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10 de marzo de 2016

Momias asombrosas: los bisabuelos de Tutankamón


Hace poco, un escaneo con radar de la tumba de Tutankamón arrojó provocativos indicios de que podría haber una o más habitaciones detrás de las paredes decoradas de la cámara mortuoria del faraón adolescente. Pronto se darán a conocer los informes finales. Y si se confirma la existencia de los espacios ocultos, el egiptólogo Nicholas Reeves será reivindicado, pues su lectura de las evidencias fue lo que motivó el escaneo de la tumba de Tutankamón, conocida como KV62.

Sin embargo, eso solo la primera parte de su hipótesis. Reeves cree también que en esas habitaciones ocultas podría encontrarse la cámara mortuoria de la legendaria reina Nefertiti, madrastra de Tutankamón. La propuesta es impactante. Porque la tumba de la hermosa y amada consorte real, quien alcanzó un poder extraordinario por derecho propio, podría contener tesoros que eclipsarían los objetos maravillosos enterrados con Tutankamón.


Figuras de madera llamadas shabtis, cada una de 30 centímetros de altura.

(Las shabtis debían cobrar vida en el otro mundo para realizar trabajos manuales para la pareja difunta. Estos sirvientes mágicos eran conservados en contenedores especiales, también de madera pintada).

Pero, ¿qué sucedería si otro pariente estuviera enterrado allí en vez de Nefertiti? ¿Cómo serían las posesiones terrenales de esa persona? Podemos darnos una idea de la variedad de artefactos posibles dando un vistazo a los bienes mortuorios de dos miembros de la familia de Tutankamón: Yuya, su bisabuelo, y Tuyu, su bisabuela, quienes vivieron hacia 1400 a.C.

El enmarañado árbol genealógico de Tutankamón

El árbol genealógico de Tutankamón tiene la complejidad típica de la realeza del antiguo Egipto. Aunque Yuya y Tuyu no pertenecían a la realeza, debieron tener conexiones con los niveles más altos de la sociedad. Su hija, Tiy, se convirtió en la Kate Middleton de su tiempo cuando desposó al soltero más cotizado del país, Amenhotep III, uno de los faraones más poderosos en toda la historia de Egipto.

Tiy y Amenhotep tuvieron un hijo llamado Akenatón, quien probablemente fue el padre de Tutankamón, y la madre pudo haber sido una mujer llamada Kiya, quien tal vez era una princesa extranjera. Sin embargo, igual que otros faraones egipcios, Akenatón tuvo varias esposas y Nefertiti fue una de ellas, lo que le convierte en madrastra de Tutankamón.

Las complicaciones continúan hasta la siguiente generación. Nefertiti y Akenatón tuvieron seis hijas. Tutankamón desposó a una de ellas, su media hermana Anjesenamón. Por consiguiente, Yuya y Tuyu son bisabuelos de Tutankamón y su esposa.


[Una pequeña máscara de yeso dorado (derecha) remataba un bulto envuelto como una momia que contenía uno de los órganos internos de Tuyu. Cada órgano envuelto se depositaba en un jarrón de piedra que tenía una tapa tallada con forma de cabeza, como esta (izquierda).]

Morir con estilo (antiguo)

Cuando Yuya y Tuyu murieron, su regia familia política se aseguró de sepultarlos con toda suntuosidad en una ubicación privilegiada: el Valle de los Reyes, el gran cementerio real de las dinastías XVIII y XIX. Su tumba, conocida como KV46, fue descubierta en 1905.

Figuras doradas de dioses y diosas decoran un cofre de madera cubierto con brea negra.

(En el interior de este cofre había cuatro recipientes de calcita, llamados vasos canopos, los cuales contenían los órganos internos de Tuyu: pulmones, hígado, estómago e intestinos).

Los expertos creen que la tumba fue saqueada tres veces; primero, poco después de sellarla, y dos veces más durante la construcción de las tumbas cercanas. Los ladrones tomaron los artefactos fáciles de transportar, como joyas y aceites preciosos; pero incluso lo que dejaron en la tumba ofrece indicios fascinantes de una de las eras más fastuosas en la historia egipcia.

Un tipo raro de shabti yace sobre una mesa de embalsamamiento de piedra caliza pintada.

Para empezar, los conservación de los restos mortales de Yuya y Tuyu es tan espléndida que se han convertido en las estrellas de rock del mundo de las momias. Una momificación hecha con toda propiedad demoraba mucho tiempo y costaba mucho dinero, y en ambos casos, los embalsamadores no escatimaron gastos.

Los rostros de Yuya y Tuyu conservan tanta expresividad que parecen haber fallecido hace poco. Los rizos de sus cabellos, la curva de sus cejas, las formas intactas de sus narices, orejas y labios, son cautivadores.

El mobiliario funerario es igual de fascinante. La cámara funeraria individual contenía una tremenda cantidad de objetos. Sarcófagos dorados y máscaras mortuorias, sillas y camas doradas, una carroza completa, jarrones de piedra caliza tallados, cajas con incrustaciones, una peluca de cabello humano, un canasto de papiro para pelucas, varios pares de sandalias de piel y esparto, y pequeñas figuras de madera llamadas shabtis, las cuales debían cobrar vida en el más allá para ser los sirvientes de la pareja difunta.

Jarrones de caliza con tapas ornamentadas descansan sobre una base de madera pintada de rojo.

(Dos tapas tienen la forma de la cabeza de un toro, una representa una cabra salvaje, y la cuarta es una rana. Cada jarrón mide casi 25 centímetros de altura).

Sarcófago inflamable, catástrofe inminente

Todos estos tesoros estuvieron a punto de convertirse en humo momentos después que se abrió la cámara mortuoria. Sucede que Theodore Davis, el estadounidense millonario que financió la excavación, estaba tan ansioso de investigar que no pudo esperar a que instalaran luces eléctricas. Así que él y dos hombres entraron en la cámara con velas, las cuales “daban tan poca luz y nos deslumbraban tanto, que no podíamos ver nada más que el brillo del oro”, escribió en un informe del descubrimiento.

Sitamón, la nieta de Yuya y Tuyu, les obsequió esta silla de madera dorada.

(En el respaldo de esta silla hay dos escenas parecidas que muestran sirvientes presentando collares de oro a una Sitamón sedente. El texto jeroglífico dice que los regalos provienen de “las tierras del sur”).

Con una vela en cada mano, Davis se acercó demasiado a uno de los sarcófagos mientras trataba de leer una inscripción. Por fortuna, uno de sus acompañantes gritó una advertencia y tiró de sus manos, apartándolas.

“En ese momento nos dimos cuenta de que, si mis velas hubieran tocado el bitumen [brea utilizada como sellador], cosa que estuve a punto de hacer, el féretro se habría incendiado”, recordó. Y los demás objetos de madera, secos como yesca, hubieran ardido en un santiamén.

Esta caja de madera decorada con oro, ébano, marfil, y mosaicos de cerámica azul, pudo haber contenido joyería.

(Esta caja estaba forrada con lino rosado. “… el objeto es uno de los más notables de la tumba”, escribió el arqueólogo James Quibell, en 1908).

Por supuesto, nada de eso sucederá ahora, si acaso hay una cámara –o cámaras- que investigar detrás de la tumba de Tutankamón. Cualquier trabajo se llevará a cabo con el mayor cuidado, utilizando lo último en tecnología para documentar artefactos que han permanecido intactos más de 3,400 años. No obstante, es fácil imaginar a los expertos inclinándose a contemplarlos con la misma emoción que sintiera Davis. Aunque esta vez, con linternas en las manos.

Formada con yeso y lino dorado, la máscara funeraria de Tuya debía preservar sus rasgos para la eternidad.

(La máscara de Tuya fue cubierta con un sudario de lino –quizás ennegrecido por el tiempo-, el cual se ha desprendido en partes revelando el destello del oro).

Artículo: A. R. Williams

Revista Egiptología 2.0


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