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18 de mayo de 2011

Los bueyes sagrados


La naciente arqueología científica del siglo XVIII vio en la centuria siguiente una eclosión que se tradujo en una gran actividad por todo el globo. Fueron días de grandes avances en todas las ciencias y en el caso de la de Clío, ofreció episodios enormemente novelescos, con arqueólogos más parecidos en ocasiones al mítico Indiana Jones que a los estudiosos hombres y mujeres de hoy día. Hoy trataremos de uno de uno de esos grandes descubrimientos.

A mediados del siglo XIX la egiptología científica se estaba consolidando como tal. Tras la apertura del país y el desciframiento de la escritura jeroglífica el conocimiento sobre el modo de vida y las creencias de la antigua “Tierra Negra” se acrecentó considerablemente. Así, en las grandes potencias europeas surgieron figuras de renombre que crearon escuelas, las cuales más de una vez compitieron entre sí. En el ámbito germano Karl Lepsius, que dirigió la primera expedición prusiana a Egipto (1842-1845), sentó cátedra y en el mundo anglosajón John Gardner Wilkinson hizo lo mismo. De hecho la obra de este último: “Manners and Customs of Ancient Egyptians” fue completamente innovadora en su día, tratando sobre la vida cotidiana de los campesinos y de los artesanos en lugar de la realeza o el sacerdocio. Los franceses, por supuesto, habían erigido a Champollion en una de sus figuras capitales, aunque sería justo mencionar también a Prisse d´Avennes. Una de sus aportaciones fue encontrar el papiro que lleva su nombre –Prisse– y que reposa en la Biblioteca Nacional de Francia siendo , quizá, el escrito sobre soporte blando más antiguo que se conserva en el mundo –redactado en torno al año 2000 a. C. como una copia de uno del siglo XXV a. C.–. Ahora nos ocuparemos de rendir un pequeño tributo a otro de los grandes: Mariette.

El veneno de la Egiptología

Auguste Mariette, natural de Francia, vino al mundo en 1821. A los dieciocho años, gracias a su inteligencia y cultura, ya impartía clases de dibujo y francés en Stratford (Inglaterra). En 1842 se encontraba de nuevo en su tierra natal y allí se le encomendó la tarea de clasificar los documentos de su primo Nestor L´Hôte, fallecido recientemente y que había sido dibujante de Champollion. Las notas y descripciones sobre los monumentos egipcios empezaron a excitar su imaginación, casi como el personaje de Don Alonso Quijano con sus libros de caballerías. La egiptomanía comenzó a fluir por sus venas y emprendió la tarea de dedicar su tiempo a estudiar todos los objetos egipcios que había a su alcance.

El problema de Mariette es que por aquel entonces ya era padre de familia y su obsesión por el antiguo mundo de los faraones le había llevado a perder su puesto de profesor en Boulogne. Sin embargo los conocimientos que había adquirido en solitario impresionaron hondamente a Lenormart y de Rougé, especialistas en jeroglíficos del Colegio de Francia. Ellos le consiguieron un puesto en el Museo del Louvre que, si bien no estaba demasiado bien pagado para la época, le suministró un enorme muestrario de piezas que examinar.

En 1850 Mariette experimentó una de las mayores alegrías de su vida: el museo le enviaba a Egipto a conseguir textos coptos, una lengua en la que él ya demostraba maestría. Lamentablemente una vez allí se le cerraron todas las puertas aunque eso no supuso un grave varapalo para su ánimo. Ya que no podía adquirir lo que se le había encomendado, se proveería de otros elementos. Al poco tiempo de llegar se instaló en Saqqara, lugar donde se daría su mayor descubrimiento.

El templo de los bueyes

Caminando un día por la meseta reparó, casi de forma casual, con una forma que brotaba del suelo arenoso. Al retirar un poco de tierra su sorpresa fue mayúscula al reconocer una cabeza de esfinge. Un recinto sagrado podía encontrarse en el lugar y estar allí mismo, esperándole. Él mismo en sus memorias afirmó que en aquel mismo instante una cita de Estrabón le vino a la cabeza. El historiador y geógrafo griego había visitado Egipto durante los primeros años del gobierno romano –a partir del 30 a. C.– y afirmaba que: “Existe también un templo a Serapis situado en un lugar muy arenoso, donde los vientos acumulan la arena en grandes cantidades. Algunas de las esfinges que vimos se encontraban enterradas en esta arena con la cabeza descubierta y algunas eran visibles hasta la mitad. Por lo tanto se puede deducir que en caso de una tormenta de arena el camino al templo sería peligroso” (“Geografía”, XVII, 1, 32).

Mariette no lo dudó un instante e invirtió el dinero que poseía en la contratación de 30 obreros. El día 1 de noviembre comenzaba a retirar toneladas de arena con la idea fija en la cita de Estrabón. Al poco tiempo un grupo de esfinges salían a la luz en torno a un camino perfectamente trabajado que conducía al templo. No obstante los continuos vientos depositan de nuevo la arena retirada, convirtiendo el trabajo en un castigo digno de Sísifo. Con un presupuesto casi agotado, hasta el 11 de febrero de 1851 Mariette no pudo alcanzar la fachada del templo. Pero sin recursos económicos suficientes se dio cuenta de que la exploración de la estructura iba a ser imposible. Había iniciado los trabajos en secreto, esperando poder justificar el “cambio de planes” ante las autoridades del Louvre con un brillante hallazgo. Ahora tenía que arriesgarse a dar un pequeño anuncio de un descubrimiento que podía resultar decepcionante. Y eso sin contar con la posibilidad de que fuera sustituido por alguien con más experiencia de campo –o con ganas de quitarle el protagonismo–. Afortunadamente la reacción de las autoridades científicas no pudo ser más favorable. Cerrando filas en torno a Mariette elevaron una petición al mismísimo Parlamento de Francia.

El 26 de agosto, bajo un sol abrasador, los políticos galos aprobaban la financiación del proyecto con 30.000 francos de la época, una auténtica fortuna. Una colaboración entre cultura y política de esas que rara vez se dejan ver. Sin embargo nuevos problemas asomaban por el horizonte de Ra.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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Exposición temporal: Animales sagrados del Antiguo Egipto (Museo Egipcio de Barcelona). Del 22 de febrero al 30 de septiembre de 2017.