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24 de julio de 2016

De momias a mojama


Cinco momias humanas, dos cabezas humanas, dos manos, una flauta de hueso y momias de un ibis, un halcón, un cocodrilo y dos gatos. Estos son los restos de momias (y aledaños) que hoy exhiben (o no) los museos catalanes desde que el diplomático y filántropo Eduard Toda iniciara la importación, hace un siglo.

Son las momias de la Dama de Kemet y de un desconocido del Museu Egipci de Barcelona; Nesi, del Museu Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú; Nadegaubastisred, del Episcopal de Vic; y mojama, del Museu de Montserrat, esto es, la momia de sexo e identidad ignotos que adquirió en Egipto el monje, arqueólogo y aventurero Bonaventura Ubach entre los años 10 y 30 del siglo pasado, y que entró en el puerto de Barcelona con tal etiqueta: la de momia no existía.

Este es el legado que queda en los museos locales de lo que fue una moda desde el XIX, desde que Europa comenzó a descubrir las culturas de la antigüedad. “A finales del XIX el museo que no tenía una momia era de segunda”, explica el arqueólogo Eduard Porta, con décadas de trabajo en Egipto.

Hace unos quince años, Porta participó en un estudio que localizó las momias de los museos catalanes. Analizaron las de Vic, Vilanova y Montserrat: “Su interés es relativo, porque habían sido previamente expoliadas y no tenemos ni ajuar ni joyas u otros restos ni las podemos identificar”. En todo caso, hoy son las estrellas de sus respectivos museos. La muerte nos fascina. Y son bienes que difícilmente harían hoy el mismo viaje. Egipto tiene hoy la puerta cerrada al tráfico.

Nesi, momia de un niño o niña de unos cuatro años, es hoy hasta presidenta honorífica de la Unió Vilanovina, una de las almas del Carnaval de esta ciudad. “Es un icono. Los niños la adoran”, valora Mireia Rosich, directora del Museu Víctor Balaguer, cuya colección egipcia fue regalada por Eduard Toda.

En aquel estudio se descubrió que Nesi había muerto posiblemente por macrocefalia “y eso fue lo más importante que pudimos decir”, añade Porta.

La de Montserrat fue radiografiada en 1969 y 1976 y se supo apenas que debía tener unos 30 años. La de Vic se llamó Nadegaubastisred y, aunque está en una institución especializada en arte medieval (fue donada en 1879 por el político Joaquim Badia) es también la estrella de las visitas a este museo. “A todo el mundo le encanta la momia”, explica el conservador del Episcopal, Marc Sureda.

La que ha sido sometida con mayor intensidad a la maquinaria científica es la Dama de Kemet, perteneciente al Museu Egipci de Barcelona. Viajó en ambulancia a Vall d’Hebrón y se la sometió a un TAC, que desveló que sus huesos eran de mujer, que tenía unos 15 años y detectó un insecto necrófago. Al no descubrirse heridas o enfermedades se sugirió que la causa de la muerte debió ser el parto, pero es sólo una aproximación estadística. Era la habitual a aquella edad, en aquel momento y en aquel lugar.

Ahora, el Egipci tiene la sospecha, en base a análisis posteriores, de que “la causa de la muerte es otra que no me atrevo a desvelar”, apunta su directora, Mariàngela Taulé.

Por ello, la entidad se plantea someterla a nuevos análisis. Los avances de la tecnología en los últimos años permitirán obtener datos nuevos. Taulé no cede a la repregunta (¡¿de qué murió?!), pero adelanta que “si se confirman nuestras sospechas, será la primera vez que se documenta una muerte así”.

El Museu Etnològic de Barcelona no tiene momias, pero tiene cabezas, una flauta tibetana tántrica de hueso, amuletos a base de restos humanos y animales disecados, como una cabeza de perezoso. “Sólo exhibimos restos de seres vivos –explica su director, Pep Fornés– si nos aportan algo”. En el Etnològic, las cabezas sometidas al chancha o reducción nos cuentan las luchas entre el belicoso pueblo achuar, en la selva entre Ecuador y Perú, y sus víctimas preferidas, el pueblo shuar. El vencedor del combate deshidrataba la cabeza (¡en la humedad de la selva!) con el humo de un caldero en una larga ceremonia en la que los atributos del vencido pasaban al vencedor. “Mostramos significados, no cosas bellas”, abunda Fornés. Hoy, los shuar –unos 60.000 habitantes– son “una de las culturas más interesantes de la selva”, prosigue. Tienen escuelas, preservan su lengua y sólo reducen cabezas de mico. Para que lo vean los turistas.

Artículo: Ignacio Orovio.

Revista Egiptología 2.0


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