Novedades editoriales

5 de octubre de 2014

A solas dentro de la Gran Pirámide


“Bienvenidos al más allá”, saluda el novelista en el pétreo y sofocante corazón de la Gran Pirámide. Allí dentro cuarenta siglos nos contemplan y lo que ven no debe parecer tan vistoso como las tropas de Napoleón alineadas para pasar revista mientras el corso les soltaba su gran frase (“desde lo alto de las pirámides”, etcétera). Somos solo, además del autor, tres periodistas, la editora y un fotógrafo, sudados hasta lo indecible y bastante agobiados tras arrastrarnos encorvados por el estrecho pasaje ascendente y avanzar luego por la impresionante Gran Galería hasta llegar a la cámara del rey, en el mismo centro de la enorme mole, donde estás rodeado por dos millones y medio de bloques de piedra y mucho misterio, lo que resulta opresivo si lo piensas con detenimiento y además sufres de claustrofobia. El hecho de que el único mobiliario de la cámara consista en un sarcófago tampoco invita a relajarse. No va a ser además, ay, una visita rápida.

Estamos en la milenaria y sobrecogedora estancia de granito para la insólita presentación de la nueva novela de Javier Sierra La pirámide inmortal (Planeta) en la que el escritor recrea con mucha imaginación el legendario episodio de la visita de Napoleón al monumento. Según se cuenta, Bonaparte pasó una noche a solas dentro de la pirámide y, tras salir muy pálido (nosotros no vamos a salir mejor), siempre se negó a explicar lo que le había sucedido. “¿Cómo os ha ido, Sire?”. “Quita, quita Murat, que no te lo ibas a creer”. En el libro, el general y futuro emperador se somete durante la singular velada a un viejo y peligroso ritual egipcio que incluye meterse en el sarcófago de Keops, algo que el propio Sierra, voluntarioso, no descarta hacer para la foto. En realidad, lo de la visita napoleónica es un asunto controvertido.

Es cierto que Bonaparte estuvo fuera pero parece que declinó entrar cuando le dijeron que debía ponerse a cuatro patas. En cambio, trepó hasta lo alto de la Gran Pirámide -algo que en la actualidad está prohibido- para observar las vistas, arrastrando con él a dos de los sabios de su expedición a Egipto, Gaspard Monge y Claude-Louis Berthollet, con los que compartió allá arriba una botella de brandy. Sierra no ha tenido el detalle de traer bebidas espiritosas a la aventura, lo que se hubiera agradecido, pero en cambio no para de dar información sobre las asfixiantes entrañas de la pirámide y soltar algunas frases que, sinceramente, uno preferiría no escuchar aquí adentro, como “la muerte no es el final, es solo el principio”, que suena a cita de The mummy returns. Para compensar, me regocijo secretamente observando que calza botas Panamá Jack y debe sufrir un calor de mil demonios.El gran Petrie, que estuvo una temporada investigando los recovecos de la pirámide y luchando con los murciélagos, acabó trabajando en calzoncillos.

El novelista, que afirma haber pasado él también, como Bonaparte, una noche solo en la Gran Pirámide –en 1997, tras sobornar a los vigilantes-, se mueve muy hábilmente entre la egiptología y la fantasía y con mucha vista comercial aprovecha las incógnitas que aún hoy presenta este inconmensurable (pero tan medido) “enigma en piedra”. Las detalla en la cámara del rey, en la que nos hallamos el pequeño grupo inquietantemente a solas, pues son escasísimos en estos tiempos los turistas en El Cairo, como en todo Egipto, pese a que las estadísticas recién publicadas por el Gobierno aseguran que el turismo aumentó este julio un 15,8 % con respecto a 2013. Estarán todos en las playas de Hurghada y Sharm el Sheik. En fin, en el fondo es mejor visitar la Gran Pirámide en la intimidad; las cosas se pueden poner peor si te encuentras un pelotón de japoneses embotellados en el angustioso pasaje ascendente o, ¡no lo permita Osiris!, una alemana gorda atascada.

En la cámara, Sierra recuerda que el sarcófago ("tanque de inmortalidad", lo denomina) tuvo que ser colocado antes de que se acabara la pirámide, pues no pasa por el pasillo de entrada. Habla de las cámaras de descarga por encima de nuestras cabezas, en las que han aparecido las únicas inscripciones del monumento (grafitos de los obreros). Y señala que los dos misteriosos pequeños pasajes que se abren en sendos muros, conocidos como “conductos de ventilación” -aunque él los denomina "psicoductos"-, quedan a la altura del sexo masculino (será el suyo porque en este intimidante lugar los mortales comunes permanecemos más bien retraídos), “como si hubieran servido para fecundar la pirámide”.

Las esperanzas de salir rápido del lugar se desvanecen cuando un colega saca el bolígrafo y el bloc y le pregunta al escritor cómo se hicieron las pirámides. El novelista está explicando la teoría de que la Gran Pirámide era un lugar de culto en el que se celebraban periódicamente ceremonias relacionadas con la muerte y resurrección del faraón cuando entra un grupo de seis mujeres en la cámara y empiezan a hacer movimientos y gestos extraños, imponiéndose las manos unas a otras, tocando de manera reverencial el sarcófago con los ojos en blanco o apoyando la frente en las paredes.

Es para ponerle a uno los pelos de punta. Son de una congregación mexicana que cree en los poderes espirituales y regeneradores de la pirámide y en que ésta es una “puerta” que puede abrirse a otra dimensión. El propio Sierra –y mira que tiene tablas- parece turbado. Nos lanzamos todos fuera sin esperar a ver qué pasa y embocamos acuclillados el angosto pasaje ascendente (ahora descendente) en riguroso orden de llegada. En el exterior, nos recuperamos mientras nos ofrecen profusamente camellos y caballos (la meseta, tras la caída de Zahi Hawass al frente del servicio de antigüedades, vuelve a estar llena de monturas). Qué apasionante es Egipto, pienso envalentonado, a la luz del sol. Y entonces Sierra, incorregible, propone continuar la jornada con una visita a la tenebrosa y mefítica pirámide roja de Dashur…

Artículo: Jacinto Antón.

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