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17 de mayo de 2011

Los jeroglíficos: signos simbólicos o valores fonéticos


La semana pasada veíamos como la pérdida del conocimiento de los sistemas de escritura egipcia había ocasionado un enorme vacío en cuanto al saber del mundo del antiguo Egipto. Sin escribas ni sacerdotes, sin gentes que pudieran leer los textos egipcios todo quedó en manos de los eruditos europeos, los cuales más con imaginación que con métodos filológicos y lingüísticos habían llegado a un callejón sin salida. O casi. Montfaucon había augurado la necesidad de un texto bilingüe y Waburton y Berthélemy habían realizado aportes muy notables. Pero como también afirmaba el autor de estas líneas, un paso decisivo fue la expedición de Napoleón y la reapertura de Egipto al mundo europeo.

Tanto la campaña militar como las acciones depredadoras de los cónsules estaban nutriendo al viejo continente de unos recursos para la investigación nunca vistos. Con más piezas, algunas de ellas capitales como la Piedra Rosetta, era más fácil realizar comparaciones, demostrándose finalmente que la teoría de Waburton era la correcta: los jeroglíficos poseían valores fonéticos y no sólo simbólicos. También se confirmaba lo que Clemente de Alejandría (siglo II d. C.) y otros habían sostenido a los largo de los siglos sobre la variedad de la escritura egipcia. Además de los jeroglíficos –los cuales también se clasifican en diferentes tipologías– los habitantes del Nilo habían creado el hierático, una forma más simplificada y el demótico, que lo era más aún y por tanto más apta para la escritura en papiro.

En este punto es cuando más de un lector se encontrará con una sorpresa. Aunque la siempre orgullosa Francia suele mostrar el distintivo de Champollion como una gloria universal por su aportación –y de hecho lo es– no fue tan única y estuvo a punto de quedar en el olvido. Veamos el porqué de todo esto.

Días de vapor y letras

En Europa, el final del siglo XVIII y el comienzo del XIX trajeron un avance sin igual en la historia de la técnica: la utilización de la fuerza del vapor. Aunque ya conocida por los griegos de la Época Helenística (siglos IV-I a. C.) no fue hasta los días que nos ocupan cuando se empleó de forma útil para el desarrollo industrial. Se producía más –aunque no siempre mejor– y la clase media burguesa comenzó un desarrollo imparable. Y como las fortunas suelen traer nuevas modas –los adinerados pueden permitírselas– y cierto ocio, el estudio de múltiples ciencias y ramas del saber conoció un aumento considerable. La Revolución Científica del siglo XVII se veía reforzada por una coyuntura favorable en múltiples aspectos. Así se puede explicar cómo el número de investigadores era mayor, fruto de agradecidas herencias o simpáticos mecenas y también por qué Champollion tuvo que “competir” en el terreno filológico con algunos grandes especialistas.

Los contrincantes

El primero de los que se podrían destacar sería Silvestre de Sacy (1758-1838), un francés de familia acomodada que pudo permitirse el lujo de dedicarse al estudio durante toda su vida. Su pasión fue la de las lenguas orientales y semíticas, llegando a colaborar en la fundación de asociaciones y organismos para el desarrollo de las culturas del Próximo Oriente. Como especialista –en el árabe y en el persa antiguo– compaginó la investigación con el magisterio, del cual se beneficiaron personalidades como el mismo Champollion. También fue una de las primeras personas en examinar la Piedra Rosetta, o más bien el calco que habían realizado los franceses, pues el objeto en sí estaba en manos británicas, pero fue poco lo que pudo sacar del documento.

El texto, un decreto de Ptolomeo V Epífanes (210-181 a. C.) del comienzo de su reinado, estaba escrito en dos idiomas diferentes –egipcio y heleno– en tres grafías: jeroglífico y demótico la primera lengua y alfabeto griego la segunda. El problema es que seguía siendo demasiado complejo y en principio parecían tres idiomas distintos. Otro de sus alumnos y gran enamorado de Egipto fue el sueco Johan David Akerblad, diplomático y orientalista que retomó la investigación de su maestro. En 1802 ya era capaz de leer algunas palabras del demótico mas sus avances no llegaron más lejos.

Pero fue sin duda el inglés Thomas Young el que resultó ser el competidor más duro. Nacido en 1773 demostró ser un niño prodigio comenzando a estudiar con 14 años el estudio simultáneo de 12 lenguas. Aparte del francés y el italiano, que podía emplear en el mundo en el que vivía se empeñó en conocer el latín, el griego clásico, hebreo, caldeo, árabe y persa, entre otros. Sin dejar de lado las Ciencias Naturales y Físicas con 23 años ya era doctor en Física y comenzaba a impartir clase, además de formular una teoría de la visión del color y otros experimentos relacionados con la luz –demostrando que tenía comportamiento de onda–. Teniendo la oportunidad de examinar la auténtica Piedra Rosetta, en 1814 logró leer el texto demótico completo. El avance con la lengua jeroglífica se le resistía. Durante cinco años interpretó correctamente algunas palabras pero no acabó de encontrarle sentido a otras. Es aquí cuando Champollion tomaría la delantera.

El genio de Figeac

Jean-François Champollion vino al mundo un día de 1790 en la localidad francesa de Figeac, en la zona sur de Francia, apenas un año después del comienzo de la Revolución Francesa. En un ambiente de cierto caos político y social, con muchas escuelas cerradas y sin posibilidad de viajar al extranjero, el joven Champollion parecía destinado a cualquier cosa menos al trabajo intelectual. Como su padre viajaba a menudo para trabajar y su madre era analfabeta –como la inmensa mayoría de la población– su hermano mayor, Jacques-Joseph, se encargó de su educación. De hecho sería siempre su mayor protector y apoyo en todos los aspectos, gracias también a sus propios contactos, destacando a Jean-Baptiste Joseph Fourier –una autoridad también en Física y Matemática–, uno de los fundadores del Instituto de Egipto.

Gracias a este personaje Champollion, con doce años, pudo acceder a una beca en el prestigioso Instituto de Grenoble. Allí se hizo patente su enorme capacidad mental y como suele suceder en muchos genios, su carácter tozudo –tildado de caprichoso dirían algunos–, llegando a tener problemas con la autoridad docente. Básicamente él se negaba a estudiar ciertas materias como la Aritmética, pero sus profesores y su hermano sabían que no era por incapacidad. Con trece años ya se defendía con el latín y el griego y estudiaba el hebreo, el árabe, el siriaco y el arameo. Lenguas antiguas y la mayor parte de ellas orientales, fruto de la pasión sobre Egipto que comenzaba a sentir, pues sin duda eran las claves para poder conocer la lengua de este pueblo.

Con diecisiete años, en 1807, su hermano le manda a París a continuar sus estudios, llegando a dominar, en apenas dos años, el persa y el copto. Es precisamente esta última lengua la que más le llama la atención, convencido de que es la evolución de tiempos de los faraones pero transcrita a caracteres griegos. Con dieciocho años está determinado a descifrar los jeroglíficos. De regreso en Grenoble se doctora en Letras y comienza a trabajar en la facultad, con un futuro muy brillante. Pero como el viejo Cronos siempre tiene algo que decir, el típico revés que puede torcer definitivamente las cosas se desató. El emperador Napoleón había sido depuesto, pero desde Elba comenzó a trazar nuevos planes y regresó a Francia para dar comienzo a su “Imperio de los Cien Días”. Los hermanos Champollion le apoyaron públicamente, pero con la restitución de los borbones el gesto les salió muy caro. Entre 1818 y 1821 sobreviven con una escuela privada, desterrados en su Figeac natal, sin apenas tiempo y recursos para la investigación egiptológica. Mas igual que la Dama Fortuna muestra la cara amarga de su moneda también lo puede hacer con la dulce. Jacques-Joseph es el que aporta la solución.

Trabajando para un helenista llamado Bon-Joseph Dacier, secretario perpetuo de la Academia de Inscripciones y Buenas Letras de París consigue un buen aliado para su hermano pequeño, que le suministra materiales y le abre todas las puertas posibles. Gracias a ello consigue salvar la distancia que le llevan sus competidores, sobre todo Young. Por las cartas que dirigió a su hermano sabemos que éstos no gozaron de una buena opinión en la mente de Champollion, despreciando sus aportaciones. Pero también él llegó a un punto muerto. ¿Eran los jeroglíficos signos simbólicos –como afirmaba Hermes Trimegisto– o representaban valores fonéticos?

Se desvela el misterio

La respuesta a la gran cuestión era lo que mantenía a Sacy, Akerblad, Young y Champollion en la misma posición. Pero el 14 de setiembre de 1822 llegó la inspiración. Combinando ambas posibilidades se dio cuenta de que algunos símbolos eran fonéticos –aunque poseían su propio valor simbólico– y otros no: cuando comprueba que es capaz de leer los nombres de los cartuchos comienza a estudiar todos los objetos con jeroglíficos que encuentra en Europa: la colección del Louvre y la del Museo de Turín confirman su teoría. Finalmente, el 31 de julio de 1828 realiza su gran sueño: viaja a Egipto y Nubia, desarrollando su método. Por fin el misterio quedaba desvelado: las piedras y papiros volvían a tener voz.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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