Novedades editoriales

8 de octubre de 2011

Ushebtis: los que responden


Entre los objetos depositados en la tumba figuraban con profusión pequeñas estatuas llamadas Ushebti que se ha convenido en llamarle ‘'respondiente'', no sólo por el papel que debían desempeñar cerca del finado, sino también por venir del verbo ‘'usheb'', responder.

Estas pequeñas estatuas solían construirse de piedra caliza, alabastro, diorita, madera, porcelana y barro cocido recubierto por lo regular de esmalte ó barnices coloreados, siendo muy raro el número de las fabricadas en bronce.

Representaban ó figuraban criados y servidores que debían responder al llamamiento del difunto cuando éste lo necesitara en sus labores de la tierra ó para ayudarle en los trabajos que le mandase ejecutar Osiris.

Estas figuras llevaban el aspecto de las momias con los brazos cruzados sobre el pecho, con objetos de labranza.

El sentido de estos instrumentos se halla explicado en uno de los capítulos del ‘'libro de los muertos'', que representa labrando, sembrando y haciendo la recolección en los campos celestes; sobre la túnica, en caracteres jeroglíficos o hieráticos, se halla grabado el nombre del individuo, de quien era hijo y profesión, más el texto del capítulo VI ‘'del libro de los muertos'', pues eran considerados como testimonio de la aptitud de la persona, cumpliendo trabajos de la otra vida.

He aquí el texto :

‘'¡Oh ushebti¡ Si este Osiris N., es juzgado digno de llevar a cabo todos los trabajos que se ejecutan en la región divina inferior, todo principio de maldad desaparecerá en él, como un hombre dueño de sus facultades.Ahora bien, yo os digo: juzgadme digno cada día que aquí transcurre, de fertilizar los campos, inundar los riachuelos, de llevar la arena de levante á poniente''.

Estos objetos funerarios eran depositados por los parientes del difunto en los sepulcros sin orden alguno en el suelo ó alineados sobre las cubiertas de los sarcófagos ó en las capillas funerarias.

Muchos uban en cofrecillos de madera pintada con forma de sarcófago.Entre los numerosos ejemplares que de ellas tenemos, hay algunos de mérito que son verdaderas obras de arte, pero en cambio las hay groseramente fabricadas, de pasta azul, verde ó negra, de las que abundan muchísimos, y que supone ‘'Masperó'' provienen de una época en que fue general costumbre usar estatuas diminutas y mezquinas, y también debido á una industria que las fabricara con las inscripciones necesarias, dejando en claro el nombre para que lo llenara el comprador.

Los personajes ricos, nobles ó sacerdotes, las encargaban con el nombre y títulos del difunto.

8 de septiembre de 2011

Los Ushebtis de Tutankhamon


La tumba de Tutankamon, descubierta intacta por Howard Carter en 1922, supone una magnífica muestra de las creencias funerarias del Antiguo Egipto y sus objetos rituales, y nos permite conocer desde algunas de sus técnicas constructivas hasta pormenores de la  vida cotidiana.  Entre las montañas de piezas que acompañaban al faraón, se contaba este shabti de madera de casi medio metro de altura.

El shabti es un trabajador que, convenientemente invocado conforme al capítulo VI del Libro de los Muertos, sustituirá al fallecido al que acompaña en sus quehaceres postmortem. Es por ello habitual que este capítulo, de título muy explícito (Fórmula para que un respondedor -shabti- ejecute los trabajos para alguien en el Más Allá), aparezca escrito en el cuerpo de los shabtis, ya sea completo o en versión abreviada, como en este caso. Es muestra del carácter mágico que los egipcios dan a la escritura: la sola mención escrita de la función del shabti la perpetua.  
 
La existencia de shabtis contiene una de las habituales contradicciones que surgen al contrastar nuestros conocimientos del Antiguo Egipto, lamentablemente parciales e imcompletos . La religión egipcia promete una vida idílica e igualitaria despues de la muerte. Sin embargo, después de la muerte el egipcio aun debe trabajar, y solo podra zafarse de esta obligación si su poder adquisitivo en vida le permitió hacerse con una pequeña cuadrilla de sustitutos. La perspectiva de tener que trabajar después de muerto debió aterrar a Tutankamon, que se procuró una cuadrilla a prueba de contratiempos, de más de cuatrocientos sustitutos, entre los que esta pieza destaca por su calidad como una de las más valiosas, solo equiparable a un par de shabtis, como el catalogado por el Museo Egipcio de El  Cairo como JE60828, del mismo ajuar.

Tanto el ajuar de Tutankamon en general como este shabti en particular expresan perfectamente las ambiguedades de una sociedad inmersa en una restauración religiosa, una sociedad estática que acepta tímidamente leves contaminaciones. El padre de Tutankamon, el faraón Akenaton, había vuelto la espalda al panteón egipcio, en particular a su dios principal en el Nuevo Imperio, Amon, consagrando su fe tan solo al dios Aton, del que el faraón era portavoz único.

En consecuencia, había trasladado la capital desde Tebas, la ciudad de la que Amon era dios principal, a una nueva ciudad, Aketaton (Tell el-Amarna en árabe). Detrás de este aparente cambio religioso se oculta un verdadero tejido de intrigas políticas, puesto que este nuevo credo descalificó a toda la oligarquía religiosa, que ostentaba el poder fáctico en Egipto, despojándola de la fuente de su poder. A la muerte de Akenaton, y tras un par de regencias  poco claras, fue encumbrado como faraón su hijo, un joven Tutankaton, dominado por el clero tebano, que ve en él la posiblidad de retomar su perdida influencia.

Pronto, aconsejado por estos, abandona Aketaton, volviendo a Tebas, y cambia su nombre por el de Tutankamon. Los sacerdotes de Amón se apresuraron en restaurar el antiguo status quo, y hacer olvidar al difunto Akenaton, pero su efímera revolución religiosa no iba a ver borradas sus huellas.

El radical cambio de credo de Akenaton exigió una serie de modificaciones importantes en la plasmación del poder a través del arte. Tutelados por el propio monarca, los artistas de Aketaton tuvieron que ajustarse a un nuevo patrón descarnadamente realista, que deformaba las peculiaridades físicas del soberano (y, por ende, de la corte) de forma caricaturesca, exagerando las caderas, y los labios, alargando el mentón y el fino cuello, que se precipita al frente dejando una leve giba a su espalda, y, sobre todo, dando a la expresión un recogimiento místico que expresa el fervor religioso a través de la melancolía, de una cierta tristeza.

La contrarreforma del clero tebano a través de Tutankamon pretendió restaurar las convenciones artísticas anteriores al faraón hereje destruyendo su patrimonio artístico y, sobre todo, eliminando los rasgos estéticos más evidentes de las convenciones de representación. Pero la más íntima sensibilidad del arte amariense  pervivió inborrable, grabada en todo el resto del arte egipcio.

Esta dicotomía entre lo tradicional y lo innovador se hace patente en este shabti, retrato de Tutankamon donado por el general Minnakht para su ajuar funerario. Los rasgos más superficiales del arte amariense no se encuentran en él, salvo, si se quiere, una tímida giba,  que carece de interés dada la concepción frontal de la talla, habitual en la escultura egipcia, ya que solo se aprecia levemente en el perfil.

Su mentón, su nariz, sus grandes ojos,  sus labios, y sus sutiles mejillas, a pesar de ser rasgos retratísticos, construyen una fisionomía bella, armónica y equilibrada, completamente idealizada conforme a la geometrización de los rasgos faciales tan habitual en el realismo conceptual egipcio, que reduce la fisonomía no a un estudio naturalista que muestre las peculiaridades de un instante casual, sino a la exposición didática de los rasgos reducidos a su expresión más clara y objetiva, sin detenerse en detalles insignificantes.

Huyghe equipara esta concepción a la del arquitecto, que prefiere para trabajar las proyecciones en plano a la imagen casual de una fotografía. Así, los escultores egipcios lograron magistralmente aunar el retrato individualizado y reconocible con el distanciamiento frío propio de seres superiores que confiere la absoluta geometrización sintética.
 
Es también característica de la estatuaria egipcia su concepción compacta. Un siervo eterno no puede ser frágil y, por tanto, perecedero, así que su postura deja los mínimos puntos de debilidad posibles.

La momificación en que se representa el shabti favorece esta perdurabilidad, puesto que simular esta ceñida mortaja de lino implica que el cuerpo tome una acusada forma cilíndrica que se estrecha y ensancha a lo largo de la anatomía del faraón, pero que carece de aristas, entrantes o salientes. Aunque los brazos, cruzados sobre el pecho en gesto osiriano propio de una representación funeraria, destacan en esa columna que es la momia, se pegan al cuerpo y se renuncia a tallar las aristas que generaría su intersección con el pecho.

La muñecas, que debieran sea más finas, son demasiado anchas y los dedos más que tallarse se señalan con incisiones propias del relieve. Solo la cobra uraeus, símbolo del poder abrasador del sol que protege al faraón y pertenece a la iconografía del Bajo Egipto, destaca levemente en volumen, pero aparece en una flexión imposible aplastando su cabeza contra su cola para reducir la debilidad de la escultura en este punto y hacerla lo más compacta posible.

Se aprecia a la perfección en esta talla otro rasgo del sutil y efectivo arte egipcio. El faraón, a pesar de su poder y su rango sobrehumano, no es un ser amenazador, que infunda temor a sus comtempladores. No es siquiera severo o auntoritario. Es innecesario. Su calmada actitud es absolutamente condescendiente, altiva, conocedora de su clara superioridad.

Esta estática frialdad, tranquilidad  imperturbable, muestra que su posición superior es tan obvia como innecesario ostentar su poder de forma agresiva, y, además, muestra al faraón como holgadamente capaz de cumplir con su función en el mundo, la de mantener los ciclos naturales asegurando la prosperidad. Esta tendencia se hace especialmente patente en el Imperio Nuevo. La invasión de los hicsos había mermado el prestigio de la institución faraónica.

Un dios encarnado que pasa una parte de su existencia liderando a los hombres no puede ser vencido por un pueblo de simples mortales como los hicsos, para más inri nómadas de cultura muy pobre. El faraón tendrá que mostrarse en un escalafón intermedio entre la humanidad y los dioses, deberá asumir su faceta humana, que le convierte en cuestionable.

Por tanto, debe mostrarse siempre como merecedor de su rango y como líder ideal, garante de los ciclos naturales, lo que hace surgir el arte propagandístico e incrementa en el catálogo de representaciones del faraón la plasmación de su absoluta seguridad en sí mismo desde la sutilísima voluntad de expresión psicológica del Nuevo Imperio.

Estas convenciones de representación pasan al bagaje artístico egipcio, y se aplican también en piezas cuya finalidad no es la contemplación, como es el caso de ésta. Además, es una forma de que el general Minnakht se posicione ante los círculos influyentes como partidario de Tutankamon, muestra su sumisión al poder del faraón tratando de ganar prestigio.

La representación de Tutankamon como un joven, aunque se aplica prácticamente a todos los monarcas, mostrándolos perfectos, en su momento de mayor plenitud, no tendría por qué ser en este caso un rasgo de idealización que se separase del realismo descarnado amariense, puesto que el faraón contaba, en el momento de su muerte, unos dieciocho años. 
 
Su delicado acabado, de líneas suaves, refinado y de gran calidad, su carácter andrógino, y su lujo ostentoso, fruto de la influencia oriental, son muestras del retorno a las convenciones artísticas del Imperio Nuevo anteriores a Akenaton. La calidad de la madera está perfectamente extraída, con acabado muy fino. La habilidad del escultor se hace patente en el tratamiento de las formas esféricas del casco Kheperesh, corona de significado desconocido, tal vez bélico o sustituto del cuerpo momificado en caso de desaparición, perom en cualquier caso, de uso extendido en el Nuevo Imperio.

Muchos autores fechan el inicio de la tradición de ambigüedad sexual en el rostro a mediados de la dinastía XVIII, de la que Tutankamon es uno de los últimos representantes. Es también propia del Imperio Nuevo una ligera reducción de la musculatura. Tutankamon no es de complexión atlética, pero sus refinadas formas son las de un joven en plenitud de fuerzas. Su collar, un ancho usej, joya ritual que proporciona a la momia el poder de librarse de sus vendajes, es de pan de oro, metal divino, imperecedero, que condensa el brillo del sol. Es una clara ostentación de riqueza y lujo.

Lo mismo sucede con la cobra uraeun, la cinta que delimita el comienzo del casco, y el flagelo nejej, que, junto con el callado keka, forma parte de la iconografía faraónica (así como de múltiples representaciones del poder en diversas culturas), e identifíca al faraón como Osiris, señor del Más Allá. Además, como atributo tomado de la iconografía del pastor, lo muestra en la posición jerarquizada del conductor que protege y dirige, confiriéndole autoridad. 

Queda claro que la figura tiene multitud de rasgos que entroncan directamente con la tradición del Imperio Nuevo, Sin embargo, aunque sus restos fuesen destruidos, no desaparecío nunca la sensibilidad del arte amariense, que ha quedado sutilmente impregnada en el arte contrarreformador, enriqueciéndolo en matices. El cuello desafía la composición compacta de la escultura, que es levemente sacrificada en una ligera estilización.

Los cuellos anteriores al faraón Akenaton son compactos, anchos, incluso se acortan ligeramente para evitar la debilidad de la pieza. Aquí, sin embargo, se toma esta leve licencia. Las orejas tampoco son plenamente ortodoxas, puesto que no están sometidas de forma rígida a la geometrización. Son grandes y su forma recuerda a las de Amarna, más salientes en su parte alta y baja que en el centro, y con sus líneas curvas que enmarcan el rostro de forma cóncava contribuye a incrementar la sensación de verticalidad propia de los rostros amarienses.  
 
Posee, además, el más significativo legado de el-Amarna. La ya mencionada fría expresión de la seguridad altiva no lo es tanto. A pesar de su duro hieratismo, altivo distanciamiento del ser superior, permite un resquicio de delicada espiritualización en su expresión soñadora, de tímida melancolía mística que, apacible, dulce y reflexiva, deja traslucir una cierta tristeza. 
 
Es quizá lo que confiere a este shabti mayor valor, su sutil gesto, capaz de condensar, además de toda la fría, hierática teatralidad, digna de un personaje elevado, esa cálida humanidad de su delicado ensimismamiento, que le confiere el recogimiento místico propio de su papel como líder espiritual, aunque de manera mucho más sutil que a las esculturas de Akenaton. Esta delicada ensoñación en su fisionomía se logra gracias a la extraordinaria habilidad en la talla del cedro, material caro por ser  importado,  y por tanto lujoso a pesar de ser madera.

El acabado es muy fino, delicado, y, para compensar la ausencia de calidades en la talla de madera, se subrayan con pintura negra las líneas de expresión más significativas de la fisionomía, las pupilas y contorno de los grandes ojos blancos, las cejas y los labios, con sus marcadas comisuras, así como los orificios nasales, el kepresh y los orificios para pendientes en las orejas, de carácter ritual. Muy probablemente los pigmentos sean vegetales y estén disueltos en goma arábiga, como era lo más habitual en los negros del Antiguo Egipto, los colores de la muerte y la conservación eterna. El suave acabado muestra una talla detallista, que equilibra el rosto resaltando su expresividad pero sin alterar su aspecto de delicada calma.
 
Es, por tanto, una figura de iconografía y tipología preclaras, pero su magnífica calidad técnica y su ambigua expresividad, delicada y rica en matices e influencias, la convierten en una pieza excepcionalmente valiosa, muy representativa de la época de contrarreforma a que pertenece.

8 de agosto de 2011

Ushebtis


Ushebtis, término egipcio que significa "los que responden", son pequeñas estatuillas que, en el Antiguo Egipto, se depositaban en la tumba del difunto. Su cometido era servirle en la Duat. La mayoría estaban hechos de fayenza, madera o piedra, aunque los más valiosos estaban tallados en lapislázuli.

Su nombre varió a medida que la lengua egipcia fue evolucionando. Se denominaron shabtis durante el Imperio Medio, shauabtis en el Imperio Nuevo y ushebtis a partir del Periodo tardío de Egipto.

Los ejemplares más antiguos proceden de la tumba de Gua en Bersha.

Generalmente eran figuras momiformes, a imagen del difunto, portando una azada y, a veces, un saco a la espalda. En el Imperio Medio llevaban inscrito el ensalmo 472 de los Textos de los Sarcófagos; durante el Imperio Nuevo, en la parte delantera tenían escrito el capítulo VI del Libro de los Muertos que, recitándolo, les dotaba de vida y podían trabajar en lugar del difunto.

El número de ushebtis depositados en las tumbas varió según la época e importancia del personaje. Algunos enterramientos del Imperio Nuevo poseían 365 ushebtis, o más, correspondientes a cada día del año; se encontraron más de cuatrocientos en la tumba del faraón Tutanjamón (Tutankamon), en la de Sethy I más de setecientos, y en la de Taharqo más de un millar.

Los precedentes de estas estatuillas se encuentran en las primitivas prácticas de ejecuciones rituales. Durante la dinastía I, el faraón Dyer fue inhumado junto a su esposa, y en las inmediaciones se hallaron más de trescientos servidores. Al finalizar la dinastía II, los sacrificios rituales fueron reemplazados por simbólicas reproducciones grabadas en los muros de las tumbas, estatuillas de portadores de ofrendas y sirvientes representando diversos oficios. A partir del Imperio Medio se impone el empleo de ushebtis.

8 de julio de 2011

Los Ushebtis en el transcurso del Tiempo


Hay necrópolis egipcio-faraónicas en cuyas tumbas se han encontrado centenares de figuritas momiformes construidas con diversos materiales y denominadas «usabtis» y que son los objetos más importantes (junto con los escarabeos del corazón) del culto funerario del Egipto faraónico.

¿Qué significa esto? ¿Simplemente se trata de una «cuestión social»; es decir, un modo de distinguirse el rico y poderoso que se permite disponer de una legión de servidores en el «más allá», mientras el humilde y pobre no puede pagarse la confección de un usabti que trabaje y «responda» por él? Algo hay de eso.

De los conocimientos actuales sobre esta materia parece desprenderse que la función del usabti varió con el transcurso del tiempo a medida que variaron los conceptos religiosos y se fue complicando la teología faraónica. Al principio cabe que se tratara de una ofrenda votiva, una especie de «garantía» que asegurara la resurrección del difunto si nos guiamos por varios modelos que nos han llegado de la XII dinastía, en época de Amenenhet 111°, o incluso quizá antes, si la cronología fuese correcta y si fuese cierta la teoría de que el usabti perteneciente al escriba mayordomo «Dj3f» (Djaf), hijo de Mentuhotep, fue Mentuhotep 11° (2061/2010 a.C.) o Metuhotep 111° (2010/1918 a.C.) y que se conserva en el Museo de El Cairo, pudiendo entonces retrotraer la aparición de esa costumbre a la XI dinastía; es decir, al comienzo del Imperio Medio.

Más tarde, pero aún en el Imperio Medio, comienza a emplearse el uso del capítulo VI del Libro de los Muertos, empleando la frase genérica «para no trabajar en el otro mundo», con la que la función del usabti pasa, de ser un elemento garante de la resurrección del difunto, elevándole del mundo inferior a la contemplación de Ra, cuando asoma por el horizonte y sigue el camino del cielo hasta el ocaso, a ser un elemento neutralizador de la responsabilidad que tiene la momia, una vez «justificado» el difunto (es decir, superado el paso de la pesada del corazón o psicostasia sin encontrar en él iniquidad alguna) a trabajar en las tierras del otro mundo. De ahí que los usabtis más evolucionados, no los primeros, que carecen de extremidades superiores y manos que porten la azuela y el saco de grano, útiles imprescindibles para el trabajo en el campo, presentan estos útiles.

También es probable que ya en las últimas dinastías los usabtis se utilizaran más bien como una «vieja costumbre sentimental» de acompañamiento al difunto, pero sin una firme creencia y, sobre todo, definida respecto a su concreta función.

Respecto a la expresión usabti con que conocemos en la actualidad estas estatuillas, pudiera provenir del verbo egipcio «ws.b» (usheb = responder) y, con un origen más antiguo, «sh3w3b» (sha wab = madera) con la que eran fabricadas las primeras figuras funerarias esculpidas y colocadas en la tumba al objeto de «responder o contestar» en lugar del difunto, sustituyéndolo así, en los diversos trabajos agrícolas a que pudiese hacerse acreedor en la otra vida. A tal objeto, como ya hemos dicho más arriba, estas estatuillas portan en sus manos los instrumentos o útiles agrícolas necesarios; es decir, el azadilla, el cestillo o saco para transportar el grano, amén de otros útiles campesinos, incluido -como no- el látigo o bastón de los capataces cuando representaban a éstos.

Muchas de estas estatuillas son anepígrafas o, en todo caso, se encuentra simplemente grabado el nombre del difunto. En otros casos, y a partir de la época clásica, llevan grabado un texto mágico, consistente en una porción o síntesis del capítulo VI del Libro de los Muertos. Y, en virtud del encantamiento que porta, el usabti cobrará vida en el momento preciso de ser conminado a realizar el trabajo con el «otro mundo».

A lo largo del Imperio Medio la costumbre funeraria y religiosa fue colocar en la tumba un solo usabti por difunto o momia; es decir, un verdadero «doble» del «justificado». Más tarde se colocaron varios usabtis en la tumba lo cual, presumiblemente, indica que las ideas religiosas iban cambiando o evolucionando. Por último fueron muy numerosos los «servidores» que se colocaban junto al difunto y que, incluso, eran dirigidos por un capataz o «jefe de obreros», que se distingue en su función por tener grabado un látigo o un bastón.

Tal es el caso de los usabtis encontrados en la tumba de Tutankhamón, descubierta por H. Carter, bajo la economía del Lord Carnavon en 1922, en número de 417 y entre los que se encuentran los más bellos hallados jamás.

No hay más que decir que 14 de estos usabtis son de madera estucada y chapados en oro, llevando sobre su cabeza un peinado «nms» (nemes), un casco ceremonial azul o la peluca «3fnt» (afnet) Y llevando sobre la frente los emblemas reservados, al Horus «justificado», del buitre y la cobra. Signos del Norte y del Sur; es decir «las dos tierras».

Estos vigilantes o capataces (jefes de obreros) aparecen todos, fundamentalmente, bajo la XXI o XXII dinastías y desaparecen, para unos en la XXIII y para otros en la XXX, aunque hay quien afirma que dura esta costumbre hasta la época ptolemaica. De cualquier

modo la costumbre funeraria de la colocación de usabtis junto al féretro de la momia se ha constatado hasta la época ptolemaica.

De modo que, en su mayor parte, estas estatuillas representan trabajadores o servidores, también denominados «respondedores» (pues son quienes responden por el difunto de las obligaciones de éste, y lo sustituyen en las labores agrícolas que les puedan ser impuestas, conociéndose como ya se ha dicho, con el nombre de usabtis.

Dentro de los que portan leyendas, unos llevan nombres concretos de la momia y su oficio; sea el propio Horus (o Faraón), sean jefes de sol- dados, sacerdotes, primeros profetas de un determinado dios, nombres particulares, «señoras de la casa», etc.

Hasta la fecha hay clasificados, y debidamente estudiados, unos 2.000 usabtis, si bien es cierto que existen muchísimos más, a la espera de su clasificación museológica, sin contar con los que se encuentran en colecciones particulares (como, por ejemplo, la del autor).

Los primeros usabtis aparecen, como ya se ha dicho anteriormente, cerca del 1800 a.C., de tal suerte que puede decirse, a la luz de nuestros conocimientos actuales, que, efectivamente, los primeros usabtis elementales, momiformes y anepígrafos aparecen hacia la XII dinastía, y los egiptólogos los denominamos anepígrafos precisamente por carecer de la mínima inscripción jeroglífica.

Lo cierto es que la mayor parte de estos usabtis, que se encuentran en museos y colecciones particulares son de procedencia desconocida y tampoco, por su condición anepígrafa podemos conocer a su propietario, excepto de que se tratara de una tumba inviolada, y así ponerlo en relación con otros objetos identificables hallados en la misma.

En otros casos, y cuando disponen de inscripciones, estas pueden ser muy variadas tanto por sus caracteres escriturarios situación topográfica en la estatuilla como por su contenido. Tal es el caso del texto registrado por Petrie en 1912 y que cita Aubert y que es copia de estelas y estatuas contemporáneas, en un usabti de 13 cm. de altura, encontrado cerca de la pirámide de Hawara, construida por Amenemhat 1110 hacia 1800 a.C., y que dice:

«Ofrenda del horus a Osiris, Señor de "Djdw" (Busiris para que le conceda el servicio del pan y del vino al "k3" de la señora de la casa "Hnwt-Nfrt" (Genutnefret) justificada»

y otro de 24 cm. que tiene grabado el siguiente texto:

«Ofrenda del Horus a Osiris, Señor de "Rst3w" (es decir, la necrópolis donde se depositó la momia) para que conceda al jefe de la ciudad "Iwnfr" (Iunefer) elevarse del "Dw3t" (Duat, es decir el mundo inferior o mundo de los muertos), y contemplar a Ra, aquel que asoma por el horizonte».

Aunque no conocemos la fecha aproximada, Aubert se inclina por dar la de ese Horus, o poco después, dada la inscripción que describe la imagen de la resurrección y, por tanto, un concepto trascendente que no hubo en las primeras dinastías del Imperio Antiguo para la generalidad de los egipcios.

Otro tanto puede decirse del usabti de 11 cm. perteneciente al mayor- domo y escriba contable «Dj3f» (Djaf), un hijo de Mentuhotep y citado más arriba, que se encuentra en el Museo de El Cairo catalogado con el nº CG 47640.

O el usabti de piedra calcárea pintada de 24 cm. perteneciente al jefe de los guardias «Snbmw» (Seneb-mu) adosado a un pilar dorsal y sobre un zócalo rectangular, que también se encuentra en el Museo de El Cairo catalogado con el nº CG 48482, portando una inscripción vertical que dice:

«El bienaventurado cerca de Osiris, el jefe de los guardias, Snbmw».

Y en el zócalo, a 3 columnas, se lee:

«Ofrenda que hace el Horus al "abridor de caminos" (es decir, al dios perro de Asiut y de Abydos) el Señor de "T3djsr" (la necrópolis de Tadjeser), el dios grande, el Señor de Abydos, para que le conceda el servicio funerario y le de el agradable soplo de la vida».

De modo que, como puede verse, los usabtis epígrafos y sin contorno de extremidades superiores, pero con los más variados textos, son generalmente de piedra calcárea pintada, o de alabastro, algunos de diorita negra o de madera embetunada pero,

generalmente, todos ellos poco elaborados y, eso sí, con la concreta función de súplica resucitatoria. Eso explica lo innecesario de marcar sus extremidades superiores, ni sus manos. Su figura es exclusivamente osiríaca, elementalmente momiforme, porque su función es representar el «k3» del difunto y portar la esperanza en la resurrección, idea religiosa -como se ve- anterior a los griegos y modelo para la muy posterior religión cristiana que contiene un sinnúmero de préstamos puramente egipcios.

Vendrán, luego, en esta clasificación de urgencia, los usabtis más elaborados, con inscripciones todos ellos, con diversos ornamentos, con las manos esculpidas en relieve y el conjunto de la figura más bello y esbelto que los anepígrafos, habiendo sido todos los de las dinastías XII y XIII, descubiertos en el Alto Egipcio, proviniendo de la necrópolis de Abydos.

Así, por ejemplo, podemos describir el usabti de 22 cm. perteneciente a «Nn» (Nen) jefe de los tejedores, que se encuentra en Bruselas catalogado con el nº E-3384 y que, según la traducción de Yoyotte, dice:

«Bienaventurado cerca de Ptah-Sokar, el jefe de los tejedores Nn, justificado, junto a Sn3nkh (Senanj, su esposa) Señora bienaventurada».

Este usabti lleva el «3nkh» (anj) o signo de la vida, en la mano derecha y el cetro «w3s» (uas) como símbolo de prosperidad en la izq.

Y, por último, aquellos que podemos clasificar en un grupo por contener todos el capítulo VI del Libro de los Muertos donde, sintetizado, dice:

«... (se ponía el nombre del difunto)... dice: Este usabti de... realizará por su cuenta (o en sustitución de...) los

trabajos que se le ordenen (en el mundo inferior) como un hombre en su tarea para cultivar los campos, irrigar las riberas y transportar la arena del este hacia el Oeste. Así sea, diré».

La leyenda se grababa o pintaba (dependiendo del soporte sobre el que se escribiese) generalmente en la parte delantera del usabti y encerrada entre 7 y 9 líneas horizontales (lo más común) o a veces entre 5 y 10 (lo menos frecuente) en una o tres líneas verticales en el centro y a los lados del usabti y otras, a veces, con una línea vertical sobre el dorso de la figura.

Ejemplo de estos usabtis es el correspondiente al sacerdote, escriba de Ptah, «3khpt» (Ajpet), datado en el reinado del Horus «Wsm3r» (Usimare’) (Ramsés 11. 1290/1224 a.C.).

Concretamente en la XXI dinastía aparecen usabtis que yo denomino «distorsionantes» porque su actitud, lejos de ser osiriana, es viva, presentando su brazo derecho extendido a lo largo del cuerpo y el izquierdo cruzado sobre el pecho, cual es el caso del usabti de «P3dmn» (Padimen, padre divino de Amón) y de «Stmkhb» (Sefmejbe, sacerdotisa del templo), Y en contraposición al usabti del Horus Osorkon 11, en la XXII dinastía, que tiene, contrariamente, el brazo derecho recogido y el izquierdo extendido.

Pero no todos, ya que Montet descubrió en la necrópolis de Tanis y en la tumba de Psusenes 1, un sarcófago antropoide de plata, inviolado, conteniendo la momia del «Jefe de soldados, mayordomo del templo de "Khnsw" (Jonsu»>, «Wdjb3wndjd»

De modo que no puede darse, como regla general, que los usabtis tienen siempre una actitud osiriana; es decir, los brazos cruzados sobre el pecho, barba divina y peluca tripartita, a lo que habría de añadirse que, en contra de lo aparente, también parece que se hicieron usabtis anepígrafos en la época saíta, cual es el caso de estos tres de la XXVI dinastía (664/525).

La generalidad de los usabtis poseen una base cuadrangular sobre la que se apoya la figura, concluyendo el extremo podal de la misma de manera idéntica a los sarcófagos. Sin embargo conocemos uno del Museo Pincé donde perfectamente se aprecian los pies desnudos. Otro dato no menos importante es su actitud viva, lejos de la momiforme que presentan como característica todos los usabtis.

Conocemos el nombre de su dueño: «P3rmhb» (Paremgeb). La figura presenta una inscripción vertical entre los pliegues del delantal, como se aprecia en la fotografía (y cuya leyenda jeroglífica se muestra al pie) que, traducida, dice: «Todo esto que ha sido ofrecido a Osiris por Paremheb». De cintura para abajo, y alrededor de la figura, se encuentra grabado un extracto muy simplificado del capítulo VI del Libro de los Muertos, y que contrasta sorprendentemente con los detalles puntillistas de esta figura que perteneció a Turpín Crisé, quien la donó al museo en 1859, y que está catalogada como perteneciente a los comienzos de la XlX dinastía.

El autor de este trabajo conoce, además algunos usabtis con pies tallados, como el perteneciente al sacerdote «w3b» (Uab = puro) de Sekhmet, «Nkht» (Nejt) de piedra calcárea y que fue catalogado por Sotheby en diciembre de 1973 con el nº 37 (fig. 16) o los del Horus Osorkon II de la XXII dinastía o el Gran mayordomo de Khonsu jefe de soldados, «Wdjb3wjd» (Udjebaujed), o el desconocido «H3pw» (Gapu).

También se conocen algunos usabtis dobles y gigantes (el autor dispone de uno falsificado comprado en Aswan (Elefantina), Alto Egipto, en la 1.8 catarata) en el Louvre, Turín o El Cairo.

Algunos usabtis auténticos de la época ptolemaica presentan una factura exclusivamente griega y no deberíamos clasificarlos como tales, aunque son «servidores» de la momia ya que portan en sus manos un pequeño cofre.

En otras ocasiones rememoran la factura saítica, si bien en esa época ya no aparecen usabtis reales y sólo corresponden a altos o medianos cargos administrativos, sacerdotes o familias acomodadas. Estos usabtis, de loza vitrificada, salidos de los talleres del Bajo Egipto suelen disponer de un rostro helenizado y grabado en su cara frontal va un texto muy cursivo, en una columna limitada por dos líneas verticales, que comienza muy alta (desde la barba hasta el extremo podal) y cuya clasificación se hace difícil, aunque parecen ser datables a partir de la XXVI dinastía.

Cuando Belzoni y Breechy descubrieron la tumba de Seti I, en el Valle de los reyes, pudieron cerciorarse de que esparcidos en una cámara sin decorar y de 15 metros de longitud que se hallaba detrás de la cámara funeraria, se encontraban esparcidos por el suelo más de 800 usabtis de unos 30 cm. de altura, con los rasgos del Horus y grabada la siguiente admonición:

«Osiris, iluminador del Señor de las Dos Tierras, Men-Maatre el justificado, di: ¡Oh tú, usabti!, si el Osiris, hijo de Re, Seti el justificado, es llamado para hacer un trabajo en el mundo inferior como labrar los campos, regar las riberas o llevar la arena del este al oeste, para no traer calamidades cuando sea llamado, tú di: ¡Atiende, estoy aquí!»

Sabemos de las vicisitudes por las que han pasado muchas de estas estatuillas, algunas perdidas para siempre. Tal es el caso ocurrido en 1876, en que aparecieron en los mercados europeos de antigüedades muchos usabtis de Pinedjem 11.

El tráfico ilegal de objetos funerarios, entre ellos los usabtis, fue escandaloso durante el siglo XIX. Por citar uno de muchos ejemplos, sólo traeremos el de la escritora Amelia Edwars que en 1874 adquirió unos preciosos usabtis azules sacados de tumbas reales y que desconocemos a quien pertenecieron y cual fue su último destino conocido. O el que cita Romer: «Las señoritas Broncklehurst compraron la momia y el papiro por un precio escandaloso; y luego, al no poder soportar el olor de aquella, arrojaron al difunto al río (Nilo) antes de que terminara la semana».

Y otro tanto podemos decir de los usabtis de Amenhotep 11, aparecidos en 1881 en los mismos mercados, así como trozos de usabtis aparecidos rotos en los caminos que llevan a las tumbas del valle de los Reyes.

Por último destacar que en muchos de ellos, además de su dificultad de datación, entraña la sobreañadida de que no tenemos segura su autenticidad, o si, simplemente, se tratan de factura moderna, al aparecer en mercados de antigüedades. Algunos de estos, incluso se confeccionan en la actualidad para el turismo en el propio Egipto y su falsedad es palpable. Sin embargo hay ejemplares auténticos que tienden a confusión por presentar errores en algunos jeroglíficos, producidos por los artesanos que los construyeron y grabaron.

8 de junio de 2011

Shabtis


Uno de los elementos más característicos de los ajuares funerarios son las figurillas que representan a un personaje de pie, momificado, ataviado con útiles agrícolas y, en la mayoría de los casos, con una inscripción. Se conocen como "ushebtis", término que se populariza a partir del Tercer Período Intermedio hasta Época Baja, aunque el término más correcto sería "shabtis" ya que es el que se mantiene en constante uso desde Reino Medio hasta Época Tardía.

Los egipcios concebían el mundo del Más Allá como una réplica del mundo donde vivían, donde disfrutarían igualmente de la compañía de su familia y sus allegados, de las atenciones de sus sirvientes y de sus posesiones. La Otra Vida era, en definitiva, un reflejo de los mejores aspectos de sus vidas cotidianas.

Ya desde el Reino Antiguo se incluyeron en las tumbas dos elementos que constituyen los precedentes, al menos conceptuales, de las figurillas funerarias: por un lado, las estatuas Ka del difunto, depositarias de la fuerza vital que garantizaban la nueva vida, y, por otro, figuras de caliza que representaban al personal doméstico realizando algún tipo de trabajo.

En el Reino Medio, ante el fuerte impacto de las concepciones osirianas en las creencias mortuorias, el aspecto de las estatuas del difunto cambia haciéndose éste representar a imagen de Osiris, es decir, como un dios momificado. Por otro lado, los modelos individuales de los sirivientes pasan a formar parte de composiciones más complejas, generalmente en madera, que representan las actividades profesionales como panaderías, cervecerías, carnícerías, etc. Cuando estás maquetas desaparecen como elemento del ajuar funerario aparecen los primeros ejemplos de servidores funerarios. Es muy probable que las nuevas figuras incorporaran formalmente el aspecto de la estatua osiriana del difunto y la función desempeñada por los modelos del personal doméstico.

En el Reino Nuevo, el Más Allá se concebía como un espacio agrícola fértil (Libro de los Muertos 110), de abundantes cosechas (LM 109), que obviamente requería un importante esfuerzo físico para su mantenimiento. El difunto marchaba a este paraíso acompañado de sus servidores para que le suplantaran en el trabajo agrícola, y de ahí que uno de los elementos más importantes de su ajuar funerario sean figurillas momiformes, con los brazos cruzados sobre el pecho y ataviados con útiles agrícolas como azadas y picos, bolsas de grano y jarros de agua (LM 166 de Pleyte). En este período se producen tipos muy variados según las herramientas portadas y la forma de cargarlas.

A partir de la Dinastía XXI, el número de servidores aumenta considerablemente, incluyéndose una figurilla por día del año y una figurilla-capataz por cada diez trabajadores. El shabti capataz, cuya presencia se remonta a finales del Reino Nuevo, se distingue por su falda de frente pronunciado, por la fusta que apoya sobre el hombro mientras el otro brazo cae extendido junto al costado, y por su actitud de marcha. En la Dinastía XXVI se abandona la distinción entre shabtis "trabajadores" y "capataz", imponiéndose una forma estándar, momiforme, con larga barba trenzada, azada y piqueta en las manos y una bolsa pequeña para el grano sobre un hombro. La producción de las figurillas funerarias continuó hasta la Dinastía XXX.

Los shabtis estuvieron sujetos a una evolución tanto formal como conceptual, aunque los cambios no siempre resultan evidentes. Los elementos básicos que proporcionan información para datar los shabtis son el aspecto físico, el tipo de útiles portado y la inscripción. Este último elemento, ubicado en la parte inferior del cuerpo, delante o entorno a las piernas, es determinante, ya que marca la diferencia entre estos servidores funerarios y otras figuras momiformes. La inscripción es, a la vez, un conjuro para hacer uso del shabti y una especie de documento jurídico que vincula al shabti con su dueño, de ahí la importancia de detallar el nombre del difunto para que la razón de ser de la figurilla sea eficaz. El texto inscrito evolucionó con el tiempo, surgiendo fórmulas nuevas o variantes de otras más antiguas.

La fórmula del shabti aparece en Reino Medio, en el Conjuro 472 de los Textos de los Sarcófagos. En Reino Nuevo, este texto queda recogido como el Conjuro 6 del Libro de los Muertos, convirtiédose en la fórmula esencial que ha de acompañar a todo shabti para servir a los deseos de su propietario. De la fórmula estándar derivan versiones propias de determinados períodos (fórmulas de Amenhotep III; de Atón durante la Época de Amarna; y de Khaemmuaset hijo de Ramses II), así cómo textos independientes caracterizados por su brevedad y simpleza (fórmulas hetep di ny-swt de la Dinastía XVII; "Que sea iluminado el osiris N" durante el Reino Nuevo y Tercer Período Intermedio; "Palabras recitadas por el osiris N" de la Dinastía XIX).

El conjuro 6 del Libro de los Muertos dice así: "Recitación para hacer que un shabti realice los trabajos de N en el Otro Mundo (lit. necrópolis). Palabras recitadas por N. Él dice: Oh shabti, si el osiris N es destinado para cualquier trabajo que ha de ser realizado en el Más Allá, o una tarea desagradable (lit. obstáculo) le es impuesta allí, como un hombre en su deber, ‘¡aquí estoy!’, dirás. Si estás destinado a servir allí en cualquier momento, a cultivar los campos, a irrigar las riberas, a transportar arena de este a oeste y viceversa, ‘¡aquí estoy!’, dirás".

8 de mayo de 2011

Los Ushebtis: síntesis analítica de su origen, funcionalidad y evolución


Con las palabras egipcias ‘shabty’, ‘ushebty’ se denomina entre los egiptólogos a las figuritas funerarias, normalmente de apariencia momiforme, que son conocidas desde la segunda mitad del Imperio Medio (Dinastía XII, hacia el 1962-1787 a. de C.), y que fueron concebidas, dentro de las creencias y prácticas funerarias de los antiguos egipcios como elementos esenciales del ajuar funerario netamente diferenciados de las estatuas que representaban al difunto en actitud viviente, y de los modelos de explotaciones provistos con servidores que eran habitualmente depositados en las tumbas durante el Imperio Antiguo y la primera mitad del Imperio Medio.

El término más antiguo conocido para designar a estas estatuillas es Sabty ‘shabty’, cuya etimología es dudosa; se ha sugerido que esta voz derivaba de la palabra , S(A)w(A)b, , SAwAb ‘Persea’, árbol sagrado de los antiguos egipcios, con cuya madera, se decía, se elaboraban estas estatuillas en su más antigua versión que también reciben en los textos el nombre de SwAbty.

Desde el Imperio Nuevo se utilizó la palabra , SAwAbty, ‘shauabty’, posiblemente derivada de la anterior, en una expresión que significaría, en tal caso, algo semejante a ‘los de madera de persea’.

Será a partir de la dinastía XXI (hacia el 1.080 a. de C.), cuando se ponga en uso el término , wSbty, ‘ushebty’, derivado del verbo wSb, ‘responder’, cuyo significado es ‘el que responde’ y que es el comúnmente utilizado para referirse a estas pequeñas imágenes de aspecto momiforme.

Aunque, a lo largo de los siglos, se mantuvo en lo esencial el significado y el uso dado a estas estatuillas, según las distintas épocas o periodos se fueron matizando diferentes conceptuaciones a propósito de estos objetos funerarios.

Así, pasaron de ser simples ‘réplicas’ del difunto, durante el Imperio Medio, a ser siervos o esclavos del dueño de la tumba, durante el Imperio Nuevo y tiempos posteriores.

-Antecedentes de los Ushebtis.

-Epoca Tinita e Imperio Antiguo.

Es sabido que casi todos los reyes tinitas se hicieron enterrar habitualmente con sus servidores, los cuales eran, probablemente, sacrificados a la muerte de su soberano. Los monumentos funerarios de los monarcas tinitas existentes en Abidos y en Sakara, suelen mostrar, alrededor de la tumba real, una serie de cámaras sepulcrales subsidiarias, en principio destinadas a albergar en su interior los cuerpos de los servidores reales.

Durante el Imperio Antiguo se conservó esta costumbre en virtud de la cual los funcionarios más elevados de la corte real se hacían enterrar en los barrios de mastabas construidos a tales efectos alrededor de las pirámides.

Sabemos, además que en las cámaras sepulcrales de las tumbas de los nobles de las dinastías IV y V se solían depositar esculturas que les mostraban con el aspecto que, se supone, debieron tener durante su vida terrestre. Parece que, al final de la dinastía VI, durante el fin del Imperio Antiguo, las estatuas de madera conocidas como ‘estatuas del Ka’ sirvieron para realizar actos de culto funerario en favor del difunto, propósito que posteriormente, sería recogido en una invocación de ‘Los Textos de los Sarcófagos’ y que estaba destinada a ser hecha ‘sobre una imagen del propietario como él estaba sobre la tierra, hecha de madera de tamarisco o zízifus y colocada (en) la capilla del difunto’.

Se cree que estas estatuas representaban al dueño en su personalidad de tal, pero al mismo tiempo podían representar a una especie de sustituto suyo, igual a él pero no idéntico, que haría los trabajos precisos para conseguir la alimentación y la bebida en el Más Allá.

En las mastabas de las dinastías V y VI, el dueño de la tumba suele estar representado en los relieves de la capilla y en sus estatuas para el Ka. También se incluían en las tumbas

las imágenes de los criados, perfectamente identificados por sus nombres, que el señor había tenido a su servicio en vida.

Como es sabido, durante el Imperio Antiguo, la organización social estaba bajo el control de la administración real. Era el rey quien concedía a sus súbditos los privilegios de una tumba y quien garantizaba a través de su administración la aportación de alimentos que era imprescindible para la supervivencia del Ka del difunto en el más allá.

De este modo, cuando se produjo la crisis que hundió la organización real al final de la dinastía VI, hubo de pensarse en otra fórmula que pudiese garantizar el imprescindible aporte de alimentos para la subsistencia del difunto en su vida ultraterrena. Quizás fuera esta la razón por la cual se decidió construir maquetas y modelos de centros de explotación que mostraban a los servidores del difunto desempeñando diferentes actividades en lugares tales como las cocinas, las carnicerías o los telares de la casa de su amo.

Estas maquetas se solían depositar en el interior de la cámara del sarcófago, propiamente la tumba subterránea. Casi al mismo tiempo o algo después, durante el Primer Periodo Intermedio, en Heracleópolis surgió el uso de fabricar estatuas momiformes del fallecido, llamadas saH, Sahque representaban una especie de doble del cuerpo momificado; por tanto, no se trataba de un doble o un sustituto mágico de su dueño.

-La evolución de las creencias funerarias en el Imperio Medio como contexto del nacimiento de los Ushebtis.

Otra de las consecuencias de la crisis del poder real, al final del Imperio Antiguo, fue el gran auge que cobró el culto del dios Osiris frente al del dios solar Ra. La división del poder en estos momentos de la historia de Egipto entre estas dos divinidades resulta muy clara. El lugar del último Juicio y también el de la residencia del difunto, convertido en Ax, ‘espíritu (glorioso)’ en el sxt iArw ‘Campo de las Cañas’ antes una región solar, se transformaron en una zona de influencia osiriana, aunque se siguiera admitiendo que la vida en estos paraísos solo era posible por la gracia de Re.

Así pues, a través de esta evolución de las ideas funerarias surgió la concepción de ‘Los Campos de Iaru (o Ialu)’ como lugar del reino de Osiris, donde los espíritus luminosos o

Justificados gozarían de una dulce vida sin fin. No obstante, de conformidad con la tradición histórica, los difuntos no estarían libres de las obligaciones que les impondría su nuevo soberano, el dios Osiris, al igual que sobre la tierra debieron obedecer las órdenes del faraón.

En este lugar del mundo subterráneo, existía, conforme a los textos, una región llamada sxt Htpt ‘Campo de las Ofrendas’ y allí, el difunto debía trabajar en labores agrícolas y en la ejecución de trabajos hidraúlicos a requerimiento del rey de los muertos, el dios Osiris.

Para tratar de paliar estas servidumbres y auxiliar al difunto en estas penosas tareas se comenzaron a incluir en la compilación de los ‘Textos de los Sarcófagos’ fórmulas para que aquél pudiera eludir tales prestaciones personales por medio de sustitutos, imágenes de madera que serían su ‘alter ego’ en el más allá, a los que los textos llamaban Shabtys.

Como se dijo más arriba, la finalidad principal de estas estatuillas era la de sustituir a su dueño en los trabajos agrícolas que éste habría de realizar en el más allá a fin de poder producir comida. Al principio estas figuras tenían la función de actuar en tal caso como si se tratasen del propio difunto, o de sus dobles. Más tarde, con el desarrollo de las ideas funerarias, estas estatuillas se concibieron como servidores dotados de distinta personalidad de la de su dueño.

En cualquier caso parece claro que en este momento, los shabtys tenían la función de ‘responder’ en nombre de su amo cuando éste fuese requerido para realizar los trabajos en el mundo de los muertos.

Así pues, en un determinado punto de la evolución del pensamiento funerario en esta materia, se concibió que, por medio de estas figurillas, el propietario podría garantizarse que él mismo, su familia y sus servidores en la tierra, estarían exentos, por sustitución, de la prestación de los trabajos agrícolas y de irrigación que necesariamente habían de ser desempeñados en el reino de Osiris.

La llamada ‘fórmula shabti’ del Imperio Medio.

Las fórmulas que garantizaban este derecho, extraídas de los Textos de los Sarcófagos, parece que tenían cierto carácter de documento legal válido para preservar los beneficios adquiridos por el titular y sus familiares.

Su contenido habitual era, con algunas variantes, el siguiente:

"El Justificado N., dice:..... ¡Oh tú shabty, que has sido hecho para N, si N es llamado para sus tareas, o si un trabajo desagradable fuera impuesto a N como a (cualquier) hombre en su trabajo, dirás ‘aquí estoy yo’. Si N es llamado para vigilar a los que trabajan allí, volviendo sobre los nuevos campos para roturar la tierra, o para transportar en barco la arena del Este al Oeste, dirás ‘aquí estoy yo’. El Justificado N."

-Los Ushebtis durante el Imperio Nuevo.

En los inicios del Imperio Nuevo, y como en los tiempos de la dinastía XVII y del periodo Hicso, aún se hacían los llamados ‘shabtys-bastón’. Procedentes de Dra Abu el-Naga, eran figurillas funerarias hechas en un estilo muy tosco, en madera, y con inscripciones hieráticas en tinta con la fórmula Hetep-di-nesu, combinada en ocasiones con la invocación mencionada más arriba. Otra inscripción especial de este periodo es la llamada ‘fórmula saw’. Para tal momento estas piezas del ajuar funerario se habían convertido en algo ya normal y habitual, a diferencia de la época del Imperio Medio, en la que su presencia entre los objetos funerarios no era obligada ni mucho menos constante.

A partir de estos momentos, los shabtys se fueron perfeccionando paulatinamente llegando a constituir auténticos retratos del difunto.

A lo largo del Imperio Nuevo se producirá una evolución en la idea de los shabtys que llevará en sus postrimerías, a considerarlos como una especie de seres impersonales, integrantes de un ejército de esclavos por la magia, que deberán velar por la consecución de las Ofrendas funerarias para su señor, y ello, por medio de su incesante trabajo en el reino de Osiris, no solo en la tumba, sino también en otros lugares considerados sagrados.

El principal motivo para depositar estas estatuillas en escondites entre las arenas del desierto o en los santuarios, estaba relacionado con la necesidad de conseguir alimentos y provisiones en el más allá; se trataba de procurar influir en los lugares donde se suponía se podía tener fácil acceso a los Señores de la eternidad, quienes tomaban las decisiones en orden a proveer de lo necesario a los Kau de los difuntos Justificados.

Los principales lugares sagrados, residencia de los tribunales divinos durante el Imperio Nuevo, estaban localizados en Abidos, Busiris, Buto, Heliópolis, Letópolis y Ra-Setau.

Como prueba de estas prácticas se conocen ejemplares de shabtys del mismo difunto (p. ej. Ken-Amon, un alto oficial de Amen-Hotep II) enterrados en Guiza, en Abidos (junto a una estela funeraria de Hetep di Nesu) y en la Tumba tebana del difunto en cuestión.

El templo de Osiris en Abidos, lugar del mítico enterramiento de Osiris, es el área donde se han encontrado más escondites con shabtys. Allí se construyeron muchos cenotafios y,

desde el Imperio Medio se depositaron gran cantidad de estelas y estatuillas con la fórmula del shabty.

La llamada fórmula de Amen-Hotep III.

La razón por la cual los shabtys eran enterrados en el sagrado lugar de Peker, en Abidos, está explicada en una fórmula mágica tipo que llevaban inscrita estos objetos desde el Imperio Nuevo en adelante. Se la ha llamado la fórmula de Amen-Hotep III por estar recogida en los shauabtys de este rey de la dinastía XVIII, aunque la misma inscripción también se ha encontrado inserta sobre ejemplares pertenecientes a particulares.

Dice el texto:

(Fórmula para) hacer que este Shauabty trabaje para el bienaventurado, el Osiris Rey del Alto Egipto, Neb-Maat-Ra, en la necrópolis.

"¡Oh dioses que estáis al lado del Señor de la Eternidad, que estáis sentados a las órdenes de su voz, acordaos de mí pronunciando su nombre!.

¡Que podáis darle las ofrendas diarias de la tarde!.

¡Que podáis escuchar todas las peticiones en el país de Peker (Abidos) cuando Él (Osiris) celebre la fiesta Uag!.

¡Que sea posible la estancia allí para el Osiris-Rey Amen-Hotep Heka Uaset, Justo de Voz, para trabajar los campos, para llenar de agua los canales, para transportar la arena del Este al Oeste!..

¡Yo lo hago!, ¡Heme aquí!. Dirás tú (shauabty)."

"Pueda el Osiris-Rey Neb-Maat-Ra, Justo de Voz, ser recordado delante de Un-en-Nefer (Osiris), para recibir ofrendas en su presencia".

Durante este periodo del Imperio Nuevo se produjeron gran cantidad de shabtys que carecían de inscripción. No obstante, lo habitual es que estén cubiertos con algún tipo de texto. Entre las inscripciones más frecuentemente utilizadas figura un extracto del capítulo VI del ‘Libro de los Muertos’, también conocido como ‘el capítulo de los shabtys o ushebtys’.

Dice así:

Fórmula para que un ushebty ejecute los trabajos para alguien en el Más Allá.

Palabras dichas por el Osiris N.N.: "¡Oh ushebty de N. N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, (sabe) bien que la carga te será infligida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y

para transportar la arena de Oriente a Occidente". "Héme aquí (responderás tú figurilla)"; "Iré a donde me mandes, Osiris N. N. Justificado".

Inscripciones de Shabtis del periodo Amárnico.

Durante el periodo del Amarna las creencias osirianas se debilitaron enormemente, al menos en la ciudad de Ajet-Aton. No obstante, se continuó fabricando shabtys que básicamente llevaban el siguiente tipo de inscripción: ¡Que respires los dulces soplos del viento del norte que salen del cielo bajo la mano del Disco Viviente.! Vivificación por los rayos del Disco, salud del cuerpo renovada sin cesar, capacidad de salir de la tumba a la luz del día en compañía del Disco solar, y...aprovisionamiento del monumento funerario.

La llamada ‘fórmula de Ja-em-Uaset’.

Los shabtys hallados en la zona norte de Sakara, la necrópolis menfita, otro lugar sagrado relacionado con el mundo funerario y dedicado al culto solar y al dios Ptah-Sokar-Osiris, llevan una fórmula que fue usada por primera vez en los shabtys de Ja-em-Uaset, el hijo de Ramsés II.

En esta inscripción tipo se hace específica referencia a la sagrada región de rA-stAw, Ra-Setau, lugar que se identificaba con esa zona geográfica. Más concretamente se consideraba que la entrada del Serapeum, también era el acceso a la región subterránea y funeraria de Ra-Setau.

Dice así:

"¡Que tu visión pueda ser restaurada para que puedas ver el disco solar y adorar al sol en vida!. ¡"Que seas convocado en Ra-Setau y rodees la colina de Tcha-Mut!. ¡Que puedas atravesar el valle del Ra-setau superior y abras la caverna secreta!. ¡Que puedas tomar posesión de tu lugar en Ta-Dyeser (el país sagrado) como los miembros de la gran tripulación que están con Ra!."

-Otras inscripciones

Otras inscripciones son dedicatorias y se refieren a la donación del shabty o ushebty que ha hecho el rey a un particular, un particular al rey o un particular a otro.

Durante el Imperio Nuevo también se utilizaron los shabtys conforme a las prescripciones contenidas en el capitulo XXV del Libro de los Muertos para que ‘El difunto recuerde su nombre en el país de los dioses’. En estos casos el sacerdote funerario Sem consagraba algunas de estas estatuillas que tan solo llevaban inscripciones tales como : "El Osiris, N.N., Justificado". Otras fórmulas usuales empleadas fueron ‘la de la diosa Nut’, ‘las de ofrendas’ (parecidas a las de hetep di nesu), fórmulas ‘para ser enterrado donde se hacen las oraciones’, o fórmulas de ‘acompañar a alguien’. A este periodo pertenecen también los shabtys hechos para los toros sagrados Apis, dotados al principio con cabeza de toroque, paulatinamente, en épocas sucesivas, irán adoptando la cabeza humana. Su fórmula habitual solía ser la siguiente:

‘Resplandece, ¡Oh Osiris Apis!, dios grande, Señor de Ra-Setau.’

-Los Ushebtis durante el Tercer Periodo Intermedio y la Baja Época.

Como se dijo al principio, a partir del Imperio Nuevo, parece que la idea del ushebty despersonalizado, cobró fuerza. Así, conforme a ciertos autores, se puede hablar más de esclavos masculinos y femeninos que de sustitutos del difunto. En este periodo es frecuente llamar en los textos a los ushebtys, ‘servidores’ o Hemu

En tiempos del Imperio Medio, el difunto era provisto de una sola estatuilla, pero a partir del Imperio Nuevo, principalmente en los enterramientos reales, el número de ejemplares no hizo más que crecer, llegándose, a partir del Tercer Periodo Intermedio y en el caso de los ajuares de simples particulares, al número de 365 servidores (uno para cada día del

año), acompañados de 36 ‘Inspectores’, lo que hacía que un equipo de ushebtys alcanzara normalmente en esta época el número de 401 piezas. Más adelante se llegarían a depositar dos figurillas por jornada, una para el día y otra para la noche.

A finales de la dinastía XX y hasta el periodo saíta, (hacia 1.080-525 a. de C.) será frecuente, la figura del ‘Inspector’ o ‘Jefe de diez’, normalmente vestido de diario, como el dueño, y provisto de uno o dos látigos.

La preeminencia de Amón-Re, señor de los dioses, eclipsó en este periodo al propio Osiris en el mundo de los muertos. Prueba de tal situación la constituyen el descubrimiento de dos etiquetas de madera en cajas para ushebtys que aclaran que ‘ha sido el oráculo del dios de Karnak el que ha decretado que los ‘servidores’ trabajen por el difunto en el más allá’.

De otra parte, la religión funeraria había evolucionado en esta época de tal modo que el difunto se convertía en el mismo Osiris y era llamado Iakeby (el lamentador). Los ushebtys eran sus esclavos y trabajaban para él en los campos que le habían sido concedidos por el dios Amón-Re en propiedad en el más allá. Estos cambios tan radicales que convierten de hecho a Amón-Re en el dios omnipotente que también concede a los particulares su transformación en el mismo dios Osiris, precipitarían la decadencia y extinción del uso de estos objetos funerarios en época ptolemaica.

-Los útiles de los Ushebtis.

A partir de la época de Thutmosis IV, en el Imperio Nuevo, los ushebtys se acompañaban normalmente con azadas y cestillos, instrumentos con los que extraerían y transportarían la tierra en los Campos del Ialu, elaborados en miniatura, y hechos de bronce, madera o fayenza. Más tarde, se pintaron sobre la figura las azadas en sus manos y, en su espalda, un saco o cesto. En ocasiones también se representaban yugos con recipientes para acarrear agua, moldes para hacer ladrillos y diversos amuletos.

En la Baja Época los instrumentos de trabajo consistían en un pico, una azuela y el saco o cestillo; estos elementos eran normalmente moldeados o incisos sobre la estatuilla que estaba dotada con un pilar dorsal que permitía dar mayor estabilidad al ushebty, a la par que representaba al monolito Ben-Ben que, asumiendo la postura de la columna vertebral del difunto, ya un espíritu solar, permitiría a éste permanecer eternamente erecto.

-Los materiales.

Los materiales usados para fabricar los shabtys eran muy variados. Madera, barro, cera, piedra, bronce, fayenza, y pasta vítrea eran las materias más usuales. La fayenza fue el elemento generalmente más utilizado, sobre todo desde finales del Imperio Nuevo en adelante.

La fayenza consistía en una pasta cerámica hecha a base de un núcleo cuarzo granuloso o de arena, mezclado con un agente aglutinante alcalino como el natrón o la planta aS, Ash; al cocerse en los hornos la pasta así elaborada, el componente sódico de la mezcla se concentraba en la superficie, produciendo un hermoso vidriado.

Los colores se obtenían aplicando en la superficie pintura con pigmentos de cobre, hierro, manganeso o cobalto.

Desde este punto de vista de los materiales utilizados en la fabricación de los shabtys, los más pobres resultan ser los hechos de madera, especialmente los de la dinastía XVII y los elaborados con simple barro cocido en alfar, principalmente a partir del Tercer Periodo Intermedio. El caso de los ejemplares hechos con cera hace pensar más en algún motivo de específicas implicaciones mágicas (más allá de la propia naturaleza de los shabtys) que en un problema de carencia de materiales o debilidad económica del dueño.

-Conclusión.

A pesar de su aparente modestia en comparación con otros restos de la arqueología egipcia, los shabtys o ushebtys constituyen un importantísimo elemento dentro de aquélla para el estudio de la evolución religiosa, social, política y económica del antiguo Egipto.

Sus diferentes tipologías y el propio desarrollo de su significado y usos permiten, ya se ha visto, añadir decisivos datos a los contextos investigadores en la medida que aportan títulos, nombres y retratos de sus dueños, personajes de los que, en muchas ocasiones se desconocen los enterramientos. Son también excelentes evidencias de la evolución del pensamiento religioso en materia funeraria y, al mismo tiempo, expresión indiciaria de la situación social, jurídica y económica de Egipto (incluso de las distintas zonas del país), en momentos concretos de su historia.

La elaboración de un catálogo de estas figuras funerarias es una de las labores trascendentes de la egiptología. El conocimiento más exacto de cuanto a estos

elementos concierne constituye una importantísima herramienta de trabajo y, por tanto, una disciplina de obligado conocimiento para los especialistas.

8 de abril de 2011

Que son los Ushebtis?


Con el nombre de Ushebtis se conocen unas formas especiales de pequeñas estatuillas que a veces por centenares se colocaban en las tumbas. Su función era muy sencilla: una vez el difunto hubiese llegado al Más Allá, se encontraba con la obligatoriedad de seguir trabajando, por lo que cada vez que tuviese que llevar a cabo alguna función, (transportar arena, cavar acequias, irrigar campos cultivados, manejar el arado, segar...), pronunciaba un conjuro a través del cual la figurilla se convertía en un sirviente, y de esta forma era este ultimo quien ejecutaba la tarea asignada.

Por ello, la palabra Ushebti suele traducirse por “el que responde”, aunque también se cree que podría derivar de Shauabti, término que en una antigua lengua africana designaba a las víctimas funerarias, es decir, aquellas víctimas que en tiempos primitivos se sacrificaban en los funerales de jefes importantes, para que trabajasen para su amo en el otro mundo.

Aunque se han encontrado Ushebtis en casi todas las épocas, (desde la dinastía VI hasta la época de la dominación romana), sus formas y características han variado con el paso de los siglos. Así por ejemplo, si en un comienzo las figuras no llevaban ningún tipo de inscripción, a partir de la dinastía XII solía grabarse sobre su parte frontal el nombre y títulos de la persona a la que estuvieran destinada. De este modo el conjuro solo podría hacerlo efectivo aquel a quien representaba. 


Sin embargo, durante la dinastía XVIII y posteriores esta costumbre cambió, pasando a escribirse entonces el capítulo VI del “Libro de los Muertos”, el cual contiene precisamente la “Fórmula para que un Ushabti ejecute los trabajos para alguien en el Más Allá”, fórmula que textualmente dice lo siguiente: "¡Oh ushebti de N.! (aquí se ponía el nombre del difunto): si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, sabe bien que la carga te será infligida allí. Como se debe alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riveras y para transportar la arena de Oriente a Occidente". Ante ello, la figura tomaba la forma de una persona, respondiendo: "Heme aquí. Iré a donde me mandes, Osiris N. justificado".

Durante todo el reino egipcio la fabricación de Ushebtis fue una industria realmente floreciente, ya que se confeccionaron multitud de variedades en función del precio que cada cual podía pagar: desde los absolutamente sencillos y toscos, (fabricados masivamente por medio de moldes y de forma tan grosera que casi carecen de rasgos faciales), hasta los que se decoraban con ricos grabados policromos, (destacando aquellos en los que se intentaba en la medida de lo posible reproducir el parecido con el difunto a quien iban destinados).

Los materiales empleados fueron de lo mas dispar: alabastro, fayenza, basalto, arenisca, granito, diorita, pórfido, piedra caliza, cerámica esmaltada, barro cocido, madera, etc., siendo también muy variados sus tamaños, ya que se han encontrado desde figuras que tenían solo unos pocos centímetros de longitud, hasta otras de más de un metro, (como por ejemplo las halladas en la tumba del rey nubio Taharqa, que medía 1,21 mts. de alto, ejemplares en cualquier caso atípicos, ya que lo habitual era que tuvieran entre 15 y 25 cms.).

En cuanto a su forma general solían tener aspecto momiforme, llevando en muchos casos diversos útiles y herramientas en las manos, tales como azadas, picos, mazas, palancas, yugos, cestas, serones o vasijas para el agua. Algunos Ushebtis de madera hechos de manera específica para mujeres iban curiosamente adornados con pectorales dorados y brazaletes.

La disposición de los Ushebtis en las tumbas no era algo uniforme: en ocasiones, se ponían directamente sobre la momia; otras veces, se situaban al lado del ataúd o sarcófago del difunto; muchos estaban desparramados por el suelo, o se depositaban en un nicho especial excavado en una de las paredes de la cámara funeraria; y en el caso de altos funcionarios o de los mismos faraones, se introducían gran cantidad de ellos en unas arcas o cajas especiales, (llamadas capillas), las cuales tenían planta rectangular y tapadera abovedada, siendo ricamente decoradas entre otros elementos con falsas puertas por donde los Ushebtis pudieran entrar o salir mágicamente.

En ellas, los “sirvientes” se introducían por la parte superior, depositándolos de pié. En cualquiera de los casos, el número ideal de estos últimos era de 401, número resultante de sumar 360 + 36 + 5. (360 de los días que tenía el año egipcio: 12 meses de 30 días cada uno; 36 por los capataces, de los que había uno por cada 10 Ushabti anteriores; y 5 para los días Epagómenos. De esta forma, se aseguraba que el propietario de la tumba tendría al menos un “trabajador” para cada día del año).

Este número sin embargo no siempre se respetaba, pues por citar un ejemplo en la tumba de Tutanjamón se llegaron a encontrar más de 400, en la de Sethy I más de 700, y en la del citado Taharqa más de un millar.

En cuanto a los citados supervisores o capataces, destacar como detalle adicional que se les distingue porque en lugar de portar instrumentos agrícolas sobre su cuerpo, llevan en cambio algún atributo que refleje su autoridad, como un látigo o azote, además de ir cubiertos con una faldilla o delantal.

Los Ushebtis mas curiosos son aquellos que no solo se han colocado de una u otra forma en la tumba, sino que incluso, reposaban en su propio y particular pequeño sarcófago, y aun cuando a veces estos últimos se han encontrado desnudos yaciendo sobre cojines o fajas de lino, en otras ocasiones llegaron incluso a ser vendados como si de una momia se tratase.

8 de marzo de 2011

Ushebtis: trabajadores para la eternidad


El Museo del Louvre de París acogió en 2003 la exposición "Chauabtis. Des travailleurs pharaoniques pour l’éternité", la primera dedicada exclusivamente a estas singulares figurillas funerarias que reciben el nombre de shauabtis, shabtis o ushebtis, dependiendo del período histórico al que pertenezcan. No es una cuestión de capricho del egiptólogo sino que fueron los propios egipcios los que cambiaron la denominación de estas figuras a lo largo de su historia.

En este trabajo nos referiremos a estas estatuas funerarias como ushebtis, siguiendo así la terminología adoptada en el título de la exposición por el comisario de la misma Jean-Luc Bovot, uno de los máximos expertos en esta materia y actual director del proyecto BIS (Base Internacional de ushebtis), un ambicioso proyecto que pretende recoger en una base de datos todas las figurillas guardadas tanto en museos como en colecciones privadas del mundo.

El significado de la palabra ushebti es en esencia desconocido. Al parecer las dos primeras denominaciones están, ushebtis y shabtis, ligadas a la palabra egipcia “madera”, mientras que la última y más conocida de todas, ushebti, podría significar el “respondedor”, un sentido más ligado a la funcionalidad de esta estatuilla funeraria.

En esencia los ushebtis son unas figuras normalmente momiformes fabricadas en fayenza, cerámica, piedra o madera, entre otros materiales, que representaban a los sirvientes de la persona enterrada. Con ello se pretendía que el difunto no realizara ningún tipo de trabajo pesado cuando fuera admitido en los cultivos de Osiris y que fuera este sirviente el que realizara por él los trabajos manuales.

Al igual que sucedía con los escarabajos, en el antiguo Egipto los ushebtis se fabricaron por millones a partir del Imperio Medio (2033-1710 a. de C.), que es el momento en que aparecen estos sirvientes. Gracias a ellos, el difunto tenía cubiertas todas las necesidades en el reino de Osiris.

Trabajadores faraónicos

El Museo del Louvre cuenta con una de las mejores colecciones de ushebtis. Son más de 4.200 las piezas con que cuenta el museo parisino de las que apenas una pequeña parte está en la exposición permanente. En “Trabajadores faraónicos para la eternidad” solamente se han expuesto unos 800, entre los que hay que sumar también los provenientes de colecciones ajenas al Louvre como el Museo Británico de Londres, el Egipcio de Turín y el de Arqueología del Mediterráneo de Marsella.

La exposición se desarrolló en cuatro salas del ala Richelieu del Museo del Louvre en donde se presentaban catorce vitrinas con los objetos. Un espacio relativamente pequeño para estas figuras, algunas de ellas, de tamaño realmente diminuto.

La Sala 1 de la exposición recogía la evocación de un enterramiento egipcio al mismo tiempo que servía de excusa para presentarnos algunas de las líneas base de las creencias egipcias en el Más Allá. Según estas ideas generalizadas en el Egipto faraónico, el difunto debía de enterrarse rodeado de un mínimo de objetos destinados a ser empleados en su tránsito y vida eterna. Entre ellos hay que destacar el ataúd o el sarcófago. Su tipología variaba según el período y la región en donde fueran fabricados.

No tenían que faltar los llamados vasos canopos, cuatro recipientes en donde se depositaban las vísceras obtenidas de la momificación del difunto. Igualmente importante era el reposacabezas, un extraño artilugio curvado empleado por los habitantes del Valle del Nilo para descansar la cabeza. A toda esta parafernalia hay que añadir los papiros funerarios, especialmente el llamado Libro de los Muertos o Libro para salir al día, en el que se describen los pasos que debía de seguir el difunto para alcanzar con éxito su meta en el Más Allá.

Finalmente, en la tumba de cualquier persona que se preciara no tenían que faltar los ushebtis. Éstos solían colocarse en diferentes lugares de la tumba. Bien dentro del ataúd, a su lado, en el mismo suelo de la tumba o incluso en una caja especialmente hecha para ellos (sobre todo en el Imperio Nuevo, 1550-1069 a. de C.). En esta primera sala de la exposición podemos disfrutar de varios ejemplos magníficos de cajas de ushebtis, como la de Uabet, en cuyo lateral vemos a esta cantora de Amón adorando a Osiris.

No lejos de ella tenemos otra caja de ushebtis, la de Tchauenhuy, Superior de los Escribas del dominio de Amón, sobre cuya pared vemos la representación del pasaje CXXV del Libro de los Muertos y el pesaje del alma, gracias al cual el difunto conseguía una especie de título o apelativo denominado Justo de Voz, que aparece sobre casi todos los ushebtis. Ambos ejemplos reconstruyen en madera el aspecto de las capillas que los antiguos egipcios identificaban con el Bajo Egipto: una caja con tapa abombada, cuyos lados sobresalían en altura a esta tapa.

Con todos estos ingredientes el difunto podía hacer frente a ese viaje tan especial que le estaba esperando. Estos dispositivos formaban un conjunto gracias al cual los diferentes elementos que comprendían la esencia del ser del muerto, el espíritu Ka, el alma Ba y la iluminación del Akh, cobraban vida gracias a su presencia y a la magia.

Tipologías de los ushebtis

Contándose por millones los ejemplos que han llegado hasta nosotros de estas esculturas funerarias, no es de extrañar que su tipología sea, del mismo modo, desorbitadamente amplia. Dentro de cada período de la historia de Egipto podemos encontrar ushebtis más o menos afines a una serie de divisas concretas, detalles que permiten a los investigadores facilitar la cronología de estas piezas cuando la inscripción jeroglífica que los acompaña no resulta útil en este sentido.

A estas características está dedicada al completo la Sala 2 de la exposición. Los ushebtis reales, por ejemplo, se distinguen por una serie de detalles inconfundibles como son el uraeus, o cobra real, sobre la frente, el que lleve una o las dos coronas típicas de Egipto, la del Alto y la del Bajo Egipto, la peluca, el tocado de la cabeza, la barba postiza, etcétera; además, lógicamente, del propio texto que puede acompañar al shauabti. En este sentido, las vitrinas 4, 5, 6 y 7 de la exposición ofrecían un barrido amplísimo de las diferentes tipologías de ushebtis.

Quizás uno de los detalles más característicos son las vestiduras. Normalmente las figuras funerarias presentan el aspecto de una momia, la del dios Osiris identificada en cada caso con el difunto. No obstante, a partir del Imperio Nuevo y en especial tras el reinado de Amenofis III, es más común que estas estatuillas luzcan vestidos de la vida cotidiana. Así, los trajes plisados con el faldellín trapezoidal en el frente son muy comunes en ushebtis de finales de la XVIII y comienzos de la XIX dinastía (1550-1069 a. de C.). Esta costumbre irá desapareciendo poco a poco en la Época Baja (664-323 a. de C.) cuando las figuras funerarias vuelven a tener el aspecto momiforme de siempre.

Para la elaboración de estas piezas se utilizaron casi todos los materiales conocidos en la época y dentro de cada material, todos los tipos posibles. De la madera, por ejemplo, conocemos servidores funerarios de tamarindo, acacia, sicómoro o ébano. Lo mismo sucedía con la piedra. Hasta nosotros han llegado modelos en piedras duras como el granito, la grauvaca, dioritas u otras más fáciles de trabajar como la calcita o la caliza.

El empleo de la piedra desaparece en la dinastía XXV (780 a 715-656 a. de C.) dando paso de forma espectacular a la fayenza. La ventaja de este material cerámico es su amplísima variedad de color. Esencialmente, la fayenza es una pasta de arena, agua y sales de cobre que, una vez horneada, adquiere, gracias a esas sales, un color entre azul y verde dependiendo de la cantidad de cobre que se haya empleado en la mezcla. Por ejemplo, es muy conocido el llamado “azul egipcio”, un color característico en los ushebtis del Tercer Período Intermedio (dinastía XXI, 1069-945 a. de C.).

Las herramientas del trabajador

La vitrina 8 de la Sala 3 de la exposición “Trabajadores faraónicos para la eternidad” del

Museo del Louvre contenía un despliegue amplio de las diferentes herramientas que solía portar el shauabti para desarrollar los trabajos agrícolas en el Más Allá en lugar de su señor. Al contrario de los ejemplos reales, en los que la figura solamente lleva en cada mano los cetros de poder, el resto de ushebtis solía portar azadones para el cultivo de la tierra. Junto a esta herramienta algunos ejemplos estaban acompañados de una pequeña bolsa para las semillas, grabada sobre la espalda de la estatuilla funeraria.

La evolución y expansión de las tipologías generó la aparición en el Tercer Período Intermedio del reis o contramaestre, literalmente, el jefe de un grupo de ushebtis. Éstos se encargaban de controlar el trabajo de diez de sus compañeros, caracterizándose por llevar en su mano no un azadón sino un látigo como símbolo de jerarquía sobre el resto del personal.

Algunas figuras no reales portaban en las manos símbolos mágicos como el pilar djed de Osiris o el nudo tyet de la diosa Isis, elementos protectores de extraña interpretación, muy comunes en la tipología de amuletos en todos los períodos de la historia de Egipto.

A modo de curiosidad, en esta misma Sala 3 podemos encontrar algunas de las falsificaciones más curiosas realizadas de estas figuras funerarias. La egiptomanía hizo eclosionar hace un par de siglos su colección debido a la enorme cantidad de ejemplos de que se disponía en el mercado de antigüedades. No obstante, esa misma eclosión favoreció la aparición de falsificaciones que, como menciona el comisario de la exposición, Jean-Luc Bovot, generó una industria de la falsificación que no ha conocido freno, por lo que no es extraño encontrarse con algunos ejemplos en museos y anticuarios, ejemplos que todavía hoy siguen pasando por buenos a los ojos del especialista menos avezado en estas esculturas funerarias.

Un ejército para la eternidad

La última sala de la exposición, la número 4, hace un recorrido por el mundo de los ushebtis privados. A lo largo de los diferentes períodos de la historia de Egipto podemos encontrarnos con ejemplos realmente curiosos como los que se conservan en el propio Museo del Louvre, unos insólitos ushebtis con cabeza de buey Apis procedentes del Serapeum de Sakkara, fechados todos ellos en el Imperio Nuevo.

Sin embargo, una de las grandes atracciones de esta exposición, por su singularidad y espectacularidad, es el ejército de ushebtis reconstruido en la vitrina 10 de esta última sala. Tal motivo, que sirvió de póster para la propia exposición y que hemos empleado de apertura en la doble página inicial de este artículo, está compuesto por 438 figuras funerarias de entre 10 y 18 centímetros de altura, procedentes de dos tumbas de Baja Época, las de Neferibreemheb y Horemakhbit.
Contamos con un par de documentos del Tercer Período Intermedio en donde se hace referencia al número exacto de ushebtis que debían de ser depositados junto al difunto en la tumba.

En las tablillas de madera McDullum y Rogers, también expuestas en esta exhibición, podemos leer que los “esclavos” eran agrupados en cofradías lideradas por contramaestres que bajo el título de “Grande de Diez” estaban encargados de liderar a un grupo, precisamente, de diez ushebtis. Como había uno por cada día del año egipcio, 360, había pues 36 de estos contramaestres. Si a éstos les sumamos los cinco correspondientes a los cinco días epagomenales que conformaban la totalidad del año de 365 días de los egipcios, obtenemos la siguiente suma: 360 + 36 + 5 = 401 ushebtis.

En muy pocas ocasiones la arqueología ha conseguido confirmar en alguna tumba este número estandarizado de estatuillas funerarias. Cuando el inglés Howard Carter descubrió la tumba de Tutankhamón en 1922 en el Valle de los Reyes de Tebas, se topó con un ejército de 471 estatuillas funerarias de este tipo. Todas ellas estaban en el interior de varias cajas depositadas en diferentes salas de la tumba. Pero los casos más espectaculares son, por ejemplo, los de algunos faraones kushitas de la dinastía XXV como Sheskemanesken quien depositó en su pirámide nubia 1.277 de unos ushebtis enormes de piedra de más de 20 centímetros de altura.

A los ushebtis que aparecían en las propias tumbas de los interesados hay que añadir depósitos votivos de estas figuras dejados, por ejemplo, en Sakkara junto al Serapeum, como los conocidos de época ramésida de Khamwaset, uno de los hijos principales de Ramsés II de la dinastía XIX (1295-1186 a. de C.), de quien conservamos unos cincuenta, y Pazair, del mismo período, de quien se cuentan unas pocas decenas.

Los últimos ejemplos de ushebtis los encontramos en el siglo I de nuestra era, momento en el que, debido al cambio generalizado de las ideas funerarias en el país, su utilización ya no tenía una justificación clara.

Textos para el Más Allá

Los ushebtis, en ocasiones, iban cubiertos con textos religiosos, fórmulas mágicas que propiciaban el uso del difunto de estos siervos en el Más Allá. La más común de todas estas fórmulas es la que aparece en el pasaje número VI del conocido Libro de los Muertos. En ella podemos leer: “¡Oh, shauabti a mí designado! Si soy llamado o soy destinado a hacer cualquier trabajo que ha de ser hecho en el reino de los muertos, si ciertamente además se te ponen obstáculos como a un hombre en sus obligaciones, debes destacarte a ti mismo por mí en cada ocasión de arar los campos, de irrigar las orillas, o de transportar arena del este al oeste: ‘Aquí estoy’, habrás de decir”.

Esta fórmula mágica deriva a su vez del pasaje 472 de los Textos de los Sarcófagos, un poco anteriores en el tiempo a la aparición del Libro de los Muertos en el Imperio Nuevo.

Además de estos textos funerarios, los ushebtis también solían llevar el nombre del difunto, vinculado casi siempre con el dios Osiris. De esta forma, en muchos de ellos podemos leer la inscripción estandarizada Sejd Wsir N, es decir, “que brille (o resplandezca) el Osiris N (el nombre del difunto)” a lo que solía seguir bien el pasaje número seis del Libro de los Muertos descrito más arriba o la filiación del difunto aportando los nombres del padre o de la madre.

Los textos se colocaban a lo largo de las piernas de la figura en una o varias columnas. También es muy común encontrar el texto en líneas horizontales paralelas sobre el cuerpo del shauabti e incluso en el pilar dorsal sobre el que reposaba la figura. Tampoco es extraño encontrar, aunque son los casos menores, ushebtis totalmente anónimos sobre los que no se dejó ninguna inscripción alusiva a la identidad del difunto.

Ushebtis: reminiscencias de antiguos sacrificios

Los antiguos egipcios desarrollaron prácticas de autosacrificio en los albores de su época
histórica.

A unos 120 kilómetros al norte de Luxor se encuentra la región de Abydos. Allí, el arqueólogo E. Amileneau entre 1896 y 1902 excavó varias tumbas de la I dinastía (3100 a. de C.). Especial interés tenían 36 tumbas anexas a la tumba del faraón Horus Aha, en donde reposaban los restos de todos sus sirvientes. Los estudios realizados por el francés no dejaron dudas acerca de aquel macabro descubrimiento.

Habían sido sacrificados para acompañar a su señor en el Más Allá. Las estelas que acompañaban a las tumbas ofrecieron información sobre los desdichados sirvientes que allí reposaban. Había muchos enanos —de especial consideración por los antiguos egipcios para el servicio doméstico—, mujeres, e incluso algunos perros.

El sucesor de Horus Aha, el faraón Djer (3050 a. de C.) continuó con la misma tradición. Alrededor de su tumba de Abydos había 338 enterramientos subsidiarios con los cuerpos de otros tantos servidores sacrificados. La mayoría de ellos eran mujeres y junto a sus cuerpos se descubrieron estelas con los nombres grabados.

Esta práctica, que seguirá dando coletazos hasta finales de la I dinastía (2900 a. de C.), podría encauzar con otra tradición mucho más antigua descubierta por Flinders Petrie en la región de Hieracómpolis, a 65 kilómetros al sur de Luxor. El arqueólogo británico descubrió sobre el nivel que se correspondía con el 3500 a. de C. (Naqada II), varias necrópolis de notables. En una de ellas, el llamado “cementerio T”, Petrie dio con pruebas de que en esos sepulcros se habían dado ritos de canibalismo y desmembración de cuerpos.

No son pocas las tradiciones que perduraron a lo largo de la historia faraónica, las que recuerdan de alguna manera las antiguas usanzas de los sacrificios humanos. Precisamente, la presencia de los ushebtis puede estar relacionada con un sentido más humano de estas estatuas funerarias. Es muy probable que estos ushebtis sustituyeran a los sacrificios humanos estudiados en las primitivas tumbas de Abydos.

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