Novedades editoriales

23 de mayo de 2011

Los faraones que nadie conoce


Retomando el hilo de la entrega anterior, resulta una obviedad recalcar el descubrimiento de la tumba de Tutankamon como uno de los hitos de la Egiptología. Lo que la gente suele olvidar, en la mayoría de los casos, es que no fue el único ejemplo de un enterramiento encontrado intacto ni tampoco de un faraón. Eclipsado por el rey niño, existieron varios faraones mucho menos destacados que demostraron que todavía quedaba –y queda– mucho por desenterrar. En la necrópolis real de Tanis, en el Delta de Egipto, Pierre Montet descubría, en 1939, las tumbas de tres faraones completamente intactas.

El egiptólogo

¿Y quién era este hombre? Montet fue un egiptólogo francés nacido en 1885. Interesado desde muy joven por el mundo de la antigüedad, cursó estudios en la Universidad de Lyon con maestros en Egiptología, algo que sin duda le influyó poderosamente. En 1929, ya en tierras del Nilo, comenzó a trabajar en la necrópolis de Tanis, antigua capital del reino durante parte del Tercer Periodo Intermedio (siglos XI-VIII a. C.). Convencido erróneamente de que el lugar era la antigua capital de Ramsés II, Per-Rameses, se dedicó a excavar en torno al templo de Amón pensando que encontraría viviendas y quizá algún palacio. En principio los hallazgos de estructuras de habitación le animaron a seguir trabajando y durante diez años desenterró cientos de objetos, si bien no espectaculares, resultaron de gran interés para conocer aspectos de la vida privada del pueblo egipcio, algo en lo que Montet era experto.

Pero un día de febrero, de forma análoga a la experiencia de Carter, sus trabajadores le avisaron de que había aparecido un suelo de piedra de gran calidad. Emocionado ante lo que debía ser el primer indicio del palacio de Ramsés II, comenzó a retirar kilos y kilos de arena, pero se llevó una soberana sorpresa –nunca mejor dicho–. Entre los restos aparecieron ushebtis, unas figurillas de carácter funerario y debajo de las lajas de piedra se detectó una cavidad cubierta de tierra. La exploración de la misma reveló que se trataba de una tumba: la del faraón Osorkón II, un gobernante de la XXII Dinastía del siglo IX a. C. Igual que en el caso de Carter tampoco podemos hacernos una idea de lo que sintió el equipo en ese momento. Montet llegó a recoger la curiosa anécdota de cómo dejaron colgando de los pies a uno de los colaboradores para que pudiera hacer una primera exploración del lugar ya que en principio no tenían la menor idea de qué podía ser.

Las paredes estaban cubiertas con bajorrelieves de los libros de los Muertos –“Peri Em Heru”– y de la Noche pero lamentablemente el lugar ya había sido visitado mucho antes con motivos nada científicos. La vecina tumba de su hijo, el príncipe Hornakht, se encontraba en las mismas condiciones, pudiendo rescatarse un pequeño grupo escultórico de oro y algunos vasos canopos. No obstante la situación estaba clara: se encontraba encima de una necrópolis real del Tercer Periodo Intermedio.

La crisis egipcia

Esta fase de la historia de Egipto representó un momento de crisis interna en la que el poder regio se vio muy mermado y la unidad del país se resintió. En el Bajo Egipto la Dinastía XXI de Tanis intentó mantener la autoridad pero la mitad sur, la del Alto Egipto, estuvo controlada directamente por el poderoso clero de Amón de Tebas. Las luchas contra este clero minaron los recursos de los faraones, como se desprende de su registro material, mucho más pobre que en épocas anteriores. Más aún, las enterramientos tebanos eran expoliados con demasiada frecuencia en sus días, lo que llevó a los reyes de esta dinastía y a sus sucesores a construir sepulturas más discretas en el templo de Amón de Tanis, un sitio en continuo uso y por tanto más fácil de vigilar. Los reyes de las dinastías XXII, apodados como “faraones libios”, continuaron con la costumbre de enterrarse en Tanis lo que también ayuda a explicar los descubrimientos de Montet.

La aparición de los reyes

A pesar de la decepción que puede suponer el hecho de encontrar un par de enterramientos tan notables vacios de objetos seguían siendo aportaciones notables. Por un lado eran indicativos claros de que podían existir más estructuras de su clase pero por otro ya eran buenos ejemplos de las capacidades y de los cambios en los modelos mortuorios. En cualquier caso Montet siguió buscando y el 17 de marzo, menos de un mes después, avisó a las autoridades egipcias: un sepulcro regio intacto acababa de aparecer. La tumba pertenecía a Psusenes I (1039-991 a. C.), uno de los primeros faraones de la XXI

Dinastía

En presencia de altos dignatarios y del rey Farouk I, descendiente de Mehmet Alí, Montet abrió la tumba, descubriendo primero la cámara de Sheshonq II, monarca de la XXII Dinastía que había aprovechado el enterramiento de Psusenes. Los objetos de cerámica, piedras semipreciosas y oro, aunque escasos, resultaron más que agradecidos, aunque quizá lo que más llamó la atención fue el sarcófago de plata del faraón. Con la sensación de un triunfo conseguido y algunos más por conseguir Montet repitió la emoción al abrir las cámaras de Psusenes y de su esposa Mutnedjmet y los sarcófagos del príncipe Ankhefnmut y en los años siguientes del faraón Amenemope (993-984 a. C.), hijo de Psusenes y del general Uendyebaendyed. La dilación de los trabajos en parte obedeció al estallido de la II Guerra Mundial, sobre todo a partir de 1940, con la invasión alemana de Francia.

El ajuar de todos los sepulcros sumados, en general, fue mucho menos copioso que el de Tutankamon. Sin duda es un reflejo de los problemas económicos por los que pasaba Egipto en esos momentos, con féretros de plata en vez de oro, por ejemplo. Las cuatro máscaras funerarias de metal áureo que aparecieron –Psusenes, de Amenemope, de Uendyebaendyed y la de Sheshonq– denotan una cierta maestría para trabajar con poca cantidad de material pero sin llegar nunca al acabado o a la factura de los días del Reino Nuevo.

Aún así destacaron los dedales de oro de Psusenes, las jarras y platos de alabastro, bronce y metales preciosos, las pulseras, un par de sandalias de oro y los sarcófagos exteriores de piedra –algunos reutilizados de otros faraones como Merneptah–. Montet también detectó una abundante cantidad de restos orgánicos degradados –igual que las momias, tratadas con técnicas no muy depuradas– que debieron estropearse por las condiciones húmedas de las tumbas.

A pesar de todo esto, como en el caso de Tutankamon, el hallazgo va más allá de los materiales o el número de elementos. Aportó muchísima información para una época hasta ese momento cubierta de incógnitas y demostró la continuidad y adaptación de la cultura egipcia. Por ello, la poca atención que se le prestó en su momento -y hoy día- y a la que pueden darse diversas explicaciones, parece un tanto injusta.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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Exposición temporal: Egitto. La straordinaria scoperta del Faraone Amenofi II (Museo delle Culture, Milano). Del 13 de septiembre de 2017 al 7 de enero de 2018.