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17 de marzo de 2013

El obelisco egipcio que pudo erigirse en Galicia


El 18 de octubre de 1877, los obreros portuarios, los pescadores de las embarcaciones amarradas y la población costera del puerto de Ferrol avistaron, entre el embebecimiento y la fascinación, un extraño navío tubular metálico, de unos treinta metros de largo, con extremos verticales en proa y popa, arrastrado por el barco de vapor Fitzmaurice Glasgow. Los ferrolanos más viejos habían vivido hechos asombrosos como la arribada, en 1800, de la armada inglesa con más de cien barcos y 15.000 hombres, comandados por el almirante Warren -a los que derrotaron "los valientes ferrolanos" (según los calificó Napoleón)-, la ocupación francesa en 1809 -que liquidaron en solo un mes- o la botadura del primer barco de vapor. También tenían noticia del paso por sus tierras de los fenicios, griegos, romanos, vándalos, suevos, visigodos y musulmanes, de su reconquista por el rey de Asturias, en el año 754, y de la llegada de normandos y vikingos, hacia el siglo X, en ayuda de los cristianos. 

Asimismo, conocían cómo a finales del siglo XVI la Armada Invencible española había anclado en su puerto escapando del tormentoso océano, antes de terminar destruida en Inglaterra; también conocían otro intento de la armada inglesa en 1594 para apoderarse de su puerto y sabían de distintas batallas navales. Y, por si fuese poco, conocían, e incluso creían, lo que contaba la leyenda de un santo bretón, Ferreol, el cual habría llegado en un barco a sus tierras, entre un coro de siete sirenas. Con todo ello y cuando presumían agotada su capacidad de sorpresa, ante "los valientes ferrolanos" aparecía ahora esa extraña embarcación, cuya forma, a unos, los más versados, les recordó un submarino real y a otros, por recientes lecturas, les evocó una nave de ficción, el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne (traducida al español en 1869, es decir un año antes que la primera edición francesa).

El estrambótico buque no era otro que el Cleopatra, diseñado por John Dixon Brothers, que transportaba en su interior un obelisco egipcio traído por mar desde Alejandría hacia Londres. Correspondía a un auténtico obelisco egipcio trabajado en granito rosa de Asuán, que había sido mandado construir por el faraón Tutmosis III en el s. XV a. C. (reinado 1479 a. C. - 1425 a. C.) para la ciudad de Iunu (pilar) también llamada en griego Heliopolis (ciudad del Sol en griego), y que se correspondería hoy en día con la ciudad de El Cairo. Este obelisco (situado hacia occidente) formaba pareja con otro (localizado hacia oriente) de similares características, ambos erigidos para proteger el templo del dios Ra. El propósito de su alzamiento era la celebración de la fiesta del Heb Sed, una de las más substanciales del antiguo Egipto, que gravitaba en la regeneración de la energía y el poder sobrenatural del faraón. Posteriormente, Ramsés II (reinado 1303 a. C. - 1213 a. C.) le añadió inscripciones con su nombre.

En el año 13 a. C., el emperador Augusto ordenó al arquitecto Pontius trasladar los obeliscos a la ciudad de Alejandría para levantarlos delante del Cesareum, un palacio (hoy hundido bajo las aguas del Mar Mediterráneo) que Cleopatra (reinado 51-30 a. C.) había mandado edificar para su idolatrado Marco Antonio. Luego se transformó en un santuario para el culto de los emperadores de Roma, como protectores de los viajeros y los marinos. Cleopatra´s Needles (las agujas de Cleopatra) es el evocativo y popular nombre con que se conocen cada uno de los dos obeliscos, aunque es erróneo ya que datan de bastantes siglos antes de la notoria soberana. El origen etimológico de la palabra aguja proviene del griego obelisko, cuyo diminutivo es obelos, que significa espeto o aguja. Los obeliscos se mantuvieron allí hasta el siglo XIX, si bien el occidental acabó caído y medio enterrado a consecuencia del terremoto de 1303. En 1819, el virrey de Egipto y Sudán, Muhammad Ali, se lo donó al rey Jorge III en conmemoración de las victorias sobre los franceses de lord Nelson en la batalla del Nilo en el año 1798, y de sir Ralph Abercromby en la batalla de Alejandría en el año 1801.

Aunque el gobierno británico agradeció el regalo, no logró financiar los gastos de transporte, debido a su longitud de 21 metros y a su peso de más de 200 toneladas, por lo que permaneció en Alejandría hasta 1877, año en el que sir William James Erasmus Wilson -un eminente anatomista y dermatólogo, a la vez que ilustrador, editor, viajero, egiptólogo, hombre acaudalado y filántropo-, patrocinó el traslado del obelisco a Londres, con un coste de 10.000 libras, una suma imponente para aquella época. Con esta finalidad, el 30 de enero de 1877 se firmó un contrato con el ingeniero John Dixon, el cual se comprometía a transportar el obelisco bajo el arreglo de "no cure no pay" ("si no hay entrega no hay paga"). Para ejecutarlo, Dixon diseñó un buque que fue fabricado en la planta de Thames Iron Works. El casco del buque tenía una sección transversal circular con extremos verticales en proa y popa, a modo de doble quilla de balance. Se trataba de una estructura de costillas de acero que abrazaban al obelisco, a las cuales se fijaba un revestimiento impermeable externo de acero y madera. En conjunto era un gran cilindro estanco y flotante, que fue bautizado como Cleopatra. Asimismo, fue equipado con un timón en popa, mecanismo de gobierno, mástil y velas, ancla, luces, bomba de achique y espacios para tripulación y acopios. A continuación fue desmantelado y enviado a Egipto en piezas. Una vez allí, el Cleopatra se reconstruyó alrededor de su carga.

Con esta finalidad, la mitad de la aguja fue levantada lo suficiente para que el casco circular pudiera ser armado a su alrededor. Después se terminó de la misma forma la otra mitad. El obelisco fue asegurado con baos elásticos de madera, instalados en calzos situados en cada uno de sus mamparos aislados. Completado el casco con su carga en el interior, fue hecho rodar hasta la playa y metido en el agua. El 21 de septiembre de 1877, el Cleopatra, bajo el comando del capitán Carter y remolcado por el vapor Olga, inició su viaje a Inglaterra. Pero el 14 de octubre, mientras navegaba por el golfo de Vizcaya, frente a las costas francesas, se desencadenó un violento huracán que lo sacudió fuertemente, infringiéndole graves daños y rompiéndole las cadenas de tracción. Una chalupa con tripulantes voluntarios fueron enviados desde el Olga para socorrerlos. Trágicamente la barca se hundió y seis de los marineros se ahogaron en el intento, aunque el capitán y dos tripulantes consiguieron salvarse pero no lograron aproximarse a la embarcación y preservar su carga. Cuando el Olga arribó a Inglaterra el día 18 de octubre, el capitán estimó que el Cleopatra se había ido a pique con su mercancía.

Sin embargo, ese mismo día un telegrama llegó del puerto español de Ferrol, con el anuncio de que el Cleopatra había sido encontrado flotando en aguas gallegas y había sido salvado y rescatado por barcos con base en ese puerto, para después ser transportado hasta allí para su reparación, remolcado por el vapor Fitzmaurice Glasgow. Una vez reparado y dispuesto, se plantearon serias discusiones sobre problemas de seguros, indemnizaciones y reclamaciones de los rescatadores que lo consideraban botín, además de otras exigencias y penurias. Finalmente, el 15 de enero de 1878, un potente remolcador, el Anglia, zarpó de Ferrol hacia Inglaterra con el Cleopatra. El 2 de febrero el obelisco llegó a Londres remontando el Támesis. Cuando ambos buques llegaron a Gravesend, Dixon acudió a bordo con un telegrama de felicitación de la reina Victoria. De todos modos, los costos del salvamento y las reparaciones excedieron mucho los estimados originalmente.

La decisión definitiva sobre el emplazamiento donde el obelisco sería erigido se demoró todavía. Tras un debate en la Cámara de los Comunes, la ubicación elegida fue el muelle al borde del Támesis, el céntrico Victoria Embankment. Las obras se efectuaron durante el verano de 1878 y fueron terminadas el 13 de septiembre. Para sostener el obelisco se levantó un pedestal de hormigón en cuyo interior se guardó una urna llena de multitud de objetos curiosos que iban desde un conjunto de monedas británicas hasta doce fotografías de las mujeres inglesas más atractivas del momento. En el zócalo se dispusieron cuatro placas conmemorativas de su viaje, de los personajes que habían intervenido, de los que habían perdido la vida y de las victorias frente a Napoleón. Posteriormente, en 1881, a cada lado del obelisco se colocó una esfinge de imitación mirando hacia el obelisco. El monumento no fue terminado hasta febrero de 1882. El coste total de la operación fue de 19.500 libras, de las que 10.000 fueron las facilitadas por Erasmus Wilson, al que en agradecimiento nombraron caballero del imperio británico.

El obelisco homólogo, del lado oriental, fue trasladado a Nueva York y allí permanece en el Central Park desde el 2 de octubre de 1881.

Tal como sucedieron las cosas, en principio el Cleopatra estuvo a punto de hundirse para siempre en las aguas de Galicia y después, si no se hubiesen sufragado los pagos y retribuciones, de quedarse para siempre en nuestra tierra. A pesar de todo, con seguridad fue preferible que el obelisco llegase a Inglaterra, y todavía sería mejor que nunca hubiese salido de Egipto. Es lamentable que de los veintisiete obeliscos egipcios que continúan erguidos, solo seis sigan en su tierra y los demás hayan sido expoliados. En Europa se encuentran la mayoría y muchos de ellos ya fueron trasladados, desde la época romana, como muestra de poderío y por su significado religioso y político. Y es que, como decían los contertulios del Palacio Corsini de Roma: "antiguo no quiere decir otro tiempo, sino siempre".

A pesar de su importancia y antigüedad, el obelisco egipcio es de los monumentos más desconocidos de Londres y está casi escondido entre árboles, por lo que pasa desapercibido para muchos visitantes. Hasta él me llevó mi hijo Marcos Martinón, profesor de Arqueología en el UCL que, como no podía ser de otra manera, conocía su existencia. Pasearse por allí fue muy agradable y mientras recorríamos los jardines que lo rodean, como gallegos que somos suspiramos por lo que pudo ser y no fue, al tiempo que nos sentimos orgullosos de que "los valientes ferrolanos" -aunque no figuren en las inscripciones conmemorativas- hubiesen contribuido a su recuperación.

Artículo: Federico Martinón Sánchez.

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