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25 de noviembre de 2019

Deir el-Medina, la agitada ciudad de los constructores de tumbas


El estudio del antiguo Egipto nos tiene acostumbrados a sugerentes biografías de faraones y reinas. Sus colosales monumentos hablan del esplendor de una civilización construida en los márgenes del Nilo para gloria de sus soberanos y sus dioses. Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado a la sombra de la historia a los hombres y mujeres que la hicieron posible. Pocas veces los historiadores han podido satisfacer su curiosidad sobre cómo era la vida de la gente común.

En este sentido, la aldea de Deir el-Medina es única: en ella vivían los constructores de las tumbas del Valle de los Reyes y del Valle de las Reinas. Su nombre, el “Lugar de la Verdad”, hacía honor a su responsabilidad de preparar con éxito el acceso de los soberanos al más allá. Así, consagrada por entero al descanso eterno del faraón y su familia, esta comunidad de obreros era a todas luces especial. Y no solo por la relevancia de su trabajo, sino también por las condiciones en que lo hicieron.

Su estrecha convivencia tras los muros de la aldea generó todo tipo de situaciones que transcendieron el ámbito profesional. Deir el-Medina reunía todo lo necesario para ser el escenario perfecto de intrigas y conflictos: cercanía al poder, prestigio, rivalidades y, por supuesto, una alta instrucción cultural. La arqueología da fe de esta vitalidad cotidiana. Desde que en 1922 un equipo francés comenzara la excavación metódica del yacimiento, ha sido asombrosa la variedad de los hallazgos.

Aquí la espectacularidad de los objetos cede el paso a su valor informativo. Entre ellos abundan los papiros que detallan historias de sus habitantes, rescatando para nosotros sus nombres, sus vivencias y sus miedos. Además, se han conservado miles de retales de sus vidas en forma de fragmentos de caliza y cerámica (los llamados ostraca). Dado que eran abundantes y baratos, sirvieron como soporte para escribir textos o dibujar bocetos de toda índole, algunos de ellos maravillosos ejemplos de la maestría de los artistas.

Muchos, usados como papel en sucio, se acumularon durante años en un profundo pozo que sirvió de basurero. Gracias a esta documentación, el día a día de estos artesanos, seguramente de los mejores de Egipto, se nos presenta extraordinario y fascinante. Una instantánea de la sociedad egipcia que, aunque separada de la nuestra en varios miles de años, sorprendentemente no nos es tan ajena.

El origen de Deir el-Medina se remonta a principios del Reino Nuevo (siglos XVI-XI a. C.), cuando los faraones escogieron la orilla occidental tebana como nuevo lugar para excavar sus necrópolis. Se formó entonces una comunidad que incluía desde simples canteros a dibujantes, pintores, escultores, arquitectos o albañiles, y fue instalada en un pequeño valle pocos kilómetros al sur de su lugar de trabajo.

En última instancia rendían cuentas al visir, delegado del faraón, aunque para su buen funcionamiento se creó una larga jerarquía administrativa que controlaba hasta el más mínimo detalle. Todos ellos componían una institución que recibió el nombre genérico de “la Tumba”. Porque si algo caracterizó a Deir el-Medina fue el encierro y la rígida disciplina a que estaban sometidos sus habitantes.

Custodiados por el desierto y una alta muralla de adobe, sus vidas y, sobre todo, sus secretos encargos fueron siempre objeto de una estricta vigilancia. La presencia policial era constante, especialmente en las puertas que daban acceso al recinto. Desde el puesto de control situado al norte del muro se organizaba la vida pública de la aldea. Nada pasaba desapercibido. De hecho, el “ escriba de la Tumba” debía registrar todo lo que sucedía en ella a diario.

Anotaba meticulosamente desde temas laborales, como los turnos de los obreros o la entrega de raciones y material de trabajo, hasta asuntos privados de interés general, como las visitas, los litigios judiciales o las defunciones. Era uno de los personajes más importantes de la aldea, y gracias a sus archivos conocemos el devenir de la comunidad a lo largo de toda su existencia.

Este espacio cerrado, tras sucesivas ampliaciones, tuvo cerca de 135 metros de largo por 50 metros de ancho, y llegó a albergar en época de Ramsés IV hasta 120 hombres. La organización de los obreros en dos equipos de trabajo –llamados “el de la izquierda” y “el de la derecha”– determinó incluso el aspecto de la aldea. Una calle larga y estrecha la dividía en dos, y a cada obrero y su familia se les concedía una vivienda en el lado que les correspondiera.

Las casas se sucedían apiñadas unas con otras y abiertas a la vía central. Alargadas y rectangulares, tenían una superficie de unos 70 m², y estaban realizadas siguiendo un mismo plano: habitaciones alineadas que incluían una cocina y despensas subterráneas. Ante la estrechez de los espacios, las azoteas cobraron protagonismo. La vida en Deir el-Medina estuvo marcada por la rutina.

La jornada laboral de los artesanos se componía de ocho horas con una pausa para comer. Su semana constaba de diez días y descansaban los dos últimos, además de librar las festividades del calendario litúrgico. Por otra parte, podían disponer de su tiempo en los períodos en que no tuvieran trabajo en las tumbas o ninguna tarea fijada. En caso de ausencia, los motivos debían estar debidamente justificados. Se registraron razones tan diversas como “picadura de escorpión”, “duelo por un hijo”, “madre enferma” o “la esposa tiene la regla”…

Cada mañana, los dos equipos, dirigidos por su respectivo jefe, abandonaban el recinto escoltados y avanzaban superando los puestos de guardia que jalonaban el camino hacia las necrópolis. Allí trabajaban en el lado de la tumba que tenían asignado, el derecho o el izquierdo, ocupándose primero de dibujar, después de esculpir y por último de pintar.

La recompensa a su trabajo les llegaba a finales de mes en forma de sacos. Cada trabajador percibía una paga que se realizaba en especies: cereales, verduras, pescado, telas, aceites... No es de extrañar que los obreros elevaran sus quejas cuando empezaron a producirse retrasos en los pagos. Corría el año 29 del reinado de Ramsés III cuando se documentan las primeras huelgas conocidas en la Antigüedad.

Un papiro redactado por el “escriba de la Tumba” Amennakht dejó constancia de cómo se desarrollaron los acontecimientos. Empujados por “el hambre y la sed” salieron de su aldea y, como en una manifestación moderna, protagonizaron una sentada ante los templos de Tebas-oeste, guardianes de los almacenes de grano, cuyo volumen empezaba a escasear. Ante las fuerzas del orden exigían: “¡Escribid al Faraón, nuestro buen señor, a este propósito, y escribid al visir, nuestro superior, para que nos den las provisiones!”.

Hartos de las infructuosas negociaciones, las movilizaciones se repitieron durante los siguientes meses hasta cuatro veces. Aunque se intentó calmar los ánimos avanzando parte del salario, los retrasos continuaron, ante la indiferencia de las autoridades tebanas, demasiado ocupadas en la organización de ese macroevento que era el jubileo del Faraón. Al grito de: “¡No regresaremos!, ¡díselo a tus jefes!”, denunciaron las irregularidades en la gestión.

Solo se dieron por satisfechos cuando el gobernador de Tebas tomó cartas en el asunto y les dispensó 50 sacos. Las fuentes vuelven a mencionar el tema en el año 31 y en el 32, el último de Ramsés III, informando de nuevas huelgas. No serían las últimas.

Los artesanos se instalaron en Deir el-Medina junto con sus familias, y a partir de ese momento las vidas de todos ellos quedaron ligadas inexorablemente al servicio de la comunidad. Hasta tal punto que el futuro de la misma estaba asegurado por el relevo generacional. Lejos de la rigidez impuesta por la administración, trataron con gran naturalidad sus temas privados. Papiros y ostraca aportan una información inestimable sobre las relaciones personales y familiares.

Las muestras de cariño se repiten, como cuando un padre asegura a su hija que en caso de ser repudiada por su marido podrá regresar a su casa. Un tierno testimonio nos ha llegado en forma de carta escrita por un esposo, uno de los últimos escribas y jefe de Deir el-Medina, a su mujer difunta para declararle el vacío tan grande dejado por su marcha. Pero abordaron sus disputas del mismo modo.

Los casos de adulterio son numerosos y no faltan al respecto todo tipo de reproches: “¿Por qué eres tan sordo a un buen consejo? No eres realmente un hombre, porque eres incapaz de dejar embarazada a tu esposa, pero eres demasiado avaro para adoptar a un huérfano”.

En esta comunidad, eminentemente masculina, destacó el influyente papel de la mujer. Aunque encargadas de tareas domésticas como la elaboración del pan o vestidos, muchas sabían leer y escribir.

Los artistas se deleitaron en plasmar sobre ostraca situaciones tan íntimas como la de una joven amamantando a su recién nacido, momentos de su aseo personal o escenas eróticas. En Deir el-Medina se han encontrado los mejores ejemplos de poesía amorosa, y los problemas de pareja son uno de los temas recurrentes en los papiros jurídicos.

La abundante documentación demuestra el alto nivel cultural, por otra parte atípico en el resto de Egipto, del que hizo gala un gran número de miembros de la aldea.

En un mundo tan pequeño y cerrado como Deir el-Medina, pocas cosas escapaban al conocimiento general, especialmente en lo que a delitos se refiere. Existía un tribunal, compuesto por los propios artesanos, encargado de solucionar conflictos y que era intransigente con los casos de robo. Muchos documentos recogen procesos en los que cada una de las partes exponía sus argumentos bajo juramento, y tras investigar las sospechas se dictaba el veredicto.

En ocasiones, los afectados hacían valer sus relaciones e influencias, con lo que se adivinan las grandes diferencias sociales que separaban a unos y a otros. Fue el caso del escultor Qaha, que denunció a una mujer por un hurto aun sabiendo que era la hija del poderoso escriba Amennakht (célebre por su papiro sobre las huelgas de Ramsés III).

Y es que a veces la corrupción era contemplada con tanta naturalidad que no resulta extraño que un padre detallara en un ostracon los objetos que regaló a los dos jefes de equipo y al “escriba de la Tumba” para asegurar la promoción de su hijo. O que determinados funcionarios emplearan a los obreros en beneficio propio.

Sin embargo, existieron claros abusos de poder, y algunos de ellos fueron denunciados. Por ejemplo, el de Paneb, jefe del equipo de “la izquierda” en tiempos de Seti II. Había arrebatado el cargo al hermano de su antecesor, y este le acusó en un papiro de haber actuado impunemente durante años, lucrándose a sus anchas. Entre sus delitos estaba incluso el de haber robado una tumba del Valle de los Reyes.

Las autoridades eran efectivamente conscientes de la tentación que suponía rondar cerca de las riquezas que se acumulaban en las tumbas. Por eso los artesanos debían prestar juramento de denunciar cualquier rumor que escucharan sobre complots. Pero a finales del Reino Nuevo, cuando se agudizó la crisis económica, los pillajes en las necrópolis reales y nobiliares comenzaron a ser muy frecuentes. Se descubrió a varias bandas de ladrones, y sus autores fueron condenados a muerte en los casos en que fue probada en un juicio su culpabilidad.

Especialmente escandalosos fueron los procesos abiertos por Paser, alcalde de Tebas, cuyas investigaciones destaparon una red de corrupción que salpicó a la administración. Numerosos miembros de la comunidad de Deir el-Medina se vieron sentados en el banquillo de los acusados. Entre ellos estaba Amenua, descendiente de una saga de célebres pintores, que fue absuelto de la acusación de haber desvalijado la tumba de Ramsés III. La aldea quedó sumida en un declive imparable, reflejado incluso en la calidad de la decoración de las tumbas.

La documentación de los últimos años está marcada por la agonía de la comunidad. A finales del Reino Nuevo toda la orilla occidental de Tebas sufrió constantes ataques de grupos de bandidos. Eran una muestra más del cercano fin de una época en la historia de Egipto. Inseguros en el seno de su aldea, los servidores del “Lugar de la Verdad” se vieron obligados a abandonarla lentamente e instalarse en el vecino templo de Medinet Habu, cuyo aspecto se asemejaba ya a una fortaleza.

Aunque se intentó resucitar la vida de la aldea, los problemas de abastecimiento no cesaron y el trabajo escaseaba. La extinción de la dinastía ramésida marcó su destino final. Ahora su labor más importante sería la de restaurar las momias reales saqueadas y trasladarlas a un escondrijo seguro. Finalmente, los nuevos faraones fijaron su residencia en Tanis , al norte del país, y con ella sus tumbas.

El Valle de los Reyes fue abandonado y la institución de “la Tumba” dejó de tener sentido. La disolución del equipo de artesanos no se hizo esperar. El espacio donde se levantó Deir el-Medina no volvió a ser ocupado, de modo que es uno de los pocos de Egipto que más completos han llegado hasta hoy.

Su conocimiento supone todo un reto para arqueólogos, historiadores y papirólogos, desbordados ante el estudio interminable del material excavado. Un puzle que ofrece la cara más humana y apasionante del antiguo Egipto.

Artículo: Crisina Gil Paneque.

Revista Egiptología 2.0


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