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8 de marzo de 2011

Ushebtis: trabajadores para la eternidad


El Museo del Louvre de París acogió en 2003 la exposición "Chauabtis. Des travailleurs pharaoniques pour l’éternité", la primera dedicada exclusivamente a estas singulares figurillas funerarias que reciben el nombre de shauabtis, shabtis o ushebtis, dependiendo del período histórico al que pertenezcan. No es una cuestión de capricho del egiptólogo sino que fueron los propios egipcios los que cambiaron la denominación de estas figuras a lo largo de su historia.

En este trabajo nos referiremos a estas estatuas funerarias como ushebtis, siguiendo así la terminología adoptada en el título de la exposición por el comisario de la misma Jean-Luc Bovot, uno de los máximos expertos en esta materia y actual director del proyecto BIS (Base Internacional de ushebtis), un ambicioso proyecto que pretende recoger en una base de datos todas las figurillas guardadas tanto en museos como en colecciones privadas del mundo.

El significado de la palabra ushebti es en esencia desconocido. Al parecer las dos primeras denominaciones están, ushebtis y shabtis, ligadas a la palabra egipcia “madera”, mientras que la última y más conocida de todas, ushebti, podría significar el “respondedor”, un sentido más ligado a la funcionalidad de esta estatuilla funeraria.

En esencia los ushebtis son unas figuras normalmente momiformes fabricadas en fayenza, cerámica, piedra o madera, entre otros materiales, que representaban a los sirvientes de la persona enterrada. Con ello se pretendía que el difunto no realizara ningún tipo de trabajo pesado cuando fuera admitido en los cultivos de Osiris y que fuera este sirviente el que realizara por él los trabajos manuales.

Al igual que sucedía con los escarabajos, en el antiguo Egipto los ushebtis se fabricaron por millones a partir del Imperio Medio (2033-1710 a. de C.), que es el momento en que aparecen estos sirvientes. Gracias a ellos, el difunto tenía cubiertas todas las necesidades en el reino de Osiris.

Trabajadores faraónicos

El Museo del Louvre cuenta con una de las mejores colecciones de ushebtis. Son más de 4.200 las piezas con que cuenta el museo parisino de las que apenas una pequeña parte está en la exposición permanente. En “Trabajadores faraónicos para la eternidad” solamente se han expuesto unos 800, entre los que hay que sumar también los provenientes de colecciones ajenas al Louvre como el Museo Británico de Londres, el Egipcio de Turín y el de Arqueología del Mediterráneo de Marsella.

La exposición se desarrolló en cuatro salas del ala Richelieu del Museo del Louvre en donde se presentaban catorce vitrinas con los objetos. Un espacio relativamente pequeño para estas figuras, algunas de ellas, de tamaño realmente diminuto.

La Sala 1 de la exposición recogía la evocación de un enterramiento egipcio al mismo tiempo que servía de excusa para presentarnos algunas de las líneas base de las creencias egipcias en el Más Allá. Según estas ideas generalizadas en el Egipto faraónico, el difunto debía de enterrarse rodeado de un mínimo de objetos destinados a ser empleados en su tránsito y vida eterna. Entre ellos hay que destacar el ataúd o el sarcófago. Su tipología variaba según el período y la región en donde fueran fabricados.

No tenían que faltar los llamados vasos canopos, cuatro recipientes en donde se depositaban las vísceras obtenidas de la momificación del difunto. Igualmente importante era el reposacabezas, un extraño artilugio curvado empleado por los habitantes del Valle del Nilo para descansar la cabeza. A toda esta parafernalia hay que añadir los papiros funerarios, especialmente el llamado Libro de los Muertos o Libro para salir al día, en el que se describen los pasos que debía de seguir el difunto para alcanzar con éxito su meta en el Más Allá.

Finalmente, en la tumba de cualquier persona que se preciara no tenían que faltar los ushebtis. Éstos solían colocarse en diferentes lugares de la tumba. Bien dentro del ataúd, a su lado, en el mismo suelo de la tumba o incluso en una caja especialmente hecha para ellos (sobre todo en el Imperio Nuevo, 1550-1069 a. de C.). En esta primera sala de la exposición podemos disfrutar de varios ejemplos magníficos de cajas de ushebtis, como la de Uabet, en cuyo lateral vemos a esta cantora de Amón adorando a Osiris.

No lejos de ella tenemos otra caja de ushebtis, la de Tchauenhuy, Superior de los Escribas del dominio de Amón, sobre cuya pared vemos la representación del pasaje CXXV del Libro de los Muertos y el pesaje del alma, gracias al cual el difunto conseguía una especie de título o apelativo denominado Justo de Voz, que aparece sobre casi todos los ushebtis. Ambos ejemplos reconstruyen en madera el aspecto de las capillas que los antiguos egipcios identificaban con el Bajo Egipto: una caja con tapa abombada, cuyos lados sobresalían en altura a esta tapa.

Con todos estos ingredientes el difunto podía hacer frente a ese viaje tan especial que le estaba esperando. Estos dispositivos formaban un conjunto gracias al cual los diferentes elementos que comprendían la esencia del ser del muerto, el espíritu Ka, el alma Ba y la iluminación del Akh, cobraban vida gracias a su presencia y a la magia.

Tipologías de los ushebtis

Contándose por millones los ejemplos que han llegado hasta nosotros de estas esculturas funerarias, no es de extrañar que su tipología sea, del mismo modo, desorbitadamente amplia. Dentro de cada período de la historia de Egipto podemos encontrar ushebtis más o menos afines a una serie de divisas concretas, detalles que permiten a los investigadores facilitar la cronología de estas piezas cuando la inscripción jeroglífica que los acompaña no resulta útil en este sentido.

A estas características está dedicada al completo la Sala 2 de la exposición. Los ushebtis reales, por ejemplo, se distinguen por una serie de detalles inconfundibles como son el uraeus, o cobra real, sobre la frente, el que lleve una o las dos coronas típicas de Egipto, la del Alto y la del Bajo Egipto, la peluca, el tocado de la cabeza, la barba postiza, etcétera; además, lógicamente, del propio texto que puede acompañar al shauabti. En este sentido, las vitrinas 4, 5, 6 y 7 de la exposición ofrecían un barrido amplísimo de las diferentes tipologías de ushebtis.

Quizás uno de los detalles más característicos son las vestiduras. Normalmente las figuras funerarias presentan el aspecto de una momia, la del dios Osiris identificada en cada caso con el difunto. No obstante, a partir del Imperio Nuevo y en especial tras el reinado de Amenofis III, es más común que estas estatuillas luzcan vestidos de la vida cotidiana. Así, los trajes plisados con el faldellín trapezoidal en el frente son muy comunes en ushebtis de finales de la XVIII y comienzos de la XIX dinastía (1550-1069 a. de C.). Esta costumbre irá desapareciendo poco a poco en la Época Baja (664-323 a. de C.) cuando las figuras funerarias vuelven a tener el aspecto momiforme de siempre.

Para la elaboración de estas piezas se utilizaron casi todos los materiales conocidos en la época y dentro de cada material, todos los tipos posibles. De la madera, por ejemplo, conocemos servidores funerarios de tamarindo, acacia, sicómoro o ébano. Lo mismo sucedía con la piedra. Hasta nosotros han llegado modelos en piedras duras como el granito, la grauvaca, dioritas u otras más fáciles de trabajar como la calcita o la caliza.

El empleo de la piedra desaparece en la dinastía XXV (780 a 715-656 a. de C.) dando paso de forma espectacular a la fayenza. La ventaja de este material cerámico es su amplísima variedad de color. Esencialmente, la fayenza es una pasta de arena, agua y sales de cobre que, una vez horneada, adquiere, gracias a esas sales, un color entre azul y verde dependiendo de la cantidad de cobre que se haya empleado en la mezcla. Por ejemplo, es muy conocido el llamado “azul egipcio”, un color característico en los ushebtis del Tercer Período Intermedio (dinastía XXI, 1069-945 a. de C.).

Las herramientas del trabajador

La vitrina 8 de la Sala 3 de la exposición “Trabajadores faraónicos para la eternidad” del

Museo del Louvre contenía un despliegue amplio de las diferentes herramientas que solía portar el shauabti para desarrollar los trabajos agrícolas en el Más Allá en lugar de su señor. Al contrario de los ejemplos reales, en los que la figura solamente lleva en cada mano los cetros de poder, el resto de ushebtis solía portar azadones para el cultivo de la tierra. Junto a esta herramienta algunos ejemplos estaban acompañados de una pequeña bolsa para las semillas, grabada sobre la espalda de la estatuilla funeraria.

La evolución y expansión de las tipologías generó la aparición en el Tercer Período Intermedio del reis o contramaestre, literalmente, el jefe de un grupo de ushebtis. Éstos se encargaban de controlar el trabajo de diez de sus compañeros, caracterizándose por llevar en su mano no un azadón sino un látigo como símbolo de jerarquía sobre el resto del personal.

Algunas figuras no reales portaban en las manos símbolos mágicos como el pilar djed de Osiris o el nudo tyet de la diosa Isis, elementos protectores de extraña interpretación, muy comunes en la tipología de amuletos en todos los períodos de la historia de Egipto.

A modo de curiosidad, en esta misma Sala 3 podemos encontrar algunas de las falsificaciones más curiosas realizadas de estas figuras funerarias. La egiptomanía hizo eclosionar hace un par de siglos su colección debido a la enorme cantidad de ejemplos de que se disponía en el mercado de antigüedades. No obstante, esa misma eclosión favoreció la aparición de falsificaciones que, como menciona el comisario de la exposición, Jean-Luc Bovot, generó una industria de la falsificación que no ha conocido freno, por lo que no es extraño encontrarse con algunos ejemplos en museos y anticuarios, ejemplos que todavía hoy siguen pasando por buenos a los ojos del especialista menos avezado en estas esculturas funerarias.

Un ejército para la eternidad

La última sala de la exposición, la número 4, hace un recorrido por el mundo de los ushebtis privados. A lo largo de los diferentes períodos de la historia de Egipto podemos encontrarnos con ejemplos realmente curiosos como los que se conservan en el propio Museo del Louvre, unos insólitos ushebtis con cabeza de buey Apis procedentes del Serapeum de Sakkara, fechados todos ellos en el Imperio Nuevo.

Sin embargo, una de las grandes atracciones de esta exposición, por su singularidad y espectacularidad, es el ejército de ushebtis reconstruido en la vitrina 10 de esta última sala. Tal motivo, que sirvió de póster para la propia exposición y que hemos empleado de apertura en la doble página inicial de este artículo, está compuesto por 438 figuras funerarias de entre 10 y 18 centímetros de altura, procedentes de dos tumbas de Baja Época, las de Neferibreemheb y Horemakhbit.
Contamos con un par de documentos del Tercer Período Intermedio en donde se hace referencia al número exacto de ushebtis que debían de ser depositados junto al difunto en la tumba.

En las tablillas de madera McDullum y Rogers, también expuestas en esta exhibición, podemos leer que los “esclavos” eran agrupados en cofradías lideradas por contramaestres que bajo el título de “Grande de Diez” estaban encargados de liderar a un grupo, precisamente, de diez ushebtis. Como había uno por cada día del año egipcio, 360, había pues 36 de estos contramaestres. Si a éstos les sumamos los cinco correspondientes a los cinco días epagomenales que conformaban la totalidad del año de 365 días de los egipcios, obtenemos la siguiente suma: 360 + 36 + 5 = 401 ushebtis.

En muy pocas ocasiones la arqueología ha conseguido confirmar en alguna tumba este número estandarizado de estatuillas funerarias. Cuando el inglés Howard Carter descubrió la tumba de Tutankhamón en 1922 en el Valle de los Reyes de Tebas, se topó con un ejército de 471 estatuillas funerarias de este tipo. Todas ellas estaban en el interior de varias cajas depositadas en diferentes salas de la tumba. Pero los casos más espectaculares son, por ejemplo, los de algunos faraones kushitas de la dinastía XXV como Sheskemanesken quien depositó en su pirámide nubia 1.277 de unos ushebtis enormes de piedra de más de 20 centímetros de altura.

A los ushebtis que aparecían en las propias tumbas de los interesados hay que añadir depósitos votivos de estas figuras dejados, por ejemplo, en Sakkara junto al Serapeum, como los conocidos de época ramésida de Khamwaset, uno de los hijos principales de Ramsés II de la dinastía XIX (1295-1186 a. de C.), de quien conservamos unos cincuenta, y Pazair, del mismo período, de quien se cuentan unas pocas decenas.

Los últimos ejemplos de ushebtis los encontramos en el siglo I de nuestra era, momento en el que, debido al cambio generalizado de las ideas funerarias en el país, su utilización ya no tenía una justificación clara.

Textos para el Más Allá

Los ushebtis, en ocasiones, iban cubiertos con textos religiosos, fórmulas mágicas que propiciaban el uso del difunto de estos siervos en el Más Allá. La más común de todas estas fórmulas es la que aparece en el pasaje número VI del conocido Libro de los Muertos. En ella podemos leer: “¡Oh, shauabti a mí designado! Si soy llamado o soy destinado a hacer cualquier trabajo que ha de ser hecho en el reino de los muertos, si ciertamente además se te ponen obstáculos como a un hombre en sus obligaciones, debes destacarte a ti mismo por mí en cada ocasión de arar los campos, de irrigar las orillas, o de transportar arena del este al oeste: ‘Aquí estoy’, habrás de decir”.

Esta fórmula mágica deriva a su vez del pasaje 472 de los Textos de los Sarcófagos, un poco anteriores en el tiempo a la aparición del Libro de los Muertos en el Imperio Nuevo.

Además de estos textos funerarios, los ushebtis también solían llevar el nombre del difunto, vinculado casi siempre con el dios Osiris. De esta forma, en muchos de ellos podemos leer la inscripción estandarizada Sejd Wsir N, es decir, “que brille (o resplandezca) el Osiris N (el nombre del difunto)” a lo que solía seguir bien el pasaje número seis del Libro de los Muertos descrito más arriba o la filiación del difunto aportando los nombres del padre o de la madre.

Los textos se colocaban a lo largo de las piernas de la figura en una o varias columnas. También es muy común encontrar el texto en líneas horizontales paralelas sobre el cuerpo del shauabti e incluso en el pilar dorsal sobre el que reposaba la figura. Tampoco es extraño encontrar, aunque son los casos menores, ushebtis totalmente anónimos sobre los que no se dejó ninguna inscripción alusiva a la identidad del difunto.

Ushebtis: reminiscencias de antiguos sacrificios

Los antiguos egipcios desarrollaron prácticas de autosacrificio en los albores de su época
histórica.

A unos 120 kilómetros al norte de Luxor se encuentra la región de Abydos. Allí, el arqueólogo E. Amileneau entre 1896 y 1902 excavó varias tumbas de la I dinastía (3100 a. de C.). Especial interés tenían 36 tumbas anexas a la tumba del faraón Horus Aha, en donde reposaban los restos de todos sus sirvientes. Los estudios realizados por el francés no dejaron dudas acerca de aquel macabro descubrimiento.

Habían sido sacrificados para acompañar a su señor en el Más Allá. Las estelas que acompañaban a las tumbas ofrecieron información sobre los desdichados sirvientes que allí reposaban. Había muchos enanos —de especial consideración por los antiguos egipcios para el servicio doméstico—, mujeres, e incluso algunos perros.

El sucesor de Horus Aha, el faraón Djer (3050 a. de C.) continuó con la misma tradición. Alrededor de su tumba de Abydos había 338 enterramientos subsidiarios con los cuerpos de otros tantos servidores sacrificados. La mayoría de ellos eran mujeres y junto a sus cuerpos se descubrieron estelas con los nombres grabados.

Esta práctica, que seguirá dando coletazos hasta finales de la I dinastía (2900 a. de C.), podría encauzar con otra tradición mucho más antigua descubierta por Flinders Petrie en la región de Hieracómpolis, a 65 kilómetros al sur de Luxor. El arqueólogo británico descubrió sobre el nivel que se correspondía con el 3500 a. de C. (Naqada II), varias necrópolis de notables. En una de ellas, el llamado “cementerio T”, Petrie dio con pruebas de que en esos sepulcros se habían dado ritos de canibalismo y desmembración de cuerpos.

No son pocas las tradiciones que perduraron a lo largo de la historia faraónica, las que recuerdan de alguna manera las antiguas usanzas de los sacrificios humanos. Precisamente, la presencia de los ushebtis puede estar relacionada con un sentido más humano de estas estatuas funerarias. Es muy probable que estos ushebtis sustituyeran a los sacrificios humanos estudiados en las primitivas tumbas de Abydos.

Revista Egiptología 2.0


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Exposición temporal: Egitto. La straordinaria scoperta del Faraone Amenofi II (Museo delle Culture, Milano). Del 13 de septiembre de 2017 al 7 de enero de 2018.