Novedades editoriales

17 de abril de 2012

''Howard Carter debía de ser un tipo raro: arisco, introvertido, muy estricto y con pocos amigos''


Una tumba que esconde las claves del asesinato del faraón Tutankhamon, pero que no se deja abrir. Las excavaciones del arqueólogo Howard Carter para encontrarla a principios del siglo XX.

Un mundo repleto de leyendas, maldiciones y ansias de riqueza. Antiguo Egipto, 1327 a. C. El joven Tutankhamón utiliza su poder para encargar la construcción de una tumba digna para su padre, Akenatón, el faraón que fue acusado de hereje, asesinado y enterrado fuera del Valle de los Reyes por rendir culto al dios solar Atón.

Los mismos sacerdotes que trataron de alejar a Tutankhamón de las ideas de su progenitor y la ambición de ciertos miembros de la Corte amenazan la vida del joven faraón. En 1922, el descubrimiento de su tumba eleva a Howard Carter a la categoría del más importante arqueólogo de la época.

Estos mimbres son los que nutren la atractiva novela ‘La tumba perdida’ escrita por Nacho Ares y publicada por Editorial Grijalbo y de la que pude hablar con su autor durante un buen rato en el restaurante Blue Canalla Bar de Valencia. Nunca pensé que una narración, la de la epopeya de Howard Carter en pos de la tumba de Tutankhamon, de la que tuve noticia por primera vez hace más de cuarenta años a través de un artículo publicado en la prestigiosa revista ‘Historia y vida’, constituyera el leitmotiv de la entrevista de hoy.

Nacho, ¿la fascinación que existe en Occidente por Egipto es recíproca?

Sí, actualmente ellos nos ven con la idea de emularnos de alguna manera. Como nosotros, están enganchados a las nuevas tecnologías, a Internet. Me atrevería a decir que son un poco pretenciosos, porque para ellos el hecho de usar estos elementos tecnológicos les otorga un rango especial. Los guías egipcios van con el pinganillo puesto a todas horas para dar sensación de que son imprescindibles. Son muy clasistas y de este modo tratan de resaltar la clase social a la que pertenecen.

A la hora de apostar por Egipto, ¿tus conocimientos previos sobre el país y su cultura te han ayudado a escribir la novela o han supuesto un problema.

Me enganché a la egiptología leyendo ‘Dioses, Tumbas y Sabios’ de C.W. Ceram, un libro que no ha sido superado por nadie. Precisamente los pasajes que destaco de esta obra son las páginas dedicadas al descubrimiento de la tumba de Tuntankamon. Tutankhamon y Howard Carter son personajes con los que yo he crecido. Después tuve la fortuna de visitar los lugares que frecuentó el arqueólogo, tanto en Egipto como en Inglaterra, y todo eso me ha ayudado mucho para construir la novela. Su redacción ha sido algo muy rápido, pero cimentar mis conocimientos sobre el país del Nilo me ha costado casi tres décadas.

Hasta el momento actual habías escrito ensayos sobre Egipto, como creador ¿que te aporta la ficción que no encuentras en el puro trabajo de investigación?

En mis ensayos he escrito diarios de viajes, narrados en primera persona. De alguna forma, como el protagonista era yo, creo que eso les otorgaba un cierto aspecto novelesco. En la ficción pura, sin embargo, hay un cambio grande porque has de recrear situaciones, inventarte diálogos y contextos, aunque también es verdad que el noventa y cinco por ciento de ‘La tumba perdida’ es real. Únicamente es invención completa el desenlace. Por algo esto es novela histórica.

Has revestido la novela con traje de thriller, pero ¿qué ha predominado más en ti: el espíritu puramente creativo o el de divulgador de la cultura egipcia?

Creo que lo que más me interesaba era enseñar cosas de Egipto, aunque he procurado que las descripciones no fuesen pesadas. Podría haberme tirado páginas y páginas de descripción pero no venía mucho a cuento, porque creo que el lector puede profundizar sobre este aspecto a través de otras lecturas. Al final del libro dedico unas páginas a aclarar qué aspectos son reales y cuáles no porque pienso que serán de utilidad. Por otro lado, mi gran reto consistía en concebir un final que pudiera resultar igualmente interesante tanto para el lector habitual como para el más avezado en cultura egipcia. Espero haberlo conseguido porque a mí, personalmente, me encanta.

¿Entonces es un libro dirigido a todo tipo de lectores?

Sí, sí, el que conoce Egipto va a recordar lugares, historias y cotilleos que ya vio y oyó allí. Y al que no lo conoce, le van a entrar ganas de ir. El especialista va a reconocer muchos guiños y el que no lo es pensará que hablo de parajes bellos y espectaculares. Egipto es un lugar que engancha. Como dicen los egipcios: “Todo aquel que bebe agua del Nilo está obligado a volver”.

‘La tumba perdida’ posee dos niveles narrativos, ubicados en épocas distintas, ¿ha sido algo premeditado?

Escribí al principio la parte que corresponde al siglo XX y luego, a medida que avanzaba en la escritura, me di cuenta de que en capítulos paralelos podría aportar algunos elementos ubicados en el Egipto faraónico que podrían suministrar otros detalles y otros ambientes. Consulté esta idea con la editora y le gustó. La desarrollé y he quedado muy satisfecho con el resultado.

¿La historia situada en los tiempos faraónicos hace que la de Cárter adquiera más fuerza?

No lo sé. De la época de Akenaton, la de Tell-el-Amarna, no se conocen muchas cosas porque los propios egipcios al ser un tiempo de cambio, de transición, aniquilaron casi toda la información. Por eso no sabemos quién fue el padre de Tutankhamon. Es mucho más conocida la historia del siglo XX, porque muchas cosas siguen en pie y además disponemos de documentación gráfica.

‘La tumba perdida’ también habla de amor, pero es un amor puro, sin sexo, al estilo del que veíamos en el cine de los años treinta del pasado siglo, ¿realmente discurrió así la relación entre Howard Carter y lady Evelyn Carnarvon?

Siempre se dijo que Carter y lady Evelyn eran amantes, pero Carter se reía de eso. Se trataba muy claramente sólo de una amistad. Ella se casó con Campbell Beauchamp en 1923. Por otro lado, lord Carnarvon no lo hubiera consentido. Esta situación se nota incluso en las fotografías. Tampoco tuve la tentación de meter algo más de sexo en la novela, aunque precisamente la otra historia, la faraónica, daba más pie para ello.

Si uno se tropieza con un tipo como Cárter, tanto desde el punto de vista de ensayista como de novelista, es casi obligatorio escribir sobre él, ¿no?

En muchas ocasiones tendemos a idealizar a esos personajes tan peculiares. A mí también me ocurre, pero soy consciente de que debía de ser un tipo raro: arisco, introvertido, muy estricto y con pocos amigos. Seguramente me hubiera llevado mal con él, pero el legado que nos ha dejado, desde mi punto de vista, es para quitarse el sombrero, cosa que él hacía siempre delante de las cámaras fotográficas de la época. Entre sus coetáneos hubo quien no entendía que Carter se llevase mejor con los egipcios que con sus colaboradores más cercanos. Hay que tener en cuenta que en 1922 Egipto terminaba de alcanzar la independencia y hoy lo vemos como un destino turístico. Debía ser muy duro vivir allí porque las excavaciones duraban tres meses al año y el resto del tiempo, Carter permanecía trabajando en su propio domicilio porque él tenía una casa allí.

Hoy estamos acostumbrados a que los arqueólogos tengan titulación universitaria, sin embargo, Howard Carter carecía de formación, fue un autodidacta.

Cárter nació en 1874 y llegó a Egipto con 18 años para pintar acuarelas, ya que era un excepcional dibujante. Pero lo que consiguió realmente fue quedarse no sólo prendado del país y de su cultura, sino también dominar el árabe y aprender su oficio sobre el propio terreno. Pero no fue el único al que le ocurrió esto: Gardiner, padre de la filología egipcia, no era filólogo ni egiptólogo, sino un simple azucarero. Su condición autodidacta le cerró muchas puertas porque le echaban en cara que no poseyera titulación académica. En España pronunció algunas conferencias y estuvo muy vinculado a la casa de Alba. La Real Academia de la Historia le nombró representante suyo y en una gira por Estados Unidos le concedieron el título de doctor honoris causa en Ciencias por la Universidad de Yale. Publicó tres volúmenes sobre Tutankhamon y en cada uno de ellos hizo constar esos dos títulos de los que se sentía muy orgulloso.

Cualquier parecido entre él y el personaje del cine, Indiana Jones, es pura ficción, ¿no?

Sí, sí [risas], desde luego que no tienen nada que ver.

Lord Carnarvon vendió al diario The Times la exclusiva de la excavación, todo un innovador, ¿no?

Efectivamente, la historia fue pionera en esto, porque lord Carnarvon vendió la exclusiva a The Times con las fotografías incluidas. Era un negociazo para ese periódico que pagó una barbaridad de libras, inversión que recuperó fácilmente al revender imágenes y textos a otros diarios. Como la fuente oficial de información era muy reducida, aparecieron otras noticias que no tenían nada que ver con los hechos reales. De ahí, por ejemplo, surgió la leyenda de la maldición de Tutankhamon. También hubo filtraciones, porque un ayudante del arqueólogo estuvo pasando datos a otros medios hasta que lo descubrieron. En su visita a España, Howard Carter regaló un juego de fotografías completo de la excavación al duque de Alba, que se guardaba en el palacio de Liria y que se perdió en un incendio durante la Guerra Civil.

El patrimonio egipcio ha sido muy saqueado a lo largo de los siglos. La novela también habla de eso.

El cierre del grifo del tráfico de las piezas encontradas comenzó en el último tercio del siglo XIX, propiciado por un francés: Auguste Mariette, que fundó el Servicio de Antigüedades al ver cómo los objetos salían impunemente de Egipto. Pero hay que tener claro que fueron los propios egipcios quienes los vendían y, por tanto, el concepto de saqueo debe matizarse mucho. En mi opinión, de todo lo que se encuentra fuera del país, el único objeto que debería regresar es el busto de Nefertiti, que salió de mala manera, de un modo parecido a cómo ocurrió en España con la Dama de Elche, que fue vendida al Museo del Louvre por cinco mil pesetas. Precisamente una de las desventajas que padecieron Carter y lord Carnarvon fue que había cambiado la ley. Hasta 1920, el reparto de hallazgos era casi al cincuenta por ciento. Pero desde ese año, las tumbas, si estaban intactas, permanecían íntegras en Egipto. La de Tutankhamon había sido saqueada con seguridad tres veces durante la antigüedad y los abogados ingleses se agarraron a ese argumento para tratar de que, al menos, una parte de los objetos encontrados fuesen a parar a manos de Carnarvon.

La última: no sé si has entrado en alguna tumba egipcia que haya permanecido sellada durante muchos siglos, pero ¿qué se siente en ese instante?

No, no he entrado en ninguna porque, como dije antes, el camino que he tomado es el de la divulgación. Pero sí he convivido con los españoles que trabajan allí y puedo decir que saber que eres la primera persona, la segunda, la quinta o la sexta, da igual, que entra en un lugar cerrado durante tres mil años, que toca esas paredes y que pisa esa tierra, produce una sensación muy especial. Es algo distinto. La cultura egipcia era una cultura muy humana y ese intento de vincularlos con seres extraterrestres me parece una gilipollez, un insulto para los propios egipcios.

Artículo: Herme Cerezo.

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