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27 de junio de 2013

Nacho Ares: ''No me siento cómodo cuando me dicen que soy periodista''


En un mundo en el que la historia y la arqueología todavía esconden muchos de sus resultados dentro de las aulas o –lo que es peor– en una red de despachos de altos profesionales, Nacho Ares constituye una isla para la divulgación histórica. Su voz se está convirtiendo en una de las más representativas de los aficionados a estos temas gracias a su programa Ser Historia y genera alabanzas y recelos por sus apariciones en el polémico Cuarto Milenio. Hoy entrevistamos a este arqueólogo, historiador, novelista y, ante todo, divulgador de nuestro pasado.

Saludos Nacho, antes de nada, ¿Por qué apuestas por la divulgación histórica?

La historia me ha parecido apasionante desde que era pequeño. Cuenta con infinidad de perfiles muy atractivos que la pueden convertir en algo apasionante. Quizá existe la idea generalizada de que es aburrida. Pero tiene muchos seguidores. El éxito de las novelas históricas o de las series de televisión de este género es una buena prueba de ello.

¿Qué recomendarías a los historiadores que ven en la divulgación una herramienta fundamental para hacer llegar la historia a todo el mundo? ¿Cómo podrían comenzar a emprender este camino?

Yo tengo la suerte de contar con varias plataformas para poder hacerlo, literatura, radio y televisión. Lo más importante de todo es disfrutar con lo que haces. Si tú no lo haces y sobre todo no crees en lo que estás haciendo, no tiene sentido seguir por ese camino. Contar la historia es como hacer un buen pan. Si tienes buenos ingredientes, en mi caso contar con grandes profesionales que saben hacer llegar la historia, más de la mitad del camino está hecho.

Da la impresión de que te encuentras en algún punto entre el periodismo y la historia, ¿Crees que sería necesario recorrer esta senda con más frecuencia?

Como suelo decir transformando una frase de mi buen amigo Federico Lara Peinado, catedrático de Historia de la Complutense, hasta la llegada de Alejandro Magno, eso es Historia. Desde entonces hasta ahora, eso es periodismo.

Realmente no me siento cómodo cuando me dicen que soy periodista. Es cierto que siempre he trabajado en medios de comunicación, pero lo he hecho sobre todo como egiptólogo o como divulgador de la Historia. El periodismo no tiene que ver nada con lo que hago. Su trabajo está en la calle contando lo que pasa. Yo no puedo entrevistar a Cristóbal Colón o a Tutankhamón. Ya quisiera yo. Me tengo que limitar a las fuentes escritas o arqueológicas que nos han legado, es decir, a la Historia.

Fuiste editor de la tristemente desaparecida Revista de Arqueología, ¿Qué fue lo que acabó con ese proyecto? ¿Existe la posibilidad de verlo renacer?

Una mala gestión y la crisis hicieron que el grupo cayera. Revista de Arqueología no daba pérdidas, al contrario. Pero en un grupo tan grande había que sacrificar y reestructurar el modelo editorial. Así se hizo y a mí me tocó estar fuera de ese proyecto de futuro.

Por otro lado, fue una etapa que ahora queda atrás. Una década muy bonita de mi vida que me abrió muchas puertas y me dio la posibilidad de conocer a grandes personas.

Muchos de nosotros nos asustamos cuando Cuarto Milenio, Milenio 3, la revista Año Cero, etc., dicen que van a tratar temas de Historia o Arqueología. Tememos al fantasma del sensacionalismo. Sin embargo, bien es cierto que muchas veces son prejuicios que desaparecen al enfrentarnos a estos reportajes. Tú, por tu parte, ¿Has sentido alguna vez presiones para incluir “misterios” inexistentes o maquillar la Historia para hacerla más “enigmática”? ¿Cómo es el trabajo en los medios dedicados al misterio?

En absoluto. Creo que la Historia tiene suficientes enigmas en sí misma como para añadir nada de fuera. No he recibido presiones de nadie jamás. De lo contrario no habría escrito lo que he escrito. Yo jamás he hablado de extraterrestres, o de la Atlántida más allá del mito que todos conocemos. En cambio he hablado de misterios tangibles como la construcción de las pirámides, el trabajo de la piedra en el antiguo Egipto o la iluminación en el interior de lugares donde no hay restos de hollín. Todo es enigmático. Si no hubiera misterios en la historia nadie investigaría. Se sabría todo, y no es así.

En relación con esto último, hace poco realizaste undescubrimiento tras un retablo leonés al grabar un programa de Cuarto Milenio, ¿Qué se siente al ver por primera vez esas pinturas centenarias? ¿Crees que, tras salvarse del tiempo, se van a salvar también del hombre?

El hallazgo de Chana de Somoza fue muy especial. Algún día contaré la intrahistoria de todo lo que lo rodeó. Pero, si nos quedamos con la sensación, fue espectacular. Tengo grabado en la retina cómo aparecía la imagen del santo en la pantalla de la cámara de fotos que llevaba en la mano. Nunca sabes dónde tienes la sorpresa. Siempre había estado allí, pero nadie se había preocupado de echar un vistazo detrás del retablo. Incluso campos de trabajo pasan semanas allí en verano restaurando la iglesia y nada. A veces el misterio lo tenemos en nuestra forma de actuar.

Ante la caída de lienzos de muralla, el abandono institucional o las leyes de patrimonio negligentes, ¿Cómo ves la situación del patrimonio histórico español?

Dentro de lo que se podría pensar, no creo que sea mala. Siempre hay alguna negligencia, pero realmente tenemos que estar orgullosos de lo que tenemos. ¿Que podría estar mejor? Pues sí, pero muchas veces no depende tanto de las instituciones sino de nosotros mismos. Si no estamos educados para convivir y respetar nuestro pasado y el legado de nuestros ancestros, las leyes tienen poco que decir. Creo que en muchas ocasiones es un problema de educación.

Últimamente hablamos mucho de la “fuga de cerebros”, pero quizás debemos encontrar el camino para luchar desde nuestro país por el enriquecimiento de la cultura y el patrimonio en tiempos de crisis, ¿Qué recomendarías tú a todos los jóvenes historiadores que ven cómo se resquebraja su ilusión ante este inhóspito panorama?

Yo pasé por esa misma tesitura cuando me licencié en 1995 en la Universidad de Valladolid. Recuerdo que me hice con los temarios de secundaria. En aquella época era una de las pocas salidas que había, por no decir que era la única. Pero estaba equivocado. Descubrí al tercer día en la biblioteca que aquello no era lo mío. Lo dejé todo y me puse a escribir. Javier Sierra fue el primero en darme la oportunidad de llegar a donde ahora estoy. La historia es larga, pero lo principal radica en que siempre he tenido las cosas muy claras y sabido sacrificar muchas otras. Dejé Valladolid y me vine a Madrid. Pero si me hubiera tenido que ir a Londres, lo hubiera hecho igual. Yo quería ser egiptólogo y dar a conocer a la gente lo fascinante que es esta civilización.

Siempre se valoró mi trabajo no los títulos que tenía. Está mal que lo diga, pero mis notas tanto en la Universidad de Valladolid como en la University of Manchester donde acabé haciendo mi certificado en Egiptología, no son precisamente mediocres, todo lo contrario. Pero jamás me ha pedido nadie nada.

Cambiando de tema, ¿Cuál crees que es el papel que las nuevas tecnologías están teniendo a la hora de estudiar y divulgar el patrimonio?

Es muy importante. Casi vital. Con ellas todo el mundo tiene acceso a absolutamente todo. Cuando estudiaba en la Universidad recuerdo que para ver la fotografía de un cuadro que se había proyectado en clase, te las tenías que ingeniar mirando en mil libros. Hoy está todo en internet. Incluso puedes hacer visitas virtuales. Es mágico. Eso ayuda a que la gente tenga un conocimiento muy cercano de las cosas.

Para acabar, no podemos dejarte sin una pregunta sobre el país de los faraones, que tan bien conoces. El mundo de Egipto parece en ocasiones demasiado lejano, ajeno a la antigüedad de las tierras europeas, al mundo griego, íbero o romano. ¿Es esto reflejo de la realidad de la época o, por el contrario, la relación entre Egipto y occidente era mucho más fuerte de lo que creemos?

Egipto es diferente. Y esa diferencia fue percibida ya por los coetáneos antiguos. Griegos y romanos sabían que allí había algo especial, algo singular. Hoy lo vemos como una cultura exótica que adoraba a animales y enterraba con rimbombante boato a los suyos. Pero su pensamiento era muy profundo. A medida que los conoces más, leyendo sus textos, aprendiendo sus tradiciones o disfrutando de su arte, te das cuenta de que hay algo que todavía no llegamos a comprender y que nos atrapa.

Artículo: Queaprendemoshoy.

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