiene mucha buena compañía, la mayoría sacerdotes y sacerdotisas de Karnak, quizá es feliz ahora”. Marie esboza una sonrisa. Pasa un niño ante la momia sin ni mirarla y yo le susurro: “Ten cuidado, te comerá”. El chaval reacciona haciéndonos una peineta a mí y a la momia. “Claramente no produce miedo, incluso emana paz, ¿no te parece?”, apunta por encima de mi hombro la egiptóloga, que por lo visto ha decidido hundirme el reportaje. Me reservo para otra ocasión el preguntarle si es verdad que en los fondos del British Museum están las Tablas de los Diez Mandamientos entregadas a Moisés.

Cuando Marie se marcha a sus cosas de egiptóloga, no sin antes quedar para ir algún día juntos a Montserrat a fin de visitar las momias egipcias de la abadía, aunque con ella seguro que no encontramos el Grial, hago como que voy a ver la sección de Asiria pero vuelvo en seguida, a seguir investigando. A ver si atrapo a la momia en pleno maleficio. No me fio de su cara de buen rollo. Su expresión me recuerda a la de Patricia Velásquez como Anck-Su-Namun cuando el faraón la pilla con las manos (de Imhotep) en la masa y se lo cargan. Imagino una realidad paralela, un secreto. Y que yo lo desvelo. Al cabo de un rato estoy mareado, no sé si por algo tipo Lord Carnarvon o de tanto mirar fijo y no haber almorzado. Me marcho al fin del cubil del ser misterioso sin pruebas pero con una sensación rara, como si me fueran a salir escarabajos por la boca. Vago confundido por Bloomsbury y de repente estoy frente a una librería de ocultismo. La dependienta me mira alarmada y traza unos signos arcanos en el aire.

No creo en maldiciones, a priori. Pero el avión de Vueling acumula ya un retraso inexplicable por causas que no sean sobrenaturales. Me encuentro varado en la sala de embarque como en una polvorienta mastaba, pensando tontamente en si las maldiciones se pueden llevar como equipaje de mano. Dicen que la mala suerte de la momia está neutralizada. Ya veremos.

Artículo: Jacinto Antón.

22 de julio de 2018

Exposición: Pasión por el Egipto faraónico. 200 años de coleccionismo en el Museo Egipcio de Barcelona


En el marco del 25º Aniversario de la Fundació Arqueològica Clos, la exposición Pasión per el Egipto faraónico. 200 años de coleccionismo en el Museu Egipci de Barcelona está formada por más de un centenar de piezas del fondo de la colección permanente del museo y de documentos de la Biblioteca Jordi Clos Llombart.


Desde hace años se realiza un riguroso seguimiento de las piezas para poder reconstruir su historia más reciente. El resultado ha sido muy fructífero y lo suficientemente relevante como para realizar una exposición que muestre al público la universalidad del interés por el antiguo Egipto a partir de la experiencia y el patrimonio del Museu Egipci de Barcelona; algunas de las piezas expuestas acumulan 200 años de historia en el mundo del coleccionismo, pasando de mano en mano hasta incorporarse en el fondo permanente del museo.


La exposición permite descubrir de cerca a una cincuentena de coleccionistas privados, varios museos y algunos de los anticuarios y casas de subastas con más prestigio y tradición. Personajes desconocidos para el público en general y otros más mediáticos como Rodolfo Valentino, Terenci Moix, Lord Carnarvon o la familia de Winston Churchill, estuvieron vinculados de una u otra manera con las piezas que se exponen.


Algunas de éstas provienen de instituciones egiptológicas tan emblemáticas como el Pitt Rivers Museum de la Universidad de Oxford o el Museum of Fine Arts de Boston, así como de excéntricos personajes de principios del S.XIX que dejarán de fascinarnos por su extravagante personalidad pública. Conoceremos de cerca los motivos de muchas pasiones por Egipto, los medios que hicieron posible desarrollarlas y sus resultados.


La exposición incluye una presentación visual que recoge los momentos más importantes de la vertiente coleccionista de Jordi Clos, con una selección de las obras que año tras años se han ido incorporando que muestran como de una pasión personal se crea uno de los museos más emblemáticos de la ciudad de Barcelona.

Información


Del 12 de julio al 31 de diciembre de 2018. Museo Egipcio de Barcelona. Calle Valencia nº 284 (08007, Barcelona).


Horario

Horario de invierno. (7/01-21/06 y del 12/09-30/11). De lunes a viernes de 10:00 h a 14:00 h y de 16:00 h a 20:00 h. Sábado de 10:00 h a 20:00 h. Domingo de 10:00 h a 14:00 h.

Hoario de verano. (22/06- 11/09). De lunes a sábado de 10:00 h a 20:00h. Domingo de 10:00 h a 14:00h.

Semana Santa y festivos. De lunes a sábado de 10:00 h a 20:00 h. Domingo de 10:00 h a 14:00h.

Entrada general: 11 €.

Más información

Museo Egipcio de Barcelona

Descubren un taller cerámico egipcio de hace 4.500 años


Descubierto el taller de cerámica más antiguo conocido del antiguo Egipto, que data de hace 4.500 años, durante los trabajos realizados por arqueologos en el Templo de Kom Ombo, cerca de Asuán.

Según Mustafa Vaziri, secretario General del Consejo Supremo de Antigüedades, la ubicación de este taller ubicado en el área entre la entrada al Museo del Cocodrilo y el Río Nilo, y se remonta al período de la cuarta dinastía egipcia (2613-2494 antes de Cristo), el período principal de la construcción de las pirámides.

Explicó que el taller consiste en una perforación semicircular para la fabricación de cerámica en forma de moldes (vasijas de cerámica), diseñada en un área vecina del taller. También hay bloques de piedra circulares para golpear la arcilla y colocarla en recipientes, informa el Ministerio de Antigüedades.

La misión también encontró en el taller la rueda de piedra más antigua para la industria alfarera del antiguo Egipto en forma de una mesa giratoria y una base hueca, que es una especie de rueda que se movía a mano.

A pesar de la gran cantidad de escenas que muestran el desarrollo de las técnicas utilizados para hacer cerámica, hasta ahora no se había encontrado ninguna rueda de alfarería real que datara de la era del viejo estado.

Los arqueólogos creen que este taller es uno de los descubrimientos más raros y excepcionales que arrojan luz sobre la naturaleza de la vida y las industrias cotidianas en el antiguo Egipto, y el desarrollo del arte egipcio antiguo para mejorar y desarrollar las herramientas de la industria para cumplir con las necesidades la vida cotidiana.

16 de julio de 2018

Descubren en Egipto un taller de momificación y una cámara funeraria común de hace 2.500 años


Arqueólogos egipcios han descubierto una antigua cámara funeraria común y un taller de momificación cerca de la necrópolis de Saqqara, al sur de El Cairo.

Situado a treinta metros bajo el suelo, los investigadores esperan que el taller de momificación arroje una nueva visión acerca de la composición químicade los aceites usados por los antiguos egipcios para enterrar a sus muertos.

La cámara funeraria común, de 2.000 años de antigüedad, data del período sata-persa, aproximadamente entre 664-404 a.C. El enclave fue descubierto en abril y contiene 35 momias además de varios sarcófagos de piedra.

«Este descubrimiento añade dos cosas muy importantes: la primera, eltipo de aceites usados (en la momificación) y su composición química. Con ello podremos identificar la clase exacta de aceites que usaban», relata Ramadan Badry Hussein, al frente de la expedición egipto-germana que ha hallado el sitio.

Entre los cientos de pequeñas estatuas de piedra, jarras y vasijas usados en el proceso de momificación que se encontraron dentro de las cámaras funerarias, se encuentra el segundo gran hallazgo: una máscara de plata bañada en oro, el segundo hallazfo.

«Es un objeto muy poco común», confirmaba el ministro de Antigüedades de Egipto, Khaled al-Anany said, que relataba que solo existen otros dos con las mismas características.

Los arqueólogos han excavado hasta el momento un número de reliquias que incluyen una tumba de 4.400 años en la meseta de Giza y una antigua necrópolis en Minya, al sur de El Cairo.

12 de julio de 2018

Pasión coleccionista por el Antiguo Egipto, del nazi al nefrólogo


Una figura de un ibis de bronce (715-332 aC.), que poseyó Illa Kodicek, fundadora de una tienda de ropa interior que vestía a “princesas, duquesas y actrices”, primero en Praga y tras 1939 en Londres, y una estatuilla de una portadora de ofrendas con un pato (2040-1640 aC.), que perteneció al peletero polaco Joseph Klein, comparten vitrina con el amuleto de un escarabajo alado (715-332 aC.) en la nueva exposición del Museu Egipci de Barcelona. A priori no resulta extraño, pero sí quizá un tanto sacrílego o al contrario, con un punto de justicia poética, al leer en las cartelas que los dos primeros lograron huir in extremis de la persecución nazi durante la segunda guerra mundial y que el dueño del escarabeo, que murió en 1942, fue el barón alemán Hans Wolfang Herwarth von Bittenfeld, quien redactó por encargo del ministro de Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, un panfleto sobre la profecía de Nostradamus que auguraba la victoria alemana y que se publicó en ocho idiomas.

Con las 105 piezas de esta nueva muestra, ‘Pasión por el Egipto faraónico’, comisariada por Luis Gonzálvez y que podrá visitarse hasta el 31 de diciembre, la Fundación Arqueológica de Jordi Clos, que en 1994 inauguró el museo, celebra 25 años y rinde homenaje a las pequeñas y a menudo desconocidas historias que se esconden tras la cincuentena de coleccionistas, la mayoría privados, que poseyeron las obras que hoy conforman la propia Colección Clos.

Una figura de un ibis de bronce (715-332 aC.), que poseyó Illa Kodicek, fundadora de una tienda de ropa interior que vestía a “princesas, duquesas y actrices”, primero en Praga y tras 1939 en Londres, y una estatuilla de una portadora de ofrendas con un pato (2040-1640 aC.), que perteneció al peletero polaco Joseph Klein, comparten vitrina con el amuleto de un escarabajo alado (715-332 aC.) en la nueva exposición del Museu Egipci de Barcelona. A priori no resulta extraño, pero sí quizá un tanto sacrílego o al contrario, con un punto de justicia poética, al leer en las cartelas que los dos primeros lograron huir in extremis de la persecución nazi durante la segunda guerra mundial y que el dueño del escarabeo, que murió en 1942, fue el barón alemán Hans Wolfang Herwarth von Bittenfeld, quien redactó por encargo del ministro de Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, un panfleto sobre la profecía de Nostradamus que auguraba la victoria alemana y que se publicó en ocho idiomas.

“Como empresario es importante la idea del retorno a la sociedad”


Empresario hotelero, aventurero, coleccionista, mecenas y contumazegiptómano,  Jordi Clos (Barcelona, 1950) comenzó su colección de arte egipcio con 16 años, sin un duro en el bolsillo, cuando en el mercado de Sant Antoni encontró un lote de libros, mapas, revistas y fotografías antiguas y convenció a la propietaria del puesto de que se lo dejara comprar a plazos.

Tres años después viajó por primera vez al país de los faraones, y en los bajos del Winter Palace, en Luxor, adquirió a un anticuario la que sería su primera pieza, un ushebti (pequeña estatua que se depositaba en la tumba de los difuntos) a la que durmió abrazado toda la noche. “Las sensación fue increíble, ¡aquella maravilla que yo veía en los museos ¡era mía!”. Hoy está expuesta en el Museu Egipci de Barcelona, la colección privada abierta al público más importante de Europa, que celebra el 25 aniversario de la Fundació Arqueològica Clos.

8 de julio de 2018

Hallada la cocina que dio de comer a mil trabajadores de la Pirámide de Micerinos


Mark Lehner, director de la excavación de Guiza, junto a su equipo de arqueólogos han descubierto en las proximidades de las famosas pirámides dos casas de dos funcionarios responsables de cocinar y dar de comer a los trabajadores que levantaban la pirámide de Micerinos, hace más de 4.500 años. Esta pirámide es la menor de las tres famosas construcciones. Las residencias se encontraron en el antiguo puerto de la ciudad.

En una de ellas, se mataba animales para alimentars. La otra residencia albergaba al sacerdote, que formaba parte de una institución llamada "wadaat" explican los arqueólogos. El wadaat era una antigua institución egipcia cuyos sacerdotes podrían ser funcionarios de alto rango en el gobierno.

Esta casa está unida a una estructura que se usó para maltear, lo que sugiere que su ocupante además de ser funcionario y sacerdote se dedicaba a la supervisión de las semillas y la cocina de alimentos.

Las dos viviendas están ubicadas próximas a una serie de galerías, que acogían al ejército de Guiza, afirma Lehner. Estas galerías tenían la posibilidad de cobijar a más de 1.000 personas. Cualquier comida que se llevase a cabo cerca de las dos residencias probablemente estaba destinada a las personas que vivían en esas galerías. Calcula Claire Malleson, arqueobotánica de Ancient Egypt Research Associates, que la cantidad de trigo que requerían los 1.000 habitantes fue de unos 877,54 kilogramos al día.

Las dos casas se encontraban en lo que Lehner cree que fue "el puerto nacional de su tiempo", por donde recibían bienes y materiales procedentes de todo Egipto y Este del Mediterráneo. Los mismos arqueólogos encontraron en otras excavaciones otras residencias en el mismo lugar, incluida una residencia de 21 habitaciones utilizada por los escribas que trabajaban ahí.

El puerto se construyó para llevar a cabo la Gran Pirámide de Guiza, la del faraón Keops. Un libro de registro escrito por un inspector llamado Merer y que vivió durante el año 27 del reinado de Keops, hacía referencias a este lugar. Aunque este libro aún está en proceso de descifrado.

Keops, los misterios del faraón que prostituyó a su hija para pagar la Gran Pirámide


Desde que un grupo de arqueólogos del proyecto Scan Pyramids afirmaran que existe una sala oculta en la Gran Pirámide (una cámara en la que podrían estar los desaparecidos restos del faraón Keops), los misterios de esta gigantesca construcción edificada en Guiza vuelven a estar de moda.

Sin embargo, lo que tiende a olvidarse es que -además de los enigmas que ya atesora de por sí esta tumba- existen otros tantos atribuidos al monarca que la mandó edificar. Y es que, de él se dice que fue un soberano cruel y que estaba tan obsesionado con terminar su mausoleo, que llegó a prostituir a su hija para poder pagar los gastos. Una teoría que no comparte Aroa Velasco, historiadora especializada en el Antiguo Egipto y autora de la página Web «Papiros perdidos»: «Existen mucha leyenda negra en relación a Keops».

Rodeado de misterios

Poco se sabe realmente sobre Keops más allá de lo que escribió el historiador griego Heródoto (quien visitó Egipto en el siglo I a.C. para tratar de recopilar sus vivencias). Su desconocido paso por este mundo ayudó a generar ese halo de ocultismo que, desde hace miles primaveras (cuando el primer faraón Narmer tomó el poder en el 3050 a.C.), sobrevuela la historia del Antiguo Egipto.

Los datos que han logrado atravesar las perdidas arenas del desierto y llegar hasta nuestros días nos dicen que fue alumbrado a lo largo de los años finales del 2.400 a.C. con el nombre de Jhufu o Jnum-Jufu.Un término este último que, para algunos investigadores como el popular José Ignacio Velasco Montes, vendría a significar «Jnum [el dios creador] me protege».

Keops fue el término griego con el que le denominó Heródoto después de haber investigado en primera persona la vida del que, a la postre, sería el segundo faraón de la Cuarta Dinastía. «Keops fue, probablemente, hijo de Snefru y Heteheres», explica Aroa Velasco. Su ascendencia a nivel paterno no podía ser mejor, pues su progenitor era amado por el pueblo (que lo consideraba un buen y un bondadoso gobernante) y había dirigido además varias expediciones militares exitosas contra los nubios y contra los libios. Por el contrario, su madre no era una mujer de alta cuna.

Más allá de la nobleza de sus padres (algo, con todo, básico para poder liderar al pueblo) Keops creció en un Egipto a caballo entre la III y la IV dinastía de Faraones. Un tiempo en el que la nobleza del Nilo comenzaba a cobrar importancia y se empezaba a hacer un hueco en las altas esferas de la región. «[Alrededor del rey se mantenía] una élite que, bien preparada, influía sobre la monarquía, pues deseaba asegurarse una vida, cómoda y agradable, sin necesidades en el presente y también en el ”Más Allá”. El rey era el eje del sistema y ejercía un poder “absoluto” sobre el país y las personas, las cosechas, etcétera», explica Montes en su obra.

Keops también vivió una época en la que el culto funerario había cobrado una importancia desmesurada para el desarrollo egipcio. Y es que, la obsesión de los líderes de la región de ser inhumados en mastabas primero, y pirámides después, provocó que se creara toda una economía alrededor de los enterramientos. «No eran solo ya el ajuar funerario, los sarcófagos, el lino para embalsamar, las joyas, los barcos para trasladar piedras, y un largo etcétera. Todo ello precisaba de una mano de obra especializada que, empujada por la demanda de objetos, se creaba y se multiplicaba», completa el experto.

La verdad de Keops


A la sombra de esta nueva mentalidad funeraria se crió Keops, quien vio con sus propios ojos como su propio padre construía varias pirámides (algunas de las cuales se vinieron abajo) hasta hallar una que estuviera a la altura de su grandiosidad. Al final, Snefru tuvo que hacer uso de su tumba cuando Jhufu contaba (dependiendo de los historiadores) entre 23 y 27 años. Fue entonces cuando dejó este mundo para partir hacia el más allá. Su relevo político lo tomó nuestro protagonista, que inició un reinado que se extendería entre 23 años (de 2589 a 2566 a.C. o de 2551 a 2528 a.C.) y más de 40. Este campo es otro que se debate entre el misterio y la realidad.

Uno de los datos objetivos que existe sobre su reinado es que Keops se casó hasta cuatro veces. Entre sus esposas destacaron –como determina Aroa Velasco- Henutsen y Meretites I. Ambas, hermanas suyas o mediohernanas. Con ellas llegó a tener varios hijos. Una práctica, con todo, habitual entre los faraones, quienes la entendían como una forma de evitar que su linaje se manchase con sangre plebeya. «Entre sus múltiples hijos hay que reseñar a Micerinos y a Khaefra», determina la historiadora especializada en Egipto.

En vida, además, se destacó como un gran líder militar. Un ejemplo de ello es que envió partidas militares fuera de los territorios de Egipto para mantener a raya a los nubios y a los nómadas que se dedicaban a atacar (de una forma sumamente molesta) a las caravanas de comercio egipcias.

Pero eso no significa, ni mucho menos, que fuera un santo. Y es que, también dirigió contingente de soldados dispuestos a extender los territorios del faraón al sur de su país. Además, reforzó las defensas ubicadas en la frontera con Nubia (principalmente una fortaleza iniciada por su padre) para evitar las amenazas constantes que sufrían los comerciantes que se desplazaban hasta la zona.

Otro de los datos verdaderos más destacados sobre su persona es que ordenó construir una gigantesca pirámide en Guiza(la futura «Gran Pirámide») para enterrarse cuando falleciera. Su construcción fue una de las grandes obsesiones del faraón, quien organizó varias expediciones militares a los alrededores de Egipto con el objetivo de conseguir ricos materiales con los que su complejo funerario pasase a la eternidad. «De [estas expediciones] hay estelas [que afirman que estuvo] en las canteras del Sinaí (buscando turquesas y otros materiales) o en Nubia (sobre todo en busca de oro)», añade Montes.

Keops también favoreció el comercio con regiones lejanas como el Líbano para poder construir con materiales exóticos el edificio que debería llevarle hasta el más allá. Algo para lo que fortaleció la ya de por sí imponente flota de buques que había construido su padre. «Más allá de estos datos biográficos, el resto son principalmente leyendas o mitos sobre su persona», añade Velasco en declaraciones en exclusiva a este diario.

Leyenda negra

Una vez comenzado su reinado, Keops pasó a la historia como un rey tirano y cruel que dirigía al pueblo con mano dura. Esta actitud contrastaba sumamente con la de su padre. Sin embargo, la realidad es que esta visión tan negativa del monarca ha llegado hasta nuestros días de la mano de Heródoto de Halicarnaso. Un historiador griego que, deseoso de recopilar la historia de los faraones, viajó hasta Egipto dos milenios después de la muerte de Jhufu y se dedicó a crear un perfil de nuestro protagonista en base a los testimonios locales.

Así fue como Heródoto formó opiniones como la que afirmaba que Keops era un déspota. Algo que deja sobre papel en sus textos: «Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, estuvo el Egipto en el mejor orden y en gran prosperidad; pero Keops, que reinó después, precipitó a los egipcios en total miseria. Primeramente,cerró todos los templos y les impidió ofrecer sacrificios; ordenó después que todos trabajasen para él».

Herótodo, quien afirmó en sus textos que Keops reinó 50 años, se atrevió incluso a señalar que nuestro protagonista prostituyó a su propia hija para poder pagar la finalización de su «Gran Pirámide».

«A tal extremo de maldad llegó Keops que, por carecer de dinero, puso a su propia hija en el lupanar con orden de ganar cierta suma, no me dijeron exactamente cuánto. Cumplió la hija la orden de su parte, y aun ella por su cuenta quiso dejar un monumento, y pidió a cada uno de los que la visitaban que le regalara una sola piedra; y decían que con esas piedras se había construido la pirámide que está en medio de las tres, delante de la pirámide grande, cada uno de cuyos lados tiene pletro y medio».

El historiador egipcio, tal y como explica Aroa Velasco, dijo también que Keops esquilmó absolutamente Egipto con la única obsesión de terminar su gigantesca pirámide y dejar su impronta para la posteridad. Todo ello, después de haberse proclamado dios. «Se identificaba como Ra, el dios del Sol, Esto se sabe gracias a que algunos de sus hijos se llamaron “hijos de Ra”. El inauguró esta tendencia en una época en la que la religiosidad solar estaba en pleno auge. Es como, si ahora, una persona se proclamase Papa», completa la historiadora a este diario.

Rompiendo mitos

¿Era Keops un tirano?

La visión más extendida sobre Keops es la que afirma que era un déspota. Sin embargo, la realidad es que esta visión fue ofrecida a Heródoto por los sacerdotes egipcios de la época. Los herederos de aquellos religiosos a los que el monarca arrebató el poder en el momento en que sucedió a su padre. «La documentación más fidedigna nos dice que Keops centralizó el poder sobre su persona de una manera brutal y eliminó muchos de los privilegios que tenían los sacerdotes, lo que provocó gran aversión hacia él y generó una leyenda negra que ha llegado hasta hoy», señala Aroa Velasco.

Montes es exactamente de la misma opinión. El autor, concretamente, señala en su obra que Keops tomó las riendas del país con «mano dura» hacia el clero, pues sustituyó a muchos de los sumos sacerdotes de Egipto para poner, en su lugar, a familiares de su confianza o personas afines a él.

«Fue un rey rígido que no permitió que el gremio le utilizara, sino que los colocó en su sitio. Posiblemente recuperara una gran parte del poder que estaba en manos del clero y, sobre todo, debió recoger gran parte de las riquezas, exageradas, que tenían en cientos de templos a lo largo de todo el Nilo», determina el experto.

Keops, de hecho, cargó contra los sacerdotes no solo de forma económica, sino también a nivel religioso. Más concretamente, afirmó que él era el máximo exponente religioso de Egipto gracias a su divinidad. Esta forma de entender el culto aumentó, todavía más si cabe, las tensiones existentes entre el faraón y templos destacados como los dedicados a las divinidades de Path y On. «Keops adopta una actitud muy especial sobre estas influencias y resuelve las situaciones a su modo. Para ello inicia una etapa de nepotismo familiar y de amistades fiables», destaca Montes.

¿Llevó Keops a Egipto a una crisis económica brutal?

Según Aroa Velasco, nada más lejos de la realidad: «Es una leyenda que escribió Heródoto y que, posteriormente, han ido replicando los historiadores. La documentación fidedigna nos dice que no esquilmó Egipto. De hecho, sus sucesores pudieron construir dos pirámides más después de su muerte. La realidad es que Keops fue un muy buen administrador que concentró mucho el poder en su persona».

Al final, se podría decir que este faraón hizo algo que, posteriormente, se generalizaría: dedicar todos sus esfuerzos y los del pueblo egipcio a edificar un monumento funerario que pasaría a la historia. Algo que ya había hecho su padre.

¿Prostituyó a su hija para pagar la Gran Pirámide?

Es imposible corroborar esta leyenda, aunque es cierto que la pequeña pirámide que se halla cerca de la de Keops (la que presuntamente se habría construido con cada una de las piedras que los clientes del prostíbulo habrían ofrecido a la hija del faraón) parece pertenecer a una hermanastra de Jufu. Velasco entiende que todo es una invención de los sacerdotes en un nuevo intento de volver negro el recuerdo de Keops.

¿Se identificaba Keops con un dios?

El último mito sobre Keops es el que afirma –como ya hemos explicado- que instauró un culto propio. Son varios los autores que corroboran este hecho. Sin embargo, otros tantos no están de acuerdo.

La primera opción es la más aceptada. De hecho, algunos expertos como el profesor especialista en egiptología Robert M. Schochdeterminan que se llegó a considerar el nombre de este faraón como sinónimo de santidad y buena suerte. Incluso se llegó a escribir en las tumbas de los fallecidos como «símbolo de santidad y protección». Sin embargo, también señala que esta religión centrada en el monarca cayó en desuso «durante el Imperio Medio y Nuevo».

El enigma de la pirámide

Además de por todos sus misterios anteriores, si por algo destacó Keops fue por ordenar edificar la Gran Pirámide. Una tumba de gigantescas proporciones (una de las antiguas 7 maravillas del mundo) levantada en la meseta de Guiza. Este mausoleo, sin embargo, guarda a día de hoy multitud de enigmas. Muchos de ellos, avivados de forma absurda por los seguidores de lo oculto.

El primero de ellos viene heredado, una vez más, desde los tiempos de Heródoto. Y es que, cuando este historiador visitó Egipto, fue informado por los sacerdotes de que el faraón había tardado solo 20 años en finalizarla.

«Los unos tenían orden de arrastrar piedras desde las canteras del monte Arábigo hasta el Nilo; después de transportadas las piedras por el río en barcas, mandó [Keops] a los otros recibirlas y transportarlas hasta el monte que llaman Líbico. Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses. […] Para construir la pirámide, se emplearon veinte años […] En la pirámide está anotado con letras egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para los obreros; y si bien me acuerdo, al leerme el intérprete la inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil setecientos talentos de plata», determina Heródoto.

Según algunos estudios, es imposible que únicamente se tardaran 20 años en construir la pirámide de Keops, así como los edificios colindantes y el camino de piedra que da acceso a la misma. Y es que, de ser cierto las jornada habrían sido maratonianas y tendrían que haber trabajado cientos de miles de hombres (algo imposible, según se dic,e para la época por la falta de mano de obra) Por ello, se ha barajado la posibilidad de que los egipcios no construyeran esta tumba, sino que se la hubieran encontrado y, posteriormente, hubiera sido reutilizada por el faraón.

Sin embargo, hace pocos meses se desveló al mundo en el museo de El Cairo un papiro que, por primera vez en la historia, destrozó este mito. ¿La razón? Que en él, un inspector de obras llamado Mener detallaba pormenorizadamente la forma en la que se construyó la Gran Pirámide durante el mandato de Keops.

Así lo afirmaron, al menos, los arqueólogos Pierra Tallet y Gregory Marouard. Las anotaciones fueron realizadas en el año 27 del reinado de Keops. «Los faraones comenzaban a contar los años desde el momento en que empezaban a reinar», explica Aroa Velasco. Además, la experta nos ofrece su opinión en relación a esta disputa: «Tardaron poco tiempo en construirla porque eran antiguos, pero no tontos. Tenían conocimientos muy avanzados en geometría, astronomía y matemáticas».

El faraón perdido

Además del misterio de la construcción de la Gran Pirámide, Keops dejó un enigma más después de morir. Y es que, cuando los arqueólogos entraron en la tumba, no hallaron la momia del faraón en ninguna de las tres cámaras de la edificación (la del rey, la de la reina o la subterránea). Como explicación se han barajado varias teorías. Entre ellas, la que afirma que existe una cuarta sala en la que se encuentran los restos del gobernante acompañados de un gigantesco tesoro. Algo que apoya Zahi Hawass, ex ministro de Antigüedades de Egipto.

Con todo, la idea más extendida es que los cazadores de tesoros lograron acceder a la Cámara del Rey desde la parte superior de la pirámide y, tras descolgarse, expoliar la sala. A su vez, algunos arqueólogos mantienen que la momia de Keops fue sustraída por estos ladrones.

«Heródoto, durante su viaje, ya afirmó que la momia no estaba dentro de la pirámide. Él explicó que se había ordenado la construcción de una meseta subterránea para enterrar al faraón. A partir de ese punto, las teorías son muchas Y todas se basan en que hay un gran sarcófago vacío en la cámara del rey que fue puesto durante la construcción de la pirámide, pues es más ancho que los corredores. La idea más extendida es que la pirámide fue abierta por los musulmanes en los siglos X y XI, aunque otros dicen que fue saqueada incluso antes. Personalmente soy partidaria de esta última. En el Valle de los Reyes, de las dinastías XVIII a XX, las tumbas se saqueaban nada más enterrar al faraón. ¿Por qué en estas no se iba a hacer algo parecido?», añade Velasco a este diario.

Artículo: Manuel P. Villatoro.

Revista Egiptología 2.0


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