Novedades editoriales

12 de mayo de 2011

Egipto, hijo del Nilo


Después de ver como España está dejando su huella en el desarrollo de la Egiptología, quizá sean necesarias unas pequeñas reflexiones sobre esta parcela de la Historia sobre la que tanto se escribe y a la vez tanto se desconoce. Las pirámides, las momias, los dioses con cabeza de animal, el eterno Nilo, los faraones -reyes divinos y humanos- son los elementos más llamativos de esta cultura para el gran público. Es el conjunto de clichés o San Benito con el que carga una civilización que gestó muchos más aspectos, pero es algo muy usual en la costumbre humana simplificar las cosas en exceso con tópicos.

Egipto es la tierra de los tesoros, de las grandes tumbas selladas que nos esperan con un sinnúmero de tesoros y secretos bajo la arena. Hasta para algunos sus restos son claro testimonio –aunque los especialistas seguimos sin ver esa “claridad” por ninguna parte- de contactos con otras formas de vida inteligente. Mito y realidad se dan la mano con un firme apretón en cuanto a esta tierra se refiere. Pero resulta irónico, casi como una lección de humildad, que un grupo humano que llegó tan lejos acabara cayendo en el abismo del silencio y el olvido durante más de mil años.

Desde la llegada de la primera oleada musulmana en el siglo VII hasta los descubridores del siglo XIX apenas hubo viajeros que trajeran noticias, no siempre muy certeras, acerca de los grandes monumentos que todavía podían verse en esas tierras. El presente serial tiene la intención de revivir, modestamente, el inicio de la aventura del redescubrimiento de Egipto y del nacimiento de la egiptología, una de las especialidades de la ciencia histórica más atractivas para la gente.

Geografía del Don del Nilo

Lo primero que se debe tener en cuenta es que el Egipto antiguo –y prácticamente el moderno- es un país vertebrado en torno a un río, el famoso Nilo. Su cauce y sus orillas eran los límites territoriales del mundo que habitaban los egipcios, siendo el desierto una tierra aparte. De unos 6.700 kilómetros de longitud es el cauce más largo del mundo –aunque algunos lo colocan en un segundo puesto después del Amazonas- y su gran cantidad de recodos han sido fertilizados durante milenios por las crecidas de la Primavera. Todos los años el río se desbordaba y cubría las orillas con un limo rojizo que posteriormente, al secarse se ennegrecía, dando origen al nombre que dieron los mismos egipcios a su tierra: “Kemet” o “Tierra Negra”. En el siglo XX se pudo saber que el barro que arrastraba el Nilo contenía una gran cantidad de materia orgánica, explicando la riqueza del valle en materia agrícola. Eran zonas de cultivo que siempre se regeneraban.

Otro aspecto importante de Egipto es que sus fronteras naturales le brindaban una buena protección: las montañas de Nubia al Sur, el desierto libio por el Oeste, el Mediterráneo al Norte y el paso del Mar Rojo por el Este. Con unas pocas guarniciones y fortalezas el país de los egipcios podía protegerse eficazmente de las amenazas exteriores. Y desde luego enemigos no le faltaron. La tierra era tan rica que muy pronto los grupos humanos prosperaron y como la riqueza llama a los ladrones, una de las primeras tareas del faraón fue la de expulsar a los extranjeros, que llegaban en oleadas periódicamente, sometiéndoles con su todopoderosa maza o su arco como se plasma en las estelas y pinturas.

Egipto entra en la Historia

Ya en torno al año 2920 a. C., después de la “Dinastía 0” –un cajón desastre en el que se agrupa a diferentes monarcas de los que apenas tenemos noticias o incluso solo el nombre como Narmer o Escorpión-, comenzó el llamado Período Dinástico con las tres primeras dinastías de las treinta que clasificó Manetón en el siglo III a. C. El país, que había estado dividido en una serie de reinos polarizados en dos grandes territorios, se unificó bajo un mismo gobernante, quizá Menes. Éste, no obstante, mantuvo vivo el recuerdo de las dos áreas que habían protagonizado el Predinástico y lo reflejó en su titulatura: “Señor del Doble País”. Doble por ser faraón del Alto –Sur- y Bajo –Norte- Egipto, algo que también podemos ver reflejado en las coronas: la blanca y alargada del Alto Egipto, “Uereret” o “Hedyet” y la roja o “Deshret” –“La roja”, de donde deriva nuestra palabra “desierto”-. Además existían símbolos de la unión de Egipto pintando o esculpiendo el loto o la diosa-buitre “Nejbet” representando el Sur al lado de la abeja y a la diosa-serpiente “Uadyet” del Norte y por supuesto con el faraón portando las dos coronas a la vez: “Sejemty” –“Las Dos Poderosas”-.

Desde el comienzo de su civilización con la Primera Dinastía, “Kemet” vivió momentos de esplendor o Reinos –Antiguo, Medio y Nuevo, anteriormente conocidos como Imperios- intercalados por momentos de decadencia o Intermedios –tres según el ordenamiento de la egiptología actual- que contemplaron como el país era invadido. Egipto llegó a extenderse hasta muy al sur, en las tierras que actualmente forman frontera con Sudán y dominando la Península del Sinaí y la costa de Sirio Palestina. Los nombres de Sesostris III –Dinastía XII, Reino Medio, 1872-1853 a. C.- o de Tutmosis I y III –Dinastía XVIII, Reino Nuevo, 1504-1492 a. C. el primero y 1479-1425 a. C. el segundo- fueron recordados, entre otras cosas, por sus brillantes campañas exteriores, ensanchando el área de poder egipcio por el Sur y por el Oeste, rindiendo gran cantidad de pueblos y recibiendo tributos de más allá del Eúfrates.

Pero también fue parte del dominio de pueblos como los hicsos, que llegaron a enseñorearse como dueños de, al menos, parte del país. Los libios y los nubios aprovecharon los momentos de debilidad de “Kemet” para campar a sus anchas y los persas de Cambises II lo conquistaron y sumaron a su larga lista de territorios en el 523 a. C. Finalmente Alejandro lo tomó o “liberó” –dependiendo de la versión- y formó parte de su efímero imperio, pasando después al patrimonio de los Lágidas o Ptolomeos e integrándose en el Imperio Romano en el 30 a. C. con su conquista por parte de Octavio. Así comenzó una relación que mantuvo sus propias tradiciones hasta la llegada de los musulmanes en el siglo VII de nuestra Era.

De la Oscuridad a la Luz

El cambio cultural fue tan grande, con la ilegalización de las religiones paganas en tiempos de Teodosio I en el final del siglo IV, que la cultura faraónica acabó desapareciendo. Ya no quedaron, en la Edad Media, gentes que supieran leer o escribir en las lenguas antiguas: jeroglífico, hierático y demótico. Las Cruzadas llevaron a comerciantes y guerreros a Egipto, mas pasaban de camino a Tierra Santa y apenas se fijaban en algunos restos del Delta. Como mucho se aventuraban a Giza, describiendo las tres grandes pirámides que se interpretaban, por la Biblia, como los graneros de José. Hubo que esperar al siglo XVII y su Revolución Científica para que la curiosidad alcanzara una mayor intensidad.

En el año 1672 un dominico y erudito alemán, el padre Johann Michael Vanselb, llegó a Egipto y realizó unas primeras exploraciones, si bien no fueron más que los viajes motivados más por la curiosidad superficial que por interés científico. Aún así se le suele considerar el nombre que abrió la época de los exploradores, como Jean de Thévenot, Claude Sicard y Benoir de Maillet ya en el siglo XVIII. Las noticias de grandes construcciones, tesoros y los misteriosos signos jeroglíficos empezaron a excitar la imaginación de los europeos y la expansión del siglo XIX, con sus grandes imperios coloniales aseguraron que una legión de sabios y no tan sabios –cazatesoros– rebuscaran en los rincones del país en busca de una vasija, una tumba o cualquier otro elemento del Egipto faraónico.

Un gran arqueólogo llamado Glynn Daniel afirmaba que la Arqueología de esa época tenía también mucho interés en reflejar el poder de las metrópolis enseñando a la población los tesoros de sus enormes territorios, siendo, más que reliquias históricas, auténticos trofeos. Aún así el auge de la ciencia histórica, con una enorme cantidad de yacimientos sobresalientes en África y Asia sobre todo, aprovechó la buena fortuna y realizó avances impresionantes. La inmensa mayoría de lo que sabemos sobre pueblos como el de los hititas o lo sumerios se debe a esta fructífera actividad. Egipto, con sus monumentales restos no podía pasar desapercibida y el nacimiento de la Egiptología en el siglo de la Reina Victoria fue una consecuencia lógica.

Revalorizada -o eso espera un servidor- la imagen de España en materia de investigación arqueológica, El Reservado invita a los lectores a realizar un pequeño viaje por la Historia de los primeros descubrimientos de la Egiptología y sus protagonistas, empezando por un general francés de fama mundial. La solución la próxima semana.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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Exposición temporal: Egitto. La straordinaria scoperta del Faraone Amenofi II (Museo delle Culture, Milano). Del 13 de septiembre de 2017 al 7 de enero de 2018.