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14 de mayo de 2011

La era de los ladrones: a la caza de tesoros en Egipto


Napoleón había abandonado Egipto con el sabor amargo de la derrota, pero incluso con parte de los tesoros en manos británicas, los objetivos científicos, que es la parte que nos interesa, se habían cumplido. Las tierras de los faraones, envueltas en capas y más capas de mitificaciones que habían deformado su verdadera historia, empezaban a ofrecer muestras materiales que podían ser estudiadas por los eruditos europeos. Eran los comienzos de la Egiptología científica, aunque no fueron del todo brillantes. En el Viejo Continente, los interesados en adquirir piezas comenzaron a mirar las tierras egipcias con ojos ávidos. ¿Pero era un simple interés por la venta de piezas para colecciones privadas? Ni mucho menos.

Acompañando este problema crónico –que sigue siendo un quebradero de cabeza para las fuerzas de policía e instituciones culturales actuales- se encontraba la pretensión de mostrar públicamente la grandeza de cada nación a través de los monumentos. Ya desde el siglo XVIII las reordenaciones urbanísticas empezaron a desarrollarse en las grandes ciudades europeas, pero las expansiones coloniales le añadieron nuevos matices. Al igual que en la Roma de la Antigüedad, mostrar elementos de otras culturas como estatuas u obeliscos era una manera de reflejar el poder del Estado y la extensión de sus dominios.

Lamentablemente la Arqueología del siglo XIX vivió, al menos en gran parte, bajo ese sello, que un gran arqueólogo llamado Glynn Daniel calificó de “colonial”. Europa no solo pretendía ser avanzada por estudiarse a sí misma, sino que era la única región capaz de sacar al resto del mundo de las tinieblas del olvido. Pero lo más grave es que para conseguir piezas interesantes –evidentemente los objetos que no eran “de calidad” apenas merecían atención- a los gobiernos europeos no les importaban los métodos, en ocasiones destructivos para los yacimientos. Querían piezas “bonitas” –la Arqueología seguía lastrada por una visión anticuarista- y de gran tamaño, siendo Egipto una auténtica cantera.

Cuando los franceses quedaron entre dos fuegos, con los británicos por el Norte –cortándoles la retirada- y los egipcios rodeándoles, un oficial turco llegado de la zona europea acaudilló a las fuerzas turcas consiguiendo la victoria final. Este hombre era Mehmet Alí (1769-1849), para muchos el padre del Egipto moderno. Como oficial había ido ganando puesto en una fulgurante carrera militar mas ésta se vio coronada con la expulsión de los soldados de Napoleón del Nilo. Mehmet se convirtió en el héroe libertador, por lo que se ganó el apoyo de los poderes egipcios, encumbrándole como nuevo gobernador o virrey –“valí” en su lengua- y recibiendo el reconocimiento del sultán Selim III en 1805.

Después de acabar con la resistencia de los mamelucos, elite guerrera y política en el país, emprendió la modernización y reforma nacional, quizá con miras a conseguir un Egipto independiente de Constantinopla. Para ello necesitaba de la ayuda extranjera y por ello comenzó a desarrollar una política de apertura hacia las potencias que pudieran ofrecerle conocimientos y maquinaria, siempre a cambio de concesiones comerciales –Egipto seguía siendo un paso intermedio para la navegación hacia la India sin circunnavegar África- y con el tiempo arqueológicas con los “firmanes” o autorizaciones de excavación y recolección de piezas. Los diferentes cónsules que llegaron a la región procuraron llevarse unos buenos recuerdos a sus países natales, formando grandes colecciones que nutrieron a los grandes museos.

Giovanni Anastasi, cónsul de Suecia y Noruega en 1828, fue uno de los primeros que empezaron a formar colecciones que resultaron de enorme valor para el desarrollo de la Egiptología al incluir objetos que no eran solamente escultóricos o “de lujo”, ejemplificado en el “Papiro de Ipuwer” –Papiro Leiden I 344 del Museo Nacional de Antigüedades de Dinamarca-. Sin embargo la rivalidad franco-británica fue de nuevo la protagonista de esta “Era de los cónsules”, polarizada en Bernardino Drovetti por la parte gala y en Henry Salt en la opuesta. El primero era natural del Piamonte pero se alistó en el ejército francés y llegó a alcanzar cierto reconocimiento sirviendo bajo las órdenes de Murat.

En 1803 fue enviado a Egipto como vicecónsul y siete años después ya era el cónsul general. Su buen hacer con Mehmet Alí le ganó unos cuantos “firmanes” para excavar y reunir piezas, algo con lo que llegó a ganarse la vida cuando los Borbones regresaron al trono de Francia. Algo curioso de él es que siempre que podía supervisaba personalmente los trabajos y se desplazaba a donde hiciera falta, aunque no por ello dejó de usar agentes como Jean-Jacques Rifaud. Acumulaba objetos en el consulado hasta que consideraba que tenía suficientes para formar una colección. Una de ellas, consistente en más de mil piezas entre esculturas, epígrafes y objetos metálicos, fue adquirida en 1824 por Carlos-Félix, rey de Piamonte, para nutrir el Museo de Turín –hoy día uno de los mejores del mundo en el campo de la Egiptología-. La venta fue tan lucrativa que Drovetti repetiría con el rey Carlos X en 1827 y con Guillermo Federico IV de Prusia en 1836. Comenzaba una “insana” rivalidad por poseer el mejor patrimonio.

Si para el lector, la personalidad de Drovetti debería clasificarse como propia de un ladrón, todavía le queda por conocer la de Henry Salt. El comienzo de la carrera “arqueológica” de este inglés consistió en seguir la estela su competidor, más experimentado y mejor relacionado. Pero su astucia, su cultura –poseía una buena formación, siendo pintor y naturalista de cierto peso en sus días- y alguna que otra ayuda –como su agente heleno Athanasi “Yanni”- le hicieron reducir la distancia. Desde su llegada en 1816 hasta 1818 su depredación le permite ofrecer al British Museum una primera colección que la institución le compra por 2.000 libras esterlinas, un precio ridículo que apenas le renta. Salt, disgustado por semejante “desprecio” de sus compatriotas aparta el sarcófago de alabastro de Seti I y lo vende a un particular llamado Soane. Sin perder ánimo por las enormes posibilidades que ofrecía el negocio, seis años después volvió a intentar conseguir el patrocinio del British, mas es rechazado.

Parece ser que Champollion, que ya había aconsejado a Carlos X adquirir la segunda colección Drovetti, convenció a su monarca de que los más de 4.000 objetos egipcios eran muy interesantes –incluyendo dos grandes esfinges de granito. En 1826, el rey pagaba a Salt 10.000 libras esterlinas para engrosar las, ya de por sí patentes, arcas arqueológicas del Louvre. Sin estar satisfecho del todo, el cónsul británico, reuniría un tercer conjunto de 1.083 piezas que envía a Europa, más no se vende, y además de forma fragmentada, hasta después de su muerte en 1827. Y si antes he destacado a Yanni como uno de sus principales cazatesoros, no sería justo terminar estas líneas sin mencionar a otro de sus grandes hombres de campo: Belzoni. ¿Que qué hizo este caballero? Eso lo veremos la semana que viene.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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