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2 de julio de 2011

Jeroglíficos, las palabras divinas


Egipto son las pirámides. Los faraones. Las momias. Y, por supuesto, los jeroglíficos. Esa escritura críptica de tan bella factura como difícil interpretación. Un grupo de arqueólogos franceses acaban de descubrir cientos de bloques de piedra con esas inscripciones y dibujos en la localidad de San al Hagar, en la provincia de Sharquía, al noreste de El Cairo. Según las primeras investigaciones, esos restos datan de la dinastía XXII (945- 712 a. C), en concreto, relatan detalles sobre el rey Osercon II. Sin duda, tendrán varias semanas de trabajo para traducir esos signos.

Los egipcios denominaban a los jeroglíficos como 'medu necher', es decir, 'las palabras divinas'. Su importancia trasciende a la simple escritura. Estaban considerados como símbolos mágicos, reservados a las más grandes figuras de su tiempo. Por eso sólo se encuentran en los grandes monumentos o tumbas de reyes y nobles. Los jeroglíficos representan objetos de la vida cotidiana de los egipcios: animales, plantas, partes del cuerpo… En ellos se cuenta los hechos más importantes durante el reinado de un faraón. Su vida. Las diferentes guerras o las principales catástrofes acaecidas en ese tiempo.

Pero estos secretos han permanecido ocultos durante miles de años. Y habrían continuado así 'sine die' si no fuera por la Piedra de Rosetta. Esta inmensa mole de 750 kilos de peso y 1,20 metros de altura fue descubierta por casualidad. En 1799, en el marco de las campañas napoleónicas, una expedición militar francesa en el país del Nilo se encontraba trabajando en reforzar las defensas de la ciudad de Rachid (Rosetta). Un soldado desenterró la piedra filosofal de la antigüedad. El oficial Bouchard, al frente de la compañía, decidió llevarse aquella reliquia. Sin embargo, un par de años más tarde, el ejército inglés derrotó a las tropas francesas en Egipto. Los vencedores se apoderaron de la Piedra y la transportaron al Museo Británico de Londres, donde continúa expuesta en la actualidad.

El griego, la clave

La trascendencia de la Piedra de Rosetta radica en que tiene grabado un mensaje en tres idiomas: griego, demótico y jeroglíficos. Por tanto, los investigadores trataron de desentrañar el significado de esos símbolos comparándolos con el griego, un idioma bien conocido. Sin embargo, la tarea no fue nada sencilla. Las enigmáticas inscripciones se resistían a ser descifradas.

Sin embargo, un jovencísimo egiptólogo francés, Jean-François Champollion, resolvería el problema. Nacido en 1790, Champollion dio muestras de su interés por el Antiguo Egipto desde niño. Su brillantez e inteligencia quedaron demostradas con la extrema facilidad con la que aprendía idiomas. Siendo un adolescente ya dominaba el latín, griego, hebreo, árabe, sirio, caldeo y copto, Pero su obsesión era Egipto. Estudió los jeroglíficos con denuedo. No había más vida que esos pictogramas.

Después de meses de extenuantes trabajos logró la solución. “Ya lo tengo”, llegó a exclamar a su hermano antes de caer desplomado. Y es que el esfuerzo para descifrar la milenaria escritura fue tan exagerado, que pasó en coma varios días. Al fin, restablecido, dio a conocer su hallazgo. Como él mismo explicó, los jeroglíficos eran un tipo de escritura figurativa, simbólica y fonética al mismo tiempo. Era el 14 de septiembre del año 1822. Champollion logró descifrar 864 de esas 'divinas palabras'. Su gran sueño se hizo realidad al pisar tierra egipcia en 1828. Gracias a él, la historia de la primera gran civilización de la historia es menos desconocida.

Artículo: David Valera.

Revista Egiptología 2.0


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