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7 de junio de 2016

Así se embalsamaba a las momias en Egipto


Según se constata en el informe de conservación de la momia del sacerdote Nespamedu (la que acaba de ser sometida a un TAC), realizada en 2011, el embalsamamiento se practicaba en Egipto desde las tres primeras dinastías. Anteriormente se limitaba a la desecación natural, enterrando los cadáveres en posición fetal bajo las ardientes arenas del desierto. Tan solo se le cubría con algún elemento textil o de piel.

Desde la IV dinastía tenemos la primera evidencia de un proceso intencional de conservación que podría ya llamarse momificación: son los vasos canopos de la Reina Hetepheres, la madre de Keops, de hace 4.600 años, una antigüedad nada desdeñable. Con el paso de los siglos, se abrieron más posibilidades.

En la introducción histórica al informe de intervención en la momia del sacerdote Nespamedu se cita a Herodoto como fuente que, en el siglo V a.C. describió varios métodos. Según relata, la elección entre uno u otro dependía de factores sociales o de la riqueza del muerto.

El más básico consistía en la inyección de aceite de cedro que, pasado cierto tiempo licuaba las vísceras abdominales. Justo entonces, se drenaban. En otro sistema simple se evisceraba el cuerpo lavándolo con vino. Tanto en uno como en otro caso se terminaba deshidratando el cadáver con natrón, que se conocía como «sal divina».

El proceso más caro y complejo era muy distinto, tanto por los elementos empleados como por los resultados.

Este tipo de momificación estaba reservado a las clases más altas. Comenzaba con una incisión en el abdomen, por la que se retiraba el hígado, el estómago y los intestinos, además de los pulmones. Las vísceras se lavaban con vino de palma y especias, se deshidrataban, vendaban y guardaban en los vasos canopos.

El cerebro se retiraba, agrandando el orificio de la nariz, por donde se introducía un instrumento metálico. Los riñones y el corazón se dejaban en el cuerpo. El corazón era el lugar en el que residía la fuerza vital y la conciencia de los hombres. Después de muerto, en el momento más importante de su existencia, todo ser humano se enfrentaba al juicio de Osiris.

Anubis conducía al fallecido a su presencia y por artes mágicas extraía el corazón y lo ponía en uno de los platillos de la balanza. En el otro, una pluma de Maat, la verdad universal. Entonces se le hacían preguntas sobre los actos realizados en vida, y en relación con las respuestas el corazón se agrandaba o disminuía, al igual que su peso. La balanza decidía el destino final.

Si la sentencia del juicio de Osiris era benevolente, la fuerza vital del corazónregresaba a la momia y así el fallecido podía seguir viviendo en los campos de Aaru, el Nilo eterno, el paraíso egipcio.

Después de eviscerado, el cuerpo se deshidrataba rellenándolo y cubriéndolo con natrón, que detenía la descomposición y secaba los tejidos, en un proceso de «curado». Una vez seco, se lavaba con vino de palma y se rellenaba con una sofisticada mezcla: mirra, canela, casia de Alejandría, líquenes, serrín, arena, cáscaras de cereales, bolsas de lino llenas de natrón y otros objetos.

Los vasos canopos se desarrollan y con el tiempo, a partir de la XVIII dinastía (1550 y 1295 a. C.), adoptan en la parte superior la forma de una cabeza humana (para el hígado), un chacal (el estómago), un babuino (los pulmones) y un halcón (los intestinos).

Después de lavados y desecados, los órganos se volvían a introducir en la cavidad abdominal de la momia junto a la masa de relleno del cuerpo, y los vasos canopos quedaban vacíos.

El exterior del cuerpo se ungía con aceites y resinas aromáticas, además de otras resinas vegetales fundidas para evitar el deterioro. También se rellenaba con ellas el interior del cráneo. Los ojos y la nariz se sellaban con cera de abeja, a veces mezclada con materiales resinosos.

Solo entonces se procedía a vendar los miembros por serparado y posteriormente el cuerpo entero con las extremidades unidas. Para aislar de la humedad también se añadía resina entre los vendajes interiores y exteriores. Y en la parte superior se colocaban mortajas de fino lino rojo. Durante los últimos periodos se aplicaba betún o materiales similares como última protección.

Más allá de este largo proceso, esperaba la eternidad.

Artículo: Jesús García Calero.

Revista Egiptología 2.0


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