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5 de marzo de 2015

La vida eterna, un invento de los faraones


¿La muerte es el final? Y si no lo es, ¿qué nos depara? La humanidad lleva toda la humanidad, y valga la redundancia, intentando resolver esta cuestión, ya sea mediante concepciones religiosas o filosóficas. Incluso la ciencia, desde que es ciencia, no ha parado de buscar sus propias respuestas. Los estudios al respecto no cesan. Uno de los últimos, hace apenas unos meses, de la Universidad de Southampton, llegó a la conclusión de que la vida seguía después de la muerte. Para ello, los investigadores analizaron 2.000 casos de personas que habían sufrido un paro cardíaco.

El 40% de los que lograron sobrevivir relataron que estuvieron conscientes durante la ‘muerte clínica’ y que se sintieron fuera del cuerpo, viendo cómo los doctores intentaban reanimarlos. Algunos de los supervivientes al infarto también coincidieron en describir una luz brillante, como la del Sol, el dios Re de los antiguos egipcios, los primeros que creyeron en la vida eterna, y sin necesidad de informes médicos.

Quizás resulte más que evidente que la gran cultura de la momificación creyera en el más allá, pero hizo más que esto: fue la primera civilización de la historia, y durante mucho tiempo la única, en ganarse el cielo. Después de ellos, en nuestro entorno occidental, ya vendrían los griegos y romanos, en menor medida, y principalmente el cristianismo (con sorprendentes analogías con el antiguo Egipto). Pero ninguna religión posterior concibió una eternidad tan detallada y perfecta como la de los súbditos de Horus.

Al principio, no obstante, la eternidad fue una cosa de pocos, o más bien de uno: el faraón. Durante todo el Imperio Antiguo (y antes) solo el rey subía al cielo. Es decir, en el transcurso de unos mil años, la eternidad fue una exclusiva del soberano. Eso sí, los egipcios también tenían su lado práctico y una eternidad en soledad, más que un premio corría el riesgo de convertirse en una condena. Por eso, el faraón otorgaba este privilegio a sus más allegados. De esta manera, podrían seguirlo y servirlo en el más allá. Una prueba de esta eternidad delegada la encontramos en las mastabas construidas al resguardo de las pirámides. Sus moradores buscaban así la protección de su faraón en el Duat, el reino de los muertos.

El faraón, no obstante, no pudo mantener eternamente su exclusiva eternidad. En el transcurso de la revolución social que supuso el fin del Imperio Antiguo, hace casi 4.200 años, el logro irreversible del pueblo fue acceder a los derechos religiosos y, muy especialmente, a la vida de ultratumba. Ahora nos puede resultar chocante este interés escatológico (del griego éschatos: último; no confundir con la otra definición), pero en la antigüedad se trataba de una cuestión de vital importancia. Así pues, hasta el más pobre morador de Kemet, la Tierra negra, símbolo de fertilidad, tal y como denominaban a Egipto sus antiguos habitantes, podía convertirse en Osiris, el dios que renacía cada año a partir de la crecida del Nilo. Es decir, el dios de los muertos era, también, el dios de la vida.

Una vez revelados los secretos religiosos, todos los fallecidos accedían ya, guiados por Anubis, al tribunal de ultratumba, presidido por Osiris. El difunto debía hacer una confesión negativa, tremendamente larga y que entraba en detalles increíbles. “No he cometido crímenes. No he permitido que un servidor fuese maltratado por su amo. No he hecho sufrir a otro. No he provocado el hambre. No he hecho llorar a los hombres, mis semejantes…”. Estas negaciones ayudan a entender la moral sorprendentemente humanista que regía la sociedad del antiguo Egipto.

La balanza, que más tarde se convertiría en el símbolo de la justicia, pesaba su corazón. Si se mantenía en equilibrio con la pluma de la verdad (de la diosa Maat), significaba que el difunto era 'justo de voz', es decir, que no había mentido, y podía acceder al reino de los muertos. Si no pasaba la prueba, se las veía con Ammyt, una bestia con cabeza de cocodrilo, piernas de hipopótamo y cuerpo de león, llamada “la devoradora de los muertos”… no hace falta añadir nada más. Solo una cosa: el juicio no discriminaba entre ricos y pobres, poderosos o siervos, ni valían los sobornos o pagos. Solo accedía al reino de Osiris quien se lo había ganado en vida.

¿Y dónde iban a parar los 'justos de voz'? Pues a los campos de Yaru, un término que los griegos adaptarían convirtiéndolo en los campos Elíseos. Yaru se ha traducido tradicionalmente por cañas, pero en realidad se trata de chufas. Por tanto, se puede decir que el presidente de la república francesa vive en un campo de chufas, aunque difícilmente se pase el día bebiendo horchata. Los egipcios, en cambio, sí vivían eternamente en un mundo dulce y goloso.

Esos campos nada tenían que ver con los de los griegos, donde vagaban las almas en pena. Ni con el paraíso cristiano, donde no se sabe muy bien qué se hace. El Yaru egipcio era dinámico y sus habitantes se dedicaban eternamente a vivir como lo habían hecho en vida. El campesino seguía siendo campesino, y el faraón, faraón. Eso sí, otra vez sacaron a relucir su sentido práctico y mágico de la vida creando los ushebtis, unas figuritas que se incluían en el ajuar funerario y que acudían a trabajar en nombre de los difuntos. Bien se merecían una buena vida eterna…

Pero no deja de ser curioso que los hombres y mujeres del antiguo Egipto se esforzaran en perpetuar su estilo de vida en el más allá, lo que da a entender que se trataba de una civilización feliz, muy diferente al carácter sumerio, hitita, babilónico, acadio o incluso judío (todos ellos sin paraíso). No en vano, también llamaban a su país Ta meri, es decir, tierra amada.

Artículo: Josep Padró / Sílvia Colomé.

Revista Egiptología 2.0


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