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11 de mayo de 2015

Del circo a ser el primer arqueólogo


Quizá esta afirmación puede sonar un poco exagerada. Pero no está muy desencaminada. Giovanni Battista Belzoni abandonó el mundo del circo en donde se ganaba la vida como forzudo para dedicarse la recuperación de tesoros arqueológicos en Egipto. Su trabajo y su legado le han encumbrado a ser considerado uno de los pioneros de la arqueología en el primer tercio del XIX.

Uno de los mayores logros de Belzoni en Egipto es el traslado del coloso de Ramsés II que había en el Rameseum hasta Londres. Lo que en un principio parecía que iba a ser un simple paseo militar, se convirtió repentinamente en una serie indefinida de inconvenientes. Tras conseguir todos los permisos necesarios por parte de las autoridades, el gobernador de la región le niega el reclutamiento de ochenta obreros. La justificación que le dan a Belzoni es que no se puede disponer en el mes de julio de tal cantidad de gente debido a las labores agrícolas que se efectuaban en esas fechas, gracias a la reciente inundación del Nilo, producida apenas dos semanas antes.

Después de ásperas negociaciones, por fin Belzoni pudo hacerse con el número necesario de obreros para el traslado del Memnonium, nombre con el que era conocido el coloso.

El propio italiano relató e ilustró con unos dibujos magníficos la increíble historia del traslado de este coloso, cuya fama era grande debido a los frustrados intentos por moverlo en ocasiones anteriores. “Mi primer impulso al verme en medio de aquellas ruinas fue examinar el busto colosal que tenía que llevarme. Lo hallé junto a algunos restos del cuerpo y del sitial a los que, en otras épocas, había estado unido.

El rostro estaba vuelto hacia el cielo y parecía sonreírme ante la idea de que iba a ser trasladado hasta Inglaterra. Su belleza superó todas mis expectativas, mucho más que su tamaño. (...) Los únicos objetos que había llevado de El Cairo al Memnonium (el actual Rameseum) para los trabajos, consistían en catorce barras, ocho de las cuales se emplearon en hacer una especie de andas para transportar el busto, más cuatro cuerdas hechas de hoja de palmera y cuatro rodillos, sin ningún otro instrumento. (...) El carpintero había hecho unas andas y lo primero de todo era colocar el busto encima de ellas.

Los fellahs de El Gurna, que conocían bien al Cafany (el coloso), pensaban que nunca sería posible moverlo del lugar en que se hallaba tendido y cuando lo vieron moverse lanzaron un grito de asombro. Aunque dicho movimiento había sido el resultado de sus propios esfuerzos, creyeron que era cosa del diablo; y después, al verme tomar algunos apuntes, supusieron que la operación se realizaba por medio de algún encantamiento... Utilizando cuatro palancas mandé levantar el busto hasta poder introducir por debajo una parte de las andas y, una vez que el bloque estuvo apoyado en ellas, mandé levantar la parte delantera de las andas para meter por debajo uno de los rodillos.

Luego se hizo lo mismo con la parte de atrás y, cuando el coloso estuvo colocado en el centro de las andas, mandé que lo ataran bien. (...) Por último, puse algunos obreros delante para tirar de las cuerdas, mientras que otros se ocupaban de cambiar los rodillos; de este modo conseguí desplazar el bloque unos cuantos metros del lugar donde lo habíamos hallado. Conforme a las instrucciones que tenía, mandé a un árabe a El Cairo con la noticia de que el busto estaba en camino para Inglaterra”.

El coloso acabó en la sala principal del Museo Británico de Londres, con el número 19 como referencia en su inventario. Corría el año 1816 y el éxito de este primer trabajo dio fama y celebridad a Belzoni entre los coleccionistas europeos, cada vez más numerosos, que pululaban las calles de Luxor. Al mismo tiempo, Belzoni empezaba a ver crecer sus ahorros empleando su tiempo en la recuperación de piezas arqueológicas.



Artículo: Nacho Ares.

Revista Egiptología 2.0


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