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20 de junio de 2015

La increíble historia de un sudario egipcio que sobrevivió a amantes y asesinos


Difícilmente podría haber imaginado el bueno de Ta-nedjem, que su retrato pintado en lino, con el que entró en el territorio de los muertos tras ser enterrado en la árida Deir el Medina hace 3.400 años, acabaría colgado en el cuarto de baño de una señora bien. El camino recorrido desde la antigua Tebashasta la mítica calle Faubourg Saint Honoré de París -donde hoy ha sidosubastado por 374.000 euros-, pasando por un aseo, matrimonios rotos, noches de pasión en París y hasta un asesinato, es largo y digno de una trama novelesca.

En apenas dos minutos, cinco compradores anónimos, entre ellos algún museo internacional, han pujado hasta multiplicar por siete el precio de salida de la rarísima pieza, un pequeño rectángulo de lino policromado de 29 centímetros de alto por 21 de ancho de la XVIII dinastía egipcia. En la elegante casa Piasa de París no tenían ni idea de hasta dónde podía llegar la puja.

“Es la primera vez que se subasta un textil funerario de estas características”, explica a El Confidencial el arqueólogo Christophe Kunicki, experto en arte egipcio, que ha asesorado a la casa de subastas. Tan sólo se conocen otras 22 piezas como esta y están casi todas ellas en grandes museos como el de El Cairo o el Louvre, que conserva una del mismo pintor que hizo el retrato de Ta-nedjem. Kunicki muestra en la pantalla de su móvil las imágenes de ambos linos: “las semejanzas son enormes. No hace una separación entre las piernas al dibujarlas, tampoco entre el brazo y el torso”, explica el experto.

Ta-nedjem, cuyo nombre significa “El país dulce”, aparece sentado, con una peluca de cabellos largos y rizados, un fabuloso collar usej adornado con turquesas y un velador con tres panes, tres calabazas y un trozo de carne. La riqueza del mobiliario atestigua que tenía un estatus elevado dentro de la comunidad de Deir el Medina, el poblado de artesanos y obreros situado a las puertas del valle de las Reinas y muy cercano al de los Reyes. Vivió en la dinastía XVIII, en el Imperio Nuevo egipcio, el de los Tutmosis y los Amenofis,Hatshepsut y Ajenatón, la época de mayor esplendor de la rica civilización faraónica.

“Por desgracia no sabemos nada más de él. Es la primera vez que aparece, pero no hay ningún título en el paño, por lo que no sabemos si era un arquitecto, un escultor o qué tipo de trabajo realizaba”, se lamenta Kunicki. Ni momia, ni cerámicas, ni sarcófago. La historia de Ta-Nedjem se pierde en el tiempo y sólo nos queda de él su escapulario. Pero si su vida continúa siendo un misterio, la subasta de hoy ha sacado a la luz otra historia fascinante, la de la segunda parte de su muerte, que comienza en 1925 a las afueras de Luxor.

La valiosa pieza de lino fue descubierta por el arqueólogo francés Bernard Bruyère, contemporáneo de Howard Carter, que no fue, sin embargo, tocado por la varita mágica de la suerte como el inglés. Poco oro encontró, que era lo que se buscaba en la época, mientras se trataba de cualquier manera a las momias, vendajes y ofrendas más modestas (Carter tuvo durante horas al pobre Tutankamón al sol de Tebas y utilizó hachas y palancas para arrancarle el dorado metal; el pobre niño-faraón quedó descuartizado en 18 pedazos). Bruyère no llegó a encontrar la tumba de Ta-nedjem, tan solo el paño que cubría su sarcófago a modo de última fotografía del difunto.

El delicado lino acabó en Gurna, la aldea egipcia que ha nutrido durante siglos de mano de obra a arqueólogos y ladrones de tumbas, donde fue adquirido por un talLucien Lépine, un intermediario normando de antigüedades. Él lo vendió al anticuario parisino Paul Mallon, especializado en arte egipcio, que tenía su galería en los Campos Elíseos. Por allí pasó un día de verano de 1927 Arthur Sachs, multimillonario de la dinastía financiera Goldman Sachs, que adquirió la pieza para su esposa y esta la colocó adornando el cuarto de baño de su mansión de la capital francesa.

Cansada de ver el perfil de Ta-nedjem cada vez que se abandonaba a sus rituales de belleza o se sometía a las exigencias del cuerpo humano, la infeliz esposa, hastiada posiblemente también de las aventuras amorosas de su marido, devolvió en 1939 a Arthur la pieza. El informe de los anticuarios recoge que en esa época, la pieza de lino, enmarcada, sufrió una caída. “Si se cayó o se la tiró al marido no lo sabemos”, asegura divertido Christophe Kunicki. Quizás encariñado ya con el egipcio, el inversor, en lugar de vender el paño, se lo ofreció a que fue su amante en esa época, la editora, escritora, abogada y dama de corazones, Jeanne Loviton.

La aparición del valiosísimo escapulario en la casa de la editora, que falleció en 1996, ha desconcertado a los expertos franceses. Aunque, en realidad, pocos eventos podrían sorprender de una vida como la de Loviton, posiblemente tan fascinante como la del propio Ta-nedjem. Fue la editora de Céline, autor deViaje al fin de la noche, en un momento de efervescencia de las letras francesas. Bajo el pseudónimo de Jean Voilier ella misma publicó varias obras. Tan rica como su carrera fue su vida amorosa. Inteligente y gran intelectual, fue amante y musa de Paul Valéry, de Jean Giraudoux, del Nobel Saint John Perse o de la feminista Yvonne Dornès. Otro Nobel de Literatura, François Mauriac, diría de ella que fue “el último personaje novelesco” de su época.

Tampoco le hizo ascos a los hombres de dinero, como testimonia el caro regalo de Arthur Sachs. O a editores, como Robert Denöel, que fue asesinado de un disparo por la espalda cuando iba al teatro en su compañía. Al asesino nunca lo encontraron, y la esposa de Denöel acusó abiertamente a Loviton de la muerte. No llegó a ser acusada, pero la sospecha quedó en el aire, sobre todo al conocerse que la gran mayoría de las acciones de la editorial Denöel habían sido puestas a su nombre poco antes. Algunos investigadores incluso aseguran que el editor se había echado atrás, que quizás se enteró de que Loviton repartía su tiempo y su amor entre él y Paul Valéry, y que había decidido volver con su mujer. Cierto o no, Loviton se hizo con la compañía, que vendió poco después al archienemigo de Denöel, Gaston Gallimard.

Ta-nedjem le acompañó hasta el fin de sus días, colgado en una pared entre dos ventanas. Casi diez años después de la muerte de la editora, su hija decidió inventariar las piezas de arte que adornaban la vivienda. Nadie sabía si aquel bonito paño sería auténtico o una simple baratija comprada en una visita a Egipto. Fue Henri-Pierre Teissèdre, tasador de Piasa quien descubrió el tesoro, que viajará ahora hasta una colección privada “fuera de Francia”, especifican en la casa parisina, que guardan el anonimato del comprador. En la segunda vida de su muerte, Ta-nedjem emprende así un nuevo viaje, aunque posiblemente no el último.

Artículo: Paula Rosas.

Revista Egiptología 2.0


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