Novedades editoriales

13 de mayo de 2011

Deir El-Medina


Cuando el estudioso o turista llega hoy al yacimiento arqueológico de Deir el-Medina, visitando la orilla occidental tebana del Nilo, no puede dar crédito a lo que aparece ante sus ojos, al contemplar los restos de la aldea y la necrópolis, donde habitaron y se hicieron enterrar, a lo largo de quinientos años, los obreros y artesanos de las necrópolis reales del Valle de los Reyes y de las Reinas, durante el Reino Nuevo.

La sequedad del desierto, lejos del caudal del río, el abandono que padeció la aldea a finales de la XX dinastía por las invasiones libias y la fragmentación de la unidad egipcia por la corrupción del estado constatada bajo los últimos ramésidas, ha hecho posible que este lugar se olvidara para siempre, manteniéndose intacto su estructura a lo largo de los siglos.

Por el contrario, la vida cotidiana de los faraones y nobles, no sólo coetáneos de esta época, sino de la totalidad de la historia de Egipto, no está tan bien documentada porque, a diferencia de los monumentos en piedra, como pirámides y templos, así como sus enterramientos, que debían perpetuarse para mantener viva la memoria y eternidad de reyes y dioses, sus palacios y casas se construían con adobes crudos secados al sol, un material perecedero por su fragilidad y del que apenas quedan restos tras las inundaciones periódicas del Nilo y con el paso de los siglos ( de hecho para los antiguos egipcios, la vida terrena era efímera y efímeras debían ser también sus viviendas).



Por lo tanto, la estructura actual de la aldea y necrópolis de Deir el-Medina es idéntica a la ya existente bajo los faraones ramésidas de la XIX y XX dinastía (h. 1295-1069 a.C.), ya que tras ellos no se volvió ni a ampliar ni a edificar edificio alguno a excepción del templo tolemaico dedicado a la diosa Hathor, en la zona norte del poblado.

Al parecer, la aldea fue fundada bajo el faraón Tutmés I de la XVIII dinastía (1350-1250 a.C.), hijo de Amenhotep I, según reza en una inscripción hallada en la muralla, aunque la elección del Valle de los Reyes, como lugar de enterramiento, fuera de Amenhotep I.

Las excavaciones del yacimiento obrero realizadas por el I.F.A.O. desde 1910 nos ha permitido, por lo tanto, conocer el núcleo principal del poblado con forma trapezoidal hasta el aspecto rectangular actual, con todas las fases de desarrollo realizadas, constatándose una superficie de 6500 m2, en la que había 70 casas en el interior del recinto amurallado y otras cincuenta extramuros y un censo aproximado de cuatrocientas almas.

El núcleo de casas mas antiguo, es de época de Tutmés III y estaba ubicado en la zona norte; albergaba unas veintisiete casas de planta rectangular, estructuradas a modo de peine, es decir, dispuestas una junto a la otra, a ambos lados de una arteria o calle principal, que discurre de norte a sur, siguiendo el eje del wadi o valle, y une las dos únicas puertas de acceso al poblado; un muro medianero separa las casas y el muro de fondo de las viviendas está adosado a la muralla perimetral.


A las casas de ambos lados de la vía principal se accedía antaño a través de puertas de madera, en las que estaban grabados los nombres de sus propietarios, los obreros y artesanos reales. Posiblemente las casas terminaban en un techo plano continuo sobre el que se abría una terraza alargada donde gustaban sentarse al atardecer para refrescarse; es muy probable también que la calle dispusiera de una cobertura de esteras, para evitar el calor asfixiante y mantener el frescor en la calle.

Las primeras viviendas fueron construidas en adobe, sin cimientos de piedra, al edificarse en la zona norte, sobre el terreno duro del torrente seco que conformaba en la antigüedad este angosto valle; durante el reinado del faraón Horemheb y a lo largo del período ramésida, la aldea se extendió hacia el sur, este y oeste; los barrios ramésidas se hallan en la zona inferior del valle, repleta de detritos de las dinastías anteriores, por lo que hubo de ser explanada, para que el poblado pudiera desarrollarse al mismo nivel que el núcleo mas antiguo, vertiéndose los escombros fuera de la muralla. Las casas ramésidas del sureste y suroeste al hallarse en un terreno mas blando, se construyeron con cimientos y muros de piedra hasta los dos metros y medio de altura y en adobes hasta el tejado, con una altura aproximada de tres a cinco metros.

Las techumbres se construían con un entramado de troncos de tamarisco, acacia u otra planta autóctona sobre el que entrelazaban tallos de palmera y juncos. Esta superficie reticular se recubría con limo y sobre ello se superponían mas ramas de palmeras y juncos hasta alcanzar el espesor deseado. En cambio el pavimento de la terraza sobre la que caminaban y descansaban estaba revocado con una mezcla de arcilla y fragmentos lisos de cerámica cocida sobre la que echaban un lecho de arena.


Los techos de las habitaciones nunca se pintaban, las paredes se encalaban y el suelo era de tierra batida, que se endurecía toda vez que las familias se aseaban en las habitaciones al no disponer las casas de un cuarto de aseo.

La arqueología no sólo ha llegado a conocer la genealogía de muchos miembros de esta comunidad, sino que ha llegado a identificar algunas viviendas después de haber desaparecido las puertas, donde quedaba registrado el nombre del propietario, constatándose un hecho insólito, que no aconteció en otras aldeas obreras del antiguo Egipto, como es el caso de los obreros de las grandes pirámides de Giza, en la que existía un barrio destinado a los obreros mas cualificados (arquitectos, escribas, etc.) con viviendas mas espaciosas. En Deir el-Medina no hay distinción alguna ni en dimensiones, ni en tipología (salvo rarísimas excepciones), teniendo todas una superficie de 60m2 y completa uniformidad en la disposición y número de habitaciones, como consecuencia de la limitación del espacio donde se asientan.

Cada vivienda consta desde la puerta de entrada hasta el fondo de un primer ambiente rectangular, a un nivel ligeramente inferior al de la calle; en una de las paredes se adosa una construcción rectangular en adobes, a la que se accede por unos peldaños; el aspecto de esta estructura recuerda a lo lechos bretones, de ahí que su excavador Bernard Bruyère, lo llamara "sala del lecho cerrado". De hecho recuerda a Mesjenet, es decir, al "lecho del parto" y por tanto sería no sólo un lecho verdadero, donde dormía el dueño de la casa, sino también un lecho-altar simbólico. (En la mitología egipcia el "lecho del nacimiento" era un altar en el que el pequeño Horus residía antes de nacer). Cuando el obrero debía ausentarse y pernoctar en la "aldea de la colina", por su turno de trabajo, el lecho asumía la función de altar y tabernáculo, donde se depositaban objetos de culto.

El segundo ambiente, comunicado con el primero, se utilizaba como recibidor; de dimensiones mayores en altura y anchura constaba de una columnilla de madera, que sujetaba el techo; en alguno de sus muros se constatan nichos, pero lo que es una constante de esta sala es la presencia de una especie de diván rectangular adosado a una pared, fabricado en adobe, encalado y estucado, donde el dueño de la casa gustaba sentarse a descansar o trabajar, transformándose en cama por las noches, al extenderse una estera. Un sotanillo semiexcavado en el suelo servia para guardar los objetos de valor, cuales eran las herramientas de trabajo y las vestiduras y adornos utilizados en las fiestas religiosas del lugar.


Uno o dos ambientes de idénticas proporciones, se abren a continuación del último y tenían las funciones, bien de cuarto de trabajo del ama de casa, bien para almacenar las ropas y enseres varios del hogar; estas habitaciones comunicadas entre sí con la anterior y con la cocina servían también para dormir, en el caso de familias numerosas, en cuyo caso se habilitaba incluso la terraza a la que se accedía por una escalera desde la cocina.

La cocina a cielo abierto constaba de un horno y un hogar donde el ama de casa hacía diariamente el pan y la comida. Este ambiente adosado a la pared de la muralla era mas caluroso, no sólo por su ubicación, sino por el horno de barro cocido encendido y constantemente avivado; tenía forma de campana truncada, cuya altura era de unos 75 centímetros y el diámetro de la base de unos ochenta. Aquí se cocía el pan de múltiples variedades, trabajando las diferentes pastas y estirándolas en un plano inclinado fijo, construido en adobe y se almacenaban los cántaros de agua.

En casi la totalidad de las cocinas se han hallado junto al horno pequeños nichos de piedra donde "la señora de la casa" depositaba pequeñas estatuillas de la diosa Renenutet, "la señora de los alimentos", diosa tutelar de influjo benéfico y divinidad de carácter agreste, como de la diosa Mertseger, patrona de la necrópolis tebana de los que los obreros eran muy devotos.

En una esquina de la cocina, había unas pequeñas gradas descendentes por las que se accedía a una bodega o despensa subterránea donde se almacenaban, en cestos y recipientes, alimentos como pescado en salazón, carnes de oca y ganso, semillas y bayas.

Las casas extramuros, aun manteniendo las mismas características, presentan una distribución de ambientes mas variada, al estar dotadas de un patio. En estas viviendas vivían las familias de obreros llamados del "exterior", es decir, aquellas personas cuyos oficios estaban relacionados con la vida de la comunidad obrera: lavanderos, hortelanos, leñadores, aguadores, pescadores y alfareros.

La presencia del patio era por tanto importante, al necesitar mas espacio para las mercancías, pero sobre todo para lo animales de carga que debían transportarlas.

En los documentos de la época traducidos por Cerny se manifiesta con regularidad el topónimo mryt, " la orilla del río", que el filólogo checo traduce con los términos "puerto y embarcadero". El río era obviamente el factor geográfico mas importante para los egipcios, y por consiguiente para esta comunidad obrera. Hasta él se acercaban los aguadores que abastecían diariamente a la aldea y los lavanderos con la ropa para lavar, al ser este un oficio que competía solamente a los hombres. En la orilla occidental atracaban los barcos procedentes de la orilla contraria, donde descargaban las herramientas de cobre, el aceite de las lámparas y el resto de mercancías destinadas a los obreros.

Es posible que en la orilla occidental existieran algunos edificios destinados a almacenaje (Cerny tradujo un ostracon en el que se relata "un robo de panes y aceite en la casa del puerto"). Entre estos edificios podía hallarse un almacén de madera, según hace referencia el Ostracon Cairo nº 25792-7, al afirmarse en él que "también el alcalde de la orilla occidental se dirigió a la tumba del rey y relató a los obreros-jefes y al superintendente del almacén de madera, el mensaje del faraón". (Aún no existiendo ningún vestigio arqueológico, no debemos excluir también la posibilidad de hallarse en las proximidades de la necrópolis real).

Los obreros funerarios del faraón vivían de por vida confinados en la aldea y el estado les garantizaba todo lo necesario para no tener que salir de ella, salvo para trabajar en la tumba en construcción. Por consiguiente también la necrópolis donde se hicieron enterrar, se halla en la ladera occidental, que al igual que el poblado, corre de norte a sur a lo largo del angosto valle.

Revista Egiptología 2.0


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