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19 de marzo de 2018

La CSI de las semillas de los faraones


Resolver los interrogantes que aún suscitan los gobernadores del sur de Egipto a partir de las semillas que se llevaron a la tumba hace 4.000 años. Una misión detectivesca entre sepulturas faraónicas a la que, microscopio en ristre, se dedica la carpóloga española Eva Montes.

"Lo que resulta más llamativo es el estado de las semillas. En España, para que se conserven, tienen que estar carbonizadas. Aquí, en cambio, se mantienen deshidratadas y aparecen en cantidades mayores", relata Montes a pie de tajo, en una de las tumbas de la colina de Qubbet el Hawa, una necrópolis de los reinos Antiguo y Medio donde encontraron el descanso eterno los altos cargos de Elefantina, la actual Asuán, a unos 900 kilómetros al sur de El Cairo.

"Las semillas nos llegan porque se han conservado en contextos cerrados donde la humedad y la temperatura se han mantenido constantes. Es lo mismo que sucede con las momias", arguye esta apasionada de la arqueo botánica, una disciplina recién llegada a los estudios que arrojan luz sobre el antiguo Egipto.

"Lo primero es ser conscientes de que estamos en un entorno funerario. Las semillas son ofrendas y están ahí porque alguien decidió que estuvieran. No se trata de un hallazgo fortuito ni casual. Son plantas útiles para acompañar al difunto en la otra vida", desgrana la experta, miembro de la expedición de la Universidad de Jaén que horada desde hace una década un cementerio inmenso encaramado en un cerro a orillas del Nilo.

Un tesoro natural oculto en el ajuar funerario que Montes escudriña guarecida del sol en la tumba QH33, a unos metros del pozo donde hace dos años la expedición desenterró una preciada colección de esencieros, pequeños recientes que se han convertido en un filón para la investigadora. "En su interior han aparecido semillas de enebro, cebada o espina de Cristo", detalla.

Y, también, el descubrimiento más sorprendente hasta la fecha: un racimo de uvas deshidratadas, almacenado en uno de los cuencos. "Parecían pasas pero al principio no lograba saber qué eran porque nunca había visto nada igual. Luego, identifiqué las pepitas. Incluso se conservaban los pedicelos que unen la uva al racimo. La uva es autóctona. Crecía silvestre en las riberas del río". El hallazgo proporciona una prueba del arrebato vinícola en la corte de los faraones. "El vino es una bebida reservada a las clases más altas. Es un elemento ritual, las consideradas lágrimas de Horus [dios celeste, iniciador de la civilización egipcia y símbolo de la zona fértil del valle del Nilo] y usado, además, en el lavado de los cuerpos durante el proceso de momificación", indica Montes mientras enseña algunas de las 200 muestras que componen su semillero rescatado de las profundidades.

En el Antiguo Egipto, a falta de un trago de vino, el resto de mortales debía conformarse con las virtudes de la cerveza. "No es una bebida alcohólica como tal sino, más bien, un producto alimenticio con muchísimos nutrientes. Hemos hallado trazas de cebada en algunos recipientes como si se trataran de los posos de una mezcla fermentada".

Una presencia perceptible al microscopio de la que la carpóloga levanta inventario junto a otras semillas comunes en el terruño, como las de la palmera dum -asociada a Tot, la deidad de la sabiduría; con propiedades medicinales y empleada como elemento protector del difunto- o la espina de Cristo. "En realidad, a la espina los jeroglíficos la denominan azufaifo, que se sigue consumiendo como snack y que tiene propiedades medicinales, como insulina o contra la picadura de serpientes". Un fruto tan corriente como el acumulado en grandes recipientes de cerámica, la Balanites aegyptiaca (dátil del desierto). "Crece en condiciones muy secas y es siempre un buen salvavidas para las épocas en las que hay carestía de cosecha", explica Montes, asociada al Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica.

Su búsqueda de pesquisas, aún en curso, se alimenta del basurero de un monasterio que siglos después se edificó en la cima de la colina y sepultó un rincón de la necrópolis faraónica. "La arqueología de la basura resulta muy interesante. Todos los restos de comidas iban a parar ahí. Han aparecido muchos restos de frutas". Su tarea dibuja la flora que habitaba el sur del país, más allá de los límites del cementerio. "El ambiente debía ser muy similar al actual aunque hay que tener cuidado porque la construcción de presas puede originar la pérdida de alguna vegetación", subraya quien batalla contra los "enemigos" de las plantas invasoras, los restos que dejaron los ladrones de tumbas o expediciones anteriores, los turistas que visitan el yacimiento en plena ingesta de comida y los animales y sus madrigueras. "La Egiptología ha dedicado muchos estudios a los grandes hallazgos de piezas pero no ha prestado a la alimentación y la arqueobotánica la atención que merecen. A partir de las plantas podemos averiguar, además, las vías de comunicación de las que procedían los productos".

No sólo de simientes se nutre la investigación de Montes. También persigue las huellas de las plantas manufacturadas como el lino, el junco, la palmera o la caña que conquistaron la eternidad junto a los finados faraónicos. "Buscamos cuerdas y fragmentos de cestos. Nos interesa la tecnología, cómo se hicieron y trenzaron", desliza. Cordeles y cestería que milagrosamente emergen de las arenas que ausculta una bien avenida cuadrilla de arqueólogos, restauradores o antropólogos, entre un sinfín de disciplinas, durante una campaña que comenzó el pasado enero y concluye esta semana. "Éste es un trabajo multidisciplinar. Aquí de lo que se trata es de que cada uno ponga su pieza para que todo encaje. Al final son las aportaciones de todos las que nos proporcionan la conclusión", narra la detective de semillas.

Artículo: Francisco Carrión.

Revista Egiptología 2.0


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