Novedades editoriales

18 de septiembre de 2011

Los magos del jeroglífico


Constructores de tumbas, artistas del antiguo Egipto. En el valle de Deir el Medina vivían los artesanos cuyas casas ahora en ruinas pueden visitarse.

A pocos kilómetros al sur de Sheikh Abd el Qurna se encuentra el valle conocido como Deir el Medina, el convento de la ciudad quiere decir, pues en la época copta hubo allí un monasterio. En el valle de los trabajadores, Thutmosis I levantó un poblado para que allí vivieran los artistas y artesanos que hacían las tumbas. El nombre del faraón está inscrito en el muro que rodea la ciudad. Artesanos, artistas, obreros, picapedreros, albañiles, pintores, escultores, etcétera, convivían en pequeñas casas. Eran de adobe sobre cimientos de piedra. Las paredes estaban enlucidas con barro, y las fachadas y algunas paredes interiores estaban encaladas. La puerta delantera, que daba a la calle principal, era de madera y estaba encajada sobre un marco también de madera o caliza que podía llevar el nombre del dueño. Muchas veces, las puertas y dinteles estaban pintados de rojo, un color protector y benefactor. La casa tenía un salón, varias habitaciones, subterráneo y terraza. Desde la zona de la cocina, un amplio espacio sin techar, surgían unas escaleras que iban a la azotea.

La entrada principal de la aldea estaba al norte. El muro trapezoidal medía cerca de 6.000 metros y llegó a haber unas setenta casas dispuestas en fila a lo largo de una estrecha calle que corría de norte a sur. Estas ruinas y las tumbas han aportado muchos datos sobre las familias que las habitaban, los modos de trabajo, las actividades de ocio, las leyes y costumbres de la vida diaria. Al norte del poblado, cerca de la entrada al Valle, está el Gran Pozo, que nunca dio agua. Cuando al final del imperio nuevo este lugar se convirtió en un peligro por los libios, se abandonó el pueblo y sus habitantes se trasladaron al interior de los muros del templo de Ramsés III en Medinet Habu. Muy cerca de aquí está el templo de Hathor, edificado por los Ptolomeos. La ciudad estaba rodeada de una gran muralla. Nadie podía salir de allí, ni entrar, excepto para llevar a cabo el trabajo. Muchas horas diarias, con un solo día de descanso tras diez trabajados.

Distintas generaciones, desde 1550 antes de Cristo hasta el año 1000, desde la dinastía XVIII hasta el final de la XX, iban a la necrópolis real recorriendo un sendero que evitaba las duras colinas en torno a Deir el Bahari. Muchos, además de trabajar en las tumbas reales, lo hacían en la suya propia. Eran poseedores de secretos y por eso estaban muy controlados. Los servidores de la "plaza de la verdad" eran vigilados por comisarios que se encargaban de que los secretos se mantuvieran.

Llegamos al recinto. Aunque está en ruinas, se percibe muy bien su gran extensión. De aquí salieron esos extraordinarios artistas anónimos que dejaron su huella imborrable en tantos panteones. ¿Tendrían conciencia de su arte? Una ciudad de los artistas en medio del desierto, frente al Nilo. Paseo por entre las calles y me gusta imaginar que aquí o allí vivió el pintor o pintores de la tumba de Nefertari o de Thutmosis III. Auden, en el poema titulado Musée des Beaux Arts, hace esta reflexión: "Acerca del sufrimiento nunca se equivocaron, / los viejos maestros: qué bien entendieron / su posición humana; cómo tiene lugar / mientras algún otro come o abre una ventana o sencillamente pasea aburrido". Los viejos maestros del poeta, como Brueghel, están más cercanos a nosotros que los antiquísimos maestros egipcios, pero el sufrimiento, el esfuerzo y la conciencia que ellos tenían es la misma: "Nunca olvidaron / que incluso el espantoso martirio debe seguir su curso / de cualquier manera en un rincón, en algún lugar desaliñado / donde los perros continúan con su vida perruna y el caballo del torturador / restriega su inocente trasero contra un árbol". El cuadro de Brueghel al que se refiere Auden es el titulado El viaje de Ícaro.

Paseo entre las calles derrumbadas. No queda nada de las paredes blancas, encaladas de las casas, ahora está todo dorado por el sol y rebozado por las arenas. El perímetro de la muralla se conserva intacto. Maestros antiguos, nuestros padres. De aquí venimos. Aquí llego a mi casa de nuevo, de no se sabe dónde, de donde no se sabe el porqué, "como un hombre ansioso de volver a ver su casa, / después de haber pasado muchos años en cautividad". Maestros antiguos. Me siento sobre un muro y restriego mis manos sobre los adobes, mientras se me viene a la cabeza el lied de Schubert cuya letra compuso Goethe, Canción nocturna del caminante. Le he dado tantas vueltas en la memoria que para mí dice así: "En las colinas / la calma,/ en las copas de los árboles / un suspiro. En el bosque / pájaros durmientes. / Como tú / muy pronto". Por aquí no he visto pájaros ni árboles. El suspiro, los suspiros son míos. Aquí no queda nada, aquí no hay nadie -no me crucé con ningún turista-, aquí solo estoy yo derramando lágrimas por los maestros anónimos que únicamente vivieron para el arte. "Ser artista es fracasar, como nadie nunca se atrevería a fracasar, ese fracaso es su mundo y abandonarlo supone una deserción, de las artes, del buen hacer, de la vida...". A Beckett le gustaría este lugar, esta ciudad del fracaso, de los fracasados. De los anónimos. Nuestra propia ciudad, nuestra ciudad natal.

Luego vamos a la necrópolis donde yacieron los funcionarios, capataces o escribas. Son pequeñas tumbas, capillas con una parte subterránea decorada con pinturas. Entro en la tumba del capataz Pashed, que está arrodillado rezando debajo de una palmera repleta de plátanos. Luego bebe el agua del Nilo. Los jeroglíficos del fondo reproducen el capítulo 62 del Libro de los Muertos con la fórmula para poder beber el agua en el Más Allá. Entro en la tumba del funcionario de la necrópolis Sennedjem. Se les ve a él y a su esposa adorando a los dioses del Más Allá, así como trabajando con los bueyes y el arado en el campo. Entro en la tumba de Ipuy, donde hay pintadas escenas de pesca. Entro en la tumba de Userhat, escriba real en el tiempo de Amenofis II, y contemplo cómo el barbero le corta el pelo. "Me construí una magnífica tumba /en mi ciudad de la eternidad. / Preparé exquisitamente el lugar, excavado en la roca / en el desierto de la eternidad", dice una inscripción funeraria del Reino Nuevo. A las tumbas de los muertos las llamaban "casas eternas" porque el tiempo que pasamos en el Hades es infinito. Sus verdaderas casas eran las tumbas.

Artículo: César Antonio Molina.

Revista Egiptología 2.0


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