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27 de febrero de 2015

Jeroglíficos


Durante miles de años, los grandes templos, las tumbas, los obeliscos o las estatuas del Egipto faraónico quedaron cubiertos por una auténtica malla de símbolos jeroglíficos. Con ello se buscaba un efecto ornamental que aún hoy sigue cautivándonos, dado el peculiar componente figurativo de la escritura egipcia, originado en los ideogramas que representaban visualmente objetos como el sol, la tierra y las estrellas, la fauna y la flora del Nilo, y enseres de la vida cotidiana. Pero la escritura jeroglífica iba más allá de estas representaciones directas: constituía un complejo sistema de signos que se leía como las escrituras alfabéticas modernas y que transmitía mensajes muy precisos, sobre todo religiosos o de exaltación del poder faraónico.

Cuando Egipto cayó bajo el dominio griego y romano, los jeroglíficos dejaron poco a poco de ser comprensibles para los mismos egipcios, sobre todo después del triunfo del cristianismo en el siglo IV d.C., cuando quedaron asociados con una religión pagana que había que proscribir. Las últimas inscripciones jeroglíficas datan de finales del siglo IV, cuando únicamente unos pocos sacerdotes conocían los secretos de aquella milenaria escritura. Al morir estos últimos sabios, los textos jeroglíficos quedaron ocultos por el velo del desconocimiento. Sin embargo, no por ello cayeron en el olvido. Muchos autores se sintieron intrigados por aquellos símbolos y trataron de interpretarlos. El primer gran intento por descifrar aquella enigmática escritura se encuentra en Hieroglyphica, una obra escrita en la segunda mitad del siglo V, es decir, una centuria después de que se perdiera toda posibilidad de traducirlos.

El misterioso Horapolo

El autor de Hieroglyphica fue un tal Horapolo, casi con toda probabilidad un egipcio que vivió en el sur del país y que escribió el texto original en copto (el idioma hablado en Egipto desde el siglo II, heredero de la antigua lengua egipcia, aunque escrito en una variante del alfabeto griego). Sin embargo, la versión que ha llegado hasta nuestros días corresponde a una traducción al griego llevada a cabo por un personaje llamado Filipo, que seguramente hizo añadidos por su cuenta.

La obra se compone de dos libros, el primero de los cuales contiene la explicación de 70 jeroglíficos mientras que el segundo describe otros 119. La explicación de cada símbolo que hace Horapolo prescinde de todos los aspectos gramaticales de la escritura jeroglífica; en vez de ello, se centra en jeroglíficos particulares a los que atribuye un significado simbólico.

A veces, esta explicación se corresponde, con más o menos fidelidad, con el significado real de los jeroglíficos originales, pero junto a ello Horapolo desarrolla curiosas interpretaciones totalmente imaginarias. Los enunciados, los significados otorgados a algunos signos, la invención de algunos términos y los razonamientos sobre la manera de traducirlos resultan sumamente pintorescos y, en ocasiones, no dejan de sorprender por su ingenio.

Pueden citarse varias interpretaciones «correctas» en el tratado de Horapolo. Una es la que se refiere a la idea de «apertura», simbolizada por la figura de una liebre. Horapolo justificaba esta representación diciendo que la liebre es un animal que siempre tiene los ojos abiertos, una explicación seguramente inventada. La traducción, en cambio, no era falsa; en la antigua lengua egipcia la liebre se pronunciaba wn, y se utilizó como símbolo del verbo «abrir», que se pronunciaba igual.

Del mismo modo, Horapolo sabía que el jeroglífico de «hijo» era una oca, aunque añadía una explicación simbólica de su cosecha: las ocas destacan por el amor que sienten por sus polluelos y la defensa que de ellos hacen cuando están en peligro, hasta el punto de que padre y madre son capaces de sacrificarse ante los cazadores para salvar la vida de sus pequeños. También se acerca al significado correcto la explicación que da Horapolo del término «muchedumbre» o «gentío», representado por la figura de un hombre disparando un arco. El jeroglífico original significaba «ejército».

Interpretaciones irreales

Otras interpretaciones de Horapolo son un puro ejercicio de imaginación, sin ningún tipo de relación con los jeroglíficos egipcios que conocemos. Por ejemplo, aseguraba que para expresar el concepto de «conocimiento», los egipcios dibujaban una hormiga, ya que es un animal conocedor de los secretos que el hombre intenta esconder y, además, no se equivoca nunca de sitio cuando almacena alimentos para el invierno. Sin embargo, la hormiga no figura entre los insectos que formaban parte de las listas de jeroglíficos en la época faraónica. Del mismo modo, Horapolo sostenía que los egipcios expresaban la idea de «placer» mediante el número 16, ya que consideraban que a partir de esa edad los hombres comenzaban a tener relaciones sexuales con las mujeres y, por lo tanto, a ser padres. Además, aseguraba que para referirse a la «unión sexual» se escribía dos veces el número 16, debido a que había que unir los dos placeres, el del hombre y el de la mujer. Ninguna de estas lecturas tiene correspondencia en los jeroglíficos auténticos del Egipto faraónico.

Igualmente pintoresca es la idea de Horapolo de que los egipcios representaban mediante una víbora a la «mujer que odia a su pareja», dado que las hembras de estos reptiles, después del acto sexual, muerden la cabeza de los machos, ocasionándoles la muerte. El símbolo de «víbora cerastes», o «víbora cornuda», uno de los reptiles más venenosos del país, era bastante usual en la escritura jeroglífica. Su valor fonético era «f» y significaba el pronombre él o el posesivo mi, así como el concepto «padre»; desde luego, nada ni remotamente relacionado con la interpretación de Horapolo.

A partir del Renacimiento

El escrito de Horapolo quedó olvidado hasta que en 1419 un comerciante italiano lo descubrió en la isla griega de Andros y se lo llevó a Florencia. Unas décadas más tarde, en 1505, fue impreso en su versión griega, y poco después en una traducción latina. A lo largo de los siglos XVI y XVII, el tratado de Horapolo se difundió en numerosas ediciones en todas las lenguas de Europa. Este repentino éxito se explica por el renovado interés que surgió, en la Europa del Renacimiento, por las culturas de la Antigüedad, incluida la de Egipto. Los jeroglíficos despertaron particular atención, quizá porque en ciudades como Roma se podían contemplar en monumentos y objetos de época romana, en especial en los obeliscos que se alzaban en la capital de la Cristiandad.

Los humanistas del Renacimiento creían que los antiguos signos egipcios escondían secretos remotos. Por ejemplo, Marsilio Ficino, padre de la escuela neoplatónica de Florencia, escribió: «Los sacerdotes egipcios, al querer traducir los misterios divinos, no utilizaban los pequeños signos del alfabeto, sino figuras completas de hierbas, de árboles, de animales; ya que Dios no posee el conocimiento de las cosas como un discurso múltiple que a ellas se refiera, sino como su forma simple y estable». El tratado de Horapolo encajaba muy bien con esta idea de que los jeroglíficos eran un lenguaje simbólico con el que se expresaban ideas religiosas y morales, y eso explica su enorme popularidad.

En el siglo XVII continuó la moda de la interpretación simbólica de los jeroglíficos. El autor más destacado en esta línea fue el jesuita alemán Athanasius Kircher, que publicó diversos libros sobre el mundo egipcio, entre ellos Prodromus Coptus sive Aegyptiacus, en 1636, y Lingua Aegyptiaca Restituta, en 1643. Kircher estaba convencido de que había conseguido descifrar completamente la escritura egipcia: «He dado muerte a la esfinge, respondiendo sus enigmas y comprendiendo enteramente, mediante el influjo y gracia del Espíritu Santo, todos los secretos del arte de los jeroglíficos, sus reglas, métodos y principios».

Hacia el desciframiento

El método de Kircher, sin embargo, era igual de fantasioso que el de sus predecesores. Sirva como ejemplo esta «traducción» de las inscripciones de un obelisco trasladado a Roma en época romana: «Las añagazas de tifón son eludidas, preservándose así intacta la vida de las cosas, a lo que contribuirán mucho los amuletos y pentáculos siguientes, pues están construidos sobre principios sobrenaturales. Porque son poderosos para obtener todos los bienes de la vida que se desean».

En el siglo XVIII, los intentos de desciframiento de los jeroglíficos tenderían a ser más rigurosos, si bien el desciframiento completo todavía tardaría en llegar. De hecho, sería sólo en la época de Napoleón cuando el descubrimiento casual de la piedra de Rosetta por parte de los franceses que acompañaron al general en su campaña egipcia permitiría resolver aquel enigma milenario. La piedra de Rosetta contenía un edicto del rey Ptolomeo V, del año 196 a.C., escrito en signos jeroglíficos, en demótico (una forma cursiva de la escritura jeroglífica) y en griego; comparando las tres versiones se podía confiar en determinar el significado de cada jeroglífico. Gracias a ello, en 1822, Jean-François Champollion acabó dando con la clave que desde entonces nos permite no sólo recrearnos con la belleza evocadora de la escritura sagrada de los egipcios, sino también poder leerla y con ello conocer más a fondo la milenaria cultura del Egipto faraónico.

Artículo: Javier Martínez Babón (National Geographic).

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