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10 de mayo de 2011

De ladrones, reinas y trabajadores


Leídas las anteriores entregas de este serial, ¿cuántos de nosotros no querríamos haber protagonizado alguno de estos descubrimientos? El aire de aventura que los rodeó y que perdura hasta nuestros días ha sobrepasado las fronteras de lo científico para abarcar también el aspecto romántico. La literatura sobre el tema generó héroes que descubrían grandes tesoros después de pasar por un sinfín de aventuras y peligros. En el caso de Egipto, no siempre hubo que lidiar con pistoleros y nunca con poderes sobrenaturales o elementos parecidos, pero eso no lo hizo menos interesante. Como colofón de este serial sobre Egipto que termina hoy, podemos acercarnos a uno de los hallazgos menos publicitados pero que sin embargo causaron un enorme impacto en sus días. No se trató de conjuntos de oro y plata, “obras de arte” o grandes monumentos. Tan solo unas docenas de momias.

Todo comenzó en 1881, en un Egipto que ya era muy consciente, desde hacía décadas, del gran potencial cultural y económico que representaba el patrimonio de la cultura faraónica. El problema radicaba en que cientos y miles de personas en el país, tanto autóctonas como extranjeras, también se daban cuenta del “filón” que suponían los artefactos faraónicos. Por eso muy pronto comenzó un tráfico de antigüedades, tanto auténticas como falsas, que alertó a las autoridades. El mismo Mariette combatió duramente esa lacra a pesar de las enormes dificultades.

La extrema pobreza de muchos habitantes del país les obligaba a unas depredaciones de su propio patrimonio, algo que sin ser justificable sí hace comprensible esta realidad. Además, la misma longevidad de la cultura de los faraones, a lo largo de treinta siglos jugaba en su contra, con una enorme cantidad de estructuras y objetos diseminados por todo el país. Y dado que los historiadores no pueden estar en todas partes, los primeros en llegar a muchos de estos filones arqueológicos eran los ladrones.

La zona tebana, por ejemplo, con sus grandes templos de Luxor y Karnak, sus templos en Deir el-Bahari y las necrópolis en torno a los Valles de los Reyes y de las Reinas, ofrecía suculentos objetos con demasiada facilidad. Sobre algunas de estas zonas funerarias se habían erigido aldeas como la de Gurna y cuando los lugareños excavaban para construir los cimientos o un sótano, solían encontrarse con algún tipo de estructura mortuoria y su correspondiente ajuar. La venta de los elementos de las tumbas podían representar unos socorridos auxilios para economías muy precarias y en ocasiones incluso permitían llevar un nivel de vida acomodado –siempre que uno supiera donde “colocar” adecuadamente las piezas–.

La fortuna de los ladrones

En el año de 1881, con Gaston Maspero, discípulo de Mariette, a la cabeza del Museo de Boulaq, se dio un paso decisivo, que si bien no mermó la capacidad de depredación de los contrabandistas y ladrones, sí fue un auténtico golpe de suerte para la egiptología. Antes de volver momentáneamente a Francia, Maspero inició una investigación acerca de un elemento que le había mostrado un turista británico –el coronel Campbell–, casi como una mera curiosidad. Se trataba de un papiro que había adquirido en la zona de Tebas muy bien conservado que, además de ser auténtico –ni que decir tiene que en esos días las falsificaciones eran muy numerosas– resultaba un indicio de algo mucho mayor.

El documento era el llamado Papiro de Pinedjem II, sumo sacerdote de Amón en el siglo X a. C., durante la XXI Dinastía. Maspero rastreó la pista hasta llegar a un tal Mustafá Agha Ayat, vendedor de antigüedades y reconocido con rango consular por los gobiernos británico, ruso y belga. A pesar de su inmunidad diplomática –fruto, probablemente, de afortunados “regalos” a agentes de estos tres gobiernos– era evidente que tenía acceso a yacimientos muy importantes que no estaban catalogados por los egiptólogos.

El gobernador egipcio de la región dio luz verde a las investigaciones y Maspero y los suyos siguieron un rastro que les llevó a una familia de la margen izquierda del Nilo. Tres hermanos, los Abder Rassul, habían suministrado el papiro al vendedor, por lo que tenían que saber de dónde procedía. En un principio se negaron a hablar, pero uno de ellos, en ese mismo año de 1881, confesó que su gran escondite se encontraba en la región de Deir el-Bahari.

Convencido de que debía guiar a los egiptólogos para conseguir el perdón de la justicia, les llevó al pie de un acantilado, a una fisura en la roca que pasaba desapercibida y que ahora se denomina DB-320 (también TT-320). La abertura escondía un pozo de once metros de profundidad en cuyo fondo se encontraba algo que sólo podía haberse gestado en los más locos sueños de los historiadores: docenas de momias de los faraones más poderosos de Egipto, desde Amosis (s. XVI a. C.) hasta Ramsés III (s. XII a. C).

El legado de Pinedjem

¿A qué obedecía este tesoro de la arqueología?, pues a la visión precavida de Pinedjem II, antes mencionado. El sacerdote de Amón, que controlaba casi toda la parte sur del país, vio impotente cómo las tumbas del Valle de los Reyes eran saqueadas en unos momentos de crisis económica y política. No olvidemos que eran los tiempos del llamado Tercer Periodo Intermedio, durante los siglos XI a VII a. C., un momento de descomposición del poder central. La situación se veía casi imposible de evitar, pues los tesoros de las tumbas reales eran demasiado atractivos para los ladrones y más en momentos de carestía.

Dándose buena cuenta de que era imposible proteger todos los enterramientos –varios cientos si sumamos los de las reinas y los nobles y funcionarios– decidió salvaguardar las momias. Esto no era un mero respeto por los antiguos señores de Egipto, sino una forma de garantizar su otra vida. Entre las costumbres egipcias sobre el más allá existía la de la preservación del cuerpo para la existencia futura. El daño físico a las momias podía suponer la desaparición del “espíritu” del faraón. Por ello sacó las que pudo de sus enterramientos junto con sus vasos canopos –que guardaban las entrañas– y los ocultó, sin casi nada de sus ajuares, en el escondrijo de Deir el-Bahari. Su acción les preservó durante más de 3.000 años.

El retorno de los reyes

Además de Amosis, uno de los fundadores del Reino Nuevo, los sorprendidos egiptólogos, identificaron, gracias a los nombres de los sarcófagos y de las momias, a los tutmósidas, a Amenofis I, los tres primeros ramésidas –incluyendo el célebre Ramsés II– a Nefertari a Aahotep y a docenas más de faraones, reinas y personajes de la corte. H. Brugsch, colega de Maspero, decidió trasladarlos a El Cairo sin tardanza. Como en tantas otras ocasiones, si la noticia se extendía, ladrones de todas partes se llevarían los restos.

Por ello actuaron con mucha rapidez, avisando al museo para que enviara el barco que poseía para un viaje rápido. Con 300 operarios contratados para el traslado y la escolta, bajo los calores de julio de 1881, se tardaron cinco días en completar las operaciones. Algo que les llamó la atención a los egiptólogos fue la actitud de muchas mujeres y hombres de la localidad: las primeras siguieron a los egiptólogos llorando y lamentándose mientras los segundos disparaban sus escopetas al cielo en señal de duelo. Quizá estaban reconociendo a sus antiguos reyes, o puede que lamentaran perder semejante fuente de ingresos. En cualquier caso, en Kuft, embarcaron y las momias acabaron en el Museo de Boulaq, donde pudieron ser convenientemente estudiadas y conservadas.

A pesar de la escasez del ajuar, la aparición de todos estos personajes notables supuso una enorme aportación a la egiptología, tanto en el sentido anímico –pues siempre es especial tener algo tan importante del pasado– como en el positivo. El análisis forense de los difuntos ha proporcionado y lo sigue haciendo, magníficos datos acerca de las patologías y problemas de los poderosos. También se han podido reparar los daños que los siglos han grabado en la débil carne de las momias, por lo que los restos podrán durar muchos cientos de años más. Incluso el hecho de dedicarles tanto espacio en los museos y libros refuerza su espíritu, ya que mientras se pronuncia el nombre de un faraón éste sigue vivo en el más allá.

Conclusión

Más de un arqueólogo ha dicho que la gran era de los descubrimientos ha pasado y que, al margen de algunos hallazgos sobresalientes, las vías de la investigación deben perfilar mejor aspectos de la vida cotidiana y de la masa popular de la población –que no suele dejar elementos tan monumentales y perdurables–. Sin embargo todavía le quedan a la egiptología algunos retos, como la exploración de las grandes pirámides o la localización de la tumba de Cleopatra y Marco Antonio. Por supuesto, en muchos otros aspectos no tan “atractivos” de la arqueología, la historia antigua, la Epigrafía o la Paleografía, queda tanto por hacer que se pude decir que esta ciencia histórica está en sus comienzos. La mayor parte de lo que resta todavía seguramente serán elementos no tan regios como tumbas de reyes u objetos de oro y plata, pero no por ello resultarán menos valiosos, pues la historia es un gigantesco puzle del que nunca tenemos suficientes piezas.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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Exposición temporal: Egitto. La straordinaria scoperta del Faraone Amenofi II (Museo delle Culture, Milano). Del 13 de septiembre de 2017 al 7 de enero de 2018.