Novedades editoriales

21 de mayo de 2011

El impacto del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon


Sin duda más de un lector se habrá preguntado el porqué de la ausencia de un artículo en este serial acerca del descubrimiento de Tutankamón, uno de los hitos más renombrados de la historia de la arqueología. La razón de no haberlo publicado hasta ahora ha sido por una cuestión de desarrollo cronológico, ya que se trataba de ver los primeros pasos de la Egiptología. Al mismo tiempo, se pretendía mostrar otros grandes momentos que no han gozado de la misma fama pero si han representado importantes avances. Mas todo llega al que sabe esperar, según se dice y aquí se publican unas líneas sobre el descubrimiento y su impacto en la ciencia de la noble Clío.

Después de ver a Mariette y sus aportaciones en la “Tierra negra” podemos suponer que el mundo de la Egiptología, ya como una rama de la historia por derecho propio, estaba en lo más alto del interés europeo. También las cuestiones de la arqueología helénica y prehelénica con las aportaciones de Schliemann –Troya, Micenas, Tirinto, Orcómeno, etc…– y Arthur Evans –Knossos– o las del Próximo Oriente fijaban la atención del gran público, pero sin crear la “fiebre” duradera que generó la egiptomanía y que dura hasta nuestros días.

En parte se puede achacar a la mejor conservación, en general, del rico patrimonio faraónico, pero la cuestión podría provocar un enorme debate historiográfico. En cualquier caso las tierras del Nilo recibían una gran cantidad de visitantes en las últimas décadas del siglo XIX movidos sobre todo por las momias y las pirámides. El comienzo del siglo XX no varió la situación y siendo Egipto un lugar donde buscar fortuna, ya fuera con el trabajo “honrado” o con el tráfico de antigüedades, las excavaciones aumentaron.

Huelga decir que, a pesar de la creencia popular, no fue un solo hombre el responsable del hallazgo. Sin Carnarvon no habría habido un Carter, por muy crudo que pueda parecer, pues siempre es necesaria una fuerte financiación para este tipo de trabajos y la paciencia del lord inglés en este caso fue mitológica. George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto conde de Carnarvon, nació en el seno de una acaudalada familia de la nobleza inglesa.

La prematura muerte de sus padres, cuando contaba con apenas 23 años, le permitió heredar su fortuna, algo que aprovechó para disfrutar de sus años de juventud. Aficionado a la velocidad fue un hábil jinete y disfrutó de uno de los nuevos inventos que conoció su época: el automóvil. Hasta se dice que llegó a poseer la tercera matrícula automovilística de la historia británica. Pero su amor por este ingenio le acabó pasando factura. Un grave accidente en Alemania le dejó una salud muy delicada, con un daño pulmonar del que no se recuperaría nunca- Sus médicos le recomendaron ambientes cálidos por lo que eligió Egipto como lugar de reposo. Allí su educación en Eton y el Trinity College de Cambridge avivaron su curiosidad por el Egipto Antiguo. En el invierno de 1903, en el escenario perfecto, coincidiría con Carter.

¿Y quién era este personaje, envidiado por tantos egiptólogos?, ¿qué le hacía tan especial? Howard Carter nació en 1874, ocho años después que Carnarvon, como último de los once hijos de un humilde dibujante. Su salud y quizá la falta de ingresos de su padre, Samuel Carter, le apartaron de la escuelas, aunque no por ello careció de formación. Instruido en las artes del dibujo por su padre, también demostró tener una mente ágil y una pequeña vena aventurera. En 1892 un instituto británico le contrató para viajar a Egipto a copiar los relieves del templo de Mentuhotep II en Deir el-Bahari, vecino del de Hatshepsut. Y al igual que Mariette, al pisar el suelo egipcio sintió un irresistible fascinación. Su vida quedaría vinculada a esa tierra para siempre.

Siete años de trabajar para grandes arqueólogos como Flinders Petrie y Gaston Maspero le ayudaron a familiarizarse con los lugares y sus historia, además de hacerse con una notable cantidad de amigos, que como ya se ha dicho en otros artículos de este serial, suelen ser capitales para este trabajo –y ciertamente para cualquier otro–. En 1899 consiguió el puesto de inspector del Alto Egipto dentro del Servicio de Antigüedades y así pudo supervisar y dirigir excavaciones. Con la financiación de Theodore Davis, un rico turista estadounidense, llegó a desenterrar la tumba de Tutmosis IV (KV43) y de Hatshepsut (KV60), que a pesar de estar saqueadas ayudaron a dar brillo al nombre de Carter. Con el siguiente nombramiento de inspector del Bajo y Medio Egipto su estrella se mostró en ascenso, pero las cosas no podían ser tan fáciles. Un altercado con unos turistas muy influyentes en el Serapeum de Menfis le arrebató de su posición y le colocó en otra mucho más apurada. En 1903, con 29 años, era un hombre arruinado que tenía que sobrevivir vendiendo paisajes del Nilo en El Cairo.

Es en la capital de Egipto, donde Howard malvive y Carnarvon disfruta de su retiro invernal, el lugar en el que se conocieron, gracias a esas casualidades que pocas veces se dan en la vida. Para matar el tiempo y debido a sus intereses culturales, Lord Carnarvon pensó en iniciar excavaciones arqueológicas, quizá para emular a gente como Mariette, pero necesitaba alguien que conociera el lugar y le sirviera de asesor. Gaston Maspero, en ese momento director del Servicio de Antigüedades le remitió a Carter como la persona idónea. Así comenzaría una de las relaciones profesionales más fructíferas de la historia y la arqueología.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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