Novedades editoriales

11 de junio de 2015

El mayor ególatra de la Historia


A Ramsés no le bastó con heredar un Egipto en plenitud como rey absoluto: quiso ser el más grande. Y eso comenzó por un programa exhaustivo que incluyó erigir estatuas monumentales con su nombre e imagen por todo el país todavía hoy visible, desde el Delta hasta Nubia, en cuya frontera levantó el famoso templo de Abu-Simbel, representándose en su fachada. Es quizá la visión más icónica del país tras las pirámides.

Vivió en torno al año 1.200 antes de Cristo, como faraón de la Dinastía XIX, en el Imperio Nuevo, el momento álgido de la civilización del Nilo. Su nombre es toda una invocación: “Engendrado por la Luz Divina”, aunque a lo largo de su vida empleó una docena de denominaciones. Su abuelo fue Ramsés I, un general sin ninguna relación con la nobleza que llegó al trono cuando se extinguió la Dinastía XVIII, la de Tutmosis, Amenhotep y Tutanjamón, debido en gran parte a la insistencia en mezclar la misma sangre, una endogamia letal: hijas con padres y hermanos entre sí se desposaron durante cientos de años.

Muerto Horembeb sin descendencia, nombró a su general Ramsés como faraón. Estuvo poco tiempo en el trono y le sucedió su hijo Sety, quien ya como rey nombró a Ramsés corregente. Desde pequeño conoció el poder y se creyó legitimado como descendiente de los dioses, sin saber que su abuelo había sido un humilde soldado…

Muerto Sety, inició una campaña contra los hititas, el enemigo tradicional, y condujo cuatro divisiones hasta la frontera actual de Israel y Siria, un lugar llamado Kadesh donde tuvo lugar una batalla terrible, un choque del que Ramsés salió vivo con mucha suerte. Con ambos bandos en equilibrio, se firmó la paz, se fijaron límites y así nació el primer tratado internacional, que se cumplió. Claro que eso era entre ambas naciones: en Egipto, Ramsés llenó los templos con imágenes ficticias aplastando a los hititas. Más propaganda.

Sin enemigos dentro ni fuera, comenzó a construir, a levantar templos y colosos, todo a su honra como el mayor militar, el mayor rey y el hombre más poderoso. Pero no le llegaba. También fundó una ciudad, Pi-Ramses, en el Delta, donde trabajaron los hebreos. Aparece en la Biblia, en Éxodo, y de ahí que a Ramsés se le identifique como el faraón de las plagas.

Nada hay en la historia oficial, si bien Moisés, si existió, es un nombre 100 por cien egipcio. Con todo, el primogénito de Ramsés en efecto falleció cuando ya estaba designado como príncipe, pero no era un niño, sino un joven de 18 años. Fue el único dolor de Ramsés, como la muerte de su reina Nefertary, a quien levantó un templo anexo al suyo en Abu Simbel. Aunque lógicamente, con estatuas de menor tamaño…

Pero no le llegaba tampoco. Ni siquiera que su vida se prolongara mucho más que la del resto.

Decidió dar un paso adelante y proclamarse Dios viviente. Todos los faraones lo eran, pero al fallecer, ninguno en vida. Ramsés sí. En el interior del santuario de Abu Simbel se hizo representar al lado de los tres dioses principales: Ptah, Amón y Ra. Él era el cuarto, uno más a su lado.

Quizá los egipcios llegaron a creer que era Dios encarnado: vivió más de 90 años, era pelirrojo –insólito, quizá por algún ascendiente sirio- y borró todos los nombres de los faraones anteriores de los monumentos para colocar el suyo. Egipto era Ramsés, el inmortal.

Su tumba en el Valle de los Reyes fue saqueada, como todas, pero su cuerpo logró ser rescatado por los sacerdotes y trasladado a un escondite en una cueva donde permaneció casi 3.000 años. Ahora se exhibe en una urna en el Museo del Cairo, y Egipto aún honra su memoria incluso en los billetes, donde aparece en su plenitud. Seguramente estaría satisfecho con su inmortalidad…

Artículo: José Teo Andrés.

Revista Egiptología 2.0


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