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3 de abril de 2017

Tras las huellas de los guardianes del sur de Egipto


Escarbar entre legajos, recuerdos y sepulturas en busca de una retahíla de antepasados puede ser una aventura conmovedora, perturbadora o terriblemente estéril. Si el propósito es tejer el mapa de una familia ajena, que habitó hace 4.000 la tierra ardiente del sur de Egipto, resulta una misión aún más intrincada.

Una tarea de tintes novelescos a la que se dedica desde hace cerca de una década la expedición española que excava las entrañas de la colina de Qubbet el Hawa, una necrópolis de los reinos Antiguo y Medio donde hallaron el descanso eterno los gobernadores de Elefantina. Las pesquisas que tratan de desenmarañar el árbol genealógico se centran en la estirpe que administró la provincia durante la dinastía XII (1939-1760 a. C.) y que inició un vecino llamado Sarenput I.

"A esta familia la conozco casi mejor que a la mía", bromea Alejandro Jiménez, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Jaén y director de uno de los proyectos con más solera de la Egiptología española. Es primera hora de la mañana -el reloj marca las 7.30 horas- y las cuadrillas de obreros, supervisadas por los miembros de la misión, escudriñan todos los rincones del paisaje. El cementerio que agujerea la árida montaña se halla a orillas del Nilo, frente al entramado urbano de Asuán, a unos 900 kilómetros al sur de El Cairo.

Uno de los frentes más cotizados de la excavación, el que ha arrojado el gran descubrimiento de esta campaña, se sitúa en la tumba QH34bb, una oquedad de dos metros y medio de profundidad a la que se accede por una escalera de madera. Al final del pozo, en una de sus paredes, se abre un nicho estrecho, con las proporciones justas para albergar un cuerpo. "En realidad, son dos ataúdes. El exterior está destrozado por las termitas y el interior se encuentra en buen estado. Por primera vez hemos hallado un enterramiento intacto", explica Jiménez mientras la linterna va desvelando los restos del tesoro.

Sepultado bajo una capa de polvo y arena, el ajuar se camufla en los costados de la momia, envuelta en un cartonaje policromado en el que se distinguen máscara y collares. "Es un lujo. Hace 80 años que no se encuentra nada así. Eso que ves allí son maquetas de barcos y de escenas cotidianas. Es una práctica que va desapareciendo gradualmente en Egipto y que tenía un significado religioso en el tránsito hacia el más allá y de representación del funeral", comenta el experto, entusiasmado con la entrada en escena de un personaje hasta ahora desconocido. "Es el hermano de Sarenput II. Lo supimos por los jeroglíficos del ataúd. Al leerlos, nos dimos cuenta de que venían tres nombres: Shemai, seguido por los de su madre Satethotep y su padre Jema".

Dar con un nuevo pariente de la familia gobernante fue toda una sorpresa. "Cuando supimos que teníamos al hermano se me pusieron los pelos de punta y me emocioné. Llevas mucho tiempo detrás de esta familia, buscando paralelos, y de pronto te encuentras que tienes ante ti a un difunto que te va a proporcionar más información de la que no quedaba constancia", admite la egiptóloga Luisa García mientras dirige su excavación en las inmediaciones de la imponente tumba de Sarenput I.

Entre los misterios que aún guarda el finado, figura su función en los pasillos de Elefantina. "No sabemos a qué se dedicaban los segundones de la familia. Quizás era miembro del ejército o sacerdote", barrunta Jiménez. La hendidura desvelará sus secretos la próxima campaña. "La hemos cerrado y protegido con arena. Queremos hacer las cosas con tranquilidad", deja caer el mudir (director, en árabe).

"Tenemos a dos generaciones de la familia, entre padres, hijos y primos, y cinco ataúdes de cedro llegado del Líbano. Vamos a estudiarlos y a obtener una cronología mucho más detallada de medio siglo", arguye el artífice de un proyecto coral que desempolva la memoria de un clan plagado de interrogantes en un emplazamiento estratégico durante el Egipto de los faraones.El misterioso personaje que concita la atención va deshilvanando el embrollo. Con su cadáver son ya 14 los representantes de la estirpe que han surgido de las arenas. El año pasado fue desenterrada Sattjeni, madre de dos de los gobernantes de la región durante el reinado de Amenemhat III.

El patriarca de la saga, Sarenput I, alcanzó inesperadamente el puesto de gobernador. Carecía de vínculos de sangre con quienes le precedieron. "Pertenecía a una familia poderosa que perdió el poder durante la guerra civil. Fue Sesostris I quien rescató a Sarenput", expone Jiménez.

A las órdenes del rey, el noble cumplió un papel central en la organización y logística de la conquista de Nubia. "Éste era un punto clave. Son las puertas del sur de Egipto hacia el África más profunda, el lugar de encuentro de Egipto y la baja Nubia", subraya García, que prepara una tesis doctoral sobre el precursor de una prole mestiza -nubio y saidi, oriundo del Alto Egipto- que gobernó la provincia durante 120 años. Una época de cierto esplendor que quedó registrada en los planos de sus enterramientos, esculpidos en piedra.

"Están muy bien conservados. Tienen medidas exactas que se repiten. Es como si tuvieran un sello propio", apunta el arquitecto Juan Antonio Martínez mientras registra la cámara funeraria de la tumba de Sarenput II.

En la sepultura contigua, José Alba -pertrechado de mascarilla- horada un plano similar que ya excavó una expedición alemana y que debería corresponder al padre de Sarenput II y Shemai. "Lo que más impresiona es lo que dicen los huesos. Son gente de una élite local que, a pesar de su estatus, sufrían anemias o desvíos de columna y su esperanza de vida no superaba los 40 años".

El arquitecto Sergio Alarcón, en cambio, trata de adentrarse en la mente de sus colegas de gremio que, varios milenios atrás, diseñaron las oquedades. "Sorprende la capacidad que tenían de construir. Aquí, a diferencia de otros enclaves de Egipto como Luxor, trabajamos en tumbas intactas. Es todo mucho más virgen y resulta enigmático estudiar el proceso constructivo e interpretar la arquitectura".

A media mañana el sol aprieta sobre la ladera de Qubbet el Hawa, un laberinto de hipogeos que no sortearon la furia de los cazatesoros. "Tenemos ejemplos de saqueos brutales", reconoce Yolanda de la Torre.

Su detectivesca investigación pasa por levantar acta del expolio, los enterramientos múltiples y las reutilizaciones que conoció la QH33, la tumba que inauguró el proyecto y en la que hasta la fecha se han desenterrado, mezcladas y desperdigadas por su geografía, más de 200 osamentas. "De momento, hemos identificado dos usos posteriores, como enterramiento de un escriba de la provincia y del supervisor de los marineros".

A unos metros, la restauradora Teresa López-Obregón se aplica en calmar los achaques de un cartonaje hallado la pasada campaña. Sobre la mesa, las orejas y la barbilla esperan su turno para regresar al rostro. "Está muy frágil. Rellenamos los huecos con yeso y tratamos de consolidarlo", detalla.

En las inmediaciones de la QH33, las universitarias Isabel Puerto y María Naranjo dibujan las piezas rescatadas -vasijas, escarabajos o shabtis (estatuillas funerarias)- mientras el arqueozoólogo belga Wim Van Neer identifica caracoles de tierra, moluscos del mar Rojo o huesos de vacas o gacelas. Retazos, todos, de un rompecabezas familiar en construcción.

Artículo: Francisco Carrión.

Revista Egiptología 2.0


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