Novedades editoriales

1 de mayo de 2015

Animales Imperecederos


En 1888, un agricultor egipcio desenterró una fosa común mientras cavaba en la arena cerca de la población de Istabl Antar. Sin embargo, no halló restos humanos sino felinos: cuerpos de gatos antiguos, momificados y apilados en cantidades pasmosas. Los niños de la aldea ofrecían a los turistas los mejores especímenes a cambio de unas cuantas monedas, pero los demás fueron vendidos a granel para ser usados como abono. Un barco transportó a Liverpool un cargamento de 180?000 de aquellas momias, con un peso superior a 17?000 kilogramos, para dispersarlas en los campos ingleses.

Corrían los años de las expediciones financiadas generosamente para escudriñar kilómetros de desierto en busca de tumbas reales con sus espléndidas máscaras y sarcófagos pintados y decorados con oro. Las miles de momias de animales halladas no eran más que estorbos que había que quitar del camino para alcanzar lo de más valor, de modo que pocas personas las estudiaron y su importancia no fue debidamente reconocida. Un siglo después, la arqueología se ha transformado de cacería de tesoros en ciencia y, hoy, los excavadores han comprendido por fin que gran parte de la riqueza de los sitios que investigan se oculta en la infinidad de detalles que apuntan hacia el pueblo común. Las momias de animales son un elemento clave para entenderlos.

"Son manifestaciones de la vida cotidiana ?afirma la egiptóloga Salima Ikram?. Mascotas, alimento, muerte y religión. Estas momias abarcan todo lo que era importante para los egipcios". Especializada en zooarqueología (el estudio de antiguos restos animales), Ikram ha contribuido a establecer una disciplina de investigación enfocada en los gatos y demás animales preservados con gran destreza y cuidado. Profesora de la Universidad Estadounidense de El Cairo, ha adoptado como proyecto de investigación la olvidada colección de momias de animales del Museo Egipcio. Luego de realizar mediciones precisas, dar un vistazo radiológico a través de los vendajes y catalogar sus hallazgos, Ikram ha creado una galería dedicada a la colección. "Al mirar esos animales piensas: ?Ah, el rey fulano tuvo una mascota, igual que yo?. De ese modo, en vez de estudiarlos desde una distancia de 5?000 años, los antiguos egipcios se convierten en personas reales".

En la actualidad, las momias de animales son una de las exhibiciones más populares del museo repleto de tesoros. Detrás de los paneles de vidrio, hay gatos amortajados con tiras de lino entreveradas en patrones de diamantes, franjas, cuadros y crucetas; musarañas en cajas esculpidas de piedra caliza; carneros encerrados en estuches dorados decorados con abalorios. Un cocodrilo de cinco metros y lomo abultado, enterrado con pequeñas momias de crías de su especie en el hocico; bultos de ibis adornados con elaboradas aplicaciones; halcones; peces, e incluso diminutos escarabajos y las pelotitas de estiércol de que se alimentaban.

Algunos animales fueron preservados para que los difuntos humanos tuvieran compañía en la eternidad. A partir del año 2950 a. C., los reyes de la primera dinastía fueron enterrados en sus complejos funerarios de Abidos acompañados de perros, leones y burros. Más de 2?500 años después, durante la dinastía XXX, un plebeyo originario de Abidos, llamado Hapi-men, ocupó su última morada junto con un perro faldero acurrucado a sus pies.

Otras momias eran suministros para los muertos. Los mejores cortes de carne, patos jugosos, gansos y pichones eran salados, desecados y envueltos en lino. "Momias vitualla" es el nombre que Ikram ha dado a ese selecto tasajo para el más allá.

Y algunos animales se momificaban porque eran la representación viva de alguna deidad. En su apogeo, alrededor de 300 a.?C., la venerable ciudad de Menfis, capital de Egipto durante gran parte de su historia antigua, abarcaba 50 kilómetros cuadrados de extensión y tenía una población de casi 250?000 habitantes. En la actualidad, su gloria derruida yace bajo la población de Mit Rahina y los campos circundantes. Pero junto a una senda polvorienta, medio ocultas en la maleza, se levantan las ruinas de un templo: la casa de embalsamamiento del buey Apis, uno de los animales más reverenciados del reino.

Símbolo de fortaleza y virilidad, el Apis estaba estrechamente vinculado con el monarca. Mitad animal y mitad dios, el elegido se convertía en objeto de culto porque reunía rasgos muy específicos: triángulo blanco en la frente, patrones blancos alados en hombros y ancas, silueta de escarabajo en la lengua y pelos dobles en el extremo de la cola. Su vida transcurría en un santuario especial donde era mimado por sacerdotes, ataviado con oro y joyas, adorado por multitudes; al morir, se pensaba que su esencia divina se transfería a otro buey y comenzaba nuevamente la búsqueda. Entre tanto, el cadáver del animal se llevaba al templo y se depositaba en un lecho de travertino exquisitamente tallado. El proceso de momificación tardaba por lo menos 70 días, 40 de ellos dedicados a desecar el enorme volumen de carne y 30 para envolverlo.

El día de su sepultura, los residentes de la ciudad se arremolinaban en las calles para presenciar el acontecimiento de luto nacional. En solemne procesión, sacerdotes, cantantes del templo y altos funcionarios conducían la momia por un laberinto de galerías abovedadas talladas en el lecho de piedra caliza, en donde la depositaban en un gigantesco sarcófago de madera o granito. Sin embargo, en siglos posteriores, ladrones de tumbas violaron la santidad del sepulcro levantando las tapas de los sarcófagos y robando valiosos adornos. Así, por desgracia, no existe un solo entierro del buey Apis que haya sobrevivido intacto hasta nuestros días.

Los distintos animales sagrados eran venerados en un centro de culto propio. Ikram considera que el concepto de animales divinos surgió en los albores de la civilización egipcia, época en que las precipitaciones eran más abundantes que en la actualidad y la tierra, verde y fructífera. Rodeados de animales, los habitantes comenzaron a relacionarlos con dioses específicos, según sus hábitos. Tomemos el caso del cocodrilo que, instintivamente, depositaba sus huevos por arriba del nivel máximo que alcanzaban las aguas durante la inundación anual del Nilo. "Los cocodrilos eran mágicos porque tenían el don de la predicción", explica Ikram.

La noticia de una inundación abundante o escasa era fundamental para una nación de agricultores. Por ello, con el paso del tiempo, los cocodrilos se convirtieron en símbolos de Sobek, divinidad acuática de la fecundidad a la que dedicaron un templo en Kom Ombo, uno de los emplazamientos del sur de Egipto donde se observaba la primera crecida anual del río. En aquel lugar sagrado, cerca de la ribera donde los reptiles se tendían a tomar el sol, los cocodrilos cautivos llevaban una vida privilegiada. A su muerte, eran enterrados con el ceremonial debido.

las momias más numerosas, sepultadas por millones en Istabl Antar, eran objetos votivos ofrendados durante los festivales anuales celebrados en los templos dedicados al culto animal. Cientos de miles de peregrinos se daban cita en los campamentos, los sacerdotes se convertían en comerciantes que ofrecían toda clase de momias, desde muy sencillas hasta cuidadosamente confeccionadas para quienes podían gastar más o sentían que debían hacerlo. Envueltos en nubes de incienso, los fieles concluían el viaje en el templo, donde depositaban la momia de su elección acompañada de una plegaria.

Algunos lugares estaban relacionados con una sola deidad y su animal simbólico, pero los centros de culto más venerados, como Abidos, han develado zoológicos completos de momias votivas, cada especie vinculada con una divinidad particular. En Abidos, camposanto de los primeros monarcas egipcios, las excavaciones han sacado a la luz momias de ibis seguramente ofrendadas a Tot, deidad de la sabiduría y la escritura; es posible que los halcones evocaran al celestial Horus, protector del rey vivo, y los perros solían estar asociados con Anubis, guardián de los muertos caracterizado por su cabeza de chacal. Los peregrinos creían que, al donar una momia al templo, podían granjearse el favor de un dios particular. "El animal susurraba al oído de la deidad: ?Mira, aquí está tu devoto. Ayúdalo.?", explica Ikram.

A inicios de la dinastía XXVI, alrededor de 664 a. C., las momias votivas alcanzaron el apogeo de su popularidad. El país acababa de expulsar a sus gobernantes extranjeros y los egipcios retomaban sus tradiciones con alivio. El negocio de las momias gozó de gran prosperidad y dio empleo a legiones de obreros especializados en reproducción, crianza, sacrificio y momificación de animales. Había resinas que importar, mortajas que preparar, tumbas que excavar.

No obstante la noble finalidad del producto, la línea de producción fue contaminada por la corrupción y hubo peregrinos que terminaron con bultos de dudosa procedencia. Estudios radiológicos han revelado la gran variedad de engaños de que fueron objeto los antiguos consumidores: un animal por demás común en vez de uno más raro y costoso; huesos o plumas en lugar del cuerpo completo; hermosos envoltorios rellenos de barro. De hecho, Ikram ha descubierto que cuanto más atractiva era la envoltura, aumentaba la posibilidad de una estafa.

Con la finalidad de desentrañar el proceso de embalsamamiento, tema habitualmente ausente o ambiguo en los textos antiguos, Ikram realiza experimentos de momificación. Para ello obtiene sus provisiones en el laberíntico zoco del siglo xiv de El Cairo. En una pequeña tienda, apenas a una cuadra de los bulliciosos puestos de recuerdos turísticos, un dependiente utiliza una vieja balanza de latón para pesar kilos de un cristal grisáceo en trozos. Se trata de natrón, sal que absorbe la humedad y la grasa y que fue agente de desecación indispensable para la momificación.

La sustancia aún se extrae de minas localizadas al suroeste del delta del Nilo y sigue utilizándose en el lavado de ropa. En el herbolario de la esquina, Ikram encuentra aceites que reblandecen cuerpos secos y rígidos, así como pedazos de olíbano que se funden para sellar vendajes. Ya nadie tiene en venta el vino de palma que usaban los antiguos embalsamadores para enjuagar las cavidades internas luego de eviscerar el animal, así que Ikram lo sustituye por ginebra producida localmente.Ikram comenzó sus ensayos con conejos, pues su tamaño es manejable y puede conseguirlos en la carnicería. Flopsy (Ikram pone nombre a todas sus momias) fue enterrado entero en natrón, pero el ensayo no duró siquiera dos días debido a que los gases comenzaron a acumularse y el cuerpo estalló. Thumper tuvo mejor suerte. La arqueóloga extrajo pulmones, hígado, estómago e intestinos, y rellenó el conejo con natrón para enterrarlo bajo una capa del mismo material. El cuerpo resistió.

El siguiente candidato, Fluffy, contribuyó a resolver un enigma arqueológico. El natrón con que fue rellenado absorbió tanto líquido que se convirtió en una masa viscosa, apestosa y repulsiva, así que Ikram la sustituyó con natrón fresco envuelto en saquitos de lino que, simplemente, volvía a sacar cuando quedaban empapados. Este ejercicio le permitió explicar por qué había tantos paquetes similares en muchos depósitos de embalsamamiento.

El tratamiento que dio a Peter Cottontail fue completamente distinto. En vez de extraer las vísceras, le administró un enema de trementina y aceite de cedro antes de cubrirlo con natrón. Herodoto, el famoso historiador griego, describió el procedimiento en sus escritos del siglo v a. C. Aunque los eruditos no dejan de debatir su confiabilidad, el experimento de Ikram demostró que estaba en lo cierto. Las entrañas de Peter se disolvieron por completo, excepto el corazón: el único órgano que los antiguos egipcios siempre dejaban en su sitio.

Una vez concluido el trabajo de laboratorio, la arqueóloga y sus alumnos siguieron el protocolo y envolvieron cada cadáver en vendajes estampados con conjuros mágicos. Luego de recitar oraciones y quemar incienso, depositaron las momias en un gabinete del salón de clase donde atraen a varios visitantes, incluida yo. A modo de ofrenda, dibujé unas gordas zanahorias y símbolos que multiplicaban por 1?000 el manojo. Ikram asegura que mis imágenes se volvieron reales de manera instantánea en el otro mundo y que sus conejos seguramente estaban moviendo las narices de alegría.

Artículo: A. R. Williams.

5 de octubre de 2014

Las primeras momificaciones


Durante la época predinástica, los egipcios se enterraban en la arena sin ataúdes, lo cual hacía que los líquidos de la descomposición (la autolisis) fueran absorbidos por la arena, a lo cual se sumaba luego el tremendo calor del desierto y, combinados, deshidrataban por completo el cuerpo y lo convertía en una momia natural.

Pasado el tiempo, las diferencias sociales llevaron a los más pudientes a enterrarse dentro de ataúdes de madera, que señalaban su mayor disponibilidad de recursos; pero que, al mismo tiempo, los aislaban de la arena e impedían la momificación natural. ¿El resultado?, que los "ricos" tenían tumbas más "pintonas", pero sus cuerpos se descomponían y los de los "pobres" no. Como, evidentemente, entre los "ricos" se contaban los reyes, no hubo más remedio que inventar un procedimiento que impidiera la putrefacción de los cadáveres y permitiera que se conservaran para la eternidad enterrados dentro de su ataúd. Así fue como habría nacido la momificación en Egipto. Al menos esto es lo que se pensaba hasta que a finales del siglo XX se produjo un inesperado hallazgo en Hieracómpolis.

Fue allí, donde -siguiendo los más rígidos criterios del viejo Murphy para las excavaciones arqueológicas-, el último día de la campaña de 1997 de se encontró la intacta tumba 71. Rodeado de ocho cacharros de cerámica había un cuerpo enterrado envuelto en un sudario y bajo la protección de una estera. El cadáver, que debido a su pelo corto al principio se tomó por el de un hombre, estaba esqueletizado, pero ¡presentaba los primeros restos de momificación conocidos¡ Su cuello y manos estaban envueltos y acolchados con lino empapado en resina y realizado con esmero: la piel sólo estaba en contacto con lino de gran calidad, mientras que las capas exteriores eran de tela cada vez más grosera.

Pero el detalle que demostró que se trataba de una momia, y no sólo de un peculiar estilo de adorno vestimentario, es que uno de sus órganos internos fue envuelto en lino empapado de resina antes de ser retornado a la cavidad pectoral. Una prueba irrefutable de que la práctica de eviscerar cadáveres para retrasar la putrefacción del cuerpo ya se estaba practicando en el año 3500 a. C. y no comenzó en el Reino Antiguo, como se creía hasta ahora.

Detalle de uno de los cuerpos de Hieracómplois.

No se trató de un caso aislado o un ejemplo único, porque la tumba 25 del cementerio HK6, así como la tumba 16 (una mujer de unos 30 años) y la tumba 85 del cementerio HK43 de Hieracómpolis demostraron poseer momias semejantes... y algunos misterios, porque al cuerpo de la tumba 85, bautizado como Paddy (una joven de entre 16 y 20 años) le cortaron el cuello (literalmente) antes de acolcharlo con lino empapado en resina. La investigación al respecto de los motivos (¿un asesinato, un ritual?) continúa.

Hieracómpolis era la capital de uno de los tres proterreinos (los otros dos eran Nagada y Abydos) que dominaban por entonces el sur de Egipto, los cuales terminarían por amalgamarse posteriormente y conquistando todo el valle del Nilo para dar lugar a la I dinastía en torno al 3100 a. C.

Resulta lógico, por lo tanto, que en el yacimiento aparezcan muchos "primeros" de la historia de Egipto. Claro, que un reciente estudio puede quitarle la distinción de poseer las primeras momias egipcias, que pasarían a ser las enterradas en el cementerio deMostaggeda, cerca de la moderna Asyut (en el Medio Egipto). Se trata de cuerpos de una necrópolis badariense, el más antiguo de los períodos en los que se divide el Predinástico egipcio, fechado entre el 4400 y el 4000 a. C.

La investigadora Jana Jones y sus colegas de la Macquarie University de Sydney (Australia) han estudiado unas cincuenta muestras de restos textiles que se conservan en el Museo de Bolton(Inglaterra) desde hace más de cien años. En todas ellas han encontrado que aparecen empapadas con un producto compuesto de unas tres cuartas partes de grasa animal mezclada con una pequeña cantidad de resina, extractos de plantas aromáticas, azúcar o goma vegetal y petróleo natural.

Una de las muestras textiles que se conservan el el Museo de Bolton desde hace 100 años. 

Dado que la resina posee una cierta capacidad antibacteriana, se ha sugerido que la mezcla habría sido derramada sobre los cuerpos badarienses a modo de tratamiento embalsamador, convirtiéndolas así en los primeros intentos de conservación de cadáveres en Egipto. Desgraciadamente, la investigación no va a poder profundizar mucho más, porque a principios del siglo XX, cuando se desenterraron estas tumbas, los cuerpos de las mismas no eran considerados algo digno de ser conservado y fueron desechados. No se trataba de algo que uno quisiera llevarle al patrocinador de la excavación, que por entonces tenía derecho a la mitad de los hallazgos realizados.

En cualquier caso, a pesar de que la fecha de la aparición de las momias egipcias pueda retrasarse hasta el 3500 a. C. (cuerpos de Hieracómpolis) o incluso el 4400 a. C. (cuerpos de Mostaggeda) siguen quedándose lejos de las momias más antiguas del mundo, las de la cultura chilena de Chinchorro, fechadas en el 6000 a. C.

Artículo: José Miguel Parra.

20 de agosto de 2014

El origen del arte de embalsamar


Las momias egipcias no son las más antiguas del mundo, pero probablemente sí son las más admiradas por la fabulosa técnica que sus embalsamadores lograron perfeccionar a lo largo de milenios para intentar hacer realidad el mayor deseo de cualquier ciudadano de la época: conseguir un cuerpo eterno para pasar la eternidad.

Para lograr preservar durante mucho tiempo los tejidos humanos y los vendajes que usaban para envolver los cadáveres, investigaron y utilizaron sabiamente los productos que les ofrecía la naturaleza.

Pero antes de desarrollar el proceso de embalsamiento, la momificación se hacía de forma natural. Los cadáveres, normalmente envueltos en pieles de animales, se dejaban secar debido a la acción del calor, la sequedad y la arena del desierto.

Los científicos pensaban que los egipcios usaron resinas para fijar las vendas de forma ocasional durante el Reino Antiguo (se hallaron restos de resina de conífera en una momia del 2200 a.C aproximadamente), y de manera más generalizada durante el Reino Medio, entre el 2000 y el 1600 a.C. Sin embargo, el análisis químico de momias mucho más antiguas ha revelado que, en realidad, comenzaron a utilizar productos para embalsamar al menos 1.500 años de lo que se creía.

Los investigadores que firman esta investigación, publicada esta semana en la revista Plosone, eligieron vendajes de momias procedentes de uno de los cementerios más antiguos que han sido encontrados en el país del Nilo. Las tumbas donde se encontraron están en la necrópolis de Mostagedda, en la región de Badari, con una cronología estimada de entre el 4500 y el 3350 a. C.

En su artículo, los científicos explican que hasta ahora no se habían realizado análisis químicos para detectar componentes orgánicos en los vendajes del periodo prehistórico de Egipto: «Se asumía que la preservación de los tejidos se debía sobre todo a las favorables condiciones del lugar donde estaban enterrados, en lugar de a la intervención deliberada mediante el empleo de las técnicas químicas que caracterizan las momificaciones posteriores», relatan.

En concreto, el análisis bioquímico de las vendas de lino reveló que contenían restos de resina de pino, extracto de una planta aromática, una goma, petróleo y aceites de origen vegetal y animal.

Los ingredientes naturales utilizados para preservar las momias de Mostagedda hace cinco milenios son muy parecidos a los usados durante la época faraónica, en la que el embalsamiento de cuerpos estaba muy perfeccionado. «Las propiedades antibacterianas de algunos de estos ingredientes y la preservación de tejidos localizada que hacían nos lleva a la conclusión de que [estas momias] representan el inicio de la experimentación que evolucionaría hasta las prácticas de la momificación de la época faraónica», afirma Stephen Buckley, investigador de la Universidad de York (Reino Unido)y coautor de este estudio, en el que participan científicos de la Universidad de Oxford y de la Universidad Macquarie (Australia).

Buckley, que anteriormente llevó a cabo una investigación sobre las resinas empleadas en el Antiguo Egipto durante la dinastía 18 en el Valle de los Reyes (Luxor), afirma que la proporción de ingredientes antibacterianos usados en los linos prehistóricos que protagonizan su último estudio es la misma que utilizaban los embalsamadores en su época de máximo esplendor, unos 2.500-3.000 años más tarde.

Los vendajes de lino analizados en este estudio fueron encontrados a principios del siglo XX y llevados a Reino Unido. Egipto estaba de moda y numerosos arqueólogos europeos excavaban allí. Los linos se conservaron en el actual Museo Bolton (antes llamado Chadwick). En la actualidad, está prohibido sacar del país cualquier objeto o tomar muestras en las excavaciones.

Sin embargo, el uso de escáneres y radiografías combinado con análisis de muestras de ADN, restos humanos o tejidos textiles está desvelando muchos aspectos desconocidos de esta fascinante cultura, en la que el embalsamiento de sus muertos era una de los procesos más importantes.

Aunque representaron en dibujos cómo lo hacían, no dejaron documentos escritos que detallaran los ingredientes y cantidades que usaban. En el s. V. a. C, el griego Heródoto describió con detalle las técnicas que empleaban en un texto de gran utilidad para los egiptólogos.

Artículo: Teresa Guerrero.

9 de julio de 2011

Proceso de momificación


El proceso de momificación egipcia seguía los pasos siguientes:

1) Extraían el cerebro por la nariz del cuerpo inanimado utilizando un gancho de metal.

2) Con un cuchillo ritual abrían el costado izquierdo del cuerpo y extraían el hígado, pulmones, intestinos y estómago que son los más rápidos para descomponerse.

3) Dichos órganos eran embalsamados por separado y se guardaban en sendos recipientes que representaban diferentes imágenes de dioses de la fertilidad.

4) Para secar la piel seguían un proceso que demandaba cuarenta días.

5) Lavaban el cuerpo y lo frotaban con un aceite especial impidiendo de ese modo que la piel perdiera su textura, y luego rellenaban el cuerpo con aserrín, lino y arena. Hecho esto cerraban la abertura realizada en el punto 2 mediante la aplicación de una placa que representaba el ojo de uno de sus dioses.

6) Envolvían el cuerpo así preparado con 147 metros de vendas de lino previamente untadas con un material especial destinado a pegar y endurecer la tela.

7) La ceremonia estaba presidida por la imagen del Dios Anubis, y sobre la momia colocaban una máscara con la imagen de la cara del cuerpo momificado.

8) Finalmente utilizaban lo que llamaban Azuela de Upuaut con la cual le abrían la boca del alma a los efectos de que pudiera digerir el alimento específico y necesario para el desconocido viaje de retorno a su Alta Fuente de Origen.

Se puede afirmar sin sombra de duda alguna que todo este procedimiento, según investigaciones técnicas realizadas por Stella Bin, está referido al hecho religioso en el hombre, se comparta o no la forma de expresarlo.

Sin embargo es posible aprehender el significado de orden religioso que ese procedimiento tiene.

Quizás.

1) Extraían el cerebro por la nariz del cuerpo inanimado utilizando un gancho de metal.

¿Por qué razón se extraía el cerebro para facilitar ese viaje de retorno que indica la ceremonia de abrir la boca del alma con la azuela de Upuaut?

La respuesta está en los trabajos científicos actuales de la neurología.

¿Cómo y dónde se guarda el pasado en el sistema nervioso del cuerpo animal en el Hombre? ¿Cómo funciona? ¿Y qué es lo que se guarda, si es que se guarda algo?

Estas son preguntas sostenidas de siglo en siglo y que han sido respondidas en parte por la Ciencia Clásica.

Todos estos fenómenos de la memoria animal dependen químicamente de la síntesis de proteínas, y los científicos notaron que cuatro horas después de entrenar un animal para que responda de cierto modo ante un estímulo exterior determinado, si se le introducen inhibidores de la síntesis de proteína, el animal olvida, es decir pierde la memoria adquirida durante el entrenamiento.

Con lo cual los científicos están afirmando que existe un proceso que llaman de “consolidación de la memoria”. Así es que para lograr una memoria de largo plazo necesita de este proceso de síntesis de proteínas, que es considerado un proceso universal.

La síntesis de proteínas está asociada al código genético, a los aminoácidos, al funcionamiento del hígado y al plasma de la sangre, mientras que el suministro de antibióticos, salvo muy pocas excepciones, inhibe la síntesis de proteínas.

2) Con un cuchillo ritual abrían el costado izquierdo del cuerpo y extraían el hígado, pulmones, intestinos y estómago que son los más rápidos para descomponerse.

En este punto siguen haciendo su aporte las investigaciones científicas actuales. La función esencial del hígado es la síntesis de proteínas.

Tanto para los animales como para el cerebro humano, estas investigaciones de la ciencia clásica conducen a afirmar que cuando el cerebro humano recuerda ocurre que al mismo tiempo incorpora una nueva información a la memoria adquirida. Es una actualización. Y agregan algo fundamental porque esas investigaciones indican claramente que para adquirir “nuevas” informaciones hay que tener presente la “vieja”, porque de ese modo la memoria “vieja” que se reactualiza lo hace para proveer la base para la “nueva” información. Y se ha centrado la atención en el hecho de la inmediata reactualización de la memoria que provoca encontrarse en el mismo contexto.

En otras palabras es una jaula en que todo va de lo conocido a lo conocido.

Lo cierto es que en ese cerebro animal se procesan las emociones humanas. Allí en ese funcionamiento cerebral está todo el problema humano, y si el sentir humano no ocupa otro lugar en el hombre entonces el problema humano carece absolutamente de solución.

En el cerebro no hay nada que sea propio, interior. Todo es memoria adquirida desde el exterior. O en otras palabras el hombre cerebral está enajenado.

Por otro lado la mención china del “hígado” tiene relación con algunas menciones específicas dentro de la transmisión cristiana, porque “hígado” viene del latín “ficus” que significa higuera.

Adán y Eva cosen hojas de higuera y se hacen unos ceñidores (Génesis- III, 7)

Esta palabra”ceñidores” está colocada de modo tal que implica que la obligatoria búsqueda que llena la existencia toda está dirigida a lograr la propia satisfacción en Adán y Eva, como consecuencia de la caída.

En los Evangelios, a su vez, Cristo pretende comer el fruto de una higuera y no encuentra más que hojas porque no era la estación de los higos (Marcos XI-2,20).

Luego según Lucas XXI-29, se utiliza otra vez a la higuera diciendo que cuando brote sabrán que el verano está cerca, y del mismo modo cuando vean ciertos acontecimientos que no pueden saberse de antemano entonces podrán caer en la cuenta que el Reino de Dios está cerca.

En el mito hebreo de Tobías ( Cap. XIX) éste le devolverá la luz a los ojos de su padre mediante la bilis y el hígado del gran pez de las profundidades, refiriéndose a profundas perturbaciones interiores y no memorias consolidadas por el contexto exterior.

Visto así, ¿qué es el cerebro del cuerpo que se está momificando?. Representa la existencia de una síntesis de proteínas apoderada del Sentir Humano que se encuentra caído en un profundo sueño en una cuna de síntesis de proteínas y una almohada de memorias consolidadas.

Para sostener ese proceso de síntesis de proteínas y memorias consolidadas ese cerebro del cuerpo momificado ha requerido durante toda la existencia de dos alimentos: uno que es sólido y líquido que es digerido mediante los intestinos y el estómago, y otro que es invisible, gaseoso, que llamamos aire y se digiere a través de los pulmones.

La momificación egipcia está diciendo, por un lado, que el cerebro que se ha apropiado del Sentir Humano es una pesada carga de posesiones emocionales que impide el viaje del Alma (el Sentir Humano) a su Alta Fuente de origen y, por el otro, que el alimento que requiere el Alma para ese viaje es de otra cualidad.

Con la extracción del cerebro simbolizan el despertar del Alma, que no es otra cosa que abrir la jaula de las memorias consolidadas por la síntesis de proteínas de modo tal que el Significado de Sí pase, en su retorno, por las diferentes moradas de los ángeles en el reino de los cielos.

3) Dichos órganos eran embalsamados por separado y se guardaban en sendos recipientes que representaban diferentes dioses de la fertilidad.

Esto era así porque la función esencial del hígado como productor de síntesis de proteínas es mantener la continuidad de las memorias consolidadas porque sin ellas no hay existencia, y esa continuidad significa un funcionamiento mecánico de reproducción, que en el hombre adquiere la forma de una reproducción de memorias emocionales, como por ejemplo de “placer” que al repetirse deja la ilusoria sensación de obtener dicho placer “por primera vez”. Y lo mismo ocurre con el dolor, y cualquier otro concepto emocional.

4) Para secar la piel seguían un proceso que demandaba cuarenta días.

Origen de la conocida cuarentena religiosa.

5) Lavaban el cuerpo y lo frotaban con un aceite especial impidiendo de ese modo que la piel perdiera su textura, y luego rellenaban el cuerpo con aserrín, lino y arena. Hecho esto cerraban la abertura realizada en el punto 2 mediante la aplicación de una placa que representaba el ojo de uno de sus dioses.

El cuerpo era rellenado tres elementos.

a) Arena, que consta generalmente de cuarzo (sílice) y es el producto de la desintegración química de las rocas bajo meteorización química, orgánica y física o bien por abrasión. Este origen de la arena está simbolizando la desintegración del nivel de piedra de las memorias consolidadas o cristalizadas en el cerebro extraído. Tal el sentido de estas palabras de Jesús en los Evangelios: “el que tenga oídos para oír que oiga”, dejando en claro que en el hombre existe un oído de piedra (memorias consolidadas), y un oído viviente (del Alma liberada).

b) Lino, cuyas fibras sirvieron para elaborar tejidos desde hace unos 10.000 años de antigüedad y que en el antiguo Egipto sirvieron para confeccionar sudarios o lienzos para envolver cadáveres que eran de color blanco en el proceso de momificación tal como la vestimenta que utilizaban los grandes iniciados correspondientes a las escuelas ocultas que custodiaban el verdadero conocimiento religioso, como por ejemplo los Esenios.

c) Aserrín, es decir un mantillo que se extiende en el suelo para proteger las raíces de las plantas relacionándolo con el Arbol de la Vida del Sepher Yezirah, porque generalmente es imposible que crezcan malas hierbas en un suelo cubierto con este mantillo. Es una manera de proteger el gramo de veracidad interior existente en el Alma que habrá de liberarse para iniciar el viaje de retorno.

Y la placa con el ojo de uno de los dioses está indicando (como en el caso del oído) que en el hombre existe, por un lado, un par de ojos de piedra para ver códigos genéticos y de memorias consolidadas adquiridas proyectados como formas virtuales u holográficas, y por el otro lado, un ojo viviente en el Alma liberada.

6) Envolvían el cuerpo así preparado con 147 metros de vendas de lino previamente untadas con un material especial destinado a pegar y endurecer la tela.

La cantidad de metros de vendas de lino era exactamente la altura de 147 mts. de la pirámide de Keops indicando que se trataba de un viaje ascendente hacia el mundo estelar, según la simbología cosmológica que, en la enseñanza realizada en Heliópolis, indicaba la Alta Fuente de Origen del Alma. ( “Las pirámides y el origen del Hombre - Sabiduría Revelada”, de Abelardo Falletti, edición argentina, año 1996, ISBN Nro. 950-43-7297 )

7) La ceremonia estaba presidida por la imagen del Dios Anubis, y sobre la momia colocaban una máscara con la imagen de la cara del cuerpo momificado.

El Dios Anubis tenía una balanza a través de la cual determinaba si el alma dormida en el cuerpo momificado estaba en condiciones de despertar e iniciar el viaje de retorno a su Alta Fuente de Origen. En uno de los platillos de la balanza colocaba una pluma, y en el otro el corazón invisible despegado de la imagen de sí mismo de dicho cuerpo y si la pluma pesaba más que ese corazón entonces era apto para el Reino de los Cielos.

8) Finalmente utilizaban lo que llamaban Azuela de Upuaut con la cual le abrían la boca del alma a los efectos de que pudiera digerir el alimento específico y necesario para el desconocido viaje de retorno a su Alta Fuente de Origen.

La Azuela de Upuaut no era un instrumento terrestre, sino que, según el significado del ritual, estaba constituida por hierro meteorítico de origen estelar. Este instrumento era utilizado para abrir la boca del alma para que pueda alimentarse durante el viaje de retorno, lo que está diciendo de un modo directo que el alma dormida en el cerebro del cuerpo animal del hombre ha perdido su esencia y por tanto dicho hombre carece de alma.

9 de junio de 2011

Momias animales


En 1888, un agricultor egipcio desenterró una fosa común mientras cavaba en la arena cerca de la población de Istabl Antar. Sin embargo, no halló restos humanos sino felinos: cuerpos de gatos antiguos, momificados y apilados en cantidades pasmosas. Los niños de la aldea ofrecían a los turistas los mejores especímenes a cambio de unas cuantas monedas, pero los demás fueron vendidos a granel para ser usados como abono. Un barco transportó a Liverpool un cargamento de 180 000 de aquellas momias, con un peso superior a 17 000 kilogramos, para dispersarlas en los campos ingleses.

Corrían los años de las expediciones financiadas generosamente para escudriñar kilómetros de desierto en busca de tumbas reales con sus espléndidas máscaras y sarcófagos pintados y decorados con oro. Las miles de momias de animales halladas no eran más que estorbos que había que quitar del camino para alcanzar lo de más valor, de modo que pocas personas las estudiaron y su importancia no fue debidamente reconocida.

Un siglo después, la arqueología se ha transformado de cacería de tesoros en ciencia y, hoy, los excavadores han comprendido por fin que gran parte de la riqueza de los sitios que investigan se oculta en la infinidad de detalles que apuntan hacia el pueblo común. Las momias de animales son un elemento clave para entenderlos.

“Son manifestaciones de la vida cotidiana –afirma la egiptóloga Salima Ikram–. Mascotas, alimento, muerte y religión. Estas momias abarcan todo lo que era importante para los egipcios”. Especializada en zooarqueología (el estudio de antiguos restos animales), Ikram ha contribuido a establecer una disciplina de investigación enfocada en los gatos y demás animales preservados con gran destreza y cuidado. Profesora de la Universidad Estadounidense de El Cairo, ha adoptado como proyecto de investigación la olvidada colección de momias de animales del Museo Egipcio. Luego de realizar mediciones precisas, dar un vistazo radiológico a través de los vendajes y catalogar sus hallazgos, Ikram ha creado una galería dedicada a la colección. “Al mirar esos animales piensas: ‘Ah, el rey fulano tuvo una mascota, igual que yo’. De ese modo, en vez de estudiarlos desde una distancia de 5 000 años, los antiguos egipcios se convierten en personas reales”.

En la actualidad, las momias de animales son una de las exhibiciones más populares del museo repleto de tesoros. Detrás de los paneles de vidrio, hay gatos amortajados con tiras de lino entreveradas en patrones de diamantes, franjas, cuadros y crucetas; musarañas en cajas esculpidas de piedra caliza; carneros encerrados en estuches dorados decorados con abalorios. Un cocodrilo de cinco metros y lomo abultado, enterrado con pequeñas momias de crías de su especie en el hocico; bultos de ibis adornados con elaboradas aplicaciones; halcones; peces, e incluso diminutos escarabajos y las pelotitas de estiércol de que se alimentaban.

Algunos animales fueron preservados para que los difuntos humanos tuvieran compañía en la eternidad. A partir del año 2950 a. C., los reyes de la primera dinastía fueron enterrados en sus complejos funerarios de Abidos acompañados de perros, leones y burros. Más de 2 500 años después, durante la dinastía XXX, un plebeyo originario de Abidos, llamado Hapi-men, ocupó su última morada junto con un perro faldero acurrucado a sus pies.

Otras momias eran suministros para los muertos. Los mejores cortes de carne, patos jugosos, gansos y pichones eran salados, desecados y envueltos en lino. “Momias vitualla” es el nombre que Ikram ha dado a ese selecto tasajo para el más allá.

Y algunos animales se momificaban porque eran la representación viva de alguna deidad. En su apogeo, alrededor de 300 a. C., la venerable ciudad de Menfis, capital de Egipto durante gran parte de su historia antigua, abarcaba 50 kilómetros cuadrados de extensión y tenía una población de casi 250 000 habitantes. En la actualidad, su gloria derruida yace bajo la población de Mit Rahina y los campos circundantes. Pero junto a una senda polvorienta, medio ocultas en la maleza, se levantan las ruinas de un templo: la casa de embalsamamiento del buey Apis, uno de los animales más reverenciados del reino.

Símbolo de fortaleza y virilidad, el Apis estaba estrechamente vinculado con el monarca. Mitad animal y mitad dios, el elegido se convertía en objeto de culto porque reunía rasgos muy específicos: triángulo blanco en la frente, patrones blancos alados en hombros y ancas, silueta de escarabajo en la lengua y pelos dobles en el extremo de la cola. Su vida transcurría en un santuario especial donde era mimado por sacerdotes, ataviado con oro y joyas, adorado por multitudes; al morir, se pensaba que su esencia divina se transfería a otro buey y comenzaba nuevamente la búsqueda. Entre tanto, el cadáver del animal se llevaba al templo y se depositaba en un lecho de travertino exquisitamente tallado. El proceso de momificación tardaba por lo menos 70 días, 40 de ellos dedicados a desecar el enorme volumen de carne y 30 para envolverlo.

El día de su sepultura, los residentes de la ciudad se arremolinaban en las calles para presenciar el acontecimiento de luto nacional. En solemne procesión, sacerdotes, cantantes del templo y altos funcionarios conducían la momia por un laberinto de galerías abovedadas talladas en el lecho de piedra caliza, en donde la depositaban en un gigantesco sarcófago de madera o granito. Sin embargo, en siglos posteriores, ladrones de tumbas violaron la santidad del sepulcro levantando las tapas de los sarcófagos y robando valiosos adornos. Así, por desgracia, no existe un solo entierro del buey Apis que haya sobrevivido intacto hasta nuestros días.

Los distintos animales sagrados eran venerados en un centro de culto propio. Ikram considera que el concepto de animales divinos surgió en los albores de la civilización egipcia, época en que las precipitaciones eran más abundantes que en la actualidad y la tierra, verde y fructífera. Rodeados de animales, los habitantes comenzaron a relacionarlos con dioses específicos, según sus hábitos. Tomemos el caso del cocodrilo que, instintivamente, depositaba sus huevos por arriba del nivel máximo que alcanzaban las aguas durante la inundación anual del Nilo. “Los cocodrilos eran mágicos porque tenían el don de la predicción”, explica Ikram.

La noticia de una inundación abundante o escasa era fundamental para una nación de agricultores. Por ello, con el paso del tiempo, los cocodrilos se convirtieron en símbolos de Sobek, divinidad acuática de la fecundidad a la que dedicaron un templo en Kom Ombo, uno de los emplazamientos del sur de Egipto donde se observaba la primera crecida anual del río. En aquel lugar sagrado, cerca de la ribera donde los reptiles se tendían a tomar el sol, los cocodrilos cautivos llevaban una vida privilegiada. A su muerte, eran enterrados con el ceremonial debido.

Las momias más numerosas, sepultadas por millones en Istabl Antar, eran objetos votivos ofrendados durante los festivales anuales celebrados en los templos dedicados al culto animal. Cientos de miles de peregrinos se daban cita en los campamentos, los sacerdotes se convertían en comerciantes que ofrecían toda clase de momias, desde muy sencillas hasta cuidadosamente confeccionadas para quienes podían gastar más o sentían que debían hacerlo. Envueltos en nubes de incienso, los fieles concluían el viaje en el templo, donde depositaban la momia de su elección acompañada de una plegaria.

Algunos lugares estaban relacionados con una sola deidad y su animal simbólico, pero los centros de culto más venerados, como Abidos, han develado zoológicos completos de momias votivas, cada especie vinculada con una divinidad particular. En Abidos, camposanto de los primeros monarcas egipcios, las excavaciones han sacado a la luz momias de ibis seguramente ofrendadas a Tot, deidad de la sabiduría y la escritura; es posible que los halcones evocaran al celestial Horus, protector del rey vivo, y los perros solían estar asociados con Anubis, guardián de los muertos caracterizado por su cabeza de chacal. Los peregrinos creían que, al donar una momia al templo, podían granjearse el favor de un dios particular. “El animal susurraba al oído de la deidad: ‘Mira, aquí está tu devoto. Ayúdalo.’”, explica Ikram.

A inicios de la dinastía XXVI, alrededor de 664 a. C., las momias votivas alcanzaron el apogeo de su popularidad. El país acababa de expulsar a sus gobernantes extranjeros y los egipcios retomaban sus tradiciones con alivio. El negocio de las momias gozó de gran prosperidad y dio empleo a legiones de obreros especializados en reproducción, crianza, sacrificio y momificación de animales. Había resinas que importar, mortajas que preparar, tumbas que excavar.

No obstante la noble finalidad del producto, la línea de producción fue contaminada por la corrupción y hubo peregrinos que terminaron con bultos de dudosa procedencia. Estudios radiológicos han revelado la gran variedad de engaños de que fueron objeto los antiguos consumidores: un animal por demás común en vez de uno más raro y costoso; huesos o plumas en lugar del cuerpo completo; hermosos envoltorios rellenos de barro. De hecho, Ikram ha descubierto que cuanto más atractiva era la envoltura, aumentaba la posibilidad de una estafa.

Con la finalidad de desentrañar el proceso de embalsamamiento, tema habitualmente ausente o ambiguo en los textos antiguos, Ikram realiza experimentos de momificación. Para ello obtiene sus provisiones en el laberíntico zoco del siglo xiv de El Cairo. En una pequeña tienda, apenas a una cuadra de los bulliciosos puestos de recuerdos turísticos, un dependiente utiliza una vieja balanza de latón para pesar kilos de un cristal grisáceo en trozos. Se trata de natrón, sal que absorbe la humedad y la grasa y que fue agente de desecación indispensable para la momificación. La sustancia aún se extrae de minas localizadas al suroeste del delta del Nilo y sigue utilizándose en el lavado de ropa. En el herbolario de la esquina, Ikram encuentra aceites que reblandecen cuerpos secos y rígidos, así como pedazos de olíbano que se funden para sellar vendajes. Ya nadie tiene en venta el vino de palma que usaban los antiguos embalsamadores para enjuagar las cavidades internas luego de eviscerar el animal, así que Ikram lo sustituye por ginebra producida localmente.

Ikram comenzó sus ensayos con conejos, pues su tamaño es manejable y puede conseguirlos en la carnicería. Flopsy (Ikram pone nombre a todas sus momias) fue enterrado entero en natrón, pero el ensayo no duró siquiera dos días debido a que los gases comenzaron a acumularse y el cuerpo estalló. Thumper tuvo mejor suerte. La arqueóloga extrajo pulmones, hígado, estómago e intestinos, y rellenó el conejo con natrón para enterrarlo bajo una capa del mismo material. El cuerpo resistió.

El siguiente candidato, Fluffy, contribuyó a resolver un enigma arqueológico. El natrón con que fue rellenado absorbió tanto líquido que se convirtió en una masa viscosa, apestosa y repulsiva, así que Ikram la sustituyó con natrón fresco envuelto en saquitos de lino que, simplemente, volvía a sacar cuando quedaban empapados. Este ejercicio le permitió explicar por qué había tantos paquetes similares en muchos depósitos de embalsamamiento.

El tratamiento que dio a Peter Cottontail fue completamente distinto. En vez de extraer las vísceras, le administró un enema de trementina y aceite de cedro antes de cubrirlo con natrón. Herodoto, el famoso historiador griego, describió el procedimiento en sus escritos del siglo v a. C. Aunque los eruditos no dejan de debatir su confiabilidad, el experimento de Ikram demostró que estaba en lo cierto. Las entrañas de Peter se disolvieron por completo, excepto el corazón: el único órgano que los antiguos egipcios siempre dejaban en su sitio.

Una vez concluido el trabajo de laboratorio, la arqueóloga y sus alumnos siguieron el protocolo y envolvieron cada cadáver en vendajes estampados con conjuros mágicos. Luego de recitar oraciones y quemar incienso, depositaron las momias en un gabinete del salón de clase donde atraen a varios visitantes, incluida yo. A modo de ofrenda, dibujé unas gordas zanahorias y símbolos que multiplicaban por 1 000 el manojo. Ikram asegura que mis imágenes se volvieron reales de manera instantánea en el otro mundo y que sus conejos seguramente estaban moviendo las narices de alegría.

9 de mayo de 2011

El despertar de las momias


¿Cómo hacer que un cuerpo dure 3.000 años? Nadie como los sacerdotes egipcios para garantizar a un faraón la inmortalidad entre los dioses. Gracias a la tecnología, cada día conocemos mejor sus secretos. Le presentamos el ritual de la muerte egipcia como nunca se había visto.

Hace apenas un mes, Lady Hor dejó de ser mujer para convertirse en hombre. Ocurrió ante los ojos atónitos de los egiptólogos que sometieron a esta momia de más de 2.000 años de antigüedad a una tomografía axial computerizada (TAC) en un hospital de Nueva York.

Desde que fuera descubierta en 1937, en Tebas, Lady Hor había sido considerada una fémina, ya que su sarcófago carecía de la característica barba ornamental que, según la egiptología, aparece en los `ataúdes macho´ de aquella civilización. «¡Es un chico! Escroto y pene bastante bien preservados. Órganos pélvicos propios de un hombre», revelaba un portavoz del Museo de Brooklyn, residencia de la momia desde los años 30. El hallazgo, creen los expertos, provocará, entre otras cosas, una revisión sobre los métodos usados para determinar el sexo de los embalsamados.

La identidad de Hor es apenas uno de los muchos aportes de la tecnología médica al estudio del Antiguo Egipto. En realidad, desde que en 1905 un grupo de arqueólogos llevara al faraón Tutmosis IV a una residencia de ancianos de El Cairo para radiografiar sus restos, estos milenarios cadáveres no han vuelto a descansar en paz. Sobre todo cuando, a partir de los años 80, la tomografía trimidensional, el TAC, permitió elevar de manera exponencial nuestro conocimiento sobre sus identidades, las causas de su muerte y las prácticas funerarias de la época.

El escáner revela ante los egiptólogos golpes, roturas de extremidades, la posición de las mismas, el estado de los tejidos y de la dentadura (básica para desvelar edad y hábitos alimenticios), las enfermedades padecidas, el sexo... Muchos detalles, invisibles al ojo humano, surgen ante la mirada inquisitiva del escáner. De Tutankamón, por ejemplo, se pudo averiguar que gozaba de buena salud, que no presentaba señales de desnutrición ni de enfermedades infecciosas en la infancia o que su dentadura estaba en excelentes condiciones.

El TAC de este joven (se cree que murió con 19 años) y misterioso faraón ha sido el más celebrado de los últimos años. Si el descubrimiento de su tumba, en 1922, se mantiene como el hallazgo arqueológico más importante del siglo XX, las revelaciones de su paso por la tomografía, en 2005, resolvieron algunos misterios pendientes. El escáner derribó más de tres décadas de elucubraciones sobre una posible muerte violenta debida a un golpe en el cráneo. La idea surgió en los 60, cuando la momia fue radiografiada y se detectó la presencia de un hueso suelto dentro de su cabeza. A la luz del TAC, resultó ser un huesecillo nasal que había acabado ahí durante la momificación, momento en el cual se extraía el cerebro del cadáver a través de la nariz. No apareció indicio alguno de asesinato; la causa posible de su muerte pudo ser algo tan peregrino a nuestros ojos como una infección mal curada en la rodilla izquierda causada por una caída.

La recreación tridimensional de Tutankamón se cuenta al detalle en Momias reales, la inmortalidad en el Antiguo Egipto (Ed. Libsa). Escrito por el prestigioso arqueólogo y médico francés Francis Janot, el libro reúne el cuerpo de conocimientos actuales sobre la cultura de la muerte y las prácticas funerarias de esta civilización que se desarrolló a lo largo de más de 3.000 años.

Ligados a su tierra, una estrecha franja de tierra, sometida a las inundaciones del Nilo y rodeada de un terrible desierto lleno de peligros, los egipcios proclamaban el horror de morir y dejar este mundo. Para afrontar esta amenaza permanente de la muerte, el pensamiento teológico elaboró una complicada respuesta mágica y religiosa que contemplaba la existencia de una segunda vida y garantizaba la inmortalidad. El último elemento de este entramado espiritual era la intervención física sobre el cadáver, ya que, para vencer a la muerte, era absolutamente necesario `curar´ el cuerpo de la corrupción. Esto es, convertirlo en momia.

El origen de estas creencias se pierde en la noche de los tiempos, fruto de la observación temerosa de la naturaleza. Al comprobar que el Sol se hundía cada tarde por Occidente, como tragado por el horizonte, los egipcios imaginaron un mundo subterráneo, teatro de las luchas incesantes del astro rey contra un enemigo, invisible para los mortales, cuya derrota total nunca estaba garantizada.

En el Imperio Antiguo (2700 a 2200 a. C), periodo en el cual se forjó y consolidó la estructura política, cultural y religiosa que dominaría el Valle del Nilo, los sacerdotes de Heliópolis, fundadores del sistema de mitos y creencias, eligieron el Sol como creador del mundo. Su nombre era Ra. Por asimilación, el destino del faraón, su hijo, era solar y en esos años sólo él podía ascender al cielo para sentarse junto al padre en una nueva existencia. Por nacimiento y jerarquía, el rey podía aspirar a la inmortalidad si superaba el juicio de los tribunales del Más Allá. Para garantizar el éxito de esa travesía, todos los esfuerzos del pueblo, y buena parte de los recursos nacionales, debían dirigirse a la construcción apropiada del complejo funerario del monarca, dominado por la pirámide, símbolo de esta ascensión al cielo. No es de extrañar, por lo tanto, el esplendor de las sepulturas egipcias, desde las majestuosas pirámides del Imperio Antiguo hasta las criptas del Imperio Nuevo en el tebano Valle de los Reyes, donde, a lo largo de 420 años, fueron enterrados 28 faraones.

El monumento funerario ideal constaba de dos partes principales: el lugar de enterramiento subterráneo, donde se depositaba el cuerpo momificado –a veces hasta 30 metros bajo tierra–, y el lugar de culto en la superficie, en el que se oficiaban los ritos y se realizaban las ofrendas. La finalidad de estas tumbas era servir como morada eterna donde el difunto pudiera disfrutar de su nueva vida. La escala social de este lado del mundo se repetía al cruzar la puerta del otro. Los reyes se convertían en dioses; los nobles, en espíritus bienaventurados que accedían al Más Allá; y, en un proceso que se ha dado en llamar la «democratización de la vida eterna», los plebeyos fueron accediendo también a los atributos divinos.

Tal y como lo describe el arqueólogo Francis Janot, en la cámara funeraria, los Textos de las Pirámides fijaban el gran ritual del culto funerario real, desarrollado para permitir al faraón superar los múltiples y peligrosos obstáculos que amenazaban su ascensión. Sufriendo una metamorfosis, el rey se elevaba hacia la bóveda con el aspecto de una garza real, un halcón, un ánade silvestre o un escarabajo. Acogido por el divino Ra, llegaba a la región de los Campos de los Juncos y de los Campos de las Ofrendas, donde viviría una existencia semejante a la terrenal.

Para que el estado de la muerte no equivaliera a la desaparición total del ser, los egipcios imaginaban la existencia de tres principios vitales invisibles, instalados en lo más profundo del ser humano y que nunca se extinguían: el ba, el ka y el aj.

El ba era la posibilidad que se le daba al cuerpo de asumir distintas formas. En la escritura jeroglífica que decoraba las tumbas, aparecía en forma de un pájaro con cabeza humana que observaba el desarrollo de la vida, posado en un árbol. Los egiptólogos equiparaban el ba con nuestro concepto del alma, que infunde vida al cadáver. Daba al difunto plena libertad para salir de día y moverse sin impedimientos.

El ka era la energía vital del hombre y, en primer lugar, del faraón, que poseía más de un ka. Sólo Ra disponía de catorce. El ka permitía llevar una vida exactamente igual a la terrenal si se cumplía adecuadamente con los ritos del embalsamamiento. La tumba era la residencia del ka, al que había que presentar ofrendas alimenticias regularmente. El ka velaba por el faraón antes y después de la vida.

El aj expresaba la idea de la fuerza divina. Estaba representado en los jeroglíficos por un ibis. Este elemento invisible podía recorrer la distancia que separa el mundo del Más Allá del de los vivos para llegar a las estrellas.

Así, el cuerpo embalsamado seguiría viviendo en compañía de sus tres principios espirituales y del nombre del difunto. La envoltura física ya no podía volver a caminar sobre la tierra, pero debía conservar su integridad para que toda la personalidad pudiera actuar en el Más Allá. La tarea de los vivos era realizar adecuadamente el ritual funerario y procurar con cierta frecuencia asistencia y ofrendas al ka del difunto.

El embalsamamiento, arte que el dios Anubis enseñó a los hombres, era la respuesta práctica ante la inevitable corrupción del cadáver. De la victoria en esa lucha, pensaban los egipcios, dependía el orden cósmico. Sólo Anubis, dueño de los secretos del embalsamamiento y cuarto hijo de Ra, podía devolver la vida al difunto. A lo largo de las dinastías, explica Janot, se desarrollaron y mejoraron varios mecanismos para lograr la regeneración que, llevados a cabo exclusivamente por los sacerdotes-embalsamadores, garantizaban la inmortalidad.

En sus intervenciones a través de los sacerdotes, Anubis actuaba primero sobre la cabeza. Con un hierro curvo se extraía el cerebro por la nariz y se rellenaba el cráneo de alquitrán, semillas y aceite de cedro. A continuación, con una piedra cortante se practicaba una incisión en el costado y se sacaban los intestinos para purificarlos y lavarlos con vino de palma y sustancias aromáticas trituradas. Tras llenar el vientre de mirra pura, canela y otras especias, se cosía y se salaba al difunto, recubriéndolo de natrón, durante 70 días. Hecho esto, lavaban el cadáver, se cubría con ropajes, ungüentos y vendas de lino, y se introducía en el sarcófago y en la cámara funeraria. Anubis guiaba al difunto durante el peligroso camino que conducía a la beatitud, previo paso por la sala del juicio del alma. Al autorizar su tránsito, él mismo ejercía de severo y silencioso custodio, cuya presencia se documentaba en el Imperio Nuevo en el alféizar de las cámaras funerarias. En 1922, el hallazgo de estos símbolos intactos llevó al arqueólogo Howard Carter a comprender que se encontraba ante la entrada de una tumba real inviolada, la de Tutankamón.

En el tránsito seguro al Más Allá, tan importante como el embalsamado era el sarcófago. Considerado como «señor de vida», éste se concebía como una barrera contra la acción destructora de los elementos. El difunto, colocado en «su nueva casa», viviría rodeado de sus objetos familiares. De hecho, los textos del interior de los ataúdes, cuyo contenido mágico era básico en ese viaje que permitía la metamorfosis de un cadáver en un ser indestructible capaz de atravesar los siglos, incluían listas de objetos de la vida cotidiana. El muerto debía tener siempre a mano los utensilios y los escritos. Los jeroglíficos que adornaban el ataúd comenzaban a la altura de los ojos de la momia, con arreglo a un orden religioso, para que el faraón pudiera leer las fórmulas mágicas que lo salvarían de los peligros del mundo inferior.

Con los cambios del pensamiento religioso, en el segundo Imperio Medio, la caja rectangular inicial dejó paso a la antropomorfa. Las nuevas creencias exigían que la tapa del ataúd reprodujera el alma (ba), simbolizada por una cabeza humana con el cuerpo de un pájaro de colores. Así nació el sarcófago rishi, «cubierto de plumas», cuyo ejemplar más asombroso es el de la reina Amose-Nefertiti, de casi cuatro metros de longitud. La momia de aquella reina legendaria por su belleza aún figura entre las grandes cuentas pendientes de la egiptología. Además de ella, todavía quedan por encontrar los cuerpos de faraones como Ramsés VII, VIII, X o XI. Mientras tanto, momias repartidas por museos de medio mundo desfilan por el escáner aportando nuevas pistas al enigmático puzle del Antiguo Egipto.

9 de abril de 2011

Vasos canopos


Se entiende por Vasos Canopos un conjunto de recipientes que servían para contener y proteger algunas vísceras del cuerpo cuando se retiraban de éste y se momificaban aparte. El nombre de canopos lo reciben fruto de una confusión: fueron asociados a otro tipo de recipientes que contaban con tapas en forma de cabeza humana, halladas en la ciudad de Canopo, en el Delta del Nilo; unas y otras nada tenían que ver.

El primer contenedor con este uso es una caja dividida en cuatro compartimentos que perteneció a Hetepheres, madre del rey Keops. Más tarde, bajo el reinado de Micerinos se convirtió en cuatro vasos independientes con tapas cóncavas y en la primera mitad del Reino Nuevo estas tapas comenzaron a labrarse reproduciendo la imagen idealizada del difunto. El paso siguiente aconteció en la segunda mitad del Reino Nuevo, cuanto las tapas se convierten en las cabezas de: hombre, mono ,chacal y halcón.

Este grupo personificó a los cuatro hijos de Horus: Amset, Hapy, Duamutef y Kebehsenuf, los cuatro hijos de Horus que protegían: El hígado, Los pulmones, El estómago y El intestino.

Cada uno de estos vasos debía estar orientado mágicamente hacia un punto cardinal concreto y estar protegido por una diosa titular determinada.

La relación entre dioses, órganos, puntos cardinales y diosas quedaría del modo siguiente: nombre del Dios, cabeza del Dios, órgano que protegía, punto cardinal y Diosa que lo tutelaba.

Amset – Hombre – Hígado – Sur – Isis

Hapy – Mono – Pulmones – Norte – Neftis

Duamutef – Chacal – Estómago – Este – Neit

Kebehsenuf – Halcón – Intestino – Oeste – Selkis

La última variación de los vasos canopos se produjo en Época Saíta, momento en el que los vasos no sirvieron para guardar ninguna víscera, ya que eran macizos, sin embargo, continuaron teniendo el mismo sentido mágico/protector, siendo entonces cuando se hicieron de tamaño mayor. Por aquel entonces se colocaron vendadas y momificadas entre las piernas de la momia.

En Egipto se han hallado una gran cantidad de vasos canopos, pero éstos no sólo fueron para los humanos sino también para contener los órganos de algunos animales momificados, encarnaciones terrestres de la divinidad.

9 de marzo de 2011

La momificación


La palabra "momia" proviene del árabe mummiya, de mum o betún, sustancia resinosa que se empleó profusamente en la manipulación de cadáveres. Indudablemente, las momias aparecen en el Egipto de los faraones como claro reflejo de las creencias religiosas de la época. Para los antiguos egipcios, después de la muerte, el cuerpo (el jat) y el alma vuelven a reunirse en el otro mundo, el amenti, equivalente al paraíso de los cristianos. Y mientras el alma se enfrenta a duras pruebas, el cuerpo debe mantener un aspecto lo más vivo posible, para poder unirse después con el espíritu.

El alma era un concepto complejo concebido a través de tres principios básicos: lo inmortal o aj, la energía vital o Ka, y lo espiritual o ba. El aj representa la fuerza divina que se encarna en el hombre. Tras la muerte, lo inmortal abandona el cuerpo, para reunirse con los dioses. Por su parte, el Ka está compuesto de materia sutilísima y enrarecida. Este principio aparece simbolizado en las pequeñas estatuillas hechas a imagen del difunto, llamadas ushebti, que se colocaban en la capilla funeraria, con objeto de que asumieran los trabajos que los dioses pudieran ordenar al dueño de la tumba. El Ka continúa viviendo una existencia ficticia en el sarcófago y, si no cuenta con suficientes ofrendas y manjares, corre el peligro de fenecer. El tercer principio, el ba, representado iconográficamente por una cigüeña negra, es capaz de abandonar el cuerpo durante el día aunque, por temor a ser devorado por los espíritus malignos de la noche, siempre regresa al atardecer. El ba puede ser destruido por sus pecados y delitos, lo que imposibilitaría el reencuentro con el cuerpo.

Tanto el alma como el cuerpo deben permanecer intactos. Así, el destino de un alma sin cuerpo, y viceversa, es la muerte definitiva. Estas profundas convicciones del antiguo pueblo egipcio justificaban la práctica de la momificación. Ahora bien, ¿cómo aprendieron las técnicas de conservación sin conocimientos científicos previos sobre la putrefacción y descomposición de los tejidos?

Hoy sabemos que los primeros intentos de momificación se llevaron a cabo exclusivamente sobre miembros de la realeza. Según Heródoto (el historiador griego que visitó Egipto en el año 450 a.C., cuando una persona fallecía, las mujeres de la familia se embadurnaban la cabeza de barro, con las túnicas arremangadas y mostrando un seno, corrían por la ciudad propinándose golpes, tirándose de los pelos y desgarrándose las vestiduras. Iban acompañadas por algunos otros parientes y también por plañideras, mujeres pagadas para la ocasión que fingían gritos y sollozos. A continuación, el difunto era trasladado a pernefer, la casa de la momificación.

Heródoto nos cuenta que había tres clases de servicios: para los ricos, para los de media fortuna y para los pobres. Los sacerdotes mostraban a la familia unas maquetas de madera en las que se podía apreciar el resultado final. Convenido el precio y el modelo, comenzaba la labor de conservación, que duraba setenta días justos. Lo primero que se hacía con el cadáver, una vez desnudado y tendido sobre un tablón o una mesa de madera, era lavarlo y perfumarlo. Los embalsamadores sabían que los órganos internos son los primeros en corromperse, por lo que se retiraban inmediatamente. El cerebro se extraía mediante un garfio introducido por un orificio nasal (generalmente el izquierdo), por succión o inyectando una sustancia desconocida que licuaba la materia gris. Luego, con una afilada piedra etíope u obsidiana, el parasquita (sacerdote encargado de la parte quirúrgica) hacía una incisión en el flanco izquierdo del abdomen para sacar los órganos y vísceras: el estómago, los intestinos, el bazo, el hígado, la vejiga, los pulmones... Todo menos el corazón, que permanecía en su lugar, y los riñones, que, por razones desconocidas no se tocaban. Normalmente tampoco extraían sus ojos, pero debido a su elevado contenido de agua, se hundían en las órbitas, y como quiera que ello provocaba una expresión fantasmagórica, en ocasiones rellenaban la cavidad ocular con bolitas de lino, o bien sustituían los ojos por prótesis de vidrio, piedra o hueso.

Una vez eviscerado el cadáver, sacerdotes especializados (taricotas) lavaban con vino de palma y otros sustancias balsámicas el interior de la cavidad torácica y abdominal, operación que repetían con las vísceras. Es la fase del embalsamamiento. El siguiente paso consistía en sumergir durante varias semanas, tanto el cuerpo como las vísceras, en natrón, una sustancia rica en sal que obtenían de los lechos de lagos secos. El natrón ayuda a retirar todo el agua de la futura momia: sin el líquido vital, los procesos biológicos implicados en la putrefacción se interrumpen. Para acelerar el proceso de deshidratación y prevenir cualquier desfiguración del cuerpo, las cavidades vacías se rellenaban con materiales como piedras, aserrín, cebollas, vegetales secos y arena.

Las vísceras, después de saladas, se embadurnaban con resinas vegetales y se envolvían en telas para formar cuatro paquetes no mayores que un plátano, que se guardaban en otros tantos vasos canopes, unos recipientes herméticos con forma de ánfora fabricados generalmente de alabastro, piedra caliza o barro cocido. Cada vaso llevaba la imagen de uno de los cuatro hijos de Horus, genios funerarios con la misión de custodiar los distintos órganos: Amset, con cabeza humana, protegía el estómago y los intestinos; Duatmufed, con cabeza de chacal, los pulmones; Kebehsenuf, con cabeza de halcón, el hígado; y Hapi, con cabeza de mono, los órganos menores.

Al cuerpo, tras su paso por la bañera de natrón, se le extraía el material de relleno, que por cierto volverá a ser aprovechado de nuevo más tarde, pero esta vez metido en bolsitas de lino.

Antes de proceder al vendado, los sacerdotes untaban el cadáver con una mezcla de cera, natrón, aceite de cedro, comino, goma y, posiblemente, vino y leche, todo ello espolvoreando con especias conservantes. Además, para fortalecer la piel y evitar el enmohecimiento, aplicaban una capa de resina a todo el cuerpo.

El acto de vendar el cuerpo embalsamado era bastante complejo, dominado únicamente por los coaquitas, sacerdotes que además tenían el cometido de leer las fórmulas sagradas durante la momificación. Estos eran capaces de doblar las vendas de mil maneras diferentes, formando pliegues artísticos y adornos. Primero se envolvían las extremidades, luego la cabeza y finalmente el tronco.... Entre 500 y 700 metros de tela llevaba empaquetar una momia.

En los diferentes estratos de las vendas de lino se incluían asfaltos, resinas, aceites de varias clases, mieles, flores y hierbas. Además, entre vuelta y vuelta, se metía un sinnúmero de amuletos y talismanes. Como los famosos escarabeos (jepera, en antiguo egipcio), que eran representaciones escultóricas del escarabajo pelotero, símbolo de la vida eterna y atributo del dios Ptha.

Ahora comienza la fastuosa procesión fúnebre. El sarcófago se colocaba en un trineo para ser arrastrado hasta la orilla del Nilo en medio de un nutrido cortejo de sacerdotes, familiares y plañideras. Tras cruzar el río en unas barcazas funerarias, se llegaba al lugar del enterramiento. Allí, el sarcófago se ponía en posición vertical, momento en que el sacerdote hacía con un hacha la importantísima ceremonia de la Apertura de la boca, para que el difunto, según la tradición, recobrase las funciones del habla.

La ceremonia de entrada a la tumba incluía también el sacrificio de un animal y la lectura de textos sagrados. Después se barría todo bien y se procedía a degustar el banquete funerario. Por último, el sacerdote principal pronunciaba la solemne fórmula que coronaba tantos esfuerzos: "Vive otra vez, tú revivirás, tú has vuelto a ser joven otra vez, tú eres joven y así por toda la eternidad".

9 de febrero de 2011

Momias animales en el Egipto faraónico


Los antiguos egipcios se caracterizaron por momificar cuidadosamente bajo complejos tratados a aquellos personajes de gran importancia social, ya sean los poderosos faraones, como los altos funcionarios, familias y nobles; buscando la preparación de una nueva vida después de la muerte.

Pero esta suerte no sólo corría para los humanos, dado que también se solían momificar numerosos animales, en su mayoría felinos (considerados como una divinidad), entre otras especies. No todos ellos cumplían la misma función en el nuevo mundo post-mortum: algunos servían de alimento para saciar el hambre del difunto que acompañaran, otros eran animales de compañía o mascotas, los considerados encarnaciones de un dios egipcio o depositados como ofrendas.

Los animales de compañía, como gatos, monos y perros se emplazaban dentro de sarcófagos zoomorfos (siguiendo la morfología del animal), y en muchas ocasiones estos poseían un apartado funerario especial o figurando su nombre bajo el sillón pintado del propietario de la tumba. En cuanto a los animales que servían de alimento, se ubicaban dentro de cajas de madera o elementos de guardado en el caso de los más pequeños. Los de gran tamaño, por otro lado se encontraban por regla general momificados por zonas. Estas zonas eran las partes más selectas del animal, que servirían para alimentar al agasajado.

Por último cabe destacar la imagen del toro como animal divino. En este caso, no era cualquier toro el que se consideraba una divinidad. Se debía buscar en cada animal de su especie, veintinueve marcas de identidad en el cuerpo para demostrar que ese era el elegido por un dios para reencarnarse en la bestia. Durante la vida del toro elegido, se le rendía culto, mientras que a la hora de su muerte era embalsamado bajo estrictos rituales y luego era enterrado para recibir un culto funerario de carácter divino.

Tras este proceso, un nuevo toro era elegido, siempre y cuando cumpliera con aquellas características. Los más conocidos fueron el toro Apis y el toro Mnevis, cuyos rituales fueron los más conocidos en la historia del Antiguo Egipto.

9 de enero de 2011

Momias egipcias


El arte de la momificación alcanzó su apogeo en Egipto bajo el segundo imperio tebano, que fue cuando se produjeron las momias más perfectas, perdurando durante más de treinta siglos. En los tiempos predinásticos, los cadáveres se enterraban directamente bajo la arena, donde acababan momificándose de manera natural. Hay muchas evidencias que demuestran que el embalsamamiento tuvo un origen religioso, concebido como un medio de preparar al muerto para la vida después de la muerte. Los egipcios creían que era necesario que el cuerpo no se extinguiese, por entender que la presencia del alma estaba subordinada a la duración del organismo que la había animado. Herodoto, Diodoro de Sicilia y Estrabon han proporcionado abundantes datos sobre las costumbres que mantenían los egipcios con los muertos, en un intento vano de encontrar explicación a tan singulares creencias.

Según Herodoto (historiador griego) que visitó Egipto en el año 450 a.C-, el difunto era trasladado al pernefer, la casa de momificación. Los sacerdotes mostraban a la familia unas maquetas de madera en las que se podía apreciar el resultado final. Convenido el precio y el modelo, comenzaba la labor de conservación, que duraba setenta días justos. Tras este dato se ocultaban razones de carácter religioso. Los astrónomos egipcios descubrieron que Sirio -la estrella más luminosa del cielo- dejaba de lucir durante setenta días, al igual que la mayoría de las estrellas fijas. Se estableció entonces una conexión entre la desaparición temporal de la estrella y la muerte de Osiris: esta deidad, venerada también como dios de la fertilidad, moría todos los años, era embalsamada en el otro mundo y renacía cuando el rio Nilo se desbordaba y los campos volvían a ser productivos. Sirio era considerada parte del dios, porque aparecía en verano coincidiendo con los desbordamientos del rio. Y como el astro dejaba de brillar durante setenta días, dedujeron que la operación de embalsamar a Osiris duraba este tiempo, el mismo que debía aplicarse a los seres terrenales.

Lo primero que se hacía con el cadáver, una vez desnudado y tendido sobre un tablón o mesa de madera, era lavarlo y perfumarlo. Los embalsamadores sabían que los órganos internos son los primeros en corromperse, por lo que se retiraban inmediatamente. El cerebro se extraía mediante un grafio introducido por un orificio nasal -generalmente el izquierdo-, por succión o inyectando una sustancia desconocida que licuaba la materia gris. Luego, con una afilada piedra etíope u obsidiana, el parasquita -sacerdote encargado de la parte quirúrgica- hacía una incisión en el flanco izquierdo del abdomen para sacar los órganos y vísceras, menos el corazón y los riñones, que, por razones desconocidas, no se tocaban. Normalmente tampoco extraían los ojos, pero debido a su elevado contenido en agua, se hundían en las órbitas. En ocasiones rellenaban la cavidad ocular con bolitas de lino, o bien sustituían los ojos por prótesis de vidrio, piedra o hueso.

Una vez eviscerado el cadáver, los taricotas -sacerdotes especializados- lavaban con vino de palma y otras sustancias balsámicas el interior de la cavidad torácica y abdominal, operación que repetían con las vísceras. El siguiente paso consistía en sumergir durante varias semanas, tanto el cuerpo como las vísceras, en natrón -carbonato de soda cristalizado-, que obtenían de los lechos de los lagos secos. El natrón ayuda a retirar todo el agua del cadáver, por tanto, los procesos biológicos implicados en la putrefacción se interrumpen. Para acelerar este proceso de deshidratación y prevenir cualquier desfiguración del cuerpo, las cavidades vacías se rellenaban con materiales como piedras, aserrín, cebollas, vegetales secos y arena.

Las vísceras, después de saladas, se embadurnaban con resinas vegetales y se envolvían en telas para formar cuatro paquetes, que se guardaban en vasos canopes -recipientes herméticos con forma de ánfora fabricados generalmente de alabastro, piedra caliza o barro cocido-. Cada vaso llevaba la imagen de uno de los cuatro hijos de Horus, genios funerarios con la misión de proteger los distintos órganos. A partir de la XI dinastía (2061-1191 a.C), los vasos canopes desaparecen, y las vísceras vuelven a la cavidad abdominal, acompañadas de figurillas de cera representando a los cuatro hijos de Horus.

Al cuerpo, tras su paso por la bañera de natrón, se le extraía el material de relleno, que por cierto volverá a ser aprovechado más tarde, pero esta vez metido en bolsitas de lino. La incisión solía coserse burdamente en la mayoría de los casos. De forma más ocasional se colocaba una placa de oro o cera que parecía sellar la herida. Antes de proceder al vendado, los sacerdotes untaban el cadáver con una mezcla de cera, natrón, aceite de cedro, comino, goma y, posiblemente, vino y leche, todo ello espolvoreado con especias conservantes. Además de fortalecer la piel y evitar el enmohecimiento, aplicaban una capa de resina a todo el cuerpo.

El acto de vendar el cuerpo embalsamado era bastante complejo, hasta el punto que se consideraba un verdadero arte, dominado únicamente por los coaquitas -sacerdotes que además tenían el cometido de leer las fórmulas sagradas durante la momificación-. Estos eran capaces de doblar las vendas de mil maneras diferentes, formando artísticos plieges y adornos. Primero se envolvían las extremidades -incluso dedo por dedo-, luego la cabeza y finalmente el tronco. Entre 500 y 700 metros de tela llevaba empaquetar una momia. En los diferentes estratos de las vendas de lino se incluían asfaltos, resinas, aceites de varias clases, mieles, flores y hierbas.

La momificación descripta aquí se puede considerarla de lujo. En las más económicas, lo único que se hacía, a parte de sumergir el cuerpo en natrón, era inyectar por el ano aceite de trementina, sustancia que disolvía los intestinos y demás vísceras. Por lo demás, el cadáver ni se abría.

Los historiadores estiman que hacia el año 700 d.C., cuando esta costumbre había desaparecido, los egipcios habían embalsamado unos 730 millones de cuerpos. Aunque muchos se destruyeron o desintegraron a causa del calor tropical del norte de África, se han conservado gran cantidad de momias; los arqueólogos calculan que aún existen varios millones de momias conservadas en tumbas y lugares de enterramiento desconocidos.

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