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10 de julio de 2016

Las nuevas tecnologías desafían los milenarios secretos del Antiguo Egipto


El mundo parece cada vez más pequeño. Desde el salón de casa se puede comprar un billete que lleve a prácticamente a cualquier rincón del planeta. Ya no quedan parajes vírgenes por descubrir. El ser humano ha plantado su huella en la cumbre más alta del Himalaya y se ha adentrado en las fosas más profundas del mar. «Mucha gente cree que hemos respondido ya a todas las preguntas, que todos los misterios han sido resueltos. Y no es así. Solo hemos arañado la superficie», afirma Terry D. García, científico y director del equipo de National Geographic que recientemente se ha adentrado en la tumba del legendario faraón Tutankamón.

El grupo que dirige García intenta comprobar la teoría de que existen unas cámaras ocultas tras las paredes del sepulcro más famoso de la egiptología. Y aunque la idea partió de las pistas ofrecidas «por la ruta arqueológica», será la ciencia quien, finalmente, demuestre (o no) la hipótesis.

«La tecnología nos está permitiendo, metafórica y literalmente, “ver a través de las paredes”. Nos da la llave para abrir puertas que hasta ahora no podíamos sortear», explica el científico a ABC, mientras se refugia a la sombra que ofrece la tumba en medio del desértico Valle de los Reyes, en Luxor. Hasta ahora, las paredes de la tumba han sido objeto de al menos tres escáneres: uno sencillo de infrarrojos, uno de radar preliminar y las más de 40 pasadas a cinco niveles del más avanzado escáner de National Geographic, con antenas de 400 MHZ y 900 MHZ. Antes de confirmar o refutar la existencia de cámaras o pasillos ocultos, Egipto escaneará de nuevo la montaña, esta vez de forma vertical.

Escáneres CTA para reconstruir el rostro de las momias, radares de gran penetración subterránea, termografías infrarrojas para detectar huecos más frescos, escáneres de luz blanca para reconstruir nanométricamente los relieves más allá de las pinturas rituales, reconstrucción en 3D, imágenes por satélite, partículas elementales como los muones, cadenas de ADN para rastrear el árbol genealógico de los faraones… Todo ello conforma un campo en el que las cada vez más precisas imágenes por satélite pueden descubrir antiguos asentamientos, así como yacimientos ocultos bajo el terreno, «de una manera no invasiva, remota y que puede ser recogida de manera segura», explica Robert Corrie, del departamento de Arqueología en la Universidad de Oxford.

En un reciente estudio, Corrie señala «las oportunidades» que el «espectro electromagnético» ofrece en comunión con las imágenes por satélite. «Nuestros ojos solo son sensibles a una estrecha banda de luz de un espectro mucho mayor. Las regiones de energía más allá de lo visible a nuestros ojos pueden ser detectadas con un satélite multiespectral, y pueden ofrecer información muy útil en el campo de la arqueología», señala el experto.

Sin embargo, estas tecnologías pueden resultar muy caras. El uso del satélite WorldView-2, uno de los más completos, cuesta unos 8.000 dólares por imagen. Un coste prohibitivo para casi cualquier equipo investigador o para el propio Gobierno egipcio, que puede ser esquivado con la entrada en juego del gratuito Google Earth (GE). Aunque las imágenes gratuitas de GE no pueden sustituir a un análisis más completo, es un buen punto de partida. Corrie confía en que satélites ahora clasificados para uso militar pronto pasen a ser de dominio público, como sucedió con el satélite espía de la Guerra Fría «Corona16», que desde su «desclasificación» ha ayudado a la ciencia a detectar, desde el aire, patrones en el terreno que apunten a viejas ciudades o enterramientos egipcios bajo la superficie.

Otros misterios, en cambio, se alzan sobre el desierto. Como las pirámides de Giza, únicas supervivientes de las siete maravillas del mundo antiguo. A finales del pasado año, el Ministerio de Antigüedades egipcio y el Instituto parisino para la Preservación e Innovación del Patrimonio (HIP) utilizaron los «mounes», partículas elementales, para intentar descubrir las entrañas de las mastodónticas moles que se han alzado durante más de 3.000 años.

En un proceso similar al de una radiografía, el equipo del HIP colocó placas de gel que, como el nitrato de plata reacciona a los fotones y graba una imagen, reaccionan al constante bombardeo de muones desde los rayos cósmicos que los generan en la atmósfera. Los mounes van quedando atrapados en los diferentes materiales que tienen que atravesar. Por tanto, si al revelar las placas de gel se distinguen zonas más oscuras (han recibido más muones), implicaría que han tenido menos roca que atravesar. Ergo, hay posibles pasadizos en las pirámides.

Mehdi Tayubi, presidente del HIP, explica a ABC que la misión de su instituto es «crear un puente entre las disciplinas científicas o de ingeniería y las de la arqueología y egiptología». Zahi Hawas, el exministro de Antigüedades egipcio contrapone que «las nuevas tecnologías están muy bien, ofrecen mucha información, pero al final siempre será necesario un egiptólogo que evalúe esta información y la aplique».

La entrada en escena de la ciencia y la ingeniería, con sus tecnologías más punteras, está revolucionando el campo de la egiptología, que demuestra estar lejos de agotarse. La arqueóloga Sarah Parcak, de la Universidad de Alabama, estima que tan solo un uno por ciento de los sitios arqueológicos en Egipto han sido descubiertos. Por su parte, el exministro de Antigüedades, al que se conoce como el «Indiana Jones egipcio», Zahi Hawas, afirma a ABC que las arenas del desierto a ambos lados del río Nilo escondían todavía cerca del 60% del patrimonio faraónico.

Artículo: Alicia Alamillos.

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