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9 de julio de 2012

''La Historia aún tardará décadas en aceptar mi hipótesis sobre Nefertiti''


Juan Antonio Belmonte, arqueoastrónomo del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) llegó a la conclusión de que Nefertiti reinó en Egipto tras la muerte de su esposo, Akenatón, y le sucedió Tutankamón, quien probablemente fue sobrino –además de yerno– de esta pareja real que proclamó el culto monoteísta a Atón, el disco solar. Todo ello, basándose en estudios astronómicos sobre el calendario, las constelaciones y la orientación de los templos y pirámides en el Egipto faraónico.

–La Arqueoastronomía une la Astronomía con la Arqueología y la Historia. ¿Desde cuándo se tiene conocimiento que el hombre miraba al cielo?
–Desde siempre. Hay paleoastrónomos que afirman que en el arte paleolítico, en algunas cuevas como, por ejemplo, las de Lascaux, en Francia, e incluso en la de Altamira, en España, hay representaciones astronómicas de las constelaciones.

–¿Qué uso le daban a esos conocimientos y representaciones?
–Desde el Paleolítico se han utilizado como marcadores estacionales o para la navegación, ya sea en el mar o en tierra. Por supuesto, tiene un carácter metafísico importantísimo como origen de muchísimas religiones. Miraban al cielo por estas dos cosas, que a su vez estaban relacionadas. En Canarias es posible que los aborígenes reconocieran una diosa de la fertilidad en Venus, lo que por otra parte no es raro, porque también lo hicieron todas las culturas del Mediterráneo. También la posición de Venus en el cielo les podría indicar la época de más precipitaciones. Y esta tradición pasaría a sus descendientes, al campesinado canario.

–¿Entonces, los aborígenes canarios se guiaban por las estrellas?
–Sí, tenemos ciertas evidencias. Así lo recogen las crónicas. Por lo tanto, las informaciones históricas lo dicen y los estudios arqueoastronómicos lo confirman. Llevamos muchos años trabajando en ello y hemos encontrado un montón de pruebas en evidencias astronómicas que podrían haberles sido útiles a los antiguos, no solo en un marco profano, sino también religioso.

–¿Qué ha descubierto durante sus investigaciones? ¿Alguna civilización le ha sorprendido o decepcionado especialmente?
–El hecho de que puedas aplicar tus conocimientos como astrónomo sobre el cielo a entender mejor el funcionamiento de una determinada sociedad es muy gratificante. La Astrofísica estudia el pasado del Universo, la Arqueología, el pasado del hombre y la Arqueoastronomía permite unirlas. La cultura que mejor conozco y que más he estudiado es el Antiguo Egipto.

–¿Ha sido la civilización que más relación tuvo con el cielo?
–No necesariamente. También la antigua China tenía mucha relación con el cielo. Prácticamente todas las culturas la han tenido. La ventaja que tenemos con el Antiguo Egipto es que es una cultura a la que sentimos muy cercana. Quizá porque es mediterránea o porque nos sentimos reflejados en ella. También nuestro calendario procede de allí. Se trata de una serie de cuestiones que hacen que esa cultura nos resulte especialmente llamativa. Por ejemplo en México, los estudiantes de Arqueoastronomía dedican casi todos sus esfuerzos a las culturas mayas y aztecas. También es la que tienen más cerca y sienten como propia. Uno tiende a estudiar lo que siente más cercano.

–¿Qué supone su último descubrimiento sobre Nefertiti?
–La verdad es que la historia es curiosa. Estaba terminando el libro Pirámides, Templos y Estrellas y había un capítulo final en el que quería plasmar la importancia de la Astronomía en los estudios de la cronología egipcia. Nosotros tenemos un año cero y vamos contando los años de manera seguida, pero los antiguos egipcios no lo tenían. Cada vez que subía al trono un nuevo faraón empezaban a contar desde uno, con lo cual, determinar con precisión las fechas egipcias no es fácil. Una de las formas de afrontarlo es a través de los estudios de la astronomía egipcia. Yo quería dedicar un capítulo al ocaso del periodo de Amarna, a la época de Nefertiti y Tutankamón. Empezó siendo un epígrafe, pero cuando comencé a tirar de la madeja me di cuenta de que era más complicado de lo que yo creía. Lo que iba a ocupar seis o siete páginas acabó ocupando un capítulo entero que cierra el libro y 90 páginas, con todo un material novedoso que no se había publicado hasta ahora.

–¿Cuánto tiempo le llevó escribe este capítulo?
–Lo que tenía que haber sido un mes de trabajo supuso casi medio año.

–¿Qué pensó cuándo se dio cuenta del hallazgo?
–Lo curioso es que me leí tres libros sobre el tema y los tres se contradecían entre ellos. Las hipótesis que se planteaban los tres autores son absolutamente contrarias en teoría, usando las mismas pruebas. Es como si en un capítulo de CSI, con las mismas pruebas, encontraran a tres asesinos distintos. Entonces entré en contacto con mi colega Rolf Krauss, un famoso cronólogo alemán y que también en su momento se había ocupado de estudiar este periodo y empezamos a discutir. Tomamos los datos de genética molecular que no estaban en esos libros. Al mezclar toda la información, surgió una nueva hipótesis mucho más coherente que cualquiera de la publicadas hasta ahora. Ahora, esta hipótesis puede tardar décadas en estar aceptada, hasta que el mainstream [corriente principal] de historiadores comience a aceptar estas ideas, porque esto está recién publicado y ahora los egiptólogos lo cogerán y lo triturarán. Algunos lo pondrán a parir, otros lo apoyarán. El propio Rolf Krauss está preparando un artículo tratando de defender sus ideas, porque yo las critico en algunos puntos. Los tres libros que trataban el tema ponían a Tutankamón como hijo de Akenatón, y dos de ellos incluso como hijo de Nefertiti. Es imposible. La genética molecular desmonta esa idea.

–¿Viajó hasta Egipto durante su investigación?
–Llevo trabajando en Egipto desde hace 10 años, pero este en particular fue un trabajo de biblioteca. Uno de los datos que utilizo sí lo tomé en Amarna, pero en un viaje que hice en 2004.

–¿Hay mucha gente en el mundo que se dedique a la Arqueoastronomía?
–No. La Sociedad Europea de Astronomía Cultural tiene entre 80 y 100 personas. Sumados a los investigadores que hay en América, estaríamos hablando de unas 250 personas, que no es que sean muchas, pero tampoco son pocas.

–¿Cuándo empezó a interesarse por esta disciplina?
–Primero hice una tesis en Astrofísica y sigo trabajando en ella. Pero en el año 1991 surgió la ocasión de empezar a hacer cosas en Arqueoastronomía y aprovechamos la ocasión. Mi primer trabajo fue en las Pirámides de Güímar. Fue la forma de entrar y una vez dentro te das cuenta de que hay cosas muy interesantes. Comencé a estudiar el Archipiélago y me di cuenta de que si quería entender a la arqueoastronomía de los aborígenes tenía que conocer la bereber. En el Norte de África me di cuenta de que esta relacionada con el Mediterráneo y de ahí, el salto a Egipto fue natural. Una cosa te va llevando a la otra.

–¿Qué pasa con el calendario de los mayas que muchos relacionan con el fin del mundo? ¿Lo malinterpretamos?
–Los mayas desarrollaron un sistema de cómputo de tiempo muy sofisticado, lo que se llama la "cuenta larga". Contaban el tiempo de manera continuada que, curiosamente, dejaron de usar en el siglo X, cinco siglos antes de la conquista española. Sin embargo, gente relacionada con la nueva era hace algunos años se dio cuenta de un ciclo maya importante que era el "13 000", puesto que trabajaban en base 20, acababa en 2012. Hay pruebas en los textos mayas de que no era el fin de nada, que sí era una fecha importante pero sin una relevancia espectacular. El problema en estas cuestiones es que se basa en creencias y las que están establecidas son muy difíciles de cambiar. Hay gente que se ha forrado vendiendo libros con este tema. Esto es muy exótico, porque los mayas eran una gente muy lista y sabían mucho del cielo. Se de dicaban a darse tortas cada vez que Venus hacía determinados movimientos.

–¿Tortas?
–Las Stars Wars no son las de las películas de George Lucas, sino las que hacían los mayas entre ellos. Si aparecía Venus en su máxima elongación Sur, es decir, lo más al Sur posible al poniente, pues el señor de una ciudad cogía los ejércitos y atacaba la ciudad vecina. Eran guerras estelares, literalmente.

Artículo: Judit González.

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