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14 de noviembre de 2019

Los egipcios ya saqueaban las tumbas de los ricos


Si por algo llama la atención la civilización faraónica es por su cercanía con la muerte. Su larga tradición funeraria refleja el esfuerzo invertido para hacer más llevadera la eternidad. Tumbas, tesoros y momias parecen querer retener al difunto en su hogar terrenal. Y es que la felicidad de todo egipcio pasaba por construirse un “bello enterramiento” en el valle del Nilo.

En uno de los textos más apasionantes de la literatura egipcia, el desafortunado Sinuhé expresaba su ferviente deseo de regresar a Egipto para ser enterrado según la tradición. Exiliado en Siria-Palestina entre los beduinos, en caso de no volver, estaría condenado a tener como última morada un simple túmulo y, en lugar de un ataúd, la piel de un carnero.

En otro relato, que cuenta la historia de Unamón, el protagonista evocaba desde la lejana Biblos su triste destino: “¿No ves las aves migratorias que, ya por segunda vez, descienden hacia Egipto? Míralas, van hacia las marismas. Y yo, ¿hasta cuándo habré de permanecer aquí abandonado?”. La tumba era, pues, una obra en vida.

Dado que el difunto se hacía acompañar de todo lo que necesitaría en su viaje al Más Allá, los más ricos se rodearon de un valioso ajuar. Además de objetos realizados en metales y piedras preciosas, incluían vestidos de lino o muebles. Con tanto tesoro escondido, no es extraño que Egipto sufriera la lacra del pillaje. Las sepulturas, especialmente las pertenecientes a faraones y reinas, fueron objeto de un saqueo sistemático. Poco podía hacer el dios Anubis, señor de la orilla occidental y protector de las necrópolis, para salvaguardar su feudo sagrado.

La arqueología demuestra que desde las primeras épocas, cuando las tumbas consistían apenas en hoyos excavados en el desierto, los robos eran ya una práctica habitual. Con el tiempo nació una elite que invertía gran parte de su capital en el ajuar funerario, y las riquezas de ultratumba no dejaron de tentar a los más espabilados. Pero fue sobre todo en épocas de crisis cuando aumentaron los saqueos, pues la administración era incapaz de organizar la vigilancia de las necrópolis.

La sensación de inseguridad marcó muy pronto la mentalidad de los egipcios. Numerosos textos, como Las lamentaciones de Ipuwer, denuncian el estado de abandono de muchas sepulturas. Se relata con estupor cómo “las pirámides han sido vaciadas”, pues “el ladrón está en cualquier lugar”. Conscientes de la vulnerabilidad de sus moradas de eternidad, se sirvieron de la magia para protegerlas.

Escribieron en su interior mensajes amenazadores para todo aquel que intentara hacer daño a la momia. El difunto apela a la justicia divina, pero, por si acaso, advierte de castigos. Por ejemplo, “retorceré su cuello como a una oca”, o “que un cocodrilo le ataque en el agua, que una serpiente le ataque en la tierra, a aquel que haga algo contra esto [la tumba]”. En cada uno de los cuatro puntos cardinales de la cámara que contenía el ataúd, se solía colocar un “ladrillo mágico” de barro con fórmulas de protección para crear un espacio invulnerable.

Pero, aun así, el balance es desolador. Sabemos que en ocasiones el robo ocurría muy poco después del cierre de las tumbas, y en otras cuando caían en el olvido. En ciertos casos existen pruebas de que los ladrones tuvieron que abandonar rápidamente su empeño, como en el caso de la tumba de Tutankhamón, pero en otros el desvalijamiento fue completo. El tipo de sepultura nunca fue un obstáculo.

Hoy por hoy se puede afirmar que todas las pirámides han sido saqueadas. El hecho de que a principios del Reino Nuevo (ss. XVI-XI a. C.) las tumbas pasasen a excavarse en los desfiladeros de las montañas tampoco disuadió a los delincuentes. El cambio respondió a una nueva tradición funeraria asociada al mundo subterráneo de Osiris, pero ciertamente se volvieron menos accesibles. Es el caso de las necrópolis de Tebas, con el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas a la cabeza.

En ocasiones estaban situadas en lugares infranqueables y, una vez cerrada, la entrada quedaba discretamente oculta con piedras. Cuando, a finales del Reino Nuevo, las tumbas se construyeron en el valle, con una entrada bien visible, muchas de ellas quedaban camufladas por las aguas torrenciales.

Pero la historia de los robos de tumbas en Egipto es en su mayor parte silenciosa. La falta de documentación de los primeros períodos está generosamente compensada por el gran número de papiros que se han conservado a partir del Reino Nuevo. Su estudio ha revelado que fue a finales de la época ramésida (última parte del período) cuando el pillaje puso en jaque al Estado.

Los robos fueron tan generalizados que, más allá del delito, mostraban que eran producto, como ha calificado el egiptólogo Pascal Vernus, de una profunda crisis de valores. La sociedad del momento buscaba un enriquecimiento fácil en medio de una profunda crisis económica. El precio exagerado de los productos básicos y la corrupción extendida eran un buen caldo de cultivo. El robo era tácitamente aceptado en esta economía de trueque, pues los objetos circulaban libremente sin reparar en su procedencia.

Así, por ejemplo, la esposa de un ladrón confesaba al tomársele declaración: “Tomé la parte [del botín] de mi marido y la guardé en la despensa; luego tomé un deben [medida egipcia] de plata de allí y lo usé para comprar grano”. El Estado egipcio contraatacó endureciendo la legislación del Derecho criminal. Por cada denuncia de robo se crearon comisiones de investigación. Para esclarecer los hechos, se verificaba in situ el estado de las tumbas.

Se practicaban interrogatorios a los sospechosos, durante los cuales se les llegaba a golpear con un palo o a retorcer pies y manos. Todo ello quedaba expuesto en largos procesos judiciales. La sentencia para los más afortunados consistía en diversos castigos corporales, como cortar orejas o nariz, aunque la pena por robo era normalmente la muerte, dictada por el faraón. En este clima, la vigilancia de las necrópolis se volvió fundamental, y a esta labor se consagró un cuerpo de policía.

Si por algo llama la atención la civilización faraónica es por su cercanía con la muerte. Su larga tradición funeraria refleja el esfuerzo invertido para hacer más llevadera la eternidad. Tumbas, tesoros y momias parecen querer retener al difunto en su hogar terrenal. Y es que la felicidad de todo egipcio pasaba por construirse un “bello enterramiento” en el valle del Nilo.

En uno de los textos más apasionantes de la literatura egipcia, el desafortunado Sinuhé expresaba su ferviente deseo de regresar a Egipto para ser enterrado según la tradición. Exiliado en Siria-Palestina entre los beduinos, en caso de no volver, estaría condenado a tener como última morada un simple túmulo y, en lugar de un ataúd, la piel de un carnero.

En otro relato, que cuenta la historia de Unamón, el protagonista evocaba desde la lejana Biblos su triste destino: “¿No ves las aves migratorias que, ya por segunda vez, descienden hacia Egipto? Míralas, van hacia las marismas. Y yo, ¿hasta cuándo habré de permanecer aquí abandonado?”. La tumba era, pues, una obra en vida.

Dado que el difunto se hacía acompañar de todo lo que necesitaría en su viaje al Más Allá, los más ricos se rodearon de un valioso ajuar. Además de objetos realizados en metales y piedras preciosas, incluían vestidos de lino o muebles. Con tanto tesoro escondido, no es extraño que Egipto sufriera la lacra del pillaje. Las sepulturas, especialmente las pertenecientes a faraones y reinas, fueron objeto de un saqueo sistemático. Poco podía hacer el dios Anubis, señor de la orilla occidental y protector de las necrópolis, para salvaguardar su feudo sagrado.

La arqueología demuestra que desde las primeras épocas, cuando las tumbas consistían apenas en hoyos excavados en el desierto, los robos eran ya una práctica habitual. Con el tiempo nació una elite que invertía gran parte de su capital en el ajuar funerario, y las riquezas de ultratumba no dejaron de tentar a los más espabilados. Pero fue sobre todo en épocas de crisis cuando aumentaron los saqueos, pues la administración era incapaz de organizar la vigilancia de las necrópolis.

La sensación de inseguridad marcó muy pronto la mentalidad de los egipcios. Numerosos textos, como Las lamentaciones de Ipuwer, denuncian el estado de abandono de muchas sepulturas. Se relata con estupor cómo “las pirámides han sido vaciadas”, pues “el ladrón está en cualquier lugar”. Conscientes de la vulnerabilidad de sus moradas de eternidad, se sirvieron de la magia para protegerlas.

Escribieron en su interior mensajes amenazadores para todo aquel que intentara hacer daño a la momia. El difunto apela a la justicia divina, pero, por si acaso, advierte de castigos. Por ejemplo, “retorceré su cuello como a una oca”, o “que un cocodrilo le ataque en el agua, que una serpiente le ataque en la tierra, a aquel que haga algo contra esto [la tumba]”. En cada uno de los cuatro puntos cardinales de la cámara que contenía el ataúd, se solía colocar un “ladrillo mágico” de barro con fórmulas de protección para crear un espacio invulnerable.Howard Carter analizando el tercer y último ataúd antropomorfo de oro macizo, en cuyo interior se encontraba la momia de Tutankamón. (Dominio público)

Pero, aun así, el balance es desolador. Sabemos que en ocasiones el robo ocurría muy poco después del cierre de las tumbas, y en otras cuando caían en el olvido. En ciertos casos existen pruebas de que los ladrones tuvieron que abandonar rápidamente su empeño, como en el caso de la tumba de Tutankhamón, pero en otros el desvalijamiento fue completo. El tipo de sepultura nunca fue un obstáculo.

Hoy por hoy se puede afirmar que todas las pirámides han sido saqueadas. El hecho de que a principios del Reino Nuevo (ss. XVI-XI a. C.) las tumbas pasasen a excavarse en los desfiladeros de las montañas tampoco disuadió a los delincuentes. El cambio respondió a una nueva tradición funeraria asociada al mundo subterráneo de Osiris, pero ciertamente se volvieron menos accesibles. Es el caso de las necrópolis de Tebas, con el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas a la cabeza.

En ocasiones estaban situadas en lugares infranqueables y, una vez cerrada, la entrada quedaba discretamente oculta con piedras. Cuando, a finales del Reino Nuevo, las tumbas se construyeron en el valle, con una entrada bien visible, muchas de ellas quedaban camufladas por las aguas torrenciales.

Pero la historia de los robos de tumbas en Egipto es en su mayor parte silenciosa. La falta de documentación de los primeros períodos está generosamente compensada por el gran número de papiros que se han conservado a partir del Reino Nuevo. Su estudio ha revelado que fue a finales de la época ramésida (última parte del período) cuando el pillaje puso en jaque al Estado.

Los robos fueron tan generalizados que, más allá del delito, mostraban que eran producto, como ha calificado el egiptólogo Pascal Vernus, de una profunda crisis de valores. La sociedad del momento buscaba un enriquecimiento fácil en medio de una profunda crisis económica. El precio exagerado de los productos básicos y la corrupción extendida eran un buen caldo de cultivo. El robo era tácitamente aceptado en esta economía de trueque, pues los objetos circulaban libremente sin reparar en su procedencia.

Así, por ejemplo, la esposa de un ladrón confesaba al tomársele declaración: “Tomé la parte [del botín] de mi marido y la guardé en la despensa; luego tomé un deben [medida egipcia] de plata de allí y lo usé para comprar grano”. El Estado egipcio contraatacó endureciendo la legislación del Derecho criminal. Por cada denuncia de robo se crearon comisiones de investigación. Para esclarecer los hechos, se verificaba in situ el estado de las tumbas.

Se practicaban interrogatorios a los sospechosos, durante los cuales se les llegaba a golpear con un palo o a retorcer pies y manos. Todo ello quedaba expuesto en largos procesos judiciales. La sentencia para los más afortunados consistía en diversos castigos corporales, como cortar orejas o nariz, aunque la pena por robo era normalmente la muerte, dictada por el faraón. En este clima, la vigilancia de las necrópolis se volvió fundamental, y a esta labor se consagró un cuerpo de policía.

Dado que la vigilancia era cada vez mayor, los ladrones tuvieron necesariamente que contar con cómplices en la administración. Escribas, jefes locales, guardianes de la necrópolis e incluso miembros de los templos aparecen entre los acusados que, como poco, se dedicaron a aceptar sobornos.

Los papiros ramésidas nos brindan una información privilegiada. Detallan las confesiones de los acusados poniendo nombre e historias a estos ladrones. Dramas personales como el de una viuda que ve cómo los cómplices de su marido difunto le reclaman su parte del botín. Muchos de ellos vivían en la región, sobre todo en la localidad de Maiunehes, a pocos kilómetros de Tebas.

La red de traficantes implicaba a veces a varios miembros de una misma familia. Y, en ocasiones, a gentes tan insospechadas como un grupo de hombres de la región de El Fayum, lugar donde casualmente se encontraba uno de los harenes reales y, según algunos autores, posible destino de piezas robadas. El negocio era lucrativo para todos.

Un dato es significativo: analizando el célebre affaire del robo de la tumba de Sobekemsaf II, un faraón poco relevante en la historia, se ha calculado que el botín de cada uno de los ladrones ascendió a 20 deben de oro (1,82 kg). Es decir, 1.440 veces el poder adquisitivo del salario anual en cereales de un jefe de obras. El cabecilla de esta banda confesaba sin pudor ante los jueces: “Entonces yo, junto con los otros ladrones que estaban conmigo, continué hasta hoy practicando el robo de las tumbas de los nobles... Gran número de gentes del país las roban también...”.

Pero si en algún lugar la palabra robo se consideraba un agravio era entre los miembros de la aldea de artistas de Deir el Medina. Ellos fueron los encargados de construir las tumbas del Valle de los Reyes y, por tanto, conocían los secretos de su localización y contenido. Una sospecha suponía el desprestigio para toda la comunidad. Por eso, cada uno de ellos estaba obligado por juramento a denunciar cualquier intriga, so pena de ser considerado cómplice.

En el Valle de los Reyes, los llamados medjay vigilaban desde distintos puestos la zona de los hurtos y de las incesantes incursiones de bandidos libios. En otro cementerio de gran relevancia como fue el de Amarna, fundado por el faraón Akhenatón, aún existe el entramado de caminos por los que patrullaban los vigilantes. Este escenario turbulento nos es conocido gracias a un gran número de actas que detallan meticulosamente los numerosos juicios acaecidos bajo los reinados de Ramsés IX, Ramsés X y Ramsés XI.

Su estudio muestra que son bandas muy bien organizadas que cubrían la completa logística del robo. Desde agentes de comercio que sacaban las piezas al mercado y barqueros para cruzar el río hasta canteros para abrir los túneles a través de la piedra y fundidores para obtener oro, plata y, sobre todo, cobre. Lo más sorprendente es que las acusaciones salpicaron también a las esferas públicas.

Motivos para el delito no les faltaban, pues, al grito de “tenemos hambre”, mostraron su desesperación ante el impago de los sueldos y los almacenes vacíos de grano. Los culpables eran juzgados por el propio tribunal de la ciudad, que no siempre acertó en su veredicto. El pintor Amenua fue absuelto de haber participado en el robo de la tumba de Ramsés III, cuyo botín, en realidad, había escondido en el sótano de su casa, como han descubierto los arqueólogos.

Pero el caso más llamativo ocurrido en Deir el Medina fue la actuación contra uno de los suyos, el capataz Paneb, relatada en el Papiro Salt 124 (hoy en el British Museum). Paneb vivió durante el reinado de Seti II y fue uno de los miembros más influyentes, en calidad de jefe de uno de los dos equipos de trabajo. Su conducta ambiciosa y violenta le acarreó no pocos enemigos. Fue precisamente uno de ellos, Amennakht, hermano de su antecesor en el cargo, quien presentó las denuncias. Entre los delitos estaba el de pillaje de varias tumbas.

Se le acusó de haber sustraído piedras y parte del mobiliario de la sepultura del propio Seti II, cuya construcción estaba a su cargo. El tribunal creyó erróneamente en la inocencia de Paneb, porque dichas piedras se han encontrado reutilizadas en el interior de la tumba del capataz. Sin embargo, parece que éste no se libró de la acusación de robo en la tumba de Henutmira, una de las esposas de Ramsés II, en el Valle de las Reinas. El hallazgo en su casa de un objeto procedente del ajuar de la Reina le delató. Paneb desaparece de las crónicas de la aldea, probablemente por ser condenado a muerte. Corría el año 6 de Ramsés III, a principios del s. XII a. C.

Desde el reinado de Ramsés IX, a finales de ese mismo siglo, la situación en la orilla occidental de Tebas se volvió incontrolable. Se cayó en un círculo vicioso en el que nada parecía librarse del saqueo. La tumba de la reina Isis, esposa de Ramsés III, que se inspeccionó en el año 16 de Ramsés IX y se halló intacta, fue desvalijada solo catorce meses después. Incluso los grandes templos funerarios, como el Rameseo o el templo de Medinet Habu, fueron objeto de continuos robos.

A Piankhy, el sumo sacerdote de Tebas, se le ocurrió financiar su guerra con Nubia con los tesoros extraídos de las tumbas que él mismo ordenó abrir. La situación política no era menos complicada. Egipto pasaba por uno de sus momentos más difíciles, con una separación de poderes entre el norte y el sur como solución a la crisis.

En el año 19 del reinado de Ramsés XI, quien seguía gobernando desde la ciudad de Pi-Ramsés, Tebas nombró como soberano a Herihor, el sumo sacerdote de Amón. Comenzaba así una nueva era también en la historia de los robos de las necrópolis tebanas. Los papiros reflejan que se intensificaron la vigilancia y los arrestos. Y es muy curioso que uno de los instigadores, el alcalde Pauraa, fuese el mismo que años atrás había sido acusado de pillaje.

En tiempos caóticos, soluciones drásticas. Esto es lo que debió de pensar Herihor cuando decidió trasladar la momia de Ramsés II, llamado el Grande, a la tumba de su antecesor, Seti I, convertida en una especie de tumba colectiva. Hasta entonces, las autoridades se habían limitado a realizar inspecciones periódicas y a restaurar alguna de las sepulturas. Pero los sacerdotes tebanos de las dinastías XXI y XXII fueron más allá, recopilando las momias de sus venerables faraones ante la inseguridad que reinaba en el Valle de los Reyes.

Las sacaron de sus tumbas originales y las escondieron en lugares seguros. Fueron desprovistas de sus joyas y amuletos y nuevamente vendadas, y en la tela se inscribió el registro de su nueva aventura. Durante el gobierno del sumo sacer- dote Pinedjem se escogió la tumba de Amenhotep II (KV 35) en el Valle de los Reyes, donde se han encontrado los cuerpos de Tutmosis IV, Amenhotep III, Mereptah, Seti II, Siptah, Ramsés IV, Ramsés V o Ramsés VI.

Años más tarde, otras momias fueron trasladadas a una inaccesible sepultura situada en Deir el Bahari (la TT 320), propiedad de la reina Inhapi, de principios del Reino Nuevo. En ella se almacenaron cerca de cincuenta cuerpos, incluyendo reyes de la dinastía XVII a la XXI. Entre ellos figuraban Seqenenra, Amosis I, Amenhotep I, Tutmosis I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés IX. Otros tres escondrijos se han descubierto con numerosas momias de sacerdotes tebanos.

¿Dónde fue a parar entonces el ajuar de estos grandes faraones? Este acto supuestamente piadoso no deja indiferentes a los historiadores, que dudan del altruismo de la cruzada. El asunto reportó al Estado una cantidad de oro y plata que compensaba la falta de ingresos de la nueva dinastía. Parte de los tesoros se han encontrado reutilizados en las tumbas de los monarcas de las dinastías XXI y XXII localizadas en la nueva necrópolis real de Tanis, y otra parte seguramente debió de desaparecer al fundirse.

Artículo: Cristina Gil Paneque.

Revista Egiptología 2.0


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