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15 de mayo de 2011

La campaña del Nilo: Egipto se reencuentra con la historia


Maillet, Volney y Sicard seguramente no signifiquen nada para el gran público, pero fueron pioneros en el conocimiento del Egipto antiguo a pesar de no ser expertos ni tratar esos temas en profundidad. Un ejemplo de esto lo tenemos en Claude Étienne Savary que a finales de la centuria se embarcó rumbo a El Cairo, donde permaneció entre 1776 y 1779. Sin carácter de erudito ni científico, pero con una enorme dosis de curiosidad por todo lo que rodea, Savary escribe en abundancia sobre el Egipto moderno.

Sus relatos sobre su visita a la Gran Pirámide calaron muy hondo en Europa donde cualquiera de las noticias, relatos y descripciones –además del primer mapa científico elaborado por Claude Sicard– excitaron la imaginación de unas gentes –las que podían permitírselo, claro está– que se asomaban al conocimiento del mundo que les ofrecían los libros. El siglo XVIII fue el de las revoluciones –también los fue el XIX– pero dio cobijo al célebre pensamiento ilustrado, con todas sus luces y sus sombras –que las tuvo, no seamos ingenuos– que defendía la curiosidad intelectual como un gran valor humano. En resumen, había interés y medios técnicos por lo que ya solo faltaba una oportunidad.

Comienza el viaje

Ya en los años 90 del siglo XVIII un hombre, cuya tumba puede verse en el cementerio parisino de Père-Lachaise, mayor y sin un futuro claro, es invitado a una fiesta. Su nombre es Dominique Vivant Denon y a pesar de pertenecer a la baja nobleza y ejercer cargos para Luis XV y su hijo, Luis XVI, conservó la cabeza sobre los hombros en el sentido más literal posible. Allí la fortuna le permite ofrecerle un vaso de limonada a un sediento y joven oficial de origen corso. Éste, claro está, no era, ni más ni menos que Napoleón Bonaparte. Gracias al gesto y al carisma de Denon –que gozaba de las simpatías de Josefina de Beauharnais– el general le cuenta que ha sido elegido para liderar una gran expedición militar a Egipto.

El país no era enemigo de Francia pero sí prestaba una enorme utilidad a los británicos, que se nutrían de los recursos de la India a través de la ruta Índico-Egipto-Mediterráneo-Atlántico. Tomar la tierra del Nilo era poner a Albión de rodillas. Incluso se dice que al Directorio le interesaba alejar a Napoleón de París y de Francia, ya que sus triunfos en Italia y su propia personalidad no dejaban de ganarle apoyos. En cualquier caso el militar tenía la intención de llevar consigo una gran cantidad de sabios y científicos y Denon parecía un hombre culto y un excelente dibujante.

Su buen hacer durante la velada le consiguió al erudito un pasaje en la campaña. El 17 de Mayo de 1798 partía con unos 165 compañeros técnicos y científicos además de 35.000 soldados a bordo de una gran flota con rumbo a Egipto. ¿Y por qué tanto interés en llevar geógrafos y geólogos, botánicos y zoólogos, matemáticos e historiadores a un viaje con motivos militares? Las contestaciones podrían ser varias.

Por un lado, el enorme interés científico por el mundo que les rodeaba hacía de los ilustrados –siempre que no fueran de boquilla– gentes siempre dispuestas a estudiar y catalogar, pero tampoco deben olvidarse nunca las enormes posibilidades económicas que se pueden desprender de la investigación científica: nuevas plantas, minerales, la documentación de yacimientos de recursos valiosos, etc. Y más aún, podía recordar a las grandes campañas de la Antigüedad donde los poderosos generales llevaban a sus biógrafos y sabios para dejar constancia de la extensión de sus conquistas. En cualquier caso en la mentalidad de la época era todo un ideal de civilización y de orden. Si el lema de nuestros días a veces parece ser “reciclar” el suyo era “explorar”.

Las aventuras de Denon

Una vez en Egipto los franceses intentaron convencer con el poder de su número a los indígenas. Pero las fuerzas turcas y la elite mameluca se mostraron muy reacias a colaborar con unas gentes que habían venido en calidad de invasores. Ese podría haber supuesto el primer error de cálculo de los franceses. Atrincherados en el Delta, varios millares de soldados se enfrentaban a otro duro enemigo: un clima cálido y húmedo que se aproximaba a su cenit. Ese sería el segundo.

Dado que las soluciones diplomáticas podían darse por descartadas, Napoleón decidió combatir, ya que para eso tenía un ejército tan potente y moderno –con un buen número de piezas de artillería, además–. Frente a las pirámides de Giza se libró una gran batalla que se conoció como la Batalla de las Pirámides en el Verano de 1798. Es en este momento cuando se le atribuye al estratega francés su famosa frase: “Soldados, desde estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan” en referencia a las grandes construcciones que estaban observando.

Los laureles de la victoria cayeron del lado galo y los mamelucos se batieron en retirada hacia el Sur. Para hostigarles y terminar con toda resistencia se decidió que el general Desaix llevara un contingente por el Nilo hacia el Alto Egipto y con él el viejo Denon. La travesía, a ratos tranquila y en ocasiones ofreciendo peligros mortales, fue recogida por el erudito en su obra “Le voyage dan la Basse et la la Haute Égypte pendant les campagnes du général Bonaparte” o “Viaje al Bajo y Alto Egipto durante la campaña del general Bonaparte” –de la que se harían hasta cuarenta ediciones a lo largo del siglo XIX–.

Siempre que la marcha lo permitía se dedicaba a dibujar y describir lo que veía, y hasta se aventuraba a caballo, sin perder de vista al ejército, para alcanzar las ruinas más cercanas. Incluso comenta que fue tiroteado por un lugareño mientras hacía uso de su arte. Las fuerzas francesas aseguraron buena parte del país y en 1799 regresaron a El Cairo. Allí, los textos de Denon y sus miles de dibujos entusiasmaron a los científicos y técnicos además de la plana mayor del ejército francés. Napoleón, que acababa de fundar el Instituto de Egipto, tomó la decisión de explorar el país y dividió a sus civiles en dos comisiones científicas, cada una con sus matemáticos, ingenieros, dibujantes, naturalistas, historiadores, filólogos, etc. Gracias a unos dibujos y grabados, no siempre demasiado exactos en cuanto a proporciones y medidas, se daba comienzo al estudio científico de Egipto: se inauguraba la Egiptología.

Las comisiones de sabios

A lo largo del año 99 las dos comisiones recorren el país dando buena cuenta del potencial arqueológico, mineral y biológico. Sus estudios, en una tierra supuestamente pacificada y teniendo en cuenta el número de especialistas, resultan mucho más detallados y exactos que los de Denon. Aprovechan para estudiar los templos y estructuras y realizan levantamientos topográficos de los mismos con gran precisión. También recogen relieves y clasifican muchos elementos arquitectónicos, lo que supone un salto de gigante en una rama de la historia que acababa de nacer. De hecho uno de los detalles más curiosos y agradecidos es el de las representaciones de los muchos relieves y muros, donde se incluyeron los restos de pigmentación que conservaban muchos de los monumentos a finales del siglo XVIII.Pocas imágenes, como las evocadoras pinturas posteriores de David Roberts, lograrían captar de forma tan natural este elemento tan olvidado por la gente hoy día y tan fundamental en el pasado.

Por supuesto se recopilaron epígrafes repartidos por todo el país, a pesar de que las escrituras egipcias ni siquiera se podían leer. Todo el ingente material documentado se acabó publicando en Francia con el título –abreviado– de “Description de l´Égypte” entre 1809 y 1822 en nueve volúmenes de textos y once de láminas. La mala fortuna –para las fuerzas francesas– fue que la respuesta británica resultó más pronta y contundente de lo que se esperaba.

En el mismo año de 1799 una flota comandada por Horatio Nelson aniquiló a la armada gala en Abukir. La derrota, además de poner a Napoleón en una posición comprometida para su retirada, hizo a los otomanos redoblar sus esfuerzos para expulsar a los invasores. Mientras Bonaparte emprendía una rápida campaña en Siria con casi 15.000 soldados, sus generales en Egipto fortificaron sus posiciones. A pesar de que Nelson se había retirado solo era de cuestión de tiempo que regresara con refuerzos y entonces tendrían que luchar una guerra en dos frentes.

Gracias a esto una de las más famosas ironías históricas, o por lo menos de las más conocidas, se dio en este punto. Realizando unas apresuradas obras para construir defensas en la zona del Delta los soldados franceses cargaron una piedra de ciertas proporciones para levantar un muro. Si el lector piensa que el baluarte se encontraba en Rachid o Rosetta ya sabrá a qué se hace referencia. La fortuna quiso que los mismos soldados notificaran a sus superiores las extrañas inscripciones que aparecían en la que ha sido llamada como Piedra de Rosetta, un documento en tres sistemas de escritura que fue clave en el desciframiento de los jeroglíficos.

Conclusión

En 1801, con un Napoleón que había huido –o retirado estratégicamente– a Francia y un ejército exhausto, los líderes galos se rindieron a las fuerzas del general Turner. La derrota no sólo fue un varapalo militar, también permitió a los británicos llevarse buena parte de las piezas arqueológicas que habían recopilado los franceses, aportando un magnífico caudal para la formación del Museo Británico y el desarrollo de su propia Egiptología. De forma paralela, lo que los franceses pudieron salvar, así como los datos y objetos que Denon, siempre acompañando a Bonaparte, había conseguido en Egipto y Siria, les permitieron crear su propio fondo. El futuro emperador de los franceses impulsó la creación de un gran museo en el Palacio del Louvre, poniendo al viejo barón Denon al frente, que dejaría huella con su buen hacer hasta tal punto que a día de hoy una de las alas del gran museo –la que da al Sena– lleva su nombre.

Artículo: Ignacio Monzón.

Revista Egiptología 2.0


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